Mié 8 Abr 2026
Libertad religiosa y convivencia democrática: una tarea de todos
Por Pbro. Carlos Guillermo Arias - Con preocupación, los católicos hemos sido testigos de que, durante los días de Semana Santa, especialmente en el centro de Bogotá, algunos grupos de personas, que se autodenominan o aparentan ser militantes de corrientes satánicas, han intentado interrumpir celebraciones religiosas propias de estos días. Tales acciones no solo hieren la sensibilidad religiosa de los fieles presentes, sino que afectan gravemente el clima de respeto y convivencia que debe caracterizar a una sociedad plural, democrática y reconciliada.Resulta aún más preocupante que este tipo de intervenciones pretendan ampararse en el ejercicio de la libertad religiosa, cuando el artículo 5º de la Ley 133 de 1994 establece de manera expresa que no se encuentran cobijadas por esta protección las actividades relacionadas con el satanismo, las prácticas mágicas, supersticiosas, espiritistas u otras análogas ajenas a la religión. En consecuencia, estas expresiones no solo carecen de respaldo jurídico como manifestaciones legítimas del derecho fundamental a la libertad religiosa, sino que, cuando se realizan de forma provocadora o violenta, constituyen una vulneración de los derechos de las comunidades de fe y del orden social basado en el respeto mutuo.La Iglesia Católica, fiel a su misión evangelizadora, promueve el diálogo, la paz, la reconciliación y el respeto entre todas las personas, independientemente de sus convicciones religiosas, culturales o ideológicas. Sin embargo, el respeto debe ser siempre recíproco. Ninguna diferencia puede justificar la profanación de lugares sagrados, la interrupción violenta de celebraciones religiosas ni la burla sistemática de símbolos y creencias que dan sentido a la vida de millones de ciudadanos. Estas prácticas revelan formas de fanatismo que, al perder los límites éticos, terminan atentando contra la dignidad y la integridad del otro.En la misma línea, resulta legítima la preocupación por la normalización de la burla de lo religioso en algunos programas de humor en la televisión, la radio y otros espacios mediáticos, donde, bajo el pretexto de la sátira o el entretenimiento, se ridiculizan creencias, ritos y expresiones de fe. La crítica y el humor no pueden convertirse en herramientas de desprecio ni en formas de violencia simbólica. Una sociedad verdaderamente libre no se construye desde la humillación del otro, sino desde el reconocimiento de su dignidad y de sus convicciones más profundas.Un llamado a la no violencia y a la sana convivenciaEn Colombia se ha insistido de manera constante en la necesidad de no responder al mal con el mal. En un país profundamente marcado por el odio y la violencia, estamos llamados a desarmar el lenguaje, a armonizar la palabra y a rechazar toda forma de agresión.Nuestro país necesita con urgencia un nuevo clima relacional. No será posible avanzar en la construcción de un proyecto común de nación sin un respeto sincero por el otro. Las intervenciones agresivas y provocadoras no contribuyen a la convivencia democrática ni fortalecen el tejido social.Resulta fundamental recordar a las autoridades competentes su deber de garantizar la protección de los lugares de culto y el ejercicio pacífico de la libertad religiosa, así como de hacer cumplir los códigos de convivencia ciudadana, velando por la integridad de las personas y la protección de los bienes públicos y privados. Al mismo tiempo, hacer un llamado a todos los ciudadanos para que, juntos, construyamos una cultura del respeto, donde la diferencia no se exprese mediante la agresión, la burla o la imposición.La diversidad de creencias presente en el país no debe ser motivo de confrontación, sino una oportunidad para fortalecer la convivencia, el diálogo y el cuidado mutuo. La libertad religiosa, bien entendida, implica no solo el derecho a creer y a expresar la fe, sino también el deber de respetar las convicciones de los demás, sus celebraciones, símbolos y espacios sagrados.En tiempos marcados por la polarización y la descalificación, se hace urgente recuperar el valor del respeto, de la palabra serena y del encuentro. La oración, el silencio interior y la reflexión profunda pueden convertirse en auténticas fuentes de renovación personal y social.Ojalá el tiempo vivido en la Semana Santa y la celebración de la Pascua sean una invitación para comprometernos con la paz, rechazar toda forma de agresión y trabajar juntos por un país donde la dignidad humana, la libertad de conciencia y la convivencia respetuosa sean pilares reales de nuestra vida en común, permitiéndonos así construir un futuro verdaderamente compartido.Pbro. Carlos Guillermo Arias JiménezDirector del Departamento de Promoción de la Unidad y el DiálogoConferencia Episcopal de Colombia