Bancos de alimentos de la Iglesia lideran misión solidaria para comunidades afectadas por inundaciones en Córdoba
Vie 10 Abr 2026
La Iglesia Católica en Colombia continúa acompañando a las comunidades afectadas por las inundaciones en Córdoba, tras una misión humanitaria realizada en Semana Santa que movilizó ayuda desde el suroccidente del país.El pasado 1 de abril, en el contexto de la Semana Santa 2026, llegó a Montería una caravana humanitaria con más de 82 toneladas de ayuda, como parte de la misión “Juntos por Montería”, liderada por el Banco de Alimentos de la Arquidiócesis de Cali.La iniciativa, articulada con la Diócesis de Montería y la red nacional de bancos de alimentos, permitió trasladar alimentos, medicamentos, kits de aseo, ropa, colchones y otros insumos esenciales hacia el departamento de Córdoba, una de las regiones más golpeadas por la emergencia causada por el desbordamiento del río Sinú en el mes de febrero.Tras una semana de esta entrega, y en medio de este tiempo pascual, la ayuda ya comenzó a ser distribuida a través de las parroquias, mientras continúa el acompañamiento a las comunidades que aún enfrentan las consecuencias del agua.Una emergencia que no terminaAunque han pasado más de dos meses desde la tragedia, la situación para miles de familias sigue siendo crítica.Las inundaciones, que afectaron a varias zonas de la región Caribe, dejaron más de 70.000 personas afectadas solo en Montería, según cifras oficiales. Barrios enteros quedaron bajo el agua, dejando pérdidas materiales, económicas y sociales que aún hoy marcan la vida de las comunidades.“Ciertamente han transcurrido dos meses, pero aún seguimos en la reconstrucción…Hay familias que lo perdieron todo”, expresó el padre Hernán Petro Vidal, director del Banco de Alimentos de la Diócesis de Montería.La emergencia, lejos de haber concluido, ha dado paso a una etapa compleja de recuperación, en la que persisten necesidades urgentes no solo de alimentación, sino también de vivienda, infraestructura y acompañamiento integral.Una Iglesia que responde desde el primer momentoDesde el inicio de la emergencia, la Iglesia local activó sus mecanismos de respuesta.A través del Banco de Alimentos de la Diócesis de Montería y la red de parroquias, se desplegó una atención inmediata que permitió acompañar a las comunidades en albergues, barrios afectados y zonas rurales.“La Iglesia Diocesana, desde el día uno de la emergencia, activó la ruta…Nuestras comunidades se vieron beneficiadas por medio de las parroquias”, explicó el padre Hernán Petro Vidal.Esta presencia ha sido clave no solo para la entrega de ayudas, sino también para brindar consuelo, cercanía y acompañamiento espiritual en medio de la adversidad.Comunión que se convierte en acciónLa misión que partió desde Cali representó un fortalecimiento significativo a este trabajo sostenido.El Banco de Alimentos de la Arquidiócesis de Cali, con el apoyo de empresas, voluntarios y donantes, articuló una operación logística de gran escala que permitió movilizar la ayuda a lo largo de más de 600 kilómetros.“El Banco de Alimentos de Cali unió a toda la empresa privada junto a personas naturales…Nos desplazamos en una gran caravana solidaria”, afirmó el padre Joaquín Gómez, director de esta entidad.La ayuda fue recibida por la Diócesis de Montería, desde donde se está distribuyendo progresivamente a través de las parroquias, priorizando a las comunidades más afectadas.Para el obispo de Montería, monseñor Rubén Darío Jaramillo Montoya, esta acción representa un respaldo concreto al proceso que se adelanta en el territorio. Al recibir la caravana en la capital cordobesa, expresó su gratitud a monseñor Luis Fernando Rodríguez Velásquez, arzobispo de Cali, por el liderazgo de esta misión.“Es un gesto de la generosidad de Dios, de empresarios y comunidad que vienen a acompañar el proceso que está haciendo nuestra diócesis con las personas damnificadas”, agregó.Una reconstrucción integralMás allá de la asistencia material, la Iglesia continúa acompañando un proceso de reconstrucción que abarca múltiples dimensiones.“Es una reconstrucción integral…Nuestras comunidades necesitan reconstruirse en lo social, en lo material, pero también en lo espiritual”, subrayó el padre Hernán Petro Vidal.En este contexto, las parroquias se han convertido en puntos clave de articulación, no solo para la entrega de ayudas, sino también para el fortalecimiento del tejido social y la esperanza de las comunidades.Un proceso que continúa para Córdoba y otras regionesAdemás del acompañamiento espiritual que se brinda permanentemente a las comunidades, la la Iglesia católica en Colombia reafirma su misión solidaria tras las inundaciones que han afectado diferentes regiones del país en los últimos meses, articulando esfuerzos entre jurisdicciones y fortaleciendo la atención a comunidades que aún enfrentan las consecuencias de la emergencia.Vea el informe audiovisual de la misión a continuación:
En la Diócesis de Pasto, las comunidades caminan juntas hacia la Pascua: viacrucis de Cuaresma fortalecen la esperanza
Mié 18 Mar 2026
En el suroccidente de Colombia, la Cuaresma se vive caminando: en la fe y en comunidad. Durante estas semanas, cientos de fieles recorren calles, caminos rurales y plazas parroquiales del departamento de Nariño participando en los viacrucis territoriales convocados por la Diócesis de Pasto, una iniciativa pastoral que reúne a comunidades de distintos municipios para meditar el camino de la cruz y prepararse espiritualmente para la celebración de la Pascua.Las jornadas se desarrollan en las distintas vicarías episcopales del territorio diocesano y congregan a sacerdotes, religiosos y laicos en momentos de oración, catequesis cuaresmales, confesiones y la celebración de la Eucaristía. Más que una tradición devocional, se han convertido en una experiencia de comunión eclesial que une a parroquias urbanas y rurales en un mismo camino de fe.“Vivimos esta experiencia con mucha alegría de podernos encontrar con las otras comunidades, especialmente en tiempo de Cuaresma, donde podemos acercarnos y vivir esto que para la Iglesia es el llamado que nos hace el Señor a la oración”, expresa Lewis Narváez, uno de los fieles participantes.Un camino pastoral que nace del discernimiento sinodalEstos encuentros se realizan en el marco del proceso pastoral que vive la diócesis desde la convocatoria del Sínodo Pastoral Diocesano, impulsado en 2023 por el obispo de Pasto, monseñor Juan Carlos Cárdenas Toro. Este proceso de discernimiento ha buscado fortalecer la comunión, la participación y la misión en la Iglesia particular del sur de Colombia.En este contexto, los viacrucis territoriales se integran al Plan Global Diocesano de Evangelización Misionera y al Año Pastoral denominado “Encuentro con la Palabra”, que invita a las comunidades a redescubrir la centralidad del Evangelio en la vida cristiana.“Convocadas las parroquias, convocados los párrocos, los agentes de pastoral y todas las personas de buena fe de estas vicarías episcopales, para vivir la unidad, para vivir la comunión y para vivir la hermandad”, explica el presbítero José López, al referirse al sentido pastoral de estas jornadas.La meditación del viacrucis se inspira en el lema diocesano: “En Cristo, discípulos de la Palabra, caminamos con su cruz hacia la Pascua”, que orienta el camino espiritual de las comunidades durante este año pastoral.“Esa Palabra que nos llama, que nos convoca, que nos transforma y que nos invita cada día a ser mejores”, señala el presbítero Carlos Contreras.Caminar juntos hacia la PascuaLa vivencia del viacrucis permite a los fieles contemplar el misterio de la pasión de Cristo y reconocer en él una invitación a vivir la fe de manera comunitaria.“Para vivir la experiencia pascual tenemos que pasar por la experiencia de la cruz. El testimonio más bonito de la resurrección de Jesucristo es aprender a vivir en comunidad”, afirma el presbítero Ángel Ordóñez.De esta manera, el recorrido por las estaciones del viacrucis se convierte en un momento de encuentro con Dios y con los hermanos, en el que cada comunidad presenta sus intenciones y necesidades.“Pidiendo por la paz del mundo, por la paz de Colombia, por la paz de nuestros territorios… y también por todas las familias para que permanezcan unidas”, dice Germán Yarpas, quien participó en una de las jornadas.Fe y esperanza en medio de las dificultadesEn algunas zonas del territorio diocesano, especialmente en áreas rurales, estos encuentros adquieren un significado aún más profundo. Comunidades que enfrentan situaciones de violencia, pobreza o abandono encuentran en la oración y en la vida comunitaria un espacio de consuelo y esperanza.“Hoy, en nuestro contexto por la zona que vive toda la cordillera de violencia, de a veces de narcotráfico, situaciones difíciles que se van presentando en cada una de nuestras parroquias”, explica el presbítero Hiovani Espinosa.En medio de estas realidades, la fe continúa siendo un motor de resiliencia para las comunidades.“Que en medio de esa dificultad el llamado a nosotros es a seguir manteniendo la fe, una fe fuerte, firme, que nos permita seguir caminando pese a todo lo que pueda ocurrir”, afirma nuevamente Lewis Narváez.Un camino que conduce a la esperanza pascualLa diócesis ha convocado cinco viacrucis territoriales durante esta Cuaresma, como parte del camino de preparación para la Semana Santa. Para la Iglesia local, estos encuentros representan una oportunidad para fortalecer la comunión entre las comunidades y recordar que el camino de la cruz conduce siempre a la esperanza de la Resurrección.“La fe en Dios es lo único que les permite a estas comunidades que viven en guerra constante que puedan salir adelante. A veces no hay nada más”, expresa Lady Usumag, participante de una de las jornadas.De esta manera, los viacrucis territoriales en la Diócesis de Pasto se convierten en un signo visible de la fe del pueblo de Dios: una fe que camina, que se encuentra y que, en medio de los desafíos del territorio, continúa anunciando la esperanza del Evangelio.Vea a continuación el informe audiovisual:
Monseñor Luis Augusto Campos Flórez asume como Administrador Apostólico de la Diócesis de Socorro y San Gil
Vie 24 Abr 2026
El Papa León XIV, a través del Dicasterio para los Obispos, ha nombrado a monseñor Luis Augusto Campos Flórez como Administrador Apostólico de la Diócesis de Socorro y San Gil.Esta designación, que entró en vigor a través desde el pasado 18 de abril a través de un decreto, se da en el marco de la reciente designación de monseñor Campos como Arzobispo Metropolitano de la Arquidiócesis de Bucaramanga, jurisdicción en la que tomó posesión canónica ese mismo día, luego de haber servido durante seis años como obispo de la Diócesis de Socorro y San Gil.Ahora, monseñor Luis Augusto, de manera simultánea y transitoria, tendrá como misión asegurar la continuidad del acompañamiento pastoral y el adecuado gobierno de esta Iglesia particular. En su condición de Administrador Apostólico, prevista por el derecho canónico, deberá velar por la comunión eclesial, la unidad y el dinamismo evangelizador en ese territorio, en nombre del Santo Padre.
Obispos colombianos llaman a proteger la vida y desescalar el lenguaje en medio del clima electoral
Mar 21 Abr 2026
Ante el actual clima electoral y las recientes denuncias de amenazas contra candidatos presidenciales, la Conferencia Episcopal de Colombia (CEC) hace un llamado urgente a proteger la vida, cuidar el lenguaje y salvaguardar la democracia como pilares fundamentales del país.A través de un comunicado, los obispos advierten que Colombia atraviesa “un momento decisivo que exige compromiso firme con la vida, la democracia y el respeto”, y subrayan que no es posible avanzar en el proceso electoral si no existen garantías reales para todos los actores políticos.En este contexto, instan a las autoridades a actuar con determinación para proteger a quienes participan en la contienda:“Hacemos un llamado a los organismos del Estado a redoblar sus esfuerzos para garantizar la integridad y la seguridad de quienes aspiran a la Presidencia de la República, así como el libre ejercicio de los derechos democráticos”.El pronunciamiento se da en un escenario marcado por alertas de posibles atentados, intimidaciones y hechos de violencia que han encendido las alarmas sobre la seguridad del proceso democrático.La violencia y el lenguaje que divide también amenazan la democraciaJunto a la preocupación por la seguridad de los candidatos, la Iglesia advierte que el tono del debate público incide directamente en la convivencia y en la estabilidad democrática.Por ello, exhorta directamente a los candidatos y sus campañas:“Promover un debate respetuoso, excluyendo toda forma de violencia verbal, estigmatización o descalificación”.Este llamado recoge la enseñanza del Papa Francisco, quien insistía en que el camino no es la confrontación destructiva, sino el encuentro:“En lugar de descalificar rápidamente al adversario, hay que afrontar un diálogo abierto y respetuoso, donde se busque alcanzar una síntesis superadora” (Encíclica Fratelli tutti, 203).La democracia se construye con palabras que unenEl mensaje de la Conferencia Episcopal plantea que el país necesita un giro en el enfoque de la campaña electoral, pasando de la confrontación a las propuestas que respondan al bien común. En esa línea, enfatiza:“La palabra pública debe ser un instrumento de construcción y no de división”.En coherencia con este llamado, los obispos en Colombia hacen eco de palabras expresadas recientemente por el Papa León XIV durante su paso por África. El pontífice ha insistido en la necesidad de reconocerse como una sola familia, incluso en medio de las diferencias:“En un mundo lleno de enfrentamientos e incomprensiones, ¡encontrémonos y tratemos de comprendernos, reconociendo que todos somos una sola familia! Hoy, la sencillez de esta certeza es la llave para abrir muchas puertas aparentemente cerradas” (Argelia, 13 de abril de 2026).Una tarea de todosFinalmente, más allá de las decisiones institucionales o políticas, los obispos recuerdan que el momento que vive el país exige corresponsabilidad:“Cuidar la vida, cuidar la palabra y cuidar la democracia es una responsabilidad compartida”.
El Buen Pastor entra por la puerta en el aprisco de las ovejas
Lun 20 Abr 2026
Por Mons. José Libardo Garcés Monsalve - El próximo domingo estamos llamados por la Iglesia en su liturgia a contemplar a Jesu¬cristo Buen Pastor que tiene preocupación por cada una de las ovejas y sobre todo por aquella que está perdida. Para la misión del pastoreo en su nombre ha dejado instituido el sacerdocio ministerial, indicando a quien ha elegido que entre por la puerta al aprisco donde están las ovejas y camine delante de ellas, tal como lo enseña el Evangelio: “el que no entra por la puerta en el aprisco de las ovejas, sino que salta por otra parte, ese es ladrón y bandido; pero el que entra por la puerta es pastor de las ovejas. A este le abre el guarda y las ovejas atienden su voz, y él va llamando por el nombre a sus ovejas y las saca” (Jn 10, 1 - 3); indicando con ello que todos debemos disponernos a entrar por la puerta que es Jesucristo Buen Pastor que da la vida por las ovejas.
En la Iglesia tenemos la certeza de estar en el aprisco más seguro para recorrer el camino de la vida cristiana, porque Jesucristo Buen Pastor está con nosotros. Pero además un bautizado, elegido por Dios para el sacerdocio, ayuda al cuidado del rebaño para que nadie se pierda, cumpliendo con el mandato misionero del Señor: “vayan y hagan discípulos a todos los pueblos y bautícenlos para consagrarlos al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo, enseñándoles a poner por obra todo lo que les he mandado. Y sepan que yo estoy con ustedes todos los días hasta el final de los tiempos” (Mt 28, 19 - 20).
La misión del Buen Pastor es anunciar el Evangelio, entregando la vida por las ovejas, no las abandona cuando están en peligro y va en busca de ellas cuando se han perdido. Esas actitudes del sacerdote, Buen Pastor, muestran la actitud misericordiosa de Jesús que va en busca de quien se ha perdido, “¿quién de ustedes, si tiene cien ovejas y se le pierde una de ellas, no deja las noventa y nueve en el desierto y va a buscar a la descarriada hasta que la encuentra? Y cuando la encuentra, la carga sobre sus hombros lleno de alegría, y al llegar a casa, reúne a los amigos y vecinos y les dice: ¡alégrense conmigo, porque he encontrado la oveja que se me había perdido!” (Lc 15, 4 - 6).
Desvelarse por la oveja perdida es la misión de la Iglesia en su tarea evangelizadora, que a tiempo y a destiempo predica a Jesucristo, con la finalidad que sea conocido y que todos reciban la salvación. Ese es el designio amoroso del Padre, Él quiere que todos nos salvemos: “esto es bueno y grato a los ojos de Dios, nuestro Salvador, que quiere que todos los hombres se salven y lleguen al conocimiento de la verdad” (1Tim 2, 3 - 4); de nuestra parte corresponde disponernos a escuchar la voz del Señor y seguirlo, transformando nuestra vida en Él, mediante un proceso de conversión que cada día debemos emprender.
De esta actitud amorosa del Padre misericordioso que nos entrega a Jesucristo Buen Pastor, tiene que brotar una actitud contemplativa en cada uno de nosotros, porque es la intimidad de la oración a solas con Él, lo que refuerza en nosotros el llamado a seguirlo, abandonando comportamientos pecaminosos, para poder escuchar la voz del Señor, reconocer la puerta segura que nos lleva a la salvación: “yo soy la puerta: quien entre por mí se salvará y podrá entrar y salir, y encontrará pastos. Yo he venido para que tengan vida y la tengan abundante” (Jn 10, 9 - 10).
Jesucristo para continuar la obra de la salvación se ha quedado con nosotros en cada uno de los sacerdotes, quienes, participando de su único sacerdocio, hacen visible al Buen Pastor, siendo pastores del Pueblo de Dios, cuidando cada oveja que se les ha encomendado como misión, saliendo en busca de aquella que se ha perdido y viviendo como Buen Pastor, presencia de Jesucristo en medio del redil y no como quien se salta la puerta comportándose como un extraño; porque “a un extraño no lo seguirán las ovejas, sino que huirán de él, porque no conocen la voz de los extraños” (Jn 10, 5). Cada sacerdote que presta su servicio en las parroquias de nuestra Diócesis de Cúcuta, ha entrado al ministerio sacerdotal y a la misión de ser pastores, por la puerta que es Jesucristo Buen Pastor, que ha elegido a cada uno para esta misión; la Iglesia lo ha llamado y enviado en su nombre a cuidar el rebaño que se la ha confiado.
El próximo domingo al celebrar a Jesucristo Buen Pastor que ha dado la vida por todos nosotros en la cruz, es también un día para agradecer al Señor por cada uno de nuestros sacerdotes, que dejándolo todo han sabido escuchar la voz del Pastor Supremo, entrar por la Puerta que es Jesucristo, para cumplir la misión en el mundo de pastorear al pueblo de Dios con los sentimientos de Jesucristo, dando la vida por las ovejas que han sido puestas bajo su cuidado.
Agradecemos a Dios el don de cada uno de los sacerdotes de nuestra Diócesis de Cúcuta y también de las vocaciones, para que el Señor siga enviando obreros a su mies a cumplir con el mandato misionero: “vayan y hagan discípulos, celebrando la Resurrección”. Oremos por los seminaristas que se encuentran en nuestro Seminario Mayor San José, para que sepan responder al llamado del Señor y se vayan configurando con Jesucristo Buen Pastor. Pidamos la gracia de la renovación sacerdotal para nuestro presbiterio, que nos comprometa a todos en la salida misionera, a ir en búsqueda de la oveja perdida y poderla retornar a tomar el alimento que ofrece Jesucristo en la Eucaristía. Pongámonos bajo la protección y amparo de la Santísima Virgen María y del Glorioso Patriarca San José, pidiendo por todos los sacerdotes para que seamos fieles a Jesucristo y a la Iglesia, en el pastoreo que se nos ha confiado.
Felicitaciones a todos los sacerdotes en este día.
En unión de oraciones,
reciban mi bendición.
+José Libardo Garcés Monsalve
Obispo de la Diócesis de Cúcuta
Abril pascual y bautismal
Mar 14 Abr 2026
Por Mons. Luis Fernando Rodríguez Velásquez - Por el mes de abril comienza con la gran solemnidad de la Pascua de resurrección del Señor. Es la alegría de la victoria de Cristo sobre la muerte la que debe embargar nuestros corazones y sentimientos, de manera que aun en medio de las dificultades que encontramos en el camino, sea la fuerza del Resucitado la que nos aliente y fortalezca.
Eje central de las fiestas pascuales, y especialmente de la noche de la Pascua, es el Bautismo. En la arquidiócesis de Cali hemos querido dedicar este año a redescubrir el valor y la fuerza de este sacramento. Cómo es de necesario y urgente que los bautizados tomemos más en serio el significado de los compromisos propios de la vida cristiana, que se reciben con el sacramento del Bautismo, mediante el cual, nos hacemos hijos de Dios, nos incorporamos a la Iglesia, nos hacemos hermanos en Cristo y por el baño del agua, las palabras del Bautismo, la unción del crisma y demás ritos del sacramento, llegamos a ser sacerdotes, profetas y reyes.
Por el Bautismo somos enviados a la misión. Somos constituidos discípulos y misioneros para hacer que muchos conozcan la vida nueva que nos regala el Resucitado.
El Catecismo de la Iglesia Católica dedica los números 1213 a 1284 al sacramento del Bautismo que vale la pena releer. Dice entre otras cosas, que el Bautismo es el fundamento de toda la vida cristiana, el pórtico de la vida en el espíritu y la puerta que abre el acceso a los otros sacramentos” (n. 1213).
Presenta el Bautismo en la economía de la salvación, recordando que “desde el origen del mundo, el agua es la fuente de la vida y la fecundidad” (n. 1218), y es figura de los distintos acontecimientos que han dado la vida nueva, como la creación y el paso del mar rojo. El agua “simboliza la vida y la muerte, y significa la comunión con la muerte de Cristo (n. 1220). El agua representa el Espíritu Santo (Jn. 3,5). El Bautismo hace que podamos renacer del agua y espíritu. “El Bautismo es necesario para la salvación” (n.1257).
Pero hay un número que es sumamente importante en el que se afirma que “el Bautismo es el sacramento de la fe (cf. Mc. 16, 16). Pero la fe tiene necesidad de la comunidad de creyentes. Solo en la fe de la Iglesia puede creer cada uno de los fieles” (n. 1253). En comunidad la fe se fortalece y se hace misionera para que muchos conozcan al Señor y se hagan partícipes de la salvación que nos ofrece. Ante la disminución de cristianos y bautizados, urge que los cristianos vivamos con coherencia la fe, para antojar a otros a bautizarse o a volver al amor primero en la Iglesia.
Y dirá, además, que “en todos los bautizados, niños o adultos, la fe debe crecer después del Bautismo. Por eso, la Iglesia celebra cada año en la noche pascual la renovación de las promesas del Bautismo… El Bautismo es la fuente de la vida nueva en Cristo, de la cual brota toda vida cristiana” (n. 1254). Una fe que no se cuida puede apagar su ardor. Entristece que un número importante de cristianos y católicos se denominen católicos no practicantes. ¿Qué hacer entonces?
Si tomáramos realmente en serio la fuerza de este sacramento, de seguro que el testimonio de los cristianos sería avasallador. La vida cristiana de la que se nos habla, reflejaría que en nosotros habita el Señor, y que el Espíritu Santo recibido en el sacramento, nos ayudaría no solo a cumplir los mandamientos, sino a tener los sentimientos de Cristo Jesús.
Más aun, hará posible que, en la vivencia de la vida cristiana que debe emerger del sacramento recibido, podamos transformar el mundo siendo fermento de esperanza. Un buen cristiano debe ser un excelente ciudadano. No podemos restringir el bautismo a solo un rito. La caridad, la solidaridad, el amor mutuo y la celebración de la fe en los distintos sacramentos de la Iglesia, como la reconciliación y la eucaristía, deben ser una constante.
Durante este tiempo pascual estamos siendo llamados a renovar con esperanza los compromisos del Bautismo. Hago este reiterado llamado para se haga la renovación con el convencimiento de que los tiempos que vivimos requieren una fuerza interior que nos permita discernir lo que Dios quiere para los cristianos y católicos en los tiempos convulsionados que vivimos.
+Luis Fernando Rodríguez Velásquez
Arzobispo de Cali
Vida nueva en Jesucristo Resucitado
Lun 6 Abr 2026
Por Mons. José Libardo Garcés Monsalve - Con gran alegría y gozo vivimos la Resurrección del Señor, después de un tiempo de gracia en el que hemos caminado en el perdón y la reconciliación, que nos ha dispuesto a recibir el don de la paz, que nos trae Jesucristo Resucitado, para tener una vida nueva en Él: “por el bautismo hemos sido sepultados con Cristo quedando vinculados a su muerte, para que así como Cristo fue resucitado de entre los muertos por el poder del Padre, así también nosotros llevemos una vida nueva” (Rom 6, 4). Esto nos permite vivir transformados en Cristo y comunicarlo a otros como experiencia de fe, cimiento de nuestra vida cristiana tal como lo señaló San Pablo: “si Cristo no ha resucitado, la fe de ustedes no tiene sentido y siguen aún sumidos en sus pecados” (1Cor 15, 17).
La Resurrección de Jesucristo es la revelación suprema, la roca firme sobre la que está cimentada nuestra fe y esperanza, la manifestación decisiva para decirle al mundo que no reina el mal, ni el odio, ni la venganza, sino que reina Jesucristo Resucitado que ha venido a traernos amor, perdón, reconciliación, con el don de la paz y una vida renovada en Él, para tener vida eterna. La Resurrección de Cristo es esperanza verdadera y firme para el ser humano, que muchas veces camina vacío, en el mal y la violencia que conducen a la muerte. Realmente Jesucristo ha Resucitado, tal como lo atestiguan los evangelistas: “ustedes no teman; sé que buscan a Jesús, el crucificado. No está aquí, ha resucitado como lo había dicho” (Mt 28, 5 - 6). Él es la fuente de la verdadera vida, la luz que ilumina las tinieblas, el camino que nos lleva a la vida eter¬na a participar de la Gloria de Dios.
Nuestro caminar diario tiene que conducirnos a un encuentro personal con Jesucristo vivo y Resucitado, “que me amó y se entregó por mí” (Gal 3, 20). Ahora Resucitado vive y tiene en su poder las llaves de la muerte y del abismo, para levantarnos del pecado mediante el perdón, devolvernos la gracia que nos renueva desde dentro con una vida nueva y convertirnos en misioneros transmitiendo todo lo que nos ha enseñado, según el mandato entregado a los discípulos: “vayan y hagan discípulos a todos los pueblos y bautícenlos para consagrarlos al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo, enseñándoles a poner por obra todo lo que les he mandado. Y sepan que yo estoy con ustedes todos los días hasta el final de los tiempos” (Mt 28, 19 - 20). Esta misión guía nuestro trabajo pastoral en este año de gracia del Señor.
Así lo entendieron los primeros creyentes que vieron a Jesucristo y lo palparon Resucitado, Pedro, Tomás que al principio no creyó que había Resucitado, los apóstoles y los discípulos, al verlo, comprendieron perfectamente que su misión consistía en ser testigos de la Resurrección de Cristo, porque de este acontecimiento único y sorprendente dependería la fe en Él y la difusión de su mensaje de salvación. También nosotros en el momento presente de nuestra fe, somos confirmados en el Resucitado, para llevar a cabo la misma misión de Cristo que ha venido a traer perdón, reconciliación y paz. La fe apostólica que recibimos por la predicación de la Iglesia, es la que transmitimos a los demás hermanos.
La primera palabra de Jesús para los discípulos fue de paz y solo esa palabra fue suficiente para que se llenarán de alegría y todos los miedos, dudas e incertidumbres que tenían quedaran atrás y se convirtieran en fuente de esperanza para la Iglesia y la humanidad. Un mensaje de paz que contiene la misericordia y el perdón del Padre Celestial. Con este mensaje los discí¬pulos fueron enviados a anunciar la misericordia y el perdón: “a quienes les perdonen los pecados les quedan perdonados” (Jn 20, 23), dejando la paz a todos, porque no puede existir paz más intensa en el corazón que sentirse perdonado. Esa realidad renueva toda la vida, para que sigamos adelante cumpliendo el mandato misionero de comunicar a Jesucristo Resucitado.
Dejemos a un lado nuestros odios, resentimientos, rencores y venganzas que causan división y producen violencia y muerte. Oremos por nuestros enemigos, perdonemos de corazón a quien nos ha ofendido y pidamos perdón por las ofensas que hemos hecho a nuestros hermanos. Dios hace nuevas todas las cosas, no temamos, no tengamos preocupación alguna, pongámonos en las manos del Padre que perdona. La Eucaristía que vivimos con fervor es nuestro alimento, es la esperanza y la fortaleza que nos conforta en la tribulación; una vez fortalecidos, queremos transmitir esa vida nueva con mucho entusiasmo a nuestros hermanos, a nuestra familia, para que todos tengan vida nueva en Jesucristo Resucitado.
La esperanza en la Resurrección debe ser fuente de consuelo, de paz y fortaleza ante las dificultades, ante el sufrimiento físico o moral, cuando surgen las contrariedades, los problemas familiares, cuando vivimos momentos de cruz, de dolor, de enfermedad y de muerte. Un cristiano no puede vivir como aquel que ni cree, ni espera. Porque Jesucristo ha Resucitado, nosotros creemos y esperamos en la vida eterna, en la que viviremos dichosos con Cristo y con todos los santos. Necesitamos esforzarnos constantemente para estar más cerca de Jesús. Tenemos esta posibilidad gracias a su Resurrección. La comunión que recibimos en cada Eucaristía nos renueva interiormente, nos transforma en Cristo, hasta llegar a decir con San Pablo “Ya no vivo yo, sino que es Cristo quien vive en mí” (Gál 2, 20).
Los animo a que sigamos adelante en ambiente de alegría pascual y gozo por la Resurrección del Señor, con la esperanza que un día llegaremos a ser resucitados con Cristo. Que la oración pascual nos ayude a seguir a Jesús Resucitado con un corazón abierto a su gracia y a dar frutos de fe, esperanza y caridad para con los más necesitados y siempre puestos en las manos de Nuestro Señor Jesucristo, que es nuestra esperanza. También, bajo la protección y amparo de la Santísima Virgen María y del Glorioso Patriarca San José, que nos protegen. Felices Pascuas para todos.
En unión de oraciones,
reciban mi bendición.
+José Libardo Garcés Monsalve
Obispo de la Diócesis de Cúcuta
Elogio de la monogamia
Mar 24 Mar 2026
Por Mons. Miguel Fernando González Mariño - Este no es el título de una novela antigua ni de una poesía medieval, sino el subtítulo de la nota doctrinal Una Caro [una carne] sobre “el valor del matrimonio como unión exclusiva y de pertenencia mutua”, firmada por el prefecto del Dicasterio para la Doctrina de la Fe, aprobada por León XIV tras una audiencia el pasado 21 de noviembre de 2025.
Con este documento se busca dar elementos para profundizar teológicamente en este tema que, según registra el autor, no ha sido suficientemente estudiado. Está dirigido en primer lugar a obispos y teólogos, recogiendo abundantes textos y centrándose únicamente en la primera propiedad esencial del matrimonio, la unidad, que puede definirse como “la unión única y exclusiva entre una sola mujer y un solo hombre, o, en otras palabras, como la pertenencia mutua de ambos, que no puede compartirse con otros".
La monogamia tiene un fundamento antropológico, indica el documento que el propósito unitivo de la sexualidad no se limita a asegurar la procreación, sino que contribuye a enriquecer y fortalecer la unión única y exclusiva y el sentido de pertenencia mutua, pero se eleva a la trascendencia: “La monogamia no es arcaísmo, sino profecía: revela que el amor humano, vivido en su plenitud, anticipa de alguna manera el misterio mismo de Dios”, señala el documento, además "Santo Tomás sostiene que la monogamia deriva esencialmente del instinto natural, inscrita en la naturaleza de todo ser humano; por lo tanto, esta esfera prescinde de las exigencias de la fe”.
No obstante, dirigiendo la mirada a los fenómenos sociales que inciden en el tema, vemos hoy situaciones ambiguas, pues "nuestra época, experimenta diversas tendencias en relación con el amor: el aumento de las tasas de divorcio, la fragilidad de las uniones, la trivialización del adulterio y la promoción del poliamor. A la luz de todo esto, cabe reconocer que las grandes narrativas colectivas (novelas, películas, canciones) siguen exaltando el mito del "gran amor" único y exclusivo. La paradoja es evidente: las prácticas sociales socavan lo que la imaginación celebra. Esto revela que el deseo de amor monógamo permanece inscrito en lo más profundo del ser humano, incluso cuando los comportamientos parecen negarlo".
Vamos a las cifras de nuestro país sobre infidelidad matrimonial: Colombia es el segundo país con más situaciones de infidelidad en Latinoamérica después de Brasil (unisabana.edu.co) trayendo como consecuencia la pérdida de confianza en la pareja, convirtiéndose en la primera causa de divorcio. Encuestas al respecto anotan que 8 de cada 10 hombres y 6 de cada 10 mujeres han sido infieles en sus relaciones de pareja.
Otro dato inquietante lo proporciona un estudio de la OCDE sobre el porcentaje de niños nacidos fuera del matrimonio: Colombia ocupa el preocupante primer lugar con el 87%, seguida de Chile con el 78.1% y Costa Rica con el 74%. En los últimos lugares están: Corea con el 4,7%, Turquía con el 3,1% y Japón con el 2.4%. (OCDE. Babies Born Outside of Marriage).
Como vemos, mientras nuestra Iglesia nos ayuda a profundizar en la teología de la monogamia, nuestro pueblo está muy lejos de practicarla. Es una realidad que debe interpelarnos seriamente sobre la eficacia de la pastoral familiar. Gracias a Dios, el Santo Padre ha convocado para el próximo mes de octubre a los presidentes de las Conferencias Episcopales del mundo a un encuentro de escucha recíproca y discernimiento sinodal sobre los pasos a seguir para anunciar el evangelio a las familias de hoy.
Concluyamos entonces con la propuesta que hace Una caro, dándonos luces sobre el trabajo a realizar: "No basta con denunciar los fracasos; partiendo de los valores que aún se conservan en el imaginario popular, debemos preparar a las generaciones para abrazar la experiencia del amor como un misterio antropológico. El mundo de las redes sociales, donde el pudor se desvanece y prolifera la violencia simbólica y sexual, demuestra la urgente necesidad de una nueva pedagogía. El amor no puede reducirse a un impulso: siempre apela a la responsabilidad y la capacidad de esperanza de toda la persona. (...) Así, la educación en la monogamia no es una restricción moral, sino una iniciación en la grandeza de un amor que trasciende la inmediatez. Dirige la energía erótica hacia una sabiduría de perdurabilidad y una apertura a lo divino. La monogamia no es arcaísmo, sino profecía: revela que el amor humano, vivido en su plenitud, anticipa de alguna manera el misterio mismo de Dios.
Mons. Miguel Fernando González Mariño
Obispo de la Diócesis de El Espinal
Presidente de la Comisión Episcopal de Matrimonio y Familia
Una deuda silenciosa: los sacerdotes olvidados…
Mié 22 Abr 2026
Por Pbro. Daniel Bustamante Goyeneche - En estas líneas deseo llamar la atención sobre una realidad que interpela profundamente nuestra vida cristiana y nuestro sentido de Iglesia: la situación de nuestros sacerdotes ancianos, particularmente aquellos que, a causa de la enfermedad o la fragilidad propia de la edad, viven en condiciones de soledad, abandono o insuficiente acompañamiento, incluso de olvido material.
Es justo reconocer que estos hermanos mayores han consagrado su vida al servicio del Pueblo de Dios. Con fidelidad y entrega, han administrado los sacramentos, anunciado la Palabra y acompañado a innumerables fieles en los momentos más significativos de su existencia. Su labor, muchas veces silenciosa y sacrificada, constituye un testimonio elocuente de amor y entrega pastoral.
Ante esta realidad, la Iglesia, como madre y maestra, está llamada a promover una cultura de la gratitud, cercanía y cuidado hacia quienes han sido servidores diligentes del Evangelio. El paso del tiempo y las limitaciones propias de la edad no disminuyen la dignidad de su ministerio ni el valor de su testimonio.
Es verdad que muchos sacerdotes ancianos, después de haber entregado absolutamente todo por la Iglesia, hoy viven en el olvido. No es una percepción exagerada ni un caso aislado; es una realidad que, aunque silenciosa, revela una profunda incoherencia dentro de nuestra propia Iglesia.
Lo dieron todo. No parcialmente, no a medias. Toda una vida marcada por la entrega: años de servicio constante, disponibilidad sin horarios, acompañamiento en los momentos más decisivos de la vida de los fieles. Estuvieron cuando hubo alegría, cuando hubo dolor, cuando hubo dudas. Fueron presencia firme cuando muchos no tenían a quién acudir. Y, sin embargo, hoy..¿Dónde están? ¿Quién los cuida?
Muchos han sido desplazados de la vida activa, confinados a espacios donde apenas reciben visitas, donde el paso del tiempo se vuelve más pesado por la ausencia de cercanía. Ya no son “necesarios”, ya no “producen”, ya no “lideran”. Y en una lógica silenciosa pero cruel, eso parece bastar para que dejen de ser visibles.
Este olvido no es neutro. Es una forma de abandono. Incluso muchos de ellos mueren en el silencio, en el olvido de sus fieles sin que sepan que han pasado a la casa del Padre. Como Iglesia —y aquí no se trata solo de estructuras, sino de todos nosotros— hemos fallado en algo esencial. Hemos recibido sin aprender a corresponder. Hemos sido acompañados sin comprometernos a acompañar. Hemos escuchado durante años palabras sobre amor, fidelidad y gratitud… pero no las estamos viviendo con quienes nos las enseñaron.
¿De qué sirve hablar de comunidad si dejamos solos a nuestros propios pastores cuando más necesitan compañía? ¿Qué credibilidad tiene nuestro discurso sobre el amor al prójimo si ignoramos a quienes nos lo enseñaron con su vida?
No basta con garantizarles lo mínimo. Un techo, comida o atención médica no reemplazan la cercanía humana, el reconocimiento, la memoria agradecida. Un sacerdote anciano no necesita solo asistencia: necesita saber que su vida no fue olvidada, que su entrega no quedó en el vacío.
Lo más preocupante es que este fenómeno se ha normalizado. Ya no escandaliza. Nos hemos acostumbrado a que sea así. Y esa normalización es, quizás, la señal más clara de que algo no está bien. Porque una Iglesia que olvida a quienes lo dieron todo corre el riesgo de vaciarse por dentro. Pierde memoria, pierde coherencia, pierde alma. Todavía estamos a tiempo de reaccionar. No con discursos, sino con gestos concretos: visitar, escuchar, acompañar, agradecer. Hacerlos parte, no del pasado, sino del presente. Porque ellos no fueron circunstanciales. Fueron pilares. Y a los pilares no se les abandona cuando el tiempo pasa. Se les honra.
Al encontrarse en la etapa de la ancianidad o en condición de retiro pastoral, no dejan de ser miembros vivos y valiosos del Cuerpo de Cristo. Su dignidad permanece intacta, y su testimonio continúa siendo fuente de edificación para toda la Iglesia. Sin embargo, existe el riesgo de que su entrega sea relegada al olvido o que su presencia pase desapercibida en medio del dinamismo cotidiano de nuestras comunidades.
La gratitud no es solo un deber moral, sino una expresión auténtica de la fe que profesamos. En el cuidado y reconocimiento de nuestros sacerdotes eméritos, manifestamos el rostro de una Iglesia que no olvida, que honra y que ama a quienes han dado su vida por ella. Que este llamado encuentre eco en sus corazones y se traduzca en gestos concretos de caridad y comunión.
Exhorto, por tanto, a todos los fieles laicos a manifestar, de manera concreta, su aprecio y reconocimiento hacia estos sacerdotes, mediante la oración constante, la visita fraterna y, en la medida de sus posibilidades, el apoyo material y humano que requieran.
De igual manera, invito a los presbíteros en ejercicio activo a fortalecer los vínculos de fraternidad sacerdotal, procurando que ninguno de sus hermanos mayores carezca de la cercanía, el respeto y la asistencia que merece.
Que este llamado sea acogido con espíritu de fe y caridad, recordando siempre que en el rostro del sacerdote anciano y enfermo reconocemos la presencia de Cristo, quien nos invita a servirle con amor y generosidad.
Encomendamos esta intención a la Santísima Virgen María, Madre de los sacerdotes, para que nos alcance la gracia de vivir con autenticidad el mandamiento del amor.
Pbro. Daniel Bustamante Goyeneche
Director Fundación Mutuo Auxilio Sacerdotal Colombiano (MASC)
Traducciones y adaptaciones litúrgicas indígenas
Jue 16 Abr 2026
Por P. Carlos Alberto Jiménez cjm - Un Encuentro con las Semillas del Verbo presentes en los pueblos originarios - En función de la Inculturación del Evangelio en el seno de los pueblos originarios, se realizó del 23 al 27 de marzo del presente año 2026, en la Ciudad de México, el segundo “Encuentro sobre traducciones y adaptaciones litúrgicas indígenas”. Este encuentro estuvo liderado por el Cardenal Felipe Arizmendi, obispo emérito de San Cristóbal de las Casas (México) y quien ha sido coordinador del equipo asesor del CELAM en Teología India. Si bien convocó especialmente a agentes de pastoral indígena y liturgistas de la nación mexicana, también fueron invitados agentes de otras Iglesias nacionales a saber: Colombia, Guatemala y Bolivia. Por Colombia asistimos junto con Monseñor Medardo de Jesús Henao del Río, obispo del Vicariato apostólico de Mitú (Vaupés) y presidente del Instituto Misionero de Antropología (IMA).
El encuentro también contó con la participación de Monseñor Aurelio García Macías, Obispo de Rotdon (España) y subsecretario del “Dicasterio para el Culto divino y la disciplina de los sacramentos” en el Vaticano, además de diversos miembros de las comisiones de Pastoral litúrgica, Pastoral profética y de la Dimensión bíblica de la pastoral, de la Conferencia Episcopal Mexicana.
El encuentro tuvo por objetivo compartir criterios y experiencias de traducciones y adaptaciones litúrgicas en los pueblos originarios, para continuar el proceso de inculturación de la Iglesia y promover la plena participación de los Indígenas en la vida eclesial. En él se compartieron las experiencias de algunas diócesis en lo que concierne a la traducción de textos litúrgicos a las lenguas indígenas de los pueblos originarios presentes en el territorio y reconocimiento de estas lenguas como lenguas de la liturgia universal, en especial lenguas de pueblos mexicanos, como lo son Nahualt, Tseltal y Tsotsil. También se presentaron logros en materia de adaptaciones litúrgicas en la Diócesis de San Cristóbal de las Casas.
En el encuentro participaron decenas de miembros de pueblos indígenas interesados en poder escuchar y decir el mensaje del evangelio, en lengua propia. Para esto se recordó un hito de la evangelización en México y en el continente, relacionado con la revelación de la Virgen de Guadalupe al Indio San Juan Diego, pues dicha comunicación se dio en lengua indígena (Nahualt), razón por la cual la leyenda sagrada del “Nikan Mopohua”, que recoge dicha revelación dada en el cerro del Tepeyac al Indio Juan Diego Cuauhtlatoatzin, se escribió en su lengua. Por motivos como éste, es que en varias diócesis se han constituido equipos de traductores integrados por los sabios de las comunidades indígenas, misioneros que identifican la lengua, lingüistas y liturgistas, de modo tal que en conjunto logren un cuidadoso trabajo de traducción, que atendiendo al pedido de los pueblos mantenga la fidelidad a la liturgia de la Iglesia.
Monseñor Aurelio García, en nombre del dicasterio recordó como el Concilio Vaticano II, en la Constitución Sacrosanctum Concilium permite el uso de la lengua vernácula siempre que sea “muy útil para el pueblo”. De allí que se permita la traducción de libros litúrgicos. Refiriéndose a los Criterios para la traducción litúrgica citó varios documentos que han guiado la actividad en esta materia: la instrucción “Comme la prévoit” (25 de enero de 1969), la Instrucción “Liturgiam Authenticam” (28 de marzo de 2001) y la carta apostólica en forma motu proprio de la Papa Francisco “Magnum principium” (3 de septiembre de 2017); todo a fin de cuidar el ejercicio de interpretaciones forzadas o de la obsesión en la literalidad. Recordó también que a lo largo del tiempo se han enviado cartas para orientar a las Conferencias Episcopales en la materia, como la dirigida por la Sede apostólica a los presidentes de éstas, sobre las lenguas habladas en la liturgia (Epistola ad praesides conferentiarum episcopalium de linguis vulgaribus in sacram liturgiam inducendis), el 5 de junio de 1976, donde se clarifica las competencias de los obispos, la documentación a presentar a la Sede Apostólica, la atención a las fórmulas sacramentales, así como el procedimiento para la aprobación y transmisión de actas a la Santa Sede. Vale la pena señalar que un requisito básico para emprender la tarea de traducción de los textos litúrgicos es la existencia de la versión de la Biblia en una determinada lengua aprobada por la Conferencia Episcopal.
Para efecto de adaptaciones litúrgicas el Subsecretario del Dicasterio señaló como en la Constitución Sacrosanctum Concilium se habló de “adaptación”, término que encontraría un desarrollo posterior en el concepto de “inculturación” usado por el Papa Juan Pablo II en la encíclica Salvorum Apostoli. Observó como el tema de las adaptaciones fue tratado y explicado detenidamente en la instrucción “Varietates Legitimae” (25 de enero de 1994), sobre La liturgia romana y la inculturación. Al final lo que debe quedar claro es que la adaptación está motivada por exigencias culturales y lo que busca “es expresar ritualmente, a través de gestos y símbolos, el mismo contenido expresado por gestos y símbolos del Rito Romano”.
Viniendo al caso colombiano se informó como los pueblos originarios y ancestrales, suman 117, según la información disponible en el Ministerio del Interior, el DANE y algunas organizaciones indígenas. Entre estos pueblos subsisten 66 lenguas nativas, que son vitales para la comunicación de estos y la conservación de su identidad cultural. Ahora bien, para miembros de estos pueblos, hacer una oración que salga del corazón implica hacerla en lengua materna, lo cual nos desafía a misioneros y pastores a aprender sobre sus lenguas y símbolos.
Vale la pena señalar que, en el caso del acompañamiento pastoral a las comunidades afrodescendientes de Colombia y de América Latina, se han ido presentando, en las celebraciones litúrgicas, gestos que ayudan a sus miembros a expresar la fe, como lo son: el sonido de tambores, la danza y ornamentos litúrgicos coloridos. Tal hecho ha sido reflexionado en el encuentro, llegando a la conclusión que se debe hacer un prudente seguimiento y acompañamiento pastoral, para poder establecer la medida en que estos gestos podrían gozar en algún momento del reconocimiento de adaptación litúrgica por parte de la Iglesia Universal.
Al final queda la convicción que la Iglesia debe y puede ofrecer “signos” de auténtica fraternidad y voluntad de acogida, en la evangelización de los pueblos originarios, siendo algunos de ellos: proclamar el evangelio en la lengua de quienes decimos son pueblos hermanos y reconocer los símbolos que emplean para expresar la fe en Dios, cuando estos están en comunión con la Iglesia.
Padre Carlos Alberto Jiménez Zapata, CJM
Director del Centro Misionero y del Área de Etnias
Conferencia Episcopal de Colombia
En memoria del Padre Adriano Tarrarán
Lun 13 Abr 2026
Por P. Luis Eduardo Pérez Villegas, M.I - El padre Adriano Tarrarán, religioso de la Orden de los Ministros de los Enfermos (Camilos), fue ordenado sacerdote en 1964 en Rossano Veneto (Italia). Inspirado por el carisma de San Camilo de Lelis, consagró su vida al servicio de los enfermos, reconociendo en ellos el rostro vivo de Cristo sufriente.
En septiembre de 1966 se ofreció como misionero para Colombia, llegando a Bogotá el 4 de enero de 1967. Desde entonces, inició una entrega generosa que se prolongó por más de cinco décadas de servicio sacerdotal y misionero en el país, convirtiéndose en una figura clave en la renovación de la pastoral de la salud en Colombia y América Latina.
Su primer destino fue el Hospital Universitario San Juan de Dios, donde ejerció como capellán. Allí, el contacto directo con el dolor, la exclusión y las carencias del sistema de salud lo interpeló profundamente. Esta experiencia marcó el rumbo de su misión: trabajar por la humanización del cuidado, la dignificación del enfermo y la promoción de una atención integral que atendiera tanto las dimensiones físicas como humanas, sociales y espirituales de la persona.
Fiel al espíritu camiliano, el padre Adriano impulsó una verdadera transformación en el modo de comprender y vivir la pastoral de la salud. Promovió la formación ética y humana de los profesionales sanitarios, así como la creación de redes de voluntariado capaces de acompañar con compasión y cercanía a quienes sufren.
Para ello, desarrolló un amplio programa de sensibilización a través de cursos, seminarios y jornadas de humanización de los servicios de salud. Durante varios años recorrió incansablemente el país, llegando a hospitales, clínicas y comunidades, sembrando una nueva conciencia sobre el valor de la vida y la dignidad del enfermo.
En 1981 dio un paso decisivo al fundar el Centro Camiliano de Humanización y Pastoral de la Salud en Bogotá, que con el tiempo se consolidó como un referente nacional e internacional. Este espacio se convirtió en una verdadera escuela de formación en el arte de cuidar, por la que han pasado miles de personas: agentes pastorales, profesionales de la salud, voluntarios y familiares de enfermos.
En 1986 fue nombrado responsable de la pastoral de la salud de la Arquidiócesis de Bogotá, y en 1994 la Conferencia Episcopal de Colombia le confió la animación de esta pastoral a nivel nacional. Ese mismo año, el CELAM le encomendó la coordinación continental, impulsando un cambio significativo: pasar de una pastoral centrada únicamente en el enfermo a una pastoral de la salud con enfoque integral, preventivo y comunitario.
Su aporte no se limitó a la acción pastoral directa. El padre Adriano también realizó una importante labor formativa y académica, elaborando materiales, manuales y reflexiones sobre el acompañamiento al sufrimiento, el duelo, la espiritualidad en la enfermedad y la humanización de los servicios de salud. Sus escritos y procesos formativos han orientado a generaciones de agentes pastorales en Colombia y América Latina.
Fiel a su espíritu visionario, promovió la creación de nuevos espacios al servicio de la vida. En 2009 se inauguraron la Casa de Espiritualidad Camiliana y el Centro de Escucha San Camilo, dedicados al acompañamiento de personas en situaciones de dolor, pérdida y duelo, fortaleciendo así una atención más cercana y profundamente humana.
Hoy, el Centro Camiliano de Bogotá es reconocido como un oasis de paz, formación y esperanza, símbolo vivo de una Iglesia comprometida con el cuidado de la vida y la dignidad humana.
Celebrar la vida y misión del padre Adriano es reconocer en él a un auténtico testigo de la caridad. Su legado permanece en cada persona formada, en cada enfermo acompañado con dignidad y en cada corazón sensibilizado frente al sufrimiento humano.
Gracias, padre Adriano, por tu entrega generosa, por tu fidelidad al Señor y por encarnar con radicalidad el carisma de la Orden Camiliana. Gracias por enseñarnos que cuidar es amar, y que en el servicio a los más frágiles se revela el sentido más profundo de la vida.
Tu vida ha sido, y seguirá siendo, una semilla de esperanza para Colombia y para toda la Iglesia.
P. Luis Eduardo Pérez Villegas M.I
Director Centro Camiliano de Humanización y Pastoral de la Salud
Coordinador de la pastoral salud a nivel Colombia desde la Conferencia Episcopal
Libertad religiosa y convivencia democrática: una tarea de todos
Mié 8 Abr 2026
Por Pbro. Carlos Guillermo Arias - Con preocupación, los católicos hemos sido testigos de que, durante los días de Semana Santa, especialmente en el centro de Bogotá, algunos grupos de personas, que se autodenominan o aparentan ser militantes de corrientes satánicas, han intentado interrumpir celebraciones religiosas propias de estos días. Tales acciones no solo hieren la sensibilidad religiosa de los fieles presentes, sino que afectan gravemente el clima de respeto y convivencia que debe caracterizar a una sociedad plural, democrática y reconciliada.
Resulta aún más preocupante que este tipo de intervenciones pretendan ampararse en el ejercicio de la libertad religiosa, cuando el artículo 5º de la Ley 133 de 1994 establece de manera expresa que no se encuentran cobijadas por esta protección las actividades relacionadas con el satanismo, las prácticas mágicas, supersticiosas, espiritistas u otras análogas ajenas a la religión. En consecuencia, estas expresiones no solo carecen de respaldo jurídico como manifestaciones legítimas del derecho fundamental a la libertad religiosa, sino que, cuando se realizan de forma provocadora o violenta, constituyen una vulneración de los derechos de las comunidades de fe y del orden social basado en el respeto mutuo.
La Iglesia Católica, fiel a su misión evangelizadora, promueve el diálogo, la paz, la reconciliación y el respeto entre todas las personas, independientemente de sus convicciones religiosas, culturales o ideológicas. Sin embargo, el respeto debe ser siempre recíproco. Ninguna diferencia puede justificar la profanación de lugares sagrados, la interrupción violenta de celebraciones religiosas ni la burla sistemática de símbolos y creencias que dan sentido a la vida de millones de ciudadanos. Estas prácticas revelan formas de fanatismo que, al perder los límites éticos, terminan atentando contra la dignidad y la integridad del otro.
En la misma línea, resulta legítima la preocupación por la normalización de la burla de lo religioso en algunos programas de humor en la televisión, la radio y otros espacios mediáticos, donde, bajo el pretexto de la sátira o el entretenimiento, se ridiculizan creencias, ritos y expresiones de fe. La crítica y el humor no pueden convertirse en herramientas de desprecio ni en formas de violencia simbólica. Una sociedad verdaderamente libre no se construye desde la humillación del otro, sino desde el reconocimiento de su dignidad y de sus convicciones más profundas.
Un llamado a la no violencia y a la sana convivencia
En Colombia se ha insistido de manera constante en la necesidad de no responder al mal con el mal. En un país profundamente marcado por el odio y la violencia, estamos llamados a desarmar el lenguaje, a armonizar la palabra y a rechazar toda forma de agresión.
Nuestro país necesita con urgencia un nuevo clima relacional. No será posible avanzar en la construcción de un proyecto común de nación sin un respeto sincero por el otro. Las intervenciones agresivas y provocadoras no contribuyen a la convivencia democrática ni fortalecen el tejido social.
Resulta fundamental recordar a las autoridades competentes su deber de garantizar la protección de los lugares de culto y el ejercicio pacífico de la libertad religiosa, así como de hacer cumplir los códigos de convivencia ciudadana, velando por la integridad de las personas y la protección de los bienes públicos y privados. Al mismo tiempo, hacer un llamado a todos los ciudadanos para que, juntos, construyamos una cultura del respeto, donde la diferencia no se exprese mediante la agresión, la burla o la imposición.
La diversidad de creencias presente en el país no debe ser motivo de confrontación, sino una oportunidad para fortalecer la convivencia, el diálogo y el cuidado mutuo. La libertad religiosa, bien entendida, implica no solo el derecho a creer y a expresar la fe, sino también el deber de respetar las convicciones de los demás, sus celebraciones, símbolos y espacios sagrados.
En tiempos marcados por la polarización y la descalificación, se hace urgente recuperar el valor del respeto, de la palabra serena y del encuentro. La oración, el silencio interior y la reflexión profunda pueden convertirse en auténticas fuentes de renovación personal y social.
Ojalá el tiempo vivido en la Semana Santa y la celebración de la Pascua sean una invitación para comprometernos con la paz, rechazar toda forma de agresión y trabajar juntos por un país donde la dignidad humana, la libertad de conciencia y la convivencia respetuosa sean pilares reales de nuestra vida en común, permitiéndonos así construir un futuro verdaderamente compartido.
Pbro. Carlos Guillermo Arias Jiménez
Director del Departamento de Promoción de la Unidad y el Diálogo
Conferencia Episcopal de Colombia
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