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obispo de cúcuta

Lun 9 Mar 2026

La Esperanza en Jesucristo no defrauda

Por Mons. José Libardo Garcés Monsalve - Avanzando en la celebración de los 70 años de vida diocesana con el lema pastoral: vayan y hagan discípulos haciendo la Voluntad de Dios, nos disponemos a reflexionar sobre la virtud de la Esperanza en este itinerario que estamos recorriendo a través de las virtudes teologales. Así, fortalecer el camino de santidad que cada uno de nosotros debe recorrer hasta llegar a la vida eterna siguiendo a Jesucristo: “yo soy el camino, la verdad y la vida. Nadie puede llegar al Padre, sino por mí” (Jn 14, 6).El trabajo evangelizador en salida misionera en el que estamos todos empeñados en nuestra Diócesis de Cúcuta, se convierte en una siembra de esperanza en la vida y la misión de cada uno de nosotros. Vivimos en este hoy de la historia, conflictos y divisiones que producen violencia y muerte en la vida personal, familiar y en nuestro entorno social. Ante esto, tenemos la certeza que la esperanza es Jesucristo, que no nos defrauda, Él nos acompaña en la barca de la vida y está presente en las tormentas de nuestra existencia, basta que le abramos el corazón a su Palabra y fortalecidos por la fe, recibamos como alivio para nuestra vida la esperanza que cambia el rumbo de la existencia y le da un nuevo sentido: “la puerta oscura del tiempo, del futuro, ha sido abierta de par en par. Quien tiene Esperanza vive de otra manera; se le ha dado una vida nueva” (Spe Salvi 2).Tenemos la certeza de la fuerza del Espíritu Santo en nuestras vidas, que es presencia de Jesucristo en todos los ambientes y lugares, que llena a todos de esperanza, “una esperanza que no defrauda porque, al darnos el Espíritu Santo, Dios ha derramado su amor en nuestros corazones” (Rom 5, 5); que alivia tantas heridas producidas por el mal y el pecado, que destruyen nuestra vida y oscurecen el entorno familiar y social.Frente a tanta incertidumbre por la que atraviesa el ser humano en el mundo de hoy, la esperanza en Cristo nos llena de gracia, que nos permite recibir el perdón de Dios por nuestros pecados y fortalecer la centralidad de la vida en Él, que nos sostiene en medio de las dificultades y tribulaciones por las que pasamos cada día. “¿Quién podrá entonces separarnos del amor de Cristo? ¿Las tribulaciones, las angustias, la persecución, el hambre, la desnudez, los peligros, la espada? Pero en todo esto obtenemos una amplia victoria, gracias a aquel que nos amó. Porque tengo la certeza de que ni la muerte ni la vida, ni los ángeles ni los principados, ni lo presente ni lo futuro, ni los poderes espirituales, ni lo alto ni lo profundo, ni ninguna otra criatura podrá separarnos jamás del amor de Dios, manifestado en Cristo Jesús, nuestro Señor (Rm 8, 35.37-39). Aquí está la esperanza que no permite que nos derrumbemos frente a las dificultades, una esperanza fundamentada en la fe y alimentada con la caridad, que hace posible que sigamos adelante sin vacilaciones.La fuerza del Espíritu Santo mantiene en nosotros viva la fe, la esperanza y la caridad, somos sostenidos para seguir como peregrinos de la esperanza, en gracia de Dios, dando testimonio de Jesucristo en el cumplimiento de nuestra misión y en el trabajo misionero que cada uno realiza, aún en medio de los sufrimientos y las dificultades.Al respecto san Pablo nos anima diciendo: “por la fe en Cristo hemos llegado a obtener esta situación de gracia en la que vivimos y de la que nos sentimos orgullosos, esperando participar de la gloria de Dios. Y no sólo esto, sino que hasta de los sufrimientos nos sentimos orgullosos, sabiendo que los sufrimientos producen paciencia; la paciencia produce virtud sólida, y la virtud sólida esperanza, una esperanza que no defrauda” (Rom 5, 2 - 5) y que nos mantiene en pie en el combate espiritual, para que sigamos adelante, caminando juntos en la gracia de Dios.Para mantenernos firmes en este camino espiritual de santidad es necesaria la oración diaria, que es una escuela de esperanza que fortalece la fe y produce el fruto maduro de la caridad: “un lugar primero y esencial de aprendizaje de la Esperanza es la oración. Cuando ya nadie me escucha, Dios todavía me escucha. Cuando ya no puedo hablar con ninguno, ni invocar a nadie, siempre puedo hablar con Dios. Si ya no hay nadie que pueda ayudarme, cuando se trata de una necesidad o de una expectativa que supera la capacidad humana de esperar, Él puede ayudarme” (Spe Salvi 32).Esta verdad que vivimos en gracia de Dios, fortalecidos por la oración, es lo que transmitimos a los demás cumpliendo con el encargo misionero que el Señor Jesús nos ha hecho a todos: “vayan y hagan discípulos a todos los pueblos y bautícenlos para consagrarlos al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo, enseñándoles a poner por obra todo lo que les he mandado. Y sepan que yo estoy con ustedes todos los días hasta el final de los tiempos” (Mt 28, 19 - 20). Jesús mismo nos ha dejado la certeza que no nos abandona, no nos defrauda, camina siempre con nosotros, no transmitimos a los demás una teoría sobre Jesucristo, sino la experiencia de vida centrada en Él que cada día nos fortalece.Con la esperanza viva en Jesucristo, abiertos a la gracia del perdón que viene de Dios, para vivir en la familia y en la comunidad la caridad cristiana, sigamos anunciando el Evangelio de Jesús por todas partes. Que la Santísima Virgen María, Madre de la Esperanza y el Glorioso Patriarca San José, nos enseñen a creer, esperar y amar como ellos y que nos indiquen cada día el camino hacia el Reino de Dios, donde llegaremos todos, después de esta peregrinación terrena.En unión de oraciones, reciban mi bendición.+José Libardo Garcés MonsalveObispo de la Diócesis de Cúcuta

Mar 24 Feb 2026

La fe, un camino que abre al encuentro con Jesús

Por Mons. José Libardo Garcés Monsalve - Este año de gracia del Señor, al celebrar 70 años de vida diocesana, somos convocados a seguir en el anuncio gozoso del Evangelio de Nuestro Señor Jesucristo, con el lema pastoral: “vayan y hagan discípulos” (Mt 28, 19), transmitiendo el don de la fe a muchas personas y al interno de sus familias, para formar comunidades eclesiales misioneras que se abran al encuentro con Jesús, recorriendo un camino de fe que transforme cada corazón, cada familia y cada comunidad parroquial.Es importante tener claro que la evangelización en nuestra Diócesis, durante todos estos años, ha tenido como misión la transmisión de la fe a muchas personas; la fe se presenta como luz que ilumina la mente y el corazón, para recibir a Jesucristo como el salvador del mundo. La fe que profesamos y transmitimos es un camino que abre al encuentro con Jesús y nos permite vivir de una manera distinta la misión y el caminar en el mundo. Hoy más que nunca se hace necesario un encuentro con Jesús, para combatir la división y la violencia que afecta a tantas personas, familias y a nuestra región.Con Jesucristo al centro de las personas y de las familias, la vida se hace más llevadera, aún con los dolores y los sufrimientos, con las alegrías y aciertos, van ayudando al crecimiento y fortalecimiento de la fe en el hogar, ya que “la presencia del Señor habita en la familia real y concreta, con todos los sufrimientos, luchas, alegrías e intentos cotidianos. Si el amor anima esa autenticidad, el Señor reina allí con su gozo y su paz” (Amoris Laetitia 315); de tal manera que la vida familiar se fortalece con la fe en el Señor Jesús que unifica el hogar.Una familia cristiana, donde los padres han entendido la misión que Dios les ha confiado de dar la vida, protegerla y custodiarla, ayudando a los hijos en su formación y desarrollo, se hace servidora del Señor, anunciadora del Evangelio, que sirve a otros hogares que pueden estar en dificultades, a centrar su vida en el Señor.Aparecida reconoce esta misión de los padres cuando afirma: “el gran tesoro de la educación de los hijos en la fe consiste en la experiencia de una vida familiar que recibe la fe, la conserva, la celebra, la transmite y la testimonia. Los padres deben tomar nueva conciencia de su gozosa e irrenunciable responsabilidad en la formación integral de los hijos” (DA 118), convirtiéndose en servidores del Señor, discípulos misioneros, que comunican dentro y fuera del hogar el Evangelio, cumpliendo con el mandato misionero del Señor: “vayan y hagan discípulos” (Mt 28, 19).El cristiano y la familia que edifican su vida sobre la roca firme de Jesucristo, recibirán la fuerza diaria para afrontar los desafíos y tareas en la misión que han recibido de Dios y podrán también convertirse en luz que ilumina el caminar de otros creyentes y otras familias, que entran en desánimo y pierden el fervor en continuar con la lucha diaria, porque “la familia, hoy sobre todo, tiene una especial vocación a ser testigo de la alianza pascual de Cristo, mediante la constante irradiación de la alegría del amor y de la certeza de la esperanza, de la que debe dar razón. La familia cristiana proclama en voz alta tanto las presentes virtudes del Reino de Dios como la esperanza de la vida bienaventurada” (Familiaris Consortio 52), incluyendo el testimonio cristiano al abrazar la cruz del Señor y contemplarla en medio de las dificultades que se viven en cada hogar. Esto es posible por la fe firme de un hogar que se abre al encuentro con Jesús.La fe recibida en el corazón de cada creyente y en el seno de cada hogar es luz que ilumina la existencia de cada uno y se irradia en su entorno, dando frutos de caridad que ayuda a permanecer y perseverar en la gracia de Dios, iluminados por Jesucristo, luz que alumbra el camino de cada uno; por tanto, “es urgente recuperar el carácter luminoso de la fe, pues cuando su llama se apaga, todas las luces acaban languideciendo. Y es que la característica propia de la luz de la fe es la capacidad de iluminar toda la existencia del ser humano. Porque una luz tan potente no puede provenir de nosotros mismos; ha de venir de una fuente más primordial, tiene que venir, en definitiva, de Dios” (Lumen Fidei 4). Abiertos a la fe en Jesucristo podemos ir a su encuentro y resolver la vida diaria desde el perdón, la reconciliación y la paz.Los desafíos son grandes porque no es fácil hacer frente en el momento actual, a todas las situaciones de adversidad por las que atraviesa el mundo. Sin embargo, cuando tenemos conciencia que Jesucristo ilumina y unifica la vida personal y familiar, podemos seguir adelante, abiertos a la gracia de Dios y al don que viene de lo alto que nos fortalece, alienta, nos llena de esperanza y nos da la certeza que “la presencia invocada de Cristo a través de la oración en familia nos ayuda a superar los problemas, a sanar las heridas y abre caminos de esperanza” (DA 119). Entonces tenemos la certeza de que no, estamos solos en la vivencia de la fe, ya que la gracia de Dios y la compañía de la Iglesia, nos ayudan a fortalecer la fe que permite vivir con la gracia y la bendición de Dios.Convoco a todos las personas y familias a encontrar unos minutos cada día para estar unidos ante el Señor, rogar por las necesidades familiares, orar por los miembros del hogar que estén pasando situaciones difíciles, pedirle el don de la paz, darle gracias a Dios todos los días por la vida y todo lo que acontece en la familia. Pongamos la vida personal y familiar bajo la protección y amparo de la Santísima Virgen María, en todas las circunstancias de la existencia, aún en los momentos de cruz. Que el Glorioso Patriarca San José, unido a la Madre del cielo, alcancen de Nuestro Señor Jesucristo la fortaleza en la fe como camino que nos abre a su encuentro, para vivir en el hogar iluminados y unificados por Él.En unión de oraciones, reciban mi bendición.+José Libardo Garcés MonsalveObispo de la Diócesis de Cúcuta

Lun 1 Dic 2025

Preparémonos para la celebración del nacimiento de Jesús

Por Mons. José Libardo Garcés Monsalve - En este domingo comenzamos el tiempo de Adviento que tiene una doble característica: en primer lugar, es el tiempo de preparación para la celebración del nacimiento de Jesús, solemnidad que conmemora la primera venida del Hijo de Dios en la carne, cuando Jesús se hace uno de nosotros, “y la Palabra se hizo carne y habitó entre nosotros; y hemos visto su gloria, la gloria propia del hijo único del Padre, lleno de gracia y de verdad” (Jn 1, 14). Al mismo tiempo, nos hace que todos dirijamos la atención a esperar la segunda venida de Cristo, un tiempo de esperan¬za, que nos hace poner los ojos en el cielo, donde está nuestra meta, para que un día lleguemos al lugar donde participaremos de esa gloria del Padre, en el encuentro con el Señor cara a cara y lo hacemos recibiendo el mandato del Señor para este nuevo año pastoral, con el lema: vayan y hagan discípulos.La historia de la salvación que tiene el acontecimiento central en el nacimiento de Nuestro Señor Jesucristo y que en el cumplimiento de su misión en esta tierra culmina con su regreso al Padre en la gloriosa Ascensión al cielo, nos deja un encargo misionero: “vayan y hagan discípulos a todos los pueblos, enseñándoles a poner por obra todo lo que les he mandado. Y sepan que yo estoy con ustedes todos los días hasta el final de los tiempos” (Mt 28, 19 - 20).Esta certeza ha acompañado a la Iglesia a lo largo de toda su historia y en cada celebración de la navidad vuelve a resonar en nuestro corazón, al prepararnos paso a paso para la segunda venida del Señor. De la presencia permanente del Señor debemos sacar un impulso renovado en la vida cristiana, con el deseo interior de caminar desde Cristo y con Cristo, en un proceso de conversión permanente que es transformación de la vida en Él.La evangelización que vamos a realizar a lo largo de este año pastoral que comenzamos, celebrando los 70 años de nuestra Diócesis, tiene como objetivo hacer que Jesús se quede en el corazón de muchas personas, para que, al celebrar el nacimiento de Jesús, cada creyente tenga un nuevo nacimiento para tener la vida eterna, porque “el que no nazca de nuevo no puede ver el Reino de Dios” (Jn 3, 3). De tal manera, que el proyecto pastoral tiene a Jesucristo como centro a quien “hay que conocer, amar e imitar, para vivir en Él la vida trinitaria y transformar con Él la historia hasta su perfeccionamiento en la Jerusalén celeste. Es un programa que no cambia al variar los tiempos y las culturas” (Novo Millennio Ineunte, 29); por eso, cada año nos preparamos en este tiempo de Adviento cantando con entusiasmo, “ven Señor Jesús” (1Cor 16, 22).El Hijo de Dios que se hizo hombre por amor al ser humano, sigue realizando su obra en nosotros, por eso tenemos que disponer el corazón para convertirnos en testigos de su gracia y también ser instrumentos de ese don para los demás. Prepararnos para celebrar el nacimiento de Jesús, es contemplar al Señor que nos invita una vez más a ser sus testigos: “ustedes recibirán la fuerza del Espíritu Santo; Él vendrá sobre ustedes para que sean mis testigos en Jerusalén, en toda Judea, en Samaría y hasta los extremos de la tierra” (Hch 1, 8). De tal manera que tenemos la experiencia del nacimiento de Jesús en nuestra vida y lo transmitimos con gozo a los demás: “¡cuánto bien nos hace dejar que Él vuelva a tocar nuestra existencia y nos lance a comunicar su vida nueva! Entonces, lo que ocurre es que en definitiva, ‘lo que hemos visto y oído es lo que anunciamos’” (Evangelii Gaudium, 264). Esta es la gran noticia que transmitimos a los demás con fervor y pasión por el Evangelio, “para eso urge recobrar un espíritu contemplativo, que nos permita redescubrir cada día que somos depositarios de un bien que humaniza, que ayuda a llevar una vida nueva” (EG, 264).El mandato misionero nos introduce en el misterio mismo de la Encarnación, invitándonos a tener el fervor y el ardor para comunicar ese mensaje, así como lo hicieron los primeros cristianos. Para ello, tenemos la certeza que contamos con la fuerza del mismo Espíritu que fue enviado en Pentecostés y que nos entusiasma hoy a comunicar el mensaje de salvación, animados por la Esperanza en Jesucristo que no defrauda y que lo trasforma todo y hace nuevas todas las cosas. Contemplemos en cada una de estas semanas a Jesús que viene a salvarnos, abramos el corazón a Dios y dispongámonos con corazón limpio a celebrar este tiempo, como un momento de gracia para caminar con Cristo, siguiéndolo a Él que es camino, verdad y vida que nos lleva hasta el Padre (Cf. Jn 14, 6).Como creyentes en Cristo tenemos la misión de ser reflejo de la luz de Cristo, que iluminó la noche de Belén donde nació Jesús como “luz del mundo” (Jn 8, 12) y nos pidió que fuéramos luz para los pueblos, “ustedes son la luz del mundo. Brille su luz delante de los hombres de modo que, al ver sus buenas obras, den gloria a su Padre que está en los cielos” (Mt 5, 14). Cumpliendo así, el mandato misionero que será posible si nos abrimos a la gracia que nos trae este tiempo de Adviento y nos hace hombres nuevos en Jesucristo Nuestro Señor, quien está con nosotros todos los días hasta el final de los tiempos (Cf. Mt 28, 20), mientras que anhelamos su segunda venida. Que la Santísima Virgen María, madre de la Esperanza y el Glorioso Patriarca San José, custodio del niño Jesús, alcancen del Señor la gracia de vivir este tiempo en la espera gozosa del Señor.En unión de oraciones,reciban mi bendición.+José Libardo Garcés MonsalveObispo de la Diócesis de Cúcuta

Mar 18 Nov 2025

La vocación del cristiano es sanar las heridas del prójimo

Por Mons. José Libardo Garcés Monsalve - En este día celebramos la jornada mundial de los pobres, que tiene como propósito sensibili-zar a todos los cristianos, para vivir la caridad como el fruto maduro de la fe en Jesucristo y de la esperanza en Él, que no defrauda. La caridad es la puerta de entrada al cielo a participar de la gloria de Dios: “vengan benditos de mi Padre, tomen posesión del reino preparado para ustedes desde la creación del mundo. Porque tuve hambre y me dieron de comer, tuve sed y me dieron de beber; era un extraño, y me hospedaron; estaba desnudo, y me vistieron; enfermo y me visitaron; en la cárcel, y fueron a verme” (Mt 25, 34 - 36); concluyendo que cada vez que un cristiano hace esto por un hermano necesitado, lo está haciendo por el mismo Jesucristo y por esta razón es llamado a participar de las moradas eternas en la presencia de Dios.La vocación del cristiano es sanar las heridas del prójimo, es mirar el dolor, el sufrimiento, la enfermedad y la herida del otro que está tirado en el camino y tenderle una mirada de amor, como manifestación del amor que viene de Dios. Jesús lo enseña en la parábola del buen samaritano, cuando le responde al experto en la ley que le pregunta quién es el prójimo (Cf. Lc 10, 30 - 36), invitándolo a hacer otro tanto haciéndose prójimo del que sufre sin preguntar por su identidad política, social o religiosa. Así lo indicó el Papa Francisco en Fratelli Tutti: “la propuesta es la de hacerse presentes ante el que necesita ayuda, sin importar si es parte del propio círculo de pertenencia. En este caso, el samaritano fue quien se hizo prójimo del judío herido” (FT 81), invitándonos a todos a hacernos prójimos y a “dejar de lado toda diferencia y, ante el sufrimiento, volvernos cercanos a cualquiera” (Ibid). Esto es lo que enseña Jesús sobre la caridad y lo reitera en el evangelio diciendo: “vete y haz tú lo mismo” (Lc 10, 37), así lo ha retomado el Papa León XIV en el mensaje para la jornada de los pobres para este año: “todos estamos llamados a crear nuevos signos de esperanza que testimonien la caridad cristiana, como lo hicieron muchos santos y santas de todas las épocas”.Vivir la caridad cristiana no es un aprendizaje que se recibe en las academias donde se llena el cerebro de la ciencia humana, sino que es fruto de la fe en Dios que nos enseña a amar al prójimo con el corazón de Jesús, sin cálculos humanos, reconociendo al mismo Jesucristo en todos los que sufren, tal como nos lo ha enseñado en el Evangelio al hablar de la ayuda que damos a los demás (Cf. Mt 25, 31 - 46), descubriendo que “para los cristianos, las palabras de Jesús implican reconocer al mismo Cristo en cada hermano abandonado o excluido, porque quien cree puede llegar a reconocer que Dios ama a cada ser humano con un amor infinito y que con ello le confiere una dignidad infinita” (FT 85), dignidad que nosotros en la vivencia de la caridad le reconocemos y le devolvemos en el nombre del Señor.De esta manera, entendemos que el cristiano tiene vocación a la caridad porque está en unión íntima con Dios, que lo mueve desde dentro a ser un instrumento en sus manos para realizar su obra con los que están caídos en el camino de la vida. La caridad nace de un cristiano contemplativo, que se pone de rodillas frente al Señor y allí encuentra la motivación más profunda para volverse prójimo del que sufre. El Papa Francisco expresó esta verdad cuando dijo: “la altura espiritual de una vida humana está marcada por el amor, que es ‘el criterio para la decisión definitiva sobre la valoración positiva o negativa de la vida humana’. Todos los creyentes necesita¬mos reconocer esto: lo primero es el amor, lo que nunca debe estar en riesgo es el amor, el mayor peligro es no amar (Cf. 1Cor 13, 1- 13)” (FT 92). Concluyendo así que la caridad es el fruto maduro de un cristiano que tiene un camino de perfección cristiana muy fortalecido, porque se relaciona con Dios a través de la oración y se mantiene en la gracia y en la paz del Señor; por eso, la transmite a los que están en su entorno a través de la ayuda a los más pobres y necesitados, mediante el ejercicio sincero y desinteresado de la caridad.Todos estamos clamando hoy por la paz en el mundo, pero tenemos que entender que la paz es un don de Dios que brota de la caridad y desde la caridad que es amor de entrega total puede lograr que el corazón del hombre se sane, para que pueda transformar la sociedad. La caridad como expresión más alta de la fe y la esperanza, en un creyente que vive en gracia, transforma el entorno en el que vive, ya que “la caridad, con su dinamismo universal, puede construir un mundo nuevo, porque no es un sentimiento estéril, sino la mejor manera de lograr caminos eficaces de desarrollo para todos” (FT 183). De tal manera, que la caridad no es solamente el centro y la corona de todas las virtudes, sino que es también “el corazón de toda vida social sana y abierta” (FT 184).Al celebrar en este día la jornada mundial de los pobres, desde las parroquias y familias estamos llamados a tener gestos de caridad para con los más necesitados, pero no podemos quedarnos en una jornada de este domingo, sino que tenemos que entender que la vocación del cristiano es la caridad, que significa agacharse para sanar las heridas del prójimo. Fieles al mandato del Señor: sean mis testigos, busquen la santidad, hagámoslo desde la vivencia de la caridad, como vocación del cristiano a mirar al que sufre con los ojos de Jesús. Que la Santísima Virgen María, madre de la caridad y el Glorioso Patriarca San José custodien la fe y esperanza en nosotros, que produce el fruto maduro de la caridad que nos abre las puertas del Reino de los cielos.En unión de oraciones,reciban mi bendición.+José Libardo Garcés MonsalveObispo de la Diócesis de Cúcuta

Mar 4 Nov 2025

La santidad es el adorno de tu casa (Sal 93, 5)

Por Mons. José Libardo Garcés Monsalve - Comenzamos el mes de noviembre con la Solemnidad de Todos los Santos, para alegrarnos con tantos hombres y mujeres que se han desgastado en el cumplimiento de su misión, viviendo una vida cristiana en la gracia y la presencia del Señor y que ahora gozan de la gloria de Dios. Con esta celebración también tomamos conciencia que la santidad no es algo exclusivo para un grupo de personas, sino que es un llamado a todos los creyentes a vivir en un camino de perfección cristiana. Al respecto el Concilio Vaticano II nos enseña que: “la santidad de la Iglesia se manifiesta incesantemente y se debe manifestar en los frutos de gracia que el Espíritu Santo produce en los fieles; se expresa de múltiples modos en todos aquellos que, con edificación de los demás, tienden en su propio estado de vida a la perfección de la caridad; pero aparece de modo particular en la práctica de los que comúnmente llamamos consejos evangélicos” (Lumen Gentium 39).El proceso evangelizador de la Iglesia convoca a todos los bautizados a evangelizar, con el propósito de ir a todos los ambientes y lugares a anunciar a Jesucristo para que siguiéndolo a Él como camino, verdad y vida (Cf. Jn 14, 6), puedan responder al llamado del Señor: “ustedes sean perfectos, como su Padre celestial es perfecto” (Mt 5, 48) y así cada uno llegue a la salvación eterna, que es un don de Dios y no un mérito propio. El Concilio Vaticano ll al respecto enseña: “los seguidores de Cristo, llamados y justificados en Jesucristo, no por sus propios méritos, sino por designio y gracia de Él, por el bautismo de la fe han sido hechos hijos de Dios y partícipes de la divina naturaleza y, por lo mismo, Santos; deben por consiguiente, conservar y perfeccionar en su vida, con la ayuda de Dios esa santidad que recibieron” (LG 40).San Juan Pablo II en la Carta Apostólica Novo Millenio Ineunte al concluir el jubileo del año 2000, nos proponía a todos un programa de vida con unas prioridades para caminar desde Cristo, como son: la santidad, la oración, la eucaristía dominical, el sacramento de la reconciliación, la primacía de la gracia, la escucha y el anuncio de la Palabra (Cf. NMI 29). Estos medios de vida cristiana que nos llevan a la santidad, indicando al respecto: “no se trata de inventar un nuevo programa. El programa ya existe. Es el de siempre, recogido por el Evangelio y la tradición viva. Se centra en definitiva en Cristo mismo, al que hay que conocer, amar e imitar, para vivir en Él la vida trinitaria y transformar con Él la historia hasta su perfeccionamiento en la Jerusalén celeste” (NMI 29), que nos muestra la meta donde todos queremos llegar por gracia de Dios, en un camino de santidad permanente que llega a ser el adorno de nuestra casa (Cf. Sal 93, 5).Para vivir diariamente en un camino de santidad y de perfección cristiana, es necesario preocuparse por perseverar en el estado de gracia, que capacita al cristiano para el seguimiento de Cristo con limpieza de corazón que permite un día llegar a gozar de la presencia de Dios: “dichosos los limpios de corazón porque ellos verán a Dios” (Mt 5, 48). En este sentido San Juan Pablo II al proponer las prioridades pastorales para aplicar después del año jubilar, insistía en la primacía de la gracia, como el estado habitual en el que el cristiano se debe mantener para alcanzar la santidad. Hemos recibido la gracia de Dios en el bautismo que nos ha hecho sus hijos y nos ha dejado el corazón limpio. Por debilidad humana somos pecadores, pero de un cristiano se espera que no permanezca en estado de pecado por mucho tiempo, sino que de inmediato al pecado pueda buscar el sacramento de la reconciliación, para recuperar la gracia y volver al estado inicial de recién bautizado, para llevar a plenitud su vocación que es vivir en gracia de Dios y santidad de vida.La evangelización en salida misionera tiene como fin llevar la gracia de Dios, invitando a todos a vivir en santidad. En la vida de la gracia y en la colaboración con Dios para llevar la gracia a otros, tenemos que evitar la tentación del protagonismo personal, atribuyendo a nuestra pequeñez, lo que le corresponde a Dios. San Juan Pablo II ya nos previene de esta tentación cuando nos enseña: “hay una tentación que insidia siempre todo camino espiritual y la acción pastoral misma; pensar que los resultados dependen de nuestra capacidad de hacer y programar. Ciertamente Dios nos pide una colaboración real a su gracia y, por tanto, nos invita a utilizar todos los recursos de nuestra inteligencia y capacidad operativa en nuestro servicio a la causa del Reino. Pero no se ha de olvidar que, sin Cristo, no podemos hacer nada (Cf. Jn 15, 5)” (NMI 38).Cuando toda nuestra vida está proyectada desde la primacía de la gracia, para buscar la santidad, reconocemos que todo depende de Dios, y de nuestra parte, a ejemplo de María nos disponemos a decir: “hágase tu voluntad, así en la tierra como en el cielo” (Mt 6, 10), diciendo con esto que queremos hacer y amar la voluntad de Dios, porque de Él depende todo y nosotros somos instrumentos para que la gracia de Dios dé frutos abundantes en nuestra vida y en el entorno social donde nos movemos y de esa manera la santidad sea una manera de ser y de vivir de todos los cristianos, porque “es evidente, para todos, que los fieles de cualquier estado o condición, están llamados a la plenitud de la vida cristiana y a la perfección de la caridad” (LG 40), que transformará el mundo desde el testimonio de cada bautizado en la misión que realiza. Que la Santísima Virgen María, el Glorioso Patriarca San José y todos los santos, alcancen del Señor bendiciones y gracias para ser sus testigos desde una vida en camino de santidad.En unión de oraciones,reciban mi bendición.+José Libardo Garcés MonsalveObispo de la Diócesis de Cúcuta

Mar 29 Jul 2025

Vamos caminando hacia el Congreso del PEIP

Por Mons. José Libardo Garcés Monsalve - El plan pastoral de 25 jurisdicciones eclesiásticas en Colombia está inspirado en el PEIP (Proceso Evangelizador de la Iglesia Particular). Aparte de las reuniones dos veces al año de los obispos que tenemos este proyecto pastoral en las Iglesias Particulares, se ha comenzado a realizar el Congreso del PEIP que está organizado para reunirse cada tres años. El primero fue en Barranquilla y el segundo será en nuestra Diócesis de Cúcuta, que tiene como lema: Peregrinos de la Esperanza “vayan y hagan discípulos” (Mt 28, 19). Desde ya los invito a orar por el éxito de este acontecimiento eclesial, para que traiga muchos frutos en bien del trabajo misionero en nuestra Diócesis. En este editorial y en los próximos vamos a dar los avances del desarrollo del II Congreso, para que vivamos esta experiencia como gracia que el Señor nos regala.Para aprovechar esta bendición que vamos a vivir en bien del trabajo pastoral de nuestra Diócesis, enmarcamos este acontecimiento en el mandato misionero del Señor “vayan y hagan discípulos a todos los pueblos y bautícenlos en el nombre del Padre, y del Hijo y del Espíritu Santo, enseñándoles a poner por obra todo lo que les he mandado. Y sepan que yo estoy con ustedes todos los días hasta el final de los tiempos” (Mt 28, 16 - 20). También, recibiendo este mandato como la vocación esencial de la Iglesia, porque “evangelizar constituye la dicha y vocación propia de la Iglesia, su identidad más profunda. Ella existe para evangelizar, es decir, para predicar y enseñar, ser canal del don de gracia, reconciliar a los pecadores con Dios, perpetuar el sacrificio de Cristo en la santa misa, memorial de su muerte y Resurrección gloriosa” (Evangelii Nuntiandi 14).La Iglesia ha recibido del Señor el mandato de llevar a todos la gran noticia del Evangelio y una vez que se recibe el anuncio de la Palabra de Dios, brota del corazón del creyente el fervor por ser testigos; que iluminados por el Espíritu Santo, van por todas partes a comunicar la experiencia del encuentro con Jesucristo que transforma nuestras vidas. “Ustedes recibirán la fuerza del Espíritu Santo; Él vendrá sobre ustedes para que sean mis testigos en Jerusalén, en toda Judea, en Samaría y hasta los extremos de la tierra” (Hch 1, 8); de tal manera, que el creyente recibe con docilidad el Espíritu Santo y se deja iluminar por Él, para cumplir con el mandato evangelizador, pues “no habrá nunca Evangelización posible sin la acción del Espíritu Santo” (EN 75).La Iglesia siempre actúa con el poder del Espíritu Santo y se ha dejado renovar por Él. Toda la acción pastoral debe ser dócil a la moción y luz del Espíritu Santo, ya que es Él quien orienta y renueva la misión evangelizadora en la Iglesia. Para dejar obrar el Espíritu Santo en la vida de la Iglesia es necesario asumir en serio el llamado a la conversión “conviértanse y crean en el Evangelio” (Mc 1, 15), que significa el retorno a Dios, el cambio de mentalidad, es decir transformación de la vida en Cristo; hasta llegar a decir con san Pablo: “ya no vivo yo, sino que es Cristo quien vive en mí” (Gal 2, 20), dando testimonio de su proceso de conversión, afirmando “para mí la vida es Cristo” (Fil 1, 21).En nuestra Diócesis de Cúcuta queremos dejarnos iluminar por el Espíritu Santo, siguiendo el Proceso Evangelizador que la Iglesia ha aplicado desde siempre para evangelizar. Somos conscientes del mandato de Jesús, de ir por todas partes a anunciar el Evangelio y por eso queremos poner en práctica con la mayor fidelidad posible ese mandato misionero de Jesús. Con la certeza que todo tiene que brotar de una oración constate de rodillas frente al Santísimo Sacramento, para poder tener el discernimiento suficiente que nos impulse al acompañamiento de todas las personas, para que puedan crecer en la fe, la esperanza y la caridad y perseveren en la gracia de Dios.Siguiendo la enseñanza de la Iglesia en su Magisterio vamos a continuar con el desarrollo del Plan de Evangelización de la Diócesis, inspirado en el proceso por el que la Iglesia movida por el Espíritu Santo, anuncia y difunde el Evangelio en todo el mundo. De tal manera, que impulsada por la caridad, impregna y transforma a toda la sociedad, dando testimonio entre las gentes de la nueva manera de vivir en Cristo, proclamando explícitamente el Evangelio mediante el primer anuncio que llama a la conversión; iniciando en la fe y la vida cristiana mediante la catequesis a los que se convierten a Jesucristo, alimentando la fe de los fieles mediante la eucaristía y la caridad y suscitando permanentemente a la misión, anunciando a Jesucristo con palabras y obras (Cf. DGC 48).De esa manera, en fidelidad a Jesucristo y la Iglesia, con renovado fervor pastoral y en salida misionera, nos disponemos a fortalecer el proceso evangelizador, que según lo sintetiza el Directorio General para la Catequesis del año 1997, “está estructurado en etapas o momentos esenciales: La acción misionera para los no creyentes y para los que viven en la indiferencia religiosa; la acción catequética para los que optan por el Evangelio y para los que necesitan completar o reestructurar su iniciación; y la acción pastoral para los fieles cristianos ya maduros, en el seno de la comunidad cristiana. Estos momentos no son etapas cerradas, ya que tratan de dar el alimento evangélico más adecuado al crecimiento espiritual de cada persona o de la misma comunidad” (DGC 49, 31-35).El Congreso del PEIP en Barranquilla tuvo como tema la acción misionera. Para este segundo congreso, la temática elegida es la segunda etapa del proceso evangelizador y que tendrá como título: la acción catequética en el proceso evangelizador de la Iglesia. Desde ya nos ponemos en las manos de Dios, encomendando a la Santísima Virgen María y al Glorioso Patriarca San José el éxito de esta experiencia eclesial, que nos permita crecer en el fervor misionero, para cumplir con el mandato del Señor: sean mis testigos.En unión de oraciones,reciban mi bendición.+José Libardo Garcés MonsalveObispo de la Diócesis de Cúcuta

Mar 11 Feb 2025

Sean mis testigos (Hech 1, 8)

Por Mons. José Libardo Garcés Monsalve - Nuestro lema pastoral para este año 2025, en la Diócesis de Cúcuta, es el mandato del Señor, cuando estaba con los discípulos antes de la Ascensión al cielo y deja instrucciones para continuar la obra misionera, diciendo: “Ustedes recibirán la fuerza del Espíritu Santo, Él vendrá sobre ustedes para que sean mis testigos en Jerusalén, en toda Judea, en Samaría y hasta los extremos de la tierra” (Hech 1, 8). Este mandato lo tomamos hoy en la Iglesia en salida misionera para ir a todos los pueblos a hacer discípulos misioneros del Señor: “Vayan y hagan discípulos a todos los pueblos y bautícenlos para consagrarlos al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo, enseñándoles a poner por obra todo lo que les he mandado. Y sepan que yo estoy con ustedes todos los días hasta el final de los tiempos” (Mt 28, 19 - 20).Para asumir con fervor espiritual este mandato misionero es necesario tener un encuentro con Jesucristo, pues vamos en salida misionera a transmitir no una idea de Dios, sino una experiencia con Jesucristo que está vivo, de quien experimentamos su perdón y su amor misericordioso. El Papa Francisco así nos lo recuerda cuando afirma: “¡Cuánto bien nos hace dejar que Él vuelva a tocar nuestra existencia y nos lance a comunicar su vida nueva!” Entonces, lo que ocurre es que, en definitiva, ‘lo que hemos visto y oído es lo que anunciamos’ (1Jn 1, 3) (Evangeli Gaudium 264), porque es una gran noticia que no podemos dejar para nosotros mismos, sino que deseamos que sea conocida por todos en el mundo, de la que nosotros somos sus testigos.Es posible sostenerse en la vida siendo testigos de Jesucristo, si estamos en plena unidad con Él, mediante el estado de gracia en el que nos esforzamos en permane-cer, auxiliados por la oración contemplativa que nos permite entrar en comunión con el Señor de corazón a corazón, para experimentar la gracia de Dios, que nos lleva por caminos de santidad. El Papa Francisco nos lo recuerda cuando afirma: “La mejor motivación para decidirse a comunicar el Evangelio es contemplarlo con amor, es detenerse en sus páginas y leerlo con el corazón. Si lo abordamos de esa manera, su belleza nos asombra, vuelve a cautivarnos una y otra vez. Para esto urge recobrar un espíritu contemplativo, que nos permita redescubrir cada día que somos depositarios de un bien que humaniza, que ayuda a llevar una vida nueva. No hay nada mejor para transmitir a los demás” (EG 264).Para entender profundamente el mandato del Señor para ser sus testigos, se hace necesario un encuentro personal con Jesucristo, que es el amor sin límites que nos salva. Nuestro Señor Jesucristo entregó su vida en la cruz por todos nosotros, mostrándonos cuánto nos ama. Un discípulo misionero tiene que experimentar el amor de Dios que salva y por eso el corazón, ardiendo de fervor por la evangelización, suscita en el misionero el deseo vehemente de anunciar al Señor por todas partes. Así lo expresa el Papa Francisco: “La primera motivación para evangelizar es el amor de Jesús que hemos recibido, esa experiencia de ser salvados por Él que nos mueve a amarlo siempre más” (EG 264). No es posible anunciar a Jesucristo con la vida, si no se ha experimentado su amor misericordioso, que perdona y salva.Es por esto que el misionero tiene que ser un contemplativo de Jesucristo Crucificado, que en gracia de Dios comunique el Evangelio, que es camino, verdad y vida que nos lleva hasta el Padre y con el cual se identifica cada día. Sin la gracia de Dios, sin la oración, sin el alimento de la Eucaristía diaria, no es posible ser un verdadero discípulo misionero del Señor. Se podrán hacer muchas actividades, pero no se comunica con valentía la persona de Jesucristo y su Evangelio. Así lo expresa el Documento de Aparecida: “El Espíritu Santo, que el Padre nos regala, nos identifica con Jesús - Camino, abriéndonos a su misterio de salvación para que seamos hijos suyos y hermanos unos de otros; nos identifica con Jesús - Verdad, enseñándonos a renunciar a nuestras mentiras y propias am-biciones, y nos identifica con Jesús - Vida, permitiéndonos abrazar su plan de amor y entregarnos para que otros ‘tenga vida en Él’” (137).La espiritualidad misionera centrada en Jesucristo, hace que el discípulo viva desde dentro su condición de cristiano, que produce el fervor por la misión, es decir, por vivir en anuncio constante del Evangelio con la vida entregada a Dios y con las palabras que brotan de un corazón en gracia, para ser sus testigos. Aparecida nos lo enseña cuando afirma: “La admiración por la persona de Jesús, su llamada y su mirada de amor buscan suscitar una respuesta consciente y libre desde lo más íntimo del corazón del discípulo, una adhesión de toda su persona al saber que Cristo lo llama por su nombre. Es un ‘si’ que compromete radicalmente la libertad del discípulo a entregarse a Jesucristo Camino, Verdad y Vida” (DA 136), para seguirlo radicalmente asumiendo la propia cruz, unida a la cruz del Señor, cumpliendo con el mandato misionero de ser sus testigos por todos los confines de la tierra.Hoy recibimos con la alegría de los hijos de Dios el mandato del Señor: Sean mis testigos (Cf Hech 1, 8) y de rodillas frente al Santísimo Sacramento, mirando y contemplando el Crucificado, abrimos nuestro corazón a la gracia de Dios, dejando que Él nos contemple, reconociendo su mirada de amor para con nosotros, recibiendo su perdón y comunicando este encuentro con Jesucristo en salida misionera, por todos los confines de nuestra Diócesis. Que la Santísima Virgen María y el Glorioso Patriarca San José, alcancen del Señor la gracia de sentirnos todos los días llamados y enviados por el Señor a ser testigos de su cruz y resurrección.En unión de oraciones,reciban mi bendición.+José Libardo Garcés MonsalveObispo de la Diócesis de Cúcuta

Vie 31 Ene 2025

Peregrinos de Esperanza

Por Mons. José Libardo Garcés Monsalve - Para la gloria de Dios y el bien de la Iglesia que amamos, comenzamos el año 2025 con ánimos renovados y un fervor pastoral fortalecido, para llevar a cabo la evangelización en nuestra Diócesis de Cúcuta. Damos gracias a Dios por el trabajo pastoral y el compromiso apostólico de todos nuestros sacerdotes, diáconos, religiosos, religiosas, seminaristas, animadores de la evangelización y fieles de cada una de las parroquias e instituciones diocesanas, que hasta el momento se han desgastado dando lo mejor de sí para llevar a todos al encuentro con Jesucristo, respondiendo al llamado de ser testigos del Evangelio por todas partes.Hemos sido convocados por el Papa Francisco para vivir el Jubileo, un tiempo de gracia del Señor que tiene como lema “Peregrinos de la Esperanza”, que nos ayuda a seguir con alegría el anuncio del Evangelio de Nuestro Señor Jesucristo. Para llevar a cabo esta tarea, les garantizo a todos mi oración constante de rodillas frente al Santísimo Sacramento y la celebración diaria de la Eucaristía, con la intención de ayudarles en su crecimiento en la fe, la esperanza y la caridad, para responder al llamado del Señor de ser sus testigos por todos los confines de la tierra: “Ustedes recibirán la fuerza del Espíritu Santo; Él vendrá sobre ustedes para que SEAN MIS TESTIGOS en Jerusalén, en toda Judea, en Samaría y hasta los extremos de la tierra” (Hch 1,8).El Espíritu Santo, con su presencia constante, es el motor y la fuerza que nos mantiene siempre en pie, con los ojos fijos en el Señor y los pies en la tierra para cumplir con la misión que Dios mismo nos ha confiado. Así lo afirma el Papa Francisco en la Bula de convocación del Jubileo: “En efecto, el Espíritu Santo, con su presencia perenne en el camino de la Iglesia, irradia en los creyentes la luz de la esperanza. Él la mantiene encendida como una llama que nunca se apaga, para dar apoyo y vigor a nuestra vida. La esperanza cristiana no engaña ni defrauda porque está fundada en la certeza de que nada ni nadie podrá separarnos nunca del amor divino”.Frente a tanta incertidumbre por la que atraviesa el ser humano en el mundo actual, el Jubileo de la Esperanza es un momento de gracia para recibir el perdón de Dios por nuestros pecados y también para fortalecer la centralidad de la vida en Cristo, quien nos sostiene en medio de las dificultades y tribulaciones que enfrentamos cada día. El Papa Francisco citando la carta a los Romanos nos dice: “¿Quién podrá entonces separarnos del amor de Cristo? ¿Las tribulaciones, las angustias, la persecución, el hambre, la desnudez, los peligros o la espada? Pero en todo esto obtenemos una amplia victoria gracias a aquel que nos amó. Porque tengo la certeza de que ni la muerte ni la vida, ni los ángeles ni los principados, ni lo presente ni lo futuro, ni los poderes espirituales, ni lo alto ni lo profundo, ni ninguna otra criatura podrá separarnos jamás del amor de Dios manifestado en Cristo Jesús nuestro Señor” (Rm 8, 35.37-39). He aquí por qué esta esperanza no cede ante las dificultades: porque se fundamenta en la fe y se nutre de la caridad; así hace posible que sigamos adelante en la vida”.Tenemos certeza de que con la fuerza del Espíritu Santo mantenemos viva nuestra fe, esperanza y caridad; somos sostenidos para seguir como peregrinos de la esperanza en gracia a Dios, dando testimonio de Jesucristo en el cumplimiento de nuestra misión y en el trabajo misionero que cada uno realiza aún en medio de sufrimientos y dificultades. Al respecto san Pablo nos anima diciendo: “Por la fe en Cristo hemos llegado a obtener esta situación de gracia en la que vivimos y de la que nos sentimos orgullosos; esperando participar en la gloria de Dios. Y no solo esto: hasta los sufrimientos nos hacen sentir orgullosos; sabiendo que los sufrimientos producen paciencia; la paciencia produce virtud sólida; y esta virtud sólida produce esperanza: una esperanza que no defrauda” (Rm 5, 2-5) y nos mantiene en pie en el combate espiritual para seguir adelante caminando juntos en la gracia de Dios.Con la fe puesta en el Señor, nos disponemos a caminar este año como peregrinos de la esperanza; abiertos a la gracia del perdón que viene de Dios para vivir en familia y comunidad la caridad cristiana. Este será el fruto maduro de esta peregrinación que realizaremos durante todo el año: anunciar con salida misionera la palabra, el mensaje y la persona de Nuestro Señor Jesucristo cumpliendo con el mandato que nos ha dejado: “Sean mis testigos; vivan la fe” en todos los lugares y ambientes donde compartimos diariamente.En unión de oraciones, reciban mi bendición.+José Libardo Garcés MonsalveObispo de la Diócesis de Cúcuta