Pasar al contenido principal

Opinión

Jue 19 Mayo 2016

La criatura sin el Creador desaparece

Por: Mons. Luis Fernando Rodríguez Velásquez - Ha sido común, pero hoy más público, el hecho de que muchas personas afirmen categóricamente que Dios no existe o que es asunto privado de cada persona, por lo que Dios no debe tener ninguna incidencia en la vida social de los individuos. Puede percibirse el objetivo de reducir al ámbito de la conciencia la dimensión religiosa de los seres humanos, olvidando o rechazando, lo que los filósofos afirman cuando dicen que el ser humano es por su naturaleza, es un ser religado, es decir, que tiende hacia Dios, hacia lo trascendente. Lo acaecido en Cartagena, respecto de la decisión del juez de prohibir la oración en instituciones públicas, no es un caso aislado. Son varios los espacios en que se nota una cierta aversión de las expresiones religiosas, unos interpretando inadecuadamente la Constitución, otros por sentirse “agredidos”. En el fondo, está tomando fuerza una creciente tendencia secularista, donde el ser humano, gracias a los avances que ha tenido, cree que Dios, más que un aliado, es un obstáculo para su realización. Se está dando una cierta competencia y soberbia de muchos para no reconocer que detrás de todo logro humano está la mano de Dios, quien nos da la vida y la inteligencia. El Concilio Vaticano II, proféticamente, no sólo describe realidades del momento en los años 60s y anteriores del siglo pasado, sino que predice lo que habría de venir si se sigue en esta tendencia de sacar a Dios de la vida de las personas. Entre muchas cosas dice: “Muchos de nuestros contemporáneos parecen temer que, por una excesivamente estrecha vinculación entre la actividad humana y la religión, sufra trabas la autonomía del hombre, de la sociedad o de la ciencia… Pero si autonomía de lo temporal quiere decir que la realidad creada es independiente de Dios y que los hombres pueden usarla sin referencia al Creador, no hay creyente alguno a quien se le oculte la falsedad envuelta en tales palabras. La criatura sin el Creador desaparece. Por lo demás, cuantos creen en Dios, sea cual fuere su religión, escucharon siempre la manifestación de la voz de Dios en el lenguaje de la creación. Más aún, por el olvido de Dios la propia criatura queda oscurecida” (GS, 36). No se puede negar que este texto es elocuente, no sólo por dar muestras de la importancia y necesidad de reconocer la existencia de Dios, por respetar la diversidad de las religiones con apertura ecuménica, sino también por anticipar lo que hoy estamos viviendo, como Iglesia católica y como sociedad en general. Al celebrar la solemnidad de la Santísima Trinidad, reconocemos la existencia de Dios Uno y Trino, que en su lenguaje de amor está presente en medio de todos, o como diría San Agustín, dentro de cada uno. El reto de la Iglesia en estos tiempos, es ayudar a los hombres y mujeres, a que no dejen apagar la dimensión espiritual de sus vidas, y que desde allí, descubran que “Jesucristo es el rostro de la misericordia del Padre” (Misericordiae Vultus, 1), que respeta nuestra libertad, pero a la vez, se hace compañero de camino. Por otra parte, si un sector de la sociedad está por el rechazo de Dios, otro sector, no menor, expresa a gritos su sed de Dios. Muestra de ello es el pulular de grupos y movimientos religiosos, muchos de ellos, enraizados en inspiraciones exotéricas y mágicas que desvirtúan el espíritu de la auténticareligión; grupos numerosos de personas que viven una religión sin fe, y otros, una fe sin compromiso. En este grupo bien se pueden ubicar muchos hermanos católicos. Fieles que bautizados en la Iglesia católica, han perdido el rumbo por falta de preparación o por una fe débil, a los cuales debemos salir al encuentro. ¡Cuánta necesidad tenemos de definir una pastoral del retorno y una más valiente pastoral misionera! Es aquí en donde, como Iglesia, tenemos que asumir el reto que nos propone el Papa Francisco en la Exhortación Evangelii gaudium. Tenemos que anunciar con alegría el Evangelio, para que las generaciones de hoy y de siempre sean conscientes de que “por el olvido de Dios la propia criatura queda oscurecida”. Dios existe, guste o no guste. +Luis Fernando Rodríguez Velásquez Obispo auxiliar de Cali

Mié 18 Mayo 2016

La vejez

Por: Mons. Gonzalo Restrepo - La vejez es una etapa de la vida, a la cual no todas las personas tienen el privilegio de llegar. Sí, la vejez es un privilegio, siempre y cuando sepamos llegar a ella y la sepamos afrontar con alegría, con realismo y con entrega. ¿Por qué tenerle temor a la vejez? En sí misma no debe producir ni temor, ni desprecio, ni otro sentimiento negativo. Si con la vejez llegan las enfermedades y las debilidades humanas se hacen más fuertes, entonces lo temible y no deseable, es la enfermedad. Pero ésta siempre, en todas las edades, produce temor y quisiéramos que no nos llegara. Es cierto, la vejez trae desgastes físicos y psicológicos. Eso es lo natural en el proceso biológico de todos los seres. Nos vamos gastando y vamos mermando en nuestras capacidades. Esto lo tenemos que aceptar y tenemos que afrontarlo con realismo y serenidad, pero no por ello despreciar la vejez. Si miramos la vejez como una etapa de madurez humana, en la cual se concentra la experiencia y se llega como a una cima en la existencia, entonces la podremos valorar diferentemente. La vejez es una etapa de una gran riqueza espiritual y sapiencial. No hay cosa más enriquecedora que hablar con un anciano. Ellos, pueden dedicar el tiempo a lo que la mayoría de las personas no pueden. Pueden reflexionar y meditar, pueden orar y rezar, pueden leer e imaginar, pueden poetizar y analizar. Los ancianos tienen una riqueza interior insondable. Ellos pueden mirar toda su experiencia desde arriba y por eso, la miran con paciencia, con sosiego y serenidad. Ellos, no tienen los afanes que la mayoría de las personas tenemos. Su serenidad, su claridad y objetividad en la visión de la vida, les permite ganarse el título de “consejeros” y, muchas veces de “profetas” o “sabios”. No puede uno estar más seguro para dejarse aconsejar que ir donde un anciano. Su mirada penetrante y serena, su corazón libre y entregado, su sentido de entrega y de donación, su ternura y su comprensión, les hace ser de los seres más queridos por nosotros. Aprovechemos la presencia de nuestros ancianos. Su existencia es un don de Dios para quienes seguimos viviendo y necesitamos de los consejos sabios, de las miradas serenas y de la ternura de quienes han llegando en su vida a una etapa que se asemeja y se acerca demasiado a la niñez. Entre el niño y el anciano la diferencia son los años, pero a los dos los une un corazón sencillo, espontáneo y limpio. Sólo que la experiencia del anciano hace que le aventaje al niño en sabiduría. Aunque, en muchas ocasiones, la sabiduría de los niños es la que nos hace falta en muchos de los momentos de nuestra experiencia. De niños y ancianos debiéramos tener mucho en nuestra vida. Estaríamos encontrando los mejores caminos y nos evitaríamos muchas dificultades que entorpecen nuestra existencia. + Gonzalo Restrepo Restrepo Arzobispo de Manizales

Mar 17 Mayo 2016

¿Diaconisas?

Por: P. Raúl Ortiz Toro - Tengo en mis manos algunas fuentes primarias para no divagar en consideraciones tendenciosas con respecto al tema que nos ocupa y que salió a la luz el pasado 12 de mayo en un diálogo del Papa Francisco con la Unión Internacional de Superioras Generales (UISG), donde, en la segunda pregunta que se le presentó al Santo Padre, se pidió formalmente la conformación de una Comisión Oficial para el estudio de la posibilidad de revivir la diaconía femenina. El tema no deja de ser interesante por el hecho de que, transversal y aparentemente, cuestionaría un aspecto definitivo de la doctrina católica como lo es la imposibilidad de la ordenación sacerdotal de mujeres. Y aclaro que es transversal pero que también puede no serlo, pues ahora vamos a darnos cuenta que el concepto del ministerio de “diaconisa” no es ni parecido al concepto de orden del “diácono”. Para ver las exageraciones debido a esta incorrecta interpretación miren cómo tituló el periódico El País de España el pasado 13 de mayo: “Papa Francisco abre la puerta a que las mujeres sean diácono, casen y bauticen”. Nada más alejado de la realidad. Han tomado ligeramente el concepto y la realidad del “Orden del diaconado” y sin juicio han atribuido las mismas funciones y realidades al concepto del “ministerio de diaconisa”. Las fuentes que invito a tratar son las siguientes: Una, la Sagrada Escritura, abierta en Romanos 16, 1: “Os recomiendo a Febe, nuestra hermana, que es, además, diaconisa de la Iglesia de Cencreas” (La versión Vulgata de San Jerónimo – siglo V – traduce: “ministra Ecclesiæ” o sea, servidora de la Iglesia, que evita el término “diaconisa” pues remite al concepto de “orden” y, además, porque en la Iglesia de Occidente no existieron las diaconisas sino solo en la Iglesia Oriental). Recurramos, además al Conciliorum Œcumenicorum Decreta (Decretos de los Concilios Ecuménicos), especialmente Nicea (año 325 d.C), canon 19: Las diaconisas… por no haber recibido imposición de las manos, deben ser consideradas entre el número de los laicos) y Calcedonia (año 451 d.C), canon 15: “No se elija (usa el verbo “cheirotonos” que se puede traducir tanto como “elegir” levantando la mano o “imponer” las manos) diácono a una mujer antes de los cuarenta años, y no sin diligente examen…”. También recurro al documento de la Comisión Teológica Internacional llamado: “El diaconado: Evolución y Perspectivas” del año 2002 (donde en verdad han quedado algunos asuntos sin resolver y que la misma Comisión declara “cuestiones abiertas”) y, finalmente, el Discurso del Santo Padre Francisco a la UISG, que es el documento que ha propiciado esta reflexión y que hasta el momento solo se encuentra en versión italiana. No es este el lugar para detenernos demasiado en el tema y por ello les pido que recurramos siempre a las fuentes. Podemos sacar algunas conclusiones: 1. No es lo mismo “diaconisa” que “diácono”. No solo por la diferencia de género sino de funciones en la Iglesia primitiva: esto es, la diferencia entre un ministerio y un sacramento. El tono de la pregunta presentada al Papa desconoce esta diferencia de las funciones de diaconisa y diácono y pretende “clericalizar” a la mujer desconociendo que su servicio es fundamental en la Iglesia sin necesidad de reducirlo únicamente a la función litúrgica. 2. “Diaconisa” designa especialmente para la Iglesia de Oriente un servicio destinado a la ayuda durante la administración del sacramento del bautismo de mujeres adultas en lo que se refiere a asistir a las mujeres en la piscina bautismal y en la unción “a causa de la decencia” (Constituciones Apostólicas VIII, 28.6). Esto explica por qué cuando se dio el paso al bautismo de niños se fuera desplazando el papel de la diaconisa hasta desaparecer. 3. El Papa Francisco en ningún momento ha dicho que revivirá la institución de “diaconisas” sino que: a). Pedirá a la Congregación para la Doctrina de la fe que le refieran los estudios que se han adelantado sobre este tema; b). Desea constituir una Comisión Oficial no para restituir el diaconado femenino sino para estudiar el papel que desempeñaban las diaconisas en la iglesia Primitiva; c). El Papa tiene claro que el papel de la diaconisa en la Iglesia Primitiva es el que hoy realizan las religiosas consagradas; tanto es así que pedirá a la Congregación del Culto Divino que explique bien, de manera profunda, sobre lo que expresó en ese mismo Discurso acerca de la imposibilidad teológico-litúrgica de que la mujer realice la homilía en la Celebración Eucarística. Por lo tanto, a manera de conclusión, no seamos alarmistas con el tema. Y renuevo la invitación que ya es de marras: acudir siempre a las fuentes y no confiarse del sensacionalismo de los medios. A veces como católicos, por no informarnos bien, servimos de trampolín para difundir falsas noticias. P. Raúl Ortiz Toro Docente del Seminario Mayor San José de Popayán rotoro30@gmail.com

Lun 16 Mayo 2016

La familia al centro

Por: Mons. Cesar Alcides Balbín Tamayo - Como resultado de los dos sínodos anteriores, uno extraordinario (2014), con el tema «Los desafíos pastorales de la familia en el contexto de la evangelización», y otro ordinario (2015), con el tema «la vocación y la misión de la familia en la Iglesia y en el mundo contemporáneo», sale a la luz la Exhortación Apostólica postsinodal Amoris lætitia, (La alegría del amor), donde el Papa Francisco con un lenguaje sencillo, muy sencillo, pero muy profundo, vuelve sobre un tema siempre actual y siempre vigente, como es el de la familia. Ninguna institución, como la familia es hoy por hoy, tan puesta, o mejor, tan expuesta, en la palestra pública, consciente o inconscientemente, de manera planificada o no, como la familia. Y pocas instituciones, como la Iglesia, se han puesto al frente de ella para defenderla, para promoverla y para mostrarla como el lugar donde la persona forja lo que es y lo que será. Para la Iglesia la familia seguirá siendo siempre la célula de la sociedad, concepto tan trillado, pero tan olvidado o ignorado. En esta defensa la Iglesia se siente sola y recibiendo los embates de grupos o «lobbies» que a medida que van ganando terreno lo muestran como una pérdida de la Iglesia. Así, por ejemplo, las leyes inicuas que dan vía libre al aborto, es una batalla perdida por la Iglesia, matrimonios «igualitarios», perdida para la Iglesia, adopciones por parejas del mismo sexo, perdida para la Iglesia. Sí, es cierto, pierde la Iglesia, pero pierde la sociedad, pierden los estados, pierde la misma familia, pierde la humanidad. Perdemos todos. Y es de lamentar que, en muchas de estas batallas, la Iglesia vaya sola. Pero, como madre y maestra, la Iglesia “columna y fundamento de la verdad” (1 Tm 3, 15) (Cat. 2032), continúa con su lucha, que es su misión, la de anunciar a tiempo y a destiempo, con oportunidad o sin ella (cf. 2Tim 4,2), por todos los rincones del mundo, que la familia, hoy más que nunca es importante, es el centro y es necesaria para el desarrollo de las sociedades, de los pueblos, de las naciones. No se da un mejor lugar para el desarrollo de las personas que la familia, claro está, bien constituida y no podemos ignorar que el deterioro de las mismas va dejando profundas secuelas en la sociedad misma. El prurito de ignorar el pasado, de lo que eran las familias de antaño, la figura paterna y la figura materna, la unidad familiar, la autoridad de los mayores, hace que se pierda el horizonte y que se entre en el camino de ensayos, sin éxito, eso sí, y con una alta probabilidad de fracaso. El Papa Francisco nos viene a recordar lo qué es la familia, lo que significa y de la riqueza que entraña, y nos hace un recorrido, en la Exhortación, por la Palabra de Dios, por la realidad actual de la familia, con sus desafíos, lo mismo que la vocación de la familia, el amor en el matrimonio, amor que se vuelve fecundo. Lo mismo que las perspectivas pastorales, educación de los hijos, las situaciones irregulares y la espiritualidad matrimonial y familiar, tan olvidada hoy. Con tristeza y preocupación pudimos comprobar que los medios de comunicación se centraron en dos temas, principalmente: el matrimonio igualitario y la comunión de los divorciados vueltos a casar. Como vemos en una lectura rápida, la Exhortación es mucho más que eso: muestra la alegría del amor cuando es entrega, cuando es donación, cuando es paciente, servicial, cuando no es envidioso, cuando no se envanece ni procede con bajeza, cuando todo lo disculpa, lo cree, lo espera y lo soporta (cf. 1 Cor 13, 4-7; AL 90). + Cesar Alcides Balbín Tamayo Obispo de Caldas

Jue 12 Mayo 2016

La alegría del amor familiar

Por: Mons. Luis Adriano Piedrahita - Entre los gozos que vive la Iglesia al cumplir el mandato misionero de Jesús está el de anunciar la Buena Nueva de la familia. De la alegría de ser discípulos misioneros que anuncian la Buena Nueva de la familia, nos hablaron los obispos reunidos en Aparecida. Ahora, el Papa Francisco nos ha hablado del Evangelio de la familia como “la alegría que llena el corazón y la vida entera” en la hermosa y esperada exhortación apostólica “La alegría del amor”, en la que recoge los aportes de los dos recientes sínodos sobre la familia junto con sus personales apreciaciones. “La alegría del amor que se vive en las familias es también el júbilo de la Iglesia…su anuncio es verdaderamente una buena noticia”, ha comenzado diciendo el Papa. En verdad, dicha alegría no es otra que la que se respira en el transcurrir del actuar divino en la historia de la humanidad, desde el momento en que la alegría brotó del corazón de Dios al ver salir a la mujer de sus manos creadoras como la compañía que le faltaba al varón en su soledad, y cuando vio que ambos llevaban la impronta de su ser, creados a imagen y semejanza suya, llamados al encuentro en el amor fiel y eterno de los esposos, y destinados a multiplicar por toda la faz de la tierra la familia humana. Luego la alegría que aparece en el rostro amoroso y misericordioso de Dios a través de la imagen del esposo enamorado de su esposa con un amor puro, fiel y solícito, que nos enseña la literatura bíblica. Y finalmente, la alegría que culmina en Jesús, naciendo en el seno de una familia, y apareciendo en el mundo de los hombres como el esposo que llega compartiendo y favoreciendo la alegría de unas bodas. Con el milagro del agua transformada en vino, el Señor quisiera ayudar a reconocer que, cuando los esposos disponen el agua de la fidelidad, de la entrega mutua, del sacrifico, del amor verdadero, de la generosidad, del trabajo empeñado, del cuidado en el cumplimiento de las responsabilidades que tienen como esposos y como padres de familia, entonces él les colma con el vino nuevo de una alegría verdadera y plena. La fe en el Señor nos brinda la ocasión de alegrarnos en él a través de las múltiples alegrías humanas que él va colocando en nuestro camino, entre ellas las alegrías propias de la vida familiar: el nacimiento y el crecimiento de los hijos, el amor honesto y santificado de los esposos, la entrega sincera, el trabajo esmerado, el compartir, el diálogo, el sacrificio, la fe y la oración en familia, etc. En el marco del año jubilar de la misericordia, el Santo Padre ha querido, según sus propias palabras, “ofrecer una propuesta para las familias cristianas que las estimule a valorar los dones del matrimonio y de la familia, y a sostener un amor fuerte y lleno de valores como la generosidad, el compromiso, la fidelidad o la paciencia, y a alentar a todos para que seamos signos de misericordia y cercanía allí donde la vida familiar no se realiza perfectamente o no se desarrolla con paz y gozo”(5). Acojamos con la misma alegría esta valiosísima y oportuna propuesta del Papa y esforcémonos para que con ella nos sintamos llamados a “cuidar con amor la vida de nuestras familias”. + Luis Adriano Piedrahita Sandoval Obispo de Santa Marta

Mié 11 Mayo 2016

"Matrimonio Igualitario"

Por: Mons. Ricardo Tobón Restrepo - La Corte Constitucional de Colombia, el pasado 28 de abril, autorizó la validez del matrimonio entre personas del mismo sexo. Algunos han proclamado que se trata de un acontecimiento trascendental que cambia la historia. Pero podría verse más como el resultado de una presión ideológica internacional que hace que los partidos políticos, los órganos legislativos y las instituciones judiciales no sean capaces de cuestionar la ideología de género actualmente imperante. Tantos no logran quedarse fuera del guión que establece el “nuevo orden mundial” para poder estar en lo “políticamente correcto”. Todos sabemos que se deben respetar la dignidad y los derechos de las personas homosexuales como los de cualquier otra persona humana. Esto, sin embargo, no exige llamar y autorizar como matrimonio su relación. El pueblo, en su mayoría, lo comprende y por eso se opone. En primer lugar, porque la “naturaleza jurídica” de las instituciones no admite una modificación radical conservando su identidad. Por ejemplo, si la compraventa es el cambio de cosas por dinero, no podemos llamar compraventa el cambio de cosas por cosas; esto ya tiene otra identidad y otro nombre: permuta. Es necesario pensar, además, que la “garantía constitucional” no permite que una realidad a través de nuevas normas sea desnaturalizada y vaciada de su contenido. Si la Constitución ha configurado un modelo de matrimonio basado en el principio heterosexual, son inconstitucionales las normas que lo desvirtúan o tergiversan; en efecto, si se aplica este procedimiento a todo lo establecido, se llega a un verdadero caos jurídico y social, pues se deja sin seguridad y consistencia las instituciones y comportamientos ya consolidados. En el fondo, se llega a la negación del orden jurídico mismo. El matrimonio entre un varón y una mujer, opinan pensadores de gran solvencia, es la única relación biológicamente complementaria; por tanto, la única unión legal que puede conducir de manera natural a la procreación. “El hecho de que haya una vinculación natural entre intimidad sexual y procreación es lo que hace al matrimonio distinto y diferente. Rede¬finir su estructura socavaría esa diferenciación e incurriría en el riesgo de normalizar la instrumentalización tecnológica de la reproducción, incrementando el número de familias en las que existe una confusión de la identidad biológica, social, y familiar” (Declaración de Westminster). La legítima sensibilidad de hoy hacia la igualdad ha venido a decir que el matrimonio heterosexual implica discriminación. Se trata de una afirmación más emotiva que reflexiva; pues rediseñar el matrimonio para homologarlo con las uniones homosexuales es afirmar, desconociendo las características del orden jurídico, que las limitaciones insertas en todo derecho fundamental son discriminatorias. Según eso, sería también discriminatorio prohibir el matrimonio entre padres e hijos o entre menores de determinada edad. No se puede olvidar que el orden jurídico tutela a la persona desde la base de la interpersonalidad y no simplemente desde su individualidad. La lógica y frialdad del razonamiento jurídico pueden contrastar con la corriente emotiva que determina tantas cosas de hoy, pero el bienestar personal y el bien común necesitan que las leyes civiles sean coherentes y sólidas. Heráclito decía: “Es necesario que el pueblo defi¬enda las leyes como los muros de la ciudad”. La tarea legislativa no puede hacerla cualquiera y no puede reducirse a justificar los deseos de los individuos; así se llega a la creación de una sociedad de egoísmos opuestos. Esto ya ha sido pensado y sufrido desde la antigüedad; de ahí la afirmación de Tácito: “Corruptissima república, plurimae leges”: Cuando el Estado se corrompe, las leyes se multiplican. + Ricardo Tobón Restrepo Arzobispo de Medellín

Lun 9 Mayo 2016

La comunicación

Por Monseñor Fabio Suescún Mutis: La comunicación entre los humanos está al servicio de la convivencia. Es el lazo que establece la comunión entre iguales y pue¬de, mediante el dialogo, superar los conflictos. La comunicación nos permite entrar en rela¬ción con todo lo que nos rodea: el cosmos, los semejantes. Dios. Queremos y necesitamos encontramos con el otro. El contacto físico fortalece la rela¬ción. Vamos al encuentro de los familiares y amigos. El corazón necesita de la presencia de los seres amados. Los medios de transporte fa¬cilitan el deseo de quienes quieren estar juntos pero están lejos. Un abrazo muestra cercanía en el afecto, da apoyo y compañía. Una bofeta¬da es desprecio, castigo, rechazo. El estafeta corría grandes distancias para levar noticias. Las señales de humo y los tam¬bores llevaban mensajes a través de valles y montañas. El hombre ha puesto la tecnología al ser¬vicio de la comunicación humana hasta llegar a la red que nos permite ser ciudadanos del mundo y testigos directos de los acontecimientos. Dos no vive en un mundo solitario. Nos ha creado para compartir con nosotros y, ante el desprecio de la criatura se ha acercado por medio de su hijo Jesús para restablecer los vínculos de amor. Ha establecido su casa entre nosotros, y más allá de la obra creadora, se ha dado a conocer plenamente por medio de su Verba fe Palabra de Dios (Cí Jn 1.148X). De la persona sale la palabra para dar a co¬nocer (as Ideas y tos sentimientos más profun¬dos El lenguaje humano permite el encuentro de dos mundos interiores. Es pobre aquel que no tiene con quién hablar. Para que sea posible la comunicación hay que recorrer un camino de doble vía: transmitir y reatar, hablar y escuchar. La sabiduría dice que “No hay peor sordo que el que no quie¬re escuchar”. Podemos agregar que “No hay peor mudo que el que no quiere hablar”. Quien no puede oír ni puede transmitir lo que siente está fuera de la realidad, se queda encerrado en sí mismo, lo que constituye un dolor, una en¬fermedad, una soledad. Jesús liberó a un sor¬do que apenas podía hablar y lo integró a la vida de su familia y de su sociedad. El poder del Mesías le permitió a aquel pobre hombre abrirse a la alegría de la convivencia (Ct Me 7.31-37). El sordomudo del Evangelio es un hombre-símbolo. Es sordo aquel que no oye nada más que a s mismo. Quien escucha la voz de Dios y contempla sus maravillas puede des¬atar su lengua para cantar alabanzas al Buen Dios. Pero no basta el buen funcionamiento de los sentidos varios obstáculos impiden una buena sintonía con el interlocutor. Nada en¬tiende quien no conoce el idioma de aquel con quien dialoga. Más aún podemos hablar la mis¬ma lengua más no comprender muchos térmi¬nos y desconocer significados de una misma palabra. Pero ante todo bloquean la comuni¬cación los prejuicios que tenemos hacia aquel que intenta darse a conocer. Oímos muchas cosas y necesitamos sabiduría para discernir qué es Importante y qué mera palabrería. Podemos decir muchas cosas, pero necesitamos la prudencia para saber qué palabra es conveniente pronunciar y cuál debemos calar. El Dios vivo antes de la posesión de la tie¬rra prometida, hace con tos hebreos un pacto de exclusividad (Cf. Ex 24,8). Dios garantiza su protección y el pueblo será feliz en el cumpli¬miento de sus mandatos: “yo seré tu Dios y tú serás mi pueblo”. Las primeras palabras de la Ley de la Alianza son éstas 'escucha Israel' IDt 6.4X . "Escucha”, shemá en hebreo, exige varias actitudes: el interés por la persona y por las cosas que dice, la intención para entender lo que se transmite y la respuesta en acción a la palabra recibida. + Monseñor Fabio Suescún Mutis Obispo Castrense de Colombia

Sáb 7 Mayo 2016

Para orar, meditar y vivir

Por Mons. Omar de Jesús Mejía Giraldo: “En su nombre se predicará la conversión y el perdón de los pecados” Patrimonio: Conjunto de bienes que una persona adquiere por herencia familiar. Desde esta definición de patrimonio, pensemos el evangelio de hoy. Dice la Palabra: “Mientras los bendecía, se separó de ellos”. Celebramos hoy la solemnidad litúrgica de la ascensión del Señor. Ha llegado el momento definitivo de volver al Padre. Jesús está con sus discípulos y les recuerda algunas de sus experiencias vividas, como cuando nos reunimos con nuestros abuelos a escucharles sus historias y a beber de su sabiduría. En éste ambiente fraterno el Señor le recuerda a sus discípulos la experiencia vivida; les dice que recuerden han sido testigos de toda la experiencia vivida y a su vez les promete que serán revestidos con la fuerza de lo alto: “No los dejaré solos, les enviaré el Espíritu Santo, Él les recordará todo”. Reciban la fuerza de lo alto y revístanse de ella, para que sean mis testigos hasta los confines de la tierra. Dice la Palabra que “Jesús los condujo hacía Betania y levantando las manos los bendecía, se separó de ellos, subiendo hacia el cielo”. El “Cielo” hacia el cual sube Jesús es el mismo Dios, que es el mundo propio de Dios. Dios es Dios y vive y actúa en sí mismo. Jesús subiendo al cielo introduce nuestra humanidad en la divinidad. Subiendo al cielo, nos diviniza, nos da su eternidad, nos hace participes de su trascendencia. Nuestra meta es Cristo, constituido por su resurrección como nuestro “cielo”, el punto de convergencia a donde apuntan todos nuestros caminos. Jesús es la plenitud de la vida del universo. Hermanos esto es precioso, miremos: Jesús nos ha precedido en la morada eterna y el estado definitivo, para así, darnos esperanza firme de que donde está Él, cabeza y primogénito, estaremos también nosotros, sus miembros. Entendamos una cosa, con la solemnidad de hoy proclamamos con todas nuestras fuerzas un doble misterio: 1. El misterio de Jesús, que se ha hecho hombre, ha muerto, pero ha resucitado y ahora vuelve a su propia casa: El Padre. 2. El misterio del hombre, nuestro misterio. De Dios venimos y a Dios tenemos que volver. “Nos hiciste Señor para ti y nuestro corazón vive inquieto hasta que descansa en ti” (San Agustín). Por eso, la solemnidad de hoy es una gran fiesta de alabanza, en la que proclamamos que Jesús es el “Señor”, el “hombre perfecto”, el “principio y cabeza” de lo creado. El proyecto salvador de Dios sobre el mundo se ha realizado en el Cuerpo de Cristo. Así pues, es necesario comprender: Jesucristo, nuestro Dios y Señor, es nuestro gran patrimonio. Es a Él a quien anunciamos, es de Él de quien debemos ser testigos. La iglesia no es una simple institución que se puede quedar auto contemplándose así misma. La Iglesia es una comunidad de hermanos que ha recibido el mandato del Señor: “Vayan por todo el mundo y anuncien la Buena Nueva del Reino de Dios”. La Iglesia no se inventó un mensaje sino que lo recibió del mismo Jesús. De esta forma queda claro que el mensaje cristiano no se fundamenta en especulaciones, en ideas u opiniones personales, sino en acontecimientos históricamente documentados y en las instrucciones que dio el mismo Jesús, las cuales quedaron grabadas en la memoria de las primeras comunidades. La iglesia se fundamenta en el patrimonio de gracia y eternidad que nos ha dejado su fundador: Jesucristo, nuestro Dios y Señor. El anuncio del Reino de Dios, no es posible sin la fuerza de lo alto, así como el Espíritu acompañó a Jesús en su misión, nos acompañará también a nosotros. No estamos solos, el Espíritu nos dota de fuerza y nos sostiene en el combate de la fe, nos ofrece valentía y convicción para que demos testimonio de su amor. El Espíritu nos recuerda el amor eterno y misericordioso de Dios para con cada uno de nosotros. Jesús se despide de sus discípulos sacándolos de Jerusalén y conduciéndolos a Betania. Esta acción es signo de la preocupación constante de Dios por su pueblo, recordemos la historia del éxodo: “Dios saca a su pueblo y lo libera de la esclavitud de Egipto”. Hermanos, Dios está vivo, Él no se ha muerto, ni está enfermo. Dios nos acompaña hoy y siempre. Debemos confiar en Él. Dios nos saca de nuestras miserias, de nuestros pecados, de nuestros odios y resentimientos. Dios nos libera. Dios expulsa nuestras ataduras. El secreto de nuestra parte es simplemente abrir nuestro corazón para que Él entre y pueda actuar en toda su plenitud. Él podría entrar sin nuestro permiso, es Dios, pero, Él no lo hace, ni lo hará, porque, Él respeta enormemente nuestra libertad y no quiere violentar nuestra dignidad. Así pues, tengamos en cuenta: con nuestra libertad, aceptamos su salvación o nos condenamos a la soledad y al abandono. Jesús se va al cielo bendiciendo a sus discípulos y ellos vuelven a Jerusalén llenos de alegría y “estaban siempre en el templo bendiciendo a Dios”. Con esta última acción Jesús sintetiza toda su obra, todo lo que quiso hacer por sus discípulos y por la humanidad, en una “bendición” Jesús les expresa todo su amor, su entrega y su permanencia con ellos. Con una bendición, Jesús sella el gran “amén” de su obra en el mundo. La bendición de Jesús permanecerá con los discípulos, los animará a lo largo de sus vidas y los sostendrá en todos sus trabajos. Tengamos en cuenta hermanos: la bendición del Señor, permanece en su iglesia. La bendición del Señor sigue viva hoy, en medio nuestro, a través del gran patrimonio espiritual que él mismo nos ha dejado en su mandato central: el amor, la eucaristía, los sacramentos, su Santísima Madre. Al final del evangelio, hay unas acciones, un lugar y un ambiente. La acción es la alegría, el lugar es el templo, la casa de Dios; y el ambiente es una comunidad llena de Dios, en actitud orante. Nos queda, ahora hermanos, vivir con alegría nuestro patrimonio cristiano, nos queda asumir con fe y esperanza cada instante de nuestra vida. Nos queda hermanos, la responsabilidad de ser orantes y con nuestras acciones conservar el gran patrimonio de nuestra fe: La vida, muerte y resurrección de Jesucristo, nuestro Dios y Señor”. Tarea: Pensemos: ¿Cuál es el patrimonio espiritual que hemos recibido de nuestros padres y cómo lo estamos administrando? + Mons. Omar de Jesús Mejía Giraldo Obispo de Florencia