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Mar adentro - blog

Mié 22 Abr 2026

Una deuda silenciosa: los sacerdotes olvidados…

Por Pbro. Daniel Bustamante Goyeneche - En estas líneas deseo llamar la atención sobre una realidad que interpela profundamente nuestra vida cristiana y nuestro sentido de Iglesia: la situación de nuestros sacerdotes ancianos, particularmente aquellos que, a causa de la enfermedad o la fragilidad propia de la edad, viven en condiciones de soledad, abandono o insuficiente acompañamiento, incluso de olvido material.Es justo reconocer que estos hermanos mayores han consagrado su vida al servicio del Pueblo de Dios. Con fidelidad y entrega, han administrado los sacramentos, anunciado la Palabra y acompañado a innumerables fieles en los momentos más significativos de su existencia. Su labor, muchas veces silenciosa y sacrificada, constituye un testimonio elocuente de amor y entrega pastoral.Ante esta realidad, la Iglesia, como madre y maestra, está llamada a promover una cultura de la gratitud, cercanía y cuidado hacia quienes han sido servidores diligentes del Evangelio. El paso del tiempo y las limitaciones propias de la edad no disminuyen la dignidad de su ministerio ni el valor de su testimonio.Es verdad que muchos sacerdotes ancianos, después de haber entregado absolutamente todo por la Iglesia, hoy viven en el olvido. No es una percepción exagerada ni un caso aislado; es una realidad que, aunque silenciosa, revela una profunda incoherencia dentro de nuestra propia Iglesia.Lo dieron todo. No parcialmente, no a medias. Toda una vida marcada por la entrega: años de servicio constante, disponibilidad sin horarios, acompañamiento en los momentos más decisivos de la vida de los fieles. Estuvieron cuando hubo alegría, cuando hubo dolor, cuando hubo dudas. Fueron presencia firme cuando muchos no tenían a quién acudir. Y, sin embargo, hoy..¿Dónde están? ¿Quién los cuida?Muchos han sido desplazados de la vida activa, confinados a espacios donde apenas reciben visitas, donde el paso del tiempo se vuelve más pesado por la ausencia de cercanía. Ya no son “necesarios”, ya no “producen”, ya no “lideran”. Y en una lógica silenciosa pero cruel, eso parece bastar para que dejen de ser visibles.Este olvido no es neutro. Es una forma de abandono. Incluso muchos de ellos mueren en el silencio, en el olvido de sus fieles sin que sepan que han pasado a la casa del Padre. Como Iglesia —y aquí no se trata solo de estructuras, sino de todos nosotros— hemos fallado en algo esencial. Hemos recibido sin aprender a corresponder. Hemos sido acompañados sin comprometernos a acompañar. Hemos escuchado durante años palabras sobre amor, fidelidad y gratitud… pero no las estamos viviendo con quienes nos las enseñaron.¿De qué sirve hablar de comunidad si dejamos solos a nuestros propios pastores cuando más necesitan compañía? ¿Qué credibilidad tiene nuestro discurso sobre el amor al prójimo si ignoramos a quienes nos lo enseñaron con su vida?No basta con garantizarles lo mínimo. Un techo, comida o atención médica no reemplazan la cercanía humana, el reconocimiento, la memoria agradecida. Un sacerdote anciano no necesita solo asistencia: necesita saber que su vida no fue olvidada, que su entrega no quedó en el vacío.Lo más preocupante es que este fenómeno se ha normalizado. Ya no escandaliza. Nos hemos acostumbrado a que sea así. Y esa normalización es, quizás, la señal más clara de que algo no está bien. Porque una Iglesia que olvida a quienes lo dieron todo corre el riesgo de vaciarse por dentro. Pierde memoria, pierde coherencia, pierde alma. Todavía estamos a tiempo de reaccionar. No con discursos, sino con gestos concretos: visitar, escuchar, acompañar, agradecer. Hacerlos parte, no del pasado, sino del presente. Porque ellos no fueron circunstanciales. Fueron pilares. Y a los pilares no se les abandona cuando el tiempo pasa. Se les honra.Al encontrarse en la etapa de la ancianidad o en condición de retiro pastoral, no dejan de ser miembros vivos y valiosos del Cuerpo de Cristo. Su dignidad permanece intacta, y su testimonio continúa siendo fuente de edificación para toda la Iglesia. Sin embargo, existe el riesgo de que su entrega sea relegada al olvido o que su presencia pase desapercibida en medio del dinamismo cotidiano de nuestras comunidades.La gratitud no es solo un deber moral, sino una expresión auténtica de la fe que profesamos. En el cuidado y reconocimiento de nuestros sacerdotes eméritos, manifestamos el rostro de una Iglesia que no olvida, que honra y que ama a quienes han dado su vida por ella. Que este llamado encuentre eco en sus corazones y se traduzca en gestos concretos de caridad y comunión.Exhorto, por tanto, a todos los fieles laicos a manifestar, de manera concreta, su aprecio y reconocimiento hacia estos sacerdotes, mediante la oración constante, la visita fraterna y, en la medida de sus posibilidades, el apoyo material y humano que requieran.De igual manera, invito a los presbíteros en ejercicio activo a fortalecer los vínculos de fraternidad sacerdotal, procurando que ninguno de sus hermanos mayores carezca de la cercanía, el respeto y la asistencia que merece.Que este llamado sea acogido con espíritu de fe y caridad, recordando siempre que en el rostro del sacerdote anciano y enfermo reconocemos la presencia de Cristo, quien nos invita a servirle con amor y generosidad.Encomendamos esta intención a la Santísima Virgen María, Madre de los sacerdotes, para que nos alcance la gracia de vivir con autenticidad el mandamiento del amor.Pbro. Daniel Bustamante GoyenecheDirector Fundación Mutuo Auxilio Sacerdotal Colombiano (MASC)

Jue 16 Abr 2026

Traducciones y adaptaciones litúrgicas indígenas

Por P. Carlos Alberto Jiménez cjm - Un Encuentro con las Semillas del Verbo presentes en los pueblos originarios - En función de la Inculturación del Evangelio en el seno de los pueblos originarios, se realizó del 23 al 27 de marzo del presente año 2026, en la Ciudad de México, el segundo “Encuentro sobre traducciones y adaptaciones litúrgicas indígenas”. Este encuentro estuvo liderado por el Cardenal Felipe Arizmendi, obispo emérito de San Cristóbal de las Casas (México) y quien ha sido coordinador del equipo asesor del CELAM en Teología India. Si bien convocó especialmente a agentes de pastoral indígena y liturgistas de la nación mexicana, también fueron invitados agentes de otras Iglesias nacionales a saber: Colombia, Guatemala y Bolivia. Por Colombia asistimos junto con Monseñor Medardo de Jesús Henao del Río, obispo del Vicariato apostólico de Mitú (Vaupés) y presidente del Instituto Misionero de Antropología (IMA).El encuentro también contó con la participación de Monseñor Aurelio García Macías, Obispo de Rotdon (España) y subsecretario del “Dicasterio para el Culto divino y la disciplina de los sacramentos” en el Vaticano, además de diversos miembros de las comisiones de Pastoral litúrgica, Pastoral profética y de la Dimensión bíblica de la pastoral, de la Conferencia Episcopal Mexicana.El encuentro tuvo por objetivo compartir criterios y experiencias de traducciones y adaptaciones litúrgicas en los pueblos originarios, para continuar el proceso de inculturación de la Iglesia y promover la plena participación de los Indígenas en la vida eclesial. En él se compartieron las experiencias de algunas diócesis en lo que concierne a la traducción de textos litúrgicos a las lenguas indígenas de los pueblos originarios presentes en el territorio y reconocimiento de estas lenguas como lenguas de la liturgia universal, en especial lenguas de pueblos mexicanos, como lo son Nahualt, Tseltal y Tsotsil. También se presentaron logros en materia de adaptaciones litúrgicas en la Diócesis de San Cristóbal de las Casas. En el encuentro participaron decenas de miembros de pueblos indígenas interesados en poder escuchar y decir el mensaje del evangelio, en lengua propia. Para esto se recordó un hito de la evangelización en México y en el continente, relacionado con la revelación de la Virgen de Guadalupe al Indio San Juan Diego, pues dicha comunicación se dio en lengua indígena (Nahualt), razón por la cual la leyenda sagrada del “Nikan Mopohua”, que recoge dicha revelación dada en el cerro del Tepeyac al Indio Juan Diego Cuauhtlatoatzin, se escribió en su lengua. Por motivos como éste, es que en varias diócesis se han constituido equipos de traductores integrados por los sabios de las comunidades indígenas, misioneros que identifican la lengua, lingüistas y liturgistas, de modo tal que en conjunto logren un cuidadoso trabajo de traducción, que atendiendo al pedido de los pueblos mantenga la fidelidad a la liturgia de la Iglesia.Monseñor Aurelio García, en nombre del dicasterio recordó como el Concilio Vaticano II, en la Constitución Sacrosanctum Concilium permite el uso de la lengua vernácula siempre que sea “muy útil para el pueblo”. De allí que se permita la traducción de libros litúrgicos. Refiriéndose a los Criterios para la traducción litúrgica citó varios documentos que han guiado la actividad en esta materia: la instrucción “Comme la prévoit” (25 de enero de 1969), la Instrucción “Liturgiam Authenticam” (28 de marzo de 2001) y la carta apostólica en forma motu proprio de la Papa Francisco “Magnum principium” (3 de septiembre de 2017); todo a fin de cuidar el ejercicio de interpretaciones forzadas o de la obsesión en la literalidad. Recordó también que a lo largo del tiempo se han enviado cartas para orientar a las Conferencias Episcopales en la materia, como la dirigida por la Sede apostólica a los presidentes de éstas, sobre las lenguas habladas en la liturgia (Epistola ad praesides conferentiarum episcopalium de linguis vulgaribus in sacram liturgiam inducendis), el 5 de junio de 1976, donde se clarifica las competencias de los obispos, la documentación a presentar a la Sede Apostólica, la atención a las fórmulas sacramentales, así como el procedimiento para la aprobación y transmisión de actas a la Santa Sede. Vale la pena señalar que un requisito básico para emprender la tarea de traducción de los textos litúrgicos es la existencia de la versión de la Biblia en una determinada lengua aprobada por la Conferencia Episcopal.Para efecto de adaptaciones litúrgicas el Subsecretario del Dicasterio señaló como en la Constitución Sacrosanctum Concilium se habló de “adaptación”, término que encontraría un desarrollo posterior en el concepto de “inculturación” usado por el Papa Juan Pablo II en la encíclica Salvorum Apostoli. Observó como el tema de las adaptaciones fue tratado y explicado detenidamente en la instrucción “Varietates Legitimae” (25 de enero de 1994), sobre La liturgia romana y la inculturación. Al final lo que debe quedar claro es que la adaptación está motivada por exigencias culturales y lo que busca “es expresar ritualmente, a través de gestos y símbolos, el mismo contenido expresado por gestos y símbolos del Rito Romano”.Viniendo al caso colombiano se informó como los pueblos originarios y ancestrales, suman 117, según la información disponible en el Ministerio del Interior, el DANE y algunas organizaciones indígenas. Entre estos pueblos subsisten 66 lenguas nativas, que son vitales para la comunicación de estos y la conservación de su identidad cultural. Ahora bien, para miembros de estos pueblos, hacer una oración que salga del corazón implica hacerla en lengua materna, lo cual nos desafía a misioneros y pastores a aprender sobre sus lenguas y símbolos.Vale la pena señalar que, en el caso del acompañamiento pastoral a las comunidades afrodescendientes de Colombia y de América Latina, se han ido presentando, en las celebraciones litúrgicas, gestos que ayudan a sus miembros a expresar la fe, como lo son: el sonido de tambores, la danza y ornamentos litúrgicos coloridos. Tal hecho ha sido reflexionado en el encuentro, llegando a la conclusión que se debe hacer un prudente seguimiento y acompañamiento pastoral, para poder establecer la medida en que estos gestos podrían gozar en algún momento del reconocimiento de adaptación litúrgica por parte de la Iglesia Universal.Al final queda la convicción que la Iglesia debe y puede ofrecer “signos” de auténtica fraternidad y voluntad de acogida, en la evangelización de los pueblos originarios, siendo algunos de ellos: proclamar el evangelio en la lengua de quienes decimos son pueblos hermanos y reconocer los símbolos que emplean para expresar la fe en Dios, cuando estos están en comunión con la Iglesia.Padre Carlos Alberto Jiménez Zapata, CJMDirector del Centro Misionero y del Área de EtniasConferencia Episcopal de Colombia

Lun 13 Abr 2026

En memoria del Padre Adriano Tarrarán

Por P. Luis Eduardo Pérez Villegas, M.I - El padre Adriano Tarrarán, religioso de la Orden de los Ministros de los Enfermos (Camilos), fue ordenado sacerdote en 1964 en Rossano Veneto (Italia). Inspirado por el carisma de San Camilo de Lelis, consagró su vida al servicio de los enfermos, reconociendo en ellos el rostro vivo de Cristo sufriente.En septiembre de 1966 se ofreció como misionero para Colombia, llegando a Bogotá el 4 de enero de 1967. Desde entonces, inició una entrega generosa que se prolongó por más de cinco décadas de servicio sacerdotal y misionero en el país, convirtiéndose en una figura clave en la renovación de la pastoral de la salud en Colombia y América Latina.Su primer destino fue el Hospital Universitario San Juan de Dios, donde ejerció como capellán. Allí, el contacto directo con el dolor, la exclusión y las carencias del sistema de salud lo interpeló profundamente. Esta experiencia marcó el rumbo de su misión: trabajar por la humanización del cuidado, la dignificación del enfermo y la promoción de una atención integral que atendiera tanto las dimensiones físicas como humanas, sociales y espirituales de la persona.Fiel al espíritu camiliano, el padre Adriano impulsó una verdadera transformación en el modo de comprender y vivir la pastoral de la salud. Promovió la formación ética y humana de los profesionales sanitarios, así como la creación de redes de voluntariado capaces de acompañar con compasión y cercanía a quienes sufren.Para ello, desarrolló un amplio programa de sensibilización a través de cursos, seminarios y jornadas de humanización de los servicios de salud. Durante varios años recorrió incansablemente el país, llegando a hospitales, clínicas y comunidades, sembrando una nueva conciencia sobre el valor de la vida y la dignidad del enfermo.En 1981 dio un paso decisivo al fundar el Centro Camiliano de Humanización y Pastoral de la Salud en Bogotá, que con el tiempo se consolidó como un referente nacional e internacional. Este espacio se convirtió en una verdadera escuela de formación en el arte de cuidar, por la que han pasado miles de personas: agentes pastorales, profesionales de la salud, voluntarios y familiares de enfermos.En 1986 fue nombrado responsable de la pastoral de la salud de la Arquidiócesis de Bogotá, y en 1994 la Conferencia Episcopal de Colombia le confió la animación de esta pastoral a nivel nacional. Ese mismo año, el CELAM le encomendó la coordinación continental, impulsando un cambio significativo: pasar de una pastoral centrada únicamente en el enfermo a una pastoral de la salud con enfoque integral, preventivo y comunitario.Su aporte no se limitó a la acción pastoral directa. El padre Adriano también realizó una importante labor formativa y académica, elaborando materiales, manuales y reflexiones sobre el acompañamiento al sufrimiento, el duelo, la espiritualidad en la enfermedad y la humanización de los servicios de salud. Sus escritos y procesos formativos han orientado a generaciones de agentes pastorales en Colombia y América Latina.Fiel a su espíritu visionario, promovió la creación de nuevos espacios al servicio de la vida. En 2009 se inauguraron la Casa de Espiritualidad Camiliana y el Centro de Escucha San Camilo, dedicados al acompañamiento de personas en situaciones de dolor, pérdida y duelo, fortaleciendo así una atención más cercana y profundamente humana.Hoy, el Centro Camiliano de Bogotá es reconocido como un oasis de paz, formación y esperanza, símbolo vivo de una Iglesia comprometida con el cuidado de la vida y la dignidad humana.Celebrar la vida y misión del padre Adriano es reconocer en él a un auténtico testigo de la caridad. Su legado permanece en cada persona formada, en cada enfermo acompañado con dignidad y en cada corazón sensibilizado frente al sufrimiento humano.Gracias, padre Adriano, por tu entrega generosa, por tu fidelidad al Señor y por encarnar con radicalidad el carisma de la Orden Camiliana. Gracias por enseñarnos que cuidar es amar, y que en el servicio a los más frágiles se revela el sentido más profundo de la vida.Tu vida ha sido, y seguirá siendo, una semilla de esperanza para Colombia y para toda la Iglesia.P. Luis Eduardo Pérez Villegas M.IDirector Centro Camiliano de Humanización y Pastoral de la SaludCoordinador de la pastoral salud a nivel Colombia desde la Conferencia Episcopal

Mié 8 Abr 2026

Libertad religiosa y convivencia democrática: una tarea de todos

Por Pbro. Carlos Guillermo Arias - Con preocupación, los católicos hemos sido testigos de que, durante los días de Semana Santa, especialmente en el centro de Bogotá, algunos grupos de personas, que se autodenominan o aparentan ser militantes de corrientes satánicas, han intentado interrumpir celebraciones religiosas propias de estos días. Tales acciones no solo hieren la sensibilidad religiosa de los fieles presentes, sino que afectan gravemente el clima de respeto y convivencia que debe caracterizar a una sociedad plural, democrática y reconciliada.Resulta aún más preocupante que este tipo de intervenciones pretendan ampararse en el ejercicio de la libertad religiosa, cuando el artículo 5º de la Ley 133 de 1994 establece de manera expresa que no se encuentran cobijadas por esta protección las actividades relacionadas con el satanismo, las prácticas mágicas, supersticiosas, espiritistas u otras análogas ajenas a la religión. En consecuencia, estas expresiones no solo carecen de respaldo jurídico como manifestaciones legítimas del derecho fundamental a la libertad religiosa, sino que, cuando se realizan de forma provocadora o violenta, constituyen una vulneración de los derechos de las comunidades de fe y del orden social basado en el respeto mutuo.La Iglesia Católica, fiel a su misión evangelizadora, promueve el diálogo, la paz, la reconciliación y el respeto entre todas las personas, independientemente de sus convicciones religiosas, culturales o ideológicas. Sin embargo, el respeto debe ser siempre recíproco. Ninguna diferencia puede justificar la profanación de lugares sagrados, la interrupción violenta de celebraciones religiosas ni la burla sistemática de símbolos y creencias que dan sentido a la vida de millones de ciudadanos. Estas prácticas revelan formas de fanatismo que, al perder los límites éticos, terminan atentando contra la dignidad y la integridad del otro.En la misma línea, resulta legítima la preocupación por la normalización de la burla de lo religioso en algunos programas de humor en la televisión, la radio y otros espacios mediáticos, donde, bajo el pretexto de la sátira o el entretenimiento, se ridiculizan creencias, ritos y expresiones de fe. La crítica y el humor no pueden convertirse en herramientas de desprecio ni en formas de violencia simbólica. Una sociedad verdaderamente libre no se construye desde la humillación del otro, sino desde el reconocimiento de su dignidad y de sus convicciones más profundas.Un llamado a la no violencia y a la sana convivenciaEn Colombia se ha insistido de manera constante en la necesidad de no responder al mal con el mal. En un país profundamente marcado por el odio y la violencia, estamos llamados a desarmar el lenguaje, a armonizar la palabra y a rechazar toda forma de agresión.Nuestro país necesita con urgencia un nuevo clima relacional. No será posible avanzar en la construcción de un proyecto común de nación sin un respeto sincero por el otro. Las intervenciones agresivas y provocadoras no contribuyen a la convivencia democrática ni fortalecen el tejido social.Resulta fundamental recordar a las autoridades competentes su deber de garantizar la protección de los lugares de culto y el ejercicio pacífico de la libertad religiosa, así como de hacer cumplir los códigos de convivencia ciudadana, velando por la integridad de las personas y la protección de los bienes públicos y privados. Al mismo tiempo, hacer un llamado a todos los ciudadanos para que, juntos, construyamos una cultura del respeto, donde la diferencia no se exprese mediante la agresión, la burla o la imposición.La diversidad de creencias presente en el país no debe ser motivo de confrontación, sino una oportunidad para fortalecer la convivencia, el diálogo y el cuidado mutuo. La libertad religiosa, bien entendida, implica no solo el derecho a creer y a expresar la fe, sino también el deber de respetar las convicciones de los demás, sus celebraciones, símbolos y espacios sagrados.En tiempos marcados por la polarización y la descalificación, se hace urgente recuperar el valor del respeto, de la palabra serena y del encuentro. La oración, el silencio interior y la reflexión profunda pueden convertirse en auténticas fuentes de renovación personal y social.Ojalá el tiempo vivido en la Semana Santa y la celebración de la Pascua sean una invitación para comprometernos con la paz, rechazar toda forma de agresión y trabajar juntos por un país donde la dignidad humana, la libertad de conciencia y la convivencia respetuosa sean pilares reales de nuestra vida en común, permitiéndonos así construir un futuro verdaderamente compartido.Pbro. Carlos Guillermo Arias JiménezDirector del Departamento de Promoción de la Unidad y el DiálogoConferencia Episcopal de Colombia

Vie 27 Mar 2026

Recuperar la noche: el desafío de la verdad litúrgica en la vigilia pascual

Por Pbro. Jairo de Jesús Ramírez Ramírez - Esta nota tiene como objetivo orientar a las comunidades parroquiales, especialmente en el contexto de Colombia, sobre la importancia fundamental de respetar el horario nocturno de la Vigilia Pascual, desafiando la tendencia actual de adelantar su celebración por razones de orden pastoral (en algunas regiones, más por comodidad) o seguridad.En muchas parroquias de Colombia, se ha vuelto habitual celebrar la Vigilia Pascual a horas vespertinas, tratándola casi como una misa de sábado por la tarde. Esta práctica, aunque busca facilitar la asistencia de los fieles ante retos como la inseguridad o el transporte, termina por desvirtuar la naturaleza misma de la “madre de todas las santas vigilias” (Cf. Congregación para el Culto Divino. Normas para la preparación y la celebración de la Semana Santa, del 16 de enero de 1988, n. 3).El Magisterio de la Iglesia es claro e incisivo: la Vigilia Pascual debe celebrarse totalmente de noche (Ibíd., n. 78). Esto significa que no puede empezar antes del inicio de la noche ni terminar después del alba del domingo (Ibíd., n. 78; 21). Esta norma no es un capricho, sino una exigencia de la verdad de los signos.¿Por qué no conviene adelantar la hora?Sustentar la recuperación del horario nocturno requiere comprender qué se pierde cuando la luz del sol aún está presente:1. La verdad del signo de la luz: La primera parte de la Vigilia es el Lucernario. La bendición del fuego nuevo y el encendido del Cirio Pascual tienen como fin significar que Cristo es la Luz que disipa las tinieblas (Ibíd., nn., 82-83). Si se realiza con luz solar, el simbolismo de la luz que brilla en la oscuridad se vuelve irrelevante y falso.2. El carácter escatológico y de espera: Una vigilia es, por definición, una vela o espera nocturna. La Iglesia, como la esposa que aguarda el regreso de su Señor, permanece en vela esperando la Resurrección. Al adelantar la hora, se pierde la noción de espera y se reduce la celebración a un acto litúrgico más, privando a los fieles de la experiencia de aguardar el tránsito del Señor de la muerte a la vida (Ibíd., n., 79).3. La memoria histórica del Éxodo: La Vigilia Pascual recuerda la noche de la verdadera liberación, donde el pueblo de Israel fue guiado por una columna de fuego en la oscuridad. Celebrarla de noche vincula sacramentalmente a los fieles con esa noche histórica en la que Cristo, rompiendo las cadenas de la muerte, ascendió victorioso del abismo.4. La centralidad del Misterio Pascual: El Triduo Pascual es el centro de todo el año litúrgico (Ibíd., n., 2). Reducir la Vigilia a una misa vespertina por comodidad refleja una formación insuficiente sobre el Misterio Pascual como centro de la vida cristiana. La normativa vigente reprueba explícitamente el abuso de celebrar la Vigilia a la hora en que habitualmente se celebran las misas de sábado por la tarde.El Desafío PastoralEs comprensible que se invoque la inseguridad pública o la dificultad de los fieles para justificar el adelanto. Sin embargo, la Congregación del Culto Divino señala que “estos argumentos a menudo no se aplican a otras reuniones sociales o incluso a la misa de medianoche en Navidad” (Ibíd., n. 70).Para enfrentar este desafío en las parroquias colombianas, se sugieren soluciones que prioricen la dignidad de la celebración sobre la conveniencia geográfica:Agrupación de Comunidades: En lugar de realizar múltiples celebraciones apresuradas y tempranas en diversas capillas, es preferible reunir a varias comunidades en una iglesia principal para asegurar una celebración plena, festiva y estrictamente nocturna.Catequesis Mistagógica: Es necesario instruir a los fieles sobre la naturaleza peculiar del Sábado Santo y la noche de Pascua, para que comprendan que participar en la Vigilia no es el “último acto del sábado”, sino el inicio glorioso del domingo de Resurrección.Recuperar la hora de la Vigilia es recuperar la fuerza del sacramento. Solo en la oscuridad de la noche, el anuncio del “Aleluya” y la luz del Cirio adquieren toda su capacidad de transformar el corazón de los creyentes.Pbro. Jairo de Jesús Ramírez RamírezDirector del Departamento de LiturgiaConferencia Episcopal de Colombia

Mar 3 Mar 2026

La reconciliación como categoría teológica y estructura sacramental en Reconciliatio et Paenitentia

Por P. Jairo de Jesús Ramírez Ramírez - Una lectura sistemática para la teología sacramental contemporánea. La exhortación apostólica Reconciliatio et Paenitentia (1984) ofrece una síntesis orgánica sobre el misterio del pecado, la reconciliación y el sacramento de la Penitencia en el contexto de la cultura contemporánea, recogiendo las proposiciones de la VI Asamblea General del Sínodo de los Obispos sobre la reconciliación y la penitencia, celebrada en 1983.El presente estudio propone una lectura sistemática del documento, articulando su estructura interna y mostrando la coherencia entre antropología teológica, cristología redentora y praxis sacramental. Se presta particular atención a la configuración teológica y disciplinar de las formas de celebración del sacramento y al estatuto ministerial del confesor.1. Introducción: la reconciliación como problema histórico y teológicoEl punto de partida del documento es un diagnóstico histórico: el mundo contemporáneo vive profundas fracturas culturales, políticas, sociales y religiosas; es, en expresión sintética, un “mundo en pedazos” (n. 2). Ante esta realidad, la Iglesia vuelve a proponer la reconciliación porque ve a un mundo dividido y desgarrado, y siente el deber pastoral de anunciar la posibilidad de la reconciliación.Esta insistencia no surge aisladamente, sino que se sitúa en continuidad con el magisterio precedente: SS Juan XXIII, promulgó la Carta Encíclica Pacem in Terris (11/4/1963) , para Promover la paz mundial basada en la dignidad humana y el respeto de los derechos fundamentales ; Pablo VI, con ocasión del Año Santo de 1975, puso en el centro la renovación y la reconciliación; y se compusieron las Plegarias Eucarísticas de la Reconciliación I y II : “Pues en una humanidad dividida por las enemistades y las discordias, sabemos que tú diriges los ánimos para que se dispongan a la reconciliación. Por tu Espíritu mueves los corazones de los hombres para que los enemigos vuelvan a la amistad, los adversarios se den la mano, los pueblos busquen la concordia. Con tu acción eficaz consigues, Señor, que el amor venza al odio, la venganza deje paso a la indulgencia, y la discordia se convierta en amor mutuo” (MR, 614).Sin embargo, el análisis no permanece en el nivel sociológico. La división visible remite a una ruptura más radical: la del hombre con Dios (cf. 1–3). La reconciliación no puede comprenderse adecuadamente si no se reconoce que la raíz última de la fragmentación es el pecado.El texto sitúa el tema en continuidad directa con la predicación inaugural de Cristo: “Convertíos y creed en el Evangelio” (cf. 1). La reconciliación no es una categoría marginal, sino constitutiva del anuncio cristiano. La penitencia, entendida como metanoia, implica transformación interior, cambio de vida y praxis concreta (cf. 4).Desde el inicio, el documento adopta una perspectiva teológica integral: la reconciliación es don divino antes que tarea humana.2. Cristología de la reconciliaciónLa fundamentación del documento es inequívocamente cristológica. La reconciliación no es construcción humana, sino acontecimiento salvífico realizado en Cristo muerto y resucitado (cf. 7). La dimensión vertical —reconciliación con Dios— precede ontológicamente a la dimensión horizontal —reconciliación entre los hombres—.La cruz aparece como el centro del misterio reconciliador. En ella se supera la ruptura causada por el pecado. La Iglesia no crea la reconciliación; la recibe y la administra. En este sentido, es presentada como “sacramento” de reconciliación (cf. 8, 11): signo eficaz que anuncia y comunica el perdón.Esta dimensión sacramental eclesial implica una exigencia interna: la Iglesia debe vivir reconciliada para ser instrumento creíble de reconciliación (cf. 9).3. Antropología del pecado: ruptura personal y dimensión socialEl núcleo doctrinal de la Segunda Parte es una clarificación rigurosa del concepto de pecado. El documento insiste en que sin reconocimiento del pecado no existe reconciliación auténtica (cf. 13).El pecado es definido como ruptura con Dios (cf. 14). Esta ruptura genera desorden interior y división social (cf. 15). Aunque existan estructuras injustas, la responsabilidad permanece siempre personal (cf. 16). La categoría de “pecado social” no diluye la imputabilidad individual.La distinción entre pecado mortal y venial es reafirmada con precisión clásica (cf. 17–18). El pecado mortal requiere materia grave, pleno conocimiento y consentimiento deliberado. Asimismo, se clarifica la cuestión de la opción fundamental, afirmando que no excluye actos concretos gravemente desordenados (cf. 19).Especial relevancia tiene la denuncia de la pérdida del sentido del pecado en la cultura contemporánea (cf. 20). Esta pérdida constituye un obstáculo estructural para la reconciliación. Sin conciencia de culpa no hay apertura al perdón.El documento culmina esta sección afirmando la primacía del amor divino sobre el pecado (cf. 22). La misericordia no relativiza el mal, sino que lo supera.4. Dimensión pastoral: pedagogía de la conversiónLa Tercera Parte traslada la reflexión al plano pastoral. Se afirma la necesidad de traducir la doctrina en praxis concreta (cf. 23). La formación de la conciencia aparece como tarea prioritaria (cf. 25). No hay renovación social sin conversión personal (cf. 26).La reconciliación no es solo concepto teológico; es itinerario espiritual y práctica eclesial.5. El sacramento de la Penitencia como estructura ordinaria de reconciliaciónEl sacramento de la Penitencia es presentado como medio ordinario instituido por Cristo para el perdón de los pecados cometidos después del Bautismo (cf. 27). Su estructura comprende contrición, confesión íntegra y satisfacción , culminando en la absolución sacramental (cf. 28).La dimensión eclesial es subrayada con fuerza: el pecado hiere la comunión y el sacramento la restituye (cf. 29). Se reafirma explícitamente que la confesión individual e íntegra constituye la forma ordinaria de celebración (cf. 30).6. Las formas de celebración: clarificación disciplinar y teológicaEl tratamiento de las formas de celebración constituye uno de los puntos más significativos del documento (cf. 32).Se reconocen tres modalidades:La primera forma, confesión y absolución individual, es presentada como la forma ordinaria y normativa. En ella se realiza el encuentro personal del penitente con Cristo a través del ministro ordenado. La acusación íntegra de los pecados graves es parte constitutiva del acto sacramental.La segunda forma, celebración comunitaria con confesión y absolución individual, subraya la dimensión eclesial del sacramento mediante la proclamación de la Palabra y el examen comunitario, pero mantiene la confesión personal como elemento esencial.La tercera forma, celebración comunitaria con absolución general, es admitida únicamente en casos de grave necesidad . Se establece claramente que no sustituye la confesión individual posterior de los pecados graves.El documento reafirma así el carácter personal del acto penitencial y evita cualquier reducción puramente colectiva del sacramento.7. El ministro del sacramentoEl ministerio del confesor es presentado en términos teológicamente densos (cf. 33). El sacerdote actúa in persona Christi y participa de una triple dimensión: juez, médico y padre.Su función no es meramente jurídica ni psicológica, sino sacramental y pastoral. Esta configuración ministerial exige preparación espiritual, fidelidad doctrinal y sensibilidad pastoral.8. Penitencia como actitud permanenteLa penitencia no se reduce al rito sacramental. Se configura como actitud permanente de la vida cristiana, expresada en oración, ayuno y caridad (cf. 34). El documento concluye con un llamado a redescubrir la alegría del perdón (cf. 35).ConclusiónReconciliatio et Paenitentia articula una visión orgánica de la reconciliación que integra diagnóstico cultural, cristología redentora, antropología moral y praxis sacramental. La reafirmación de la confesión individual como forma ordinaria y la regulación estricta de la absolución general constituyen el núcleo disciplinar de la propuesta pastoral.La reconciliación es presentada como don que procede de Dios en Cristo y como tarea permanente de la Iglesia. En un contexto de pérdida del sentido del pecado, el documento ofrece una síntesis teológica que vincula misericordia, verdad y sacramentalidad.P. Jairo de Jesús Ramírez RamírezDirector del Departamento de LiturgiaConferencia Episcopal de Colombia

Mar 3 Feb 2026

Normas canónicas, litúrgicas y pastorales sobre las capillas y oratorios de adoración eucarística

Por P. Jairo de Jesús Ramírez Ramírez - La Eucaristía, en cuanto sacrificio sacramental de Cristo y banquete pascual, constituye el centro de la vida de la Iglesia y la fuente de toda su acción evangelizadora. El Concilio Vaticano II afirma que “la Eucaristía es fuente y culmen de toda la vida cristiana” (Lumen Gentium, 11), porque en ella se hace presente el misterio pascual del Señor y se edifica continuamente la Iglesia como Cuerpo de Cristo.Atendiendo a la solicitud del Presidente de la Conferencia Episcopal de Colombia, y recogiendo la preocupación pastoral manifestada por los Obispos del país, se ha considerado oportuno ofrecer el presente documento, con el fin de proporcionar criterios doctrinales, canónicos, litúrgicos y pastorales claros y unitarios sobre las capillas y oratorios destinados a la adoración eucarística. Esta iniciativa responde al ejercicio de la responsabilidad colegial del Episcopado en el cuidado del culto divino y en la promoción de una auténtica vida eucarística en las Iglesias particulares.De esta fe eucarística brota de modo connatural el culto tributado al Santísimo Sacramento fuera de la celebración de la Misa, el cual no puede ser entendido como una práctica paralela o alternativa, sino como una prolongación y una profundización del misterio celebrado. En este sentido, san Juan Pablo II enseña que “la adoración fuera de la Misa prolonga e intensifica lo que se realiza en la celebración eucarística” (Ecclesia de Eucharistia, 25).Las capillas y oratorios dedicados a la adoración eucarística responden a este dinamismo propio de la fe de la Iglesia. Sin embargo, para que dichas iniciativas se mantengan en la verdad del misterio eclesial y en plena comunión con la disciplina de la Iglesia, deben estar claramente reguladas por la normativa canónica, celebrarse conforme a las disposiciones litúrgicas vigentes y situarse armónicamente dentro de la pastoral ordinaria de la Iglesia particular.1.Fundamento doctrinal y eclesial del culto eucarísticoLa Iglesia confiesa que en el Santísimo Sacramento “está contenido verdadera, real y sustancialmente el Cuerpo y la Sangre, juntamente con el alma y la divinidad de nuestro Señor Jesucristo” (Catecismo de la Iglesia Católica, 1374). Esta presencia real permanece mientras subsisten las especies eucarísticas, lo que fundamenta el culto de adoración que se le debe al Sacramento reservado (cf. CIC, 1378).El Concilio Vaticano II subraya que Cristo está presente en la acción litúrgica de múltiples modos, pero “sobre todo bajo las especies eucarísticas” (Sacrosanctum Concilium, 7). En continuidad con esta enseñanza, Pablo VI recuerda que el culto eucarístico fuera de la Misa “tiene un fundamento sólido e indiscutible” (Mysterium Fidei, 38), siempre que conserve su orientación intrínseca hacia la celebración eucarística.Por ello, las capillas y oratorios de adoración no pueden concebirse como espacios devocionales autónomos, desligados de la Eucaristía celebrada, sino como lugares donde la Iglesia persevera en actitud de escucha, intercesión y adoración, dejándose configurar por el misterio que celebra sacramentalmente.2. Naturaleza canónica de las capillas y oratorios de adoraciónDesde el punto de vista canónico, los lugares destinados al culto divino se rigen por la disciplina establecida en el Libro IV del Código de Derecho Canónico. El oratorio es definido como el lugar destinado al culto divino, erigido con licencia del Ordinario del lugar, para una comunidad o grupo de fieles, al que pueden acceder también otros fieles con el consentimiento del superior competente (cf. CIC, c. 1223). La capilla, en cambio, es el lugar destinado al culto divino en beneficio de una o varias personas, erigido con licencia de la autoridad competente (cf. CIC, c. 1226).La erección de capillas y oratorios dedicados a la adoración eucarística requiere siempre la licencia expresa del Ordinario del lugar, quien debe verificar previamente que el espacio reúna las condiciones necesarias de dignidad, idoneidad y estabilidad, y que esté reservado exclusivamente a usos sagrados (cf. CIC, cc. 1224 §1; 1225).Una vez erigidos legítimamente, estos lugares quedan sujetos a la autoridad del Obispo diocesano, quien ejerce sobre ellos su potestad de vigilancia, regulación y, cuando sea necesario, de intervención pastoral (cf. CIC, cc. 381 §1; 392).3. Reserva del Santísimo Sacramento en capillas y oratoriosLa reserva del Santísimo Sacramento está regulada con especial cuidado por el derecho de la Iglesia, dada la centralidad del misterio eucarístico. El Código de Derecho Canónico establece que la Santísima Eucaristía debe reservarse habitualmente en la iglesia catedral y en las iglesias parroquiales, pero puede también reservarse en otras iglesias u oratorios con autorización del Ordinario del lugar (cf. CIC, c. 934 §1).En toda capilla u oratorio donde se reserve el Santísimo Sacramento debe haber un sacerdote responsable, encargado de la custodia y del debido cuidado pastoral del lugar, y se debe procurar la celebración regular de la Eucaristía (cf. CIC, c. 934 §2). La reserva eucarística no puede entenderse, por tanto, como un mero acto devocional, sino que debe estar vinculada orgánicamente a la vida sacramental de la comunidad.El tabernáculo en el que se reserva el Santísimo Sacramento ha de ser único, fijo, sólido, no transparente y colocado en un lugar verdaderamente noble, visible y apto para la oración (cf. CIC, c. 938 §3; OGMR, 314). Estas disposiciones no son de carácter meramente funcional, sino que expresan la fe de la Iglesia en la presencia real del Señor y educan al Pueblo de Dios en el sentido del misterio.4. Normas litúrgicas sobre la adoración y la exposición eucarísticaEl culto a la Eucaristía fuera de la Misa se rige por el Ritual de la Sagrada Comunión y del culto eucarístico fuera de la Misa, que constituye la norma litúrgica de referencia para toda forma de adoración eucarística.La exposición del Santísimo Sacramento debe organizarse de tal modo que conduzca a los fieles a una oración profunda y a una unión más íntima con Cristo, respetando siempre la primacía de la Palabra de Dios, el silencio adorante y las oraciones propias del rito (cf. Ritual, nn. 79; 95-96). La estructura de la adoración no puede quedar a la improvisación ni a criterios subjetivos, sino que debe reflejar la naturaleza eclesial y litúrgica del culto.La exposición prolongada o perpetua del Santísimo Sacramento requiere permiso expreso del Ordinario del lugar, quien debe asegurarse de que exista un número suficiente de fieles que garanticen una presencia continua y reverente (cf. CIC, c. 941 §1; Ritual, n. 90). Esta exigencia responde no solo a razones prácticas, sino al respeto debido al Sacramento.La normativa litúrgica prohíbe expresamente la exposición del Santísimo Sacramento durante el Triduo Pascual, dado que en esos días la atención de la Iglesia se centra de modo exclusivo en la celebración del misterio pascual (cf. Ritual, n. 83).5. Dimensión pastoral y responsabilidad del Obispo diocesanoEl Obispo diocesano, como moderador, promotor y custodio de toda la vida litúrgica en la Iglesia particular, tiene la responsabilidad directa de regular el culto eucarístico y las iniciativas de adoración (cf. CIC, cc. 835 §1; 838 §4; 944 §1).A él corresponde discernir la oportunidad pastoral de erigir capillas y oratorios de adoración, autorizar la reserva y la exposición del Santísimo Sacramento y acompañar espiritualmente estas realidades, velando para que no se desarrollen al margen de la comunión eclesial ni en detrimento de la vida parroquial.Desde una perspectiva pastoral, la adoración eucarística debe conducir a los fieles a una participación más consciente y activa en la celebración de la Eucaristía, a una vida sacramental más intensa y a un compromiso concreto de caridad y misión (cf. Ecclesia de Eucharistia, 26; Sacramentum Caritatis, 66).ConclusiónLas capillas y oratorios de adoración eucarística son un don precioso para la vida de la Iglesia, en cuanto expresan y alimentan la fe en la presencia real del Señor y sostienen la oración perseverante del Pueblo de Dios. Para que este don produzca frutos auténticos, es necesario que dichas realidades se rijan fielmente por la normativa canónica, observen cuidadosamente las disposiciones litúrgicas y se integren plenamente en la pastoral diocesana, bajo la guía del Obispo.Así entendidas y reguladas, las capillas y oratorios de adoración eucarística se convierten en verdaderas escuelas de fe, de comunión y de misión, donde la Iglesia aprende a vivir de la Eucaristía y a dejarse transformar por ella.P. Jairo de Jesús Ramírez RamírezDirector del Departamento de LiturgiaConferencia Episcopal de Colombia

Jue 22 Ene 2026

IV Aniversario Episcopal

Por P. José Antonio Díaz Hernández - Un día como hoy, hace cuatro años, estábamos acogiendo al pastor que el Espíritu Santo había desposado con esta pequeña porción del Pueblo de Dios: Monseñor José Mario Bacci Trespalacios. Podemos decir que era su particular historia de salvación, que a partir de ahora se escribiría en esta Iglesia Particular de Santa Marta.Durante este tiempo, nos hemos sentido acompañados con su presencia de padre y pastor, contagiados por la ilusión evangelizadora que desprende, que sabemos, no le viene de otra fuente, sino del mismo Cristo. Con inmensa alegría, en este día 25 de enero, todos los sacerdotes de su querida diócesis de Santa Marta queremos felicitarle, al tiempo que agradecemos a Nuestro Señor Jesucristo, Buen Pastor, el don de su persona y ministerio.Quisiera nuevamente recordar aquella conocida frase del Sermón 340,1 de San Agustín, quien dijo: «Para vosotros soy obispo, con vosotros soy cristiano». Querido Monseñor José Mario, usted ha encarnado de manera muy particular esta exigencia de ser ejemplo de obispo y pastor que se entrega en el ejercicio del ministerio con mucho amor, sin olvidar nunca la caridad pastoral de Cristo, que se hace servidor de muchos, compañía cercana, y camino para sus sacerdotes.Pero además, su aniversario episcopal se celebra providencialmente unido a la festividad de la conversión del Apóstol de los Gentiles, San Pablo. El Apóstol realizó, en efecto, de manera extraordinaria aquella identificación con Jesucristo (cf. Gal 2,19-20) que hizo posible en su caso lograr el verdadero objetivo de la caridad pastoral, señalado por Juan Pablo II: participar de la caridad pastoral de Jesucristo (Exhortación apostólica postsinodal Pastores Dabo Vobis, de Juan Pablo II, n. 23). Toda la vida del Apóstol, desde que fue alcanzado por Cristo hasta el final, se configuró con quien lo llamaba a una tarea de evangelización, vivida desde el amor, dedicada al servicio en la entrega de su propia vida. El apóstol Pablo es sin duda un ejemplo para la vivencia del ministerio episcopal por su dedicación incansable al Evangelio. Pablo, figura excelsa y casi inimitable, pero en cualquier caso estimulante, se nos presenta como un ejemplo de entrega total al Señor y a su Iglesia.Que la mirada tierna y compasiva de Nuestra Madre la Virgen María, le siga inspirando en la ardua tarea de pastorear a las personas que le han encomendado. Sienta el aprecio y el cariño del Pueblo de Dios, por medio de sus presbíteros, religiosos, religiosas y laicos, así como de tantos hombres y mujeres de buena voluntad que de verdad, le quieren.P. José Antonio Díaz HernándezSacerdote de la Diócesis de Santa Marta