SISTEMA INFORMATIVO
Para orar, meditar y vivir
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Por Mons. Omar de Jesús Mejía Giraldo: “En su nombre se predicará la conversión y el perdón de los pecados”
Patrimonio: Conjunto de bienes que una persona adquiere por herencia familiar.
Desde esta definición de patrimonio, pensemos el evangelio de hoy. Dice la Palabra: “Mientras los bendecía, se separó de ellos”. Celebramos hoy la solemnidad litúrgica de la ascensión del Señor.
Ha llegado el momento definitivo de volver al Padre. Jesús está con sus discípulos y les recuerda algunas de sus experiencias vividas, como cuando nos reunimos con nuestros abuelos a escucharles sus historias y a beber de su sabiduría. En éste ambiente fraterno el Señor le recuerda a sus discípulos la experiencia vivida; les dice que recuerden han sido testigos de toda la experiencia vivida y a su vez les promete que serán revestidos con la fuerza de lo alto: “No los dejaré solos, les enviaré el Espíritu Santo, Él les recordará todo”. Reciban la fuerza de lo alto y revístanse de ella, para que sean mis testigos hasta los confines de la tierra.
Dice la Palabra que “Jesús los condujo hacía Betania y levantando las manos los bendecía, se separó de ellos, subiendo hacia el cielo”. El “Cielo” hacia el cual sube Jesús es el mismo Dios, que es el mundo propio de Dios. Dios es Dios y vive y actúa en sí mismo.
Jesús subiendo al cielo introduce nuestra humanidad en la divinidad. Subiendo al cielo, nos diviniza, nos da su eternidad, nos hace participes de su trascendencia. Nuestra meta es Cristo, constituido por su resurrección como nuestro “cielo”, el punto de convergencia a donde apuntan todos nuestros caminos. Jesús es la plenitud de la vida del universo.
Hermanos esto es precioso, miremos: Jesús nos ha precedido en la morada eterna y el estado definitivo, para así, darnos esperanza firme de que donde está Él, cabeza y primogénito, estaremos también nosotros, sus miembros.
Entendamos una cosa, con la solemnidad de hoy proclamamos con todas nuestras fuerzas un doble misterio:
1. El misterio de Jesús, que se ha hecho hombre, ha muerto, pero ha resucitado y ahora vuelve a su propia casa: El Padre.
2. El misterio del hombre, nuestro misterio. De Dios venimos y a Dios tenemos que volver. “Nos hiciste Señor para ti y nuestro corazón vive inquieto hasta que descansa en ti” (San Agustín). Por eso, la solemnidad de hoy es una gran fiesta de alabanza, en la que proclamamos que Jesús es el “Señor”, el “hombre perfecto”, el “principio y cabeza” de lo creado. El proyecto salvador de Dios sobre el mundo se ha realizado en el Cuerpo de Cristo.
Así pues, es necesario comprender: Jesucristo, nuestro Dios y Señor, es nuestro gran patrimonio. Es a Él a quien anunciamos, es de Él de quien debemos ser testigos. La iglesia no es una simple institución que se puede quedar auto contemplándose así misma. La Iglesia es una comunidad de hermanos que ha recibido el mandato del Señor: “Vayan por todo el mundo y anuncien la Buena Nueva del Reino de Dios”. La Iglesia no se inventó un mensaje sino que lo recibió del mismo Jesús. De esta forma queda claro que el mensaje cristiano no se fundamenta en especulaciones, en ideas u opiniones personales, sino en acontecimientos históricamente documentados y en las instrucciones que dio el mismo Jesús, las cuales quedaron grabadas en la memoria de las primeras comunidades. La iglesia se fundamenta en el patrimonio de gracia y eternidad que nos ha dejado su fundador: Jesucristo, nuestro Dios y Señor.
El anuncio del Reino de Dios, no es posible sin la fuerza de lo alto, así como el Espíritu acompañó a Jesús en su misión, nos acompañará también a nosotros. No estamos solos, el Espíritu nos dota de fuerza y nos sostiene en el combate de la fe, nos ofrece valentía y convicción para que demos testimonio de su amor. El Espíritu nos recuerda el amor eterno y misericordioso de Dios para con cada uno de nosotros.
Jesús se despide de sus discípulos sacándolos de Jerusalén y conduciéndolos a Betania. Esta acción es signo de la preocupación constante de Dios por su pueblo, recordemos la historia del éxodo: “Dios saca a su pueblo y lo libera de la esclavitud de Egipto”. Hermanos, Dios está vivo, Él no se ha muerto, ni está enfermo. Dios nos acompaña hoy y siempre. Debemos confiar en Él. Dios nos saca de nuestras miserias, de nuestros pecados, de nuestros odios y resentimientos. Dios nos libera. Dios expulsa nuestras ataduras.
El secreto de nuestra parte es simplemente abrir nuestro corazón para que Él entre y pueda actuar en toda su plenitud. Él podría entrar sin nuestro permiso, es Dios, pero, Él no lo hace, ni lo hará, porque, Él respeta enormemente nuestra libertad y no quiere violentar nuestra dignidad. Así pues, tengamos en cuenta: con nuestra libertad, aceptamos su salvación o nos condenamos a la soledad y al abandono.
Jesús se va al cielo bendiciendo a sus discípulos y ellos vuelven a Jerusalén llenos de alegría y “estaban siempre en el templo bendiciendo a Dios”. Con esta última acción Jesús sintetiza toda su obra, todo lo que quiso hacer por sus discípulos y por la humanidad, en una “bendición” Jesús les expresa todo su amor, su entrega y su permanencia con ellos. Con una bendición, Jesús sella el gran “amén” de su obra en el mundo. La bendición de Jesús permanecerá con los discípulos, los animará a lo largo de sus vidas y los sostendrá en todos sus trabajos. Tengamos en cuenta hermanos: la bendición del Señor, permanece en su iglesia. La bendición del Señor sigue viva hoy, en medio nuestro, a través del gran patrimonio espiritual que él mismo nos ha dejado en su mandato central: el amor, la eucaristía, los sacramentos, su Santísima Madre.
Al final del evangelio, hay unas acciones, un lugar y un ambiente. La acción es la alegría, el lugar es el templo, la casa de Dios; y el ambiente es una comunidad llena de Dios, en actitud orante. Nos queda, ahora hermanos, vivir con alegría nuestro patrimonio cristiano, nos queda asumir con fe y esperanza cada instante de nuestra vida.
Nos queda hermanos, la responsabilidad de ser orantes y con nuestras acciones conservar el gran patrimonio de nuestra fe: La vida, muerte y resurrección de Jesucristo, nuestro Dios y Señor”.
Tarea:
Pensemos: ¿Cuál es el patrimonio espiritual que hemos recibido de nuestros padres y cómo lo estamos administrando?
+ Mons. Omar de Jesús Mejía Giraldo
Obispo de Florencia
Imitemos a María en la fe, esperanza y caridad
Lun 1 Jun 2026
Implementación de la Sinodalidad en la Diócesis de Pasto
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Una deuda silenciosa: los sacerdotes olvidados…
Mié 22 Abr 2026
Mié 20 Mayo 2026
La caridad es la puerta de entrada al cielo
Por Mons. José Libardo Garcés Monsalve - Seguimos en la celebración de los 70 años de vida diocesana con el lema pastoral: vayan y hagan discípulos imitando a la Virgen María, viviendo la alegría de la Pascua que nos fortalece en el camino de vida nueva en santidad. Retomando las virtudes teologales que han sido siembra en el corazón de muchas personas durante todo este tiempo de historia diocesana, hoy nos disponemos a reflexionar sobre la virtud de la caridad que Jesús Re-sucitado nos ha dejado como camino para llegar al cielo.Todo el trabajo evangelizador en salida misionera en nuestra Diócesis de Cúcuta, tiene como propósito llevar a las personas a reforzar el amor a Dios y el amor al prójimo. Tal como nos lo dice Jesús en su Palabra: “Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma y con toda tu mente. Este es el primer mandamiento y el más importante. El segundo es semejante a éste: amarás a tu prójimo como a ti mismo. En estos dos mandamientos se basa toda la ley y los profetas” (Mt 22, 37 - 40); el Magisterio de la Iglesia lo refuerza cuando enseña: “amor a Dios y al prójimo se funden entre sí: en el más humilde encontramos a Jesús mismo y en Jesús encontramos a Dios” (Deus Caritas Est, 15).La caridad es el fruto maduro de la fe en Jesucristo y la esperanza en Él que no defrauda; es la corona de todas las virtudes y precisamente el Señor nos indica que el juicio final será sobre las obras de misericordia, “vengan benditos de mi Padre, tomen posesión del reino preparado para ustedes desde la creación del mundo. Porque tuve hambre y me dieron de comer, tuve sed y me dieron de beber; era un extraño, y me hospedaron; estaba desnudo, y me vistieron; enfermo y me visitaron; en la cárcel, y fueron a verme” (Mt 25, 34 - 36). Concluyendo que cada vez que un cristiano hace la caridad a un hermano necesitado, lo está haciendo al mismo Jesucristo y por lo tanto podrá gozar con Él de la gloria de Dios.Recibir el Evangelio de nuestro Señor Jesucristo en el corazón, tendrá que llevarnos cada día a ser diócesis samaritana, en la que todos los creyentes nos agachamos a sanar las heridas del prójimo que ha caído en el camino de la vida y necesita una mano que lo levante, teniendo en cuenta que “mi prójimo es cualquiera que tenga necesidad de mí y que yo pueda ayudar. El amor al prójimo no se reduce a una actitud genérica y abstracta, poco exigente en sí misma, sino que requiere mi compromiso práctico aquí y ahora” (DCE, 15).Vivir la caridad es un aprendizaje que se adquiere en la oración constante, no se aprende en los centros académicos, ni se tiene de una vez para siempre. La caridad se construye cada día en el corazón de un creyente que se dispone a amar a Dios y a extender el amor del corazón de Jesús por todas partes, reconociendo a Jesucristo en todos los que sufren, en los que están excluidos y en los más vulnerables de la sociedad, “Jesús se identifica con los pobres: los hambrientos y sedientos, los forasteros, los desnudos, enfermos o encarcelados. Cada vez que lo hicieron con uno de estos mis humildes hermanos conmigo lo hicieron (DCE, 15).El cristiano que se pone de rodillas frente al Santísimo Sacramento, que mira y contempla el Crucificado, es capaz de salir de sí mismo para volverse prójimo del que sufre. La caridad no es un simple acto social, sino que nace de la naturaleza misma de la Iglesia que anuncia el Evangelio en salida misionera y cosecha el fruto del amor al prójimo, ya que “la naturaleza íntima de la Iglesia se expresa en una triple tarea: anuncio de la Palabra de Dios, celebración de los Sacramentos y servicio de la caridad. Son tareas que se implican mutuamente y no pueden separarse una de la otra. Para la Iglesia, la caridad no es una especie de actividad de asistencia social que también podría dejar a otros, sino que pertenece a su naturaleza y es manifestación irrenunciable de su propia esencia” (DCE, 25).La Iglesia predica el Evangelio a todos, por tanto la caridad se realiza entre los miembros de la Iglesia, pero traspasa sus límites y va más allá de sus confines, llega incluso a los que no están en el redil o rechazan el Evangelio o se convierten en nuestros opositores, “la caridad supera los confines de la Iglesia; la parábola del buen samaritano sigue siendo el criterio de comportamiento y muestra la universalidad del amor que se dirige hacia el necesitado encontrado casualmente, quien quiera que sea” (DCE, 25).La caridad como puerta de entrada al cielo, sigue orientándonos la meta de nuestra vida, allá está la puerta del cielo, recorramos el camino haciendo la caridad, que brota de un cristiano que es capaz de ocupar el último lugar, ese que ocupó nuestro Señor Jesucristo en la cruz, haciéndose servidor de toda la humanidad en el acto de caridad más grande, “Cristo ocupó el último puesto en el mundo, la Cruz, y precisamente con esta humildad radical nos ha redimido y nos ayuda constantemente. Quien es capaz de ayudar reconoce que, precisamente de este modo, también él es ayudado; el poder ayudar no es mérito suyo ni motivo de orgullo. Esto es gracia” (DCE, 35).Sigamos escribiendo juntos nuestra historia diocesana desde la caridad, que es el amor de Dios que se hace presencia a través de cada uno de los cristianos, que peregrinamos en esta Iglesia Particular, hasta llegar un día a la salvación eterna. Que la Santísima Virgen María, madre de la caridad y el Glorioso Patriarca San José, custodien la fe y esperanza en nosotros, para que produzca el fruto maduro de la caridad y en actitud de oración reconozcamos a Jesús en los más pobres y necesitados.En unión de oraciones,reciban mi bendición.+José Libardo Garcés MonsalveObispo de la Diócesis de Cúcuta
Mar 19 Mayo 2026
La familia, don de Dios
Por Mons. Ramón Alberto Rolón Güepsa - Y dijo Dios “hagamos al ser humano a nuestra imagen, como semejanza nuestra…Creó Dios al ser humano a imagen suya, a imagen de Dios le creó, macho y hembra los creó. Y los bendijo Dios y les dijo: sean fecundos y henchid la tierra, sean fecundos". (Gn. 1,26-27)La familia: don sagrado de Dios que debe ser protegido hoy: en medio de los profundos cambios culturales, sociales y jurídicos que atraviesa el mundo contemporáneo, la familia —fundamento de la sociedad y santuario de la vida— enfrenta desafíos que cuestionan su identidad, su misión y su estabilidad. No se trata simplemente de transformaciones externas, sino de una verdadera crisis antropológica que toca el corazón mismo del ser humano, por eso, es urgente alzar la voz con claridad, caridad y firmeza para custodiar este don divino.1. La familia en el designio de DiosLa Sagrada Escritura nos presenta la familia no como una invención humana, sino como un proyecto nacido en el corazón de Dios:“Dios creó al hombre a su imagen… varón y mujer los creó” (Gn 1,27).La complementariedad entre el hombre y la mujer no es solo biológica, sino profundamente espiritual y relacional. En esta unión se revela el amor creador de Dios, que es fecundo, fiel y total.El matrimonio, elevado por Cristo a sacramento, no es un simple contrato social, sino una alianza sagrada que refleja el amor entre Cristo y su Iglesia (cf. Ef 5,25). Por eso, la familia es llamada con razón “Iglesia doméstica”, lugar donde se transmite la fe, se aprende a amar y se cultiva la vida.2. Las amenazas actuales contra la familiaHoy la familia se ve amenazada por múltiples corrientes que, bajo el lenguaje de libertad o progreso, terminan debilitando su esencia:a. Las Ideologías que desdibujan la identidad humana: existen corrientes que niegan la naturaleza dada del ser humano, relativizando la identidad sexual y la complementariedad entre el hombre y la mujer. Esto no solo afecta la comprensión del matrimonio, sino también la estabilidad emocional y espiritual de las nuevas generaciones.b. La mentalidad anticonceptiva y rechazo de la vida: la difusión de prácticas anticonceptivas ha instaurado una cultura que separa el amor conyugal de su apertura a la vida. El hijo deja de ser don de Dios para convertirse, en muchos casos, en una opción condicionada o incluso rechazada. Esto contradice profundamente el sentido sacramental del matrimonio, llamado a ser signo de amor fecundo, generoso y abierto al don de la vida.c. La disolución progresiva del vínculo familiar: el aumento de separaciones, la banalización del compromiso y la fragilidad de los vínculos afectan gravemente el tejido social. Cuando la familia se rompe, no solo sufren los esposos, sino especialmente los hijos, quienes pierden referentes fundamentales para su crecimiento integral.d. Las tendencias jurídicas que redefinen la familia: en muchos contextos, las legislaciones buscan redefinir la familia desligándola de su fundamento natural y sacramental. Si bien es necesario garantizar derechos y dignidad para todas las personas, no se puede perder de vista la verdad profunda sobre la familia como unión estable entre un hombre y una mujer abierta a la vida.3. La fidelidad, la verdad y el amor son la respuesta cristianaAnte este panorama, la Iglesia no responde con condena, sino con una propuesta: volver al plan original de Dios.a. Redescubrir la belleza del matrimonio: es necesario anunciar con alegría que el matrimonio no es una carga, sino una vocación hermosa, un camino de santidad donde el amor se purifica, madura y da fruto.b. Educar en el amor verdadero: la familia debe ser escuela de virtudes: respeto, entrega, fidelidad, perdón. Solo así se construyen relaciones sólidas capaces de resistir las dificultades.c. Defender la vida como don sagrado: cada hijo es signo del amor de Dios. Acoger la vida es participar en la obra creadora divina. La apertura a la vida no empobrece el amor, lo engrandece.d. Testimonio coherente: más que discursos, el mundo necesita familias que vivan con autenticidad su vocación: hogares donde se respire fe, donde el perdón sea posible, donde el amor no sea pasajero sino comprometido.4. Dimensión espiritual y sacramentalLa familia cristiana no está sola. Está sostenida por la gracia de Dios. En los sacramentos, especialmente la Eucaristía y el Matrimonio, encuentra la fuerza para perseverar.Orar en familia, participar en la vida de la Iglesia y confiar en la acción de Dios son pilares fundamentales para resistir las crisis.Proteger la familia no es una opción ideológica, es una urgencia humana y espiritual. Allí donde la familia es fuerte, la sociedad florece; donde la familia se debilita, todo se fragmenta.Hoy más que nunca, estamos llamados a custodiar este don con valentía, iluminados por la verdad del Evangelio y sostenidos por la gracia de Dios.La familia no es un vestigio del pasado: es la esperanza del futuro porque donde la familia se mantiene unida a Cristo allí nace la esperanza del mundo.Señor Jesús, que la sagrada familia de Nazaret sea modelo y protección de nuestros hogares.Danos amor, unidad y fidelidad para que nuestra familia pueda vivir la voluntad creadora de nuestro Dios.El Señor proteja nuestra familia+Ramón Alberto Rolón GüepsaObispo de Diócesis de ChiquinquiráMiembro de la Comisión Episcopal de Matrimonio y Familia
Mar 5 Mayo 2026
Edición número mil con María al pie de la Cruz
Por Mons. José Libardo Garcés Monsalve - Hemos comenzado el mes de mayo dedicado a honrar a la Santísima Virgen María, en este año jubilar que el Papa León XIV ha concedido a nuestra Iglesia Particular, en la advocación de Nuestra Señora de Chiquinquirá, la Kacika de Cúcuta, con el lema que estamos interiorizando desde la Basílica: María madre de la esperanza. Así reafirmamos el lema pastoral de este año: vayan y hagan discípulos imitando a la Virgen María, transmitiendo a todos el Evangelio de Jesucristo que es la esperanza que no defrauda. También, llegamos a la edición número mil en el periódico La Verdad, dando gracias a Dios por este medio de difusión del Evangelio que llega a muchas personas que reciben el periódico en cada una de sus ediciones.Al inicio del mes de mayo conmemoramos en Colombia la exaltación de la Santa Cruz, reconociendo en este madero a Jesús como el enviado del Padre para conducirnos a la salvación prometida y esperada. Cada uno de nosotros al mirar y contemplar el Crucificado, estamos llamados a pronunciar desde el corazón las palabras del centurión romano que estaba frente a la cruz: “verdaderamente este hombre era Hijo de Dios” (Mc 15, 39); Él ha venido a traernos el perdón del Padre, para reconciliarnos y recibir la paz que debemos entregar a los de¬más, siendo instrumentos del perdón para con nuestros hermanos.Al pie de la Cruz también estaba María tal como lo indica el Evangelio: “junto a la Cruz de Jesús estaban su madre, la hermana de su madre, María la de Cleofás y María Magdalena. Jesús, al ver a su madre y junto a ella al discípulo a quien tanto amaba, dijo a su madre: mujer, ahí tienes a tu hijo. Después dijo al discípulo: ahí tienes a tu madre” (Jn 19, 25 - 27); allí María estaba con dolor por ver morir a su Hijo, pero no estaba derrumbada, estaba de pie con la confianza, que de su Hijo clavado en la Cruz, brota la salvación para toda la humanidad, siendo perdonados de los pecados para entrar a la vida eterna.María al pie de la cruz es la madre de la esperanza, que ha sido entregada en la persona del discípulo amado a toda la Iglesia y a cada uno de nosotros. Ella nos indica el camino para llegar a Jesús, esperanza que no defrauda, aún en los momentos de cruz e incertidumbre. En la cruz fue clavado nuestro Señor Jesucristo, que según profesamos en el credo, padeció, fue crucificado, murió, fue sepultado y resucitó al tercer día y está sentado a la derecha del Padre. En el Crucificado está la síntesis de todo el Misterio Pascual que celebramos en la Semana Santa y que vivimos todos los días en la Eucaristía, Cuerpo y Sangre de Cristo que nos da fortaleza diaria, para cargar la propia cruz uniendo nuestros dolores, sufrimientos y enfermedades a la cruz del Señor, para hacernos uno con Jesús Crucificado.En la cultura actual se quiere anular la cruz, el dolor y el sufrimiento que hace parte de la naturaleza humana, vendiendo falsamente la idea de una vida en perfecto bienestar y prosperidad. En ocasiones desde la predicación, algunos comercian con lo sagrado, quieren vender sacramentales ofreciéndoles a las personas la cancelación de todo sufrimiento en sus vidas. Desde la Palabra de Dios tenemos la certeza que estamos predicando la verdad, cuando anunciamos a Jesucristo Crucificado: “porque mientras los judíos piden milagros y los griegos buscan sabiduría, nosotros predicamos a un Cristo Crucificado, que es escándalo para los judíos y locura para los paganos. En cambio, para los que han sido llamados, sean judíos o griegos, se trata de un Cristo, que es fuerza y sabiduría de Dios” (1Cor 1, 22 - 24). Ahí está la fuerza que nos da la fe, que engendra a la vez la esperanza que hace que tengamos los ojos fijos en el cielo que es nuestro destino; sin olvidar-nos que el camino es la cruz, por la que pasó nuestro Señor Jesucristo, entregando la vida por todos nosotros y que asumió María, cuando estuvo al pie de la Cruz y desde allí nos da consuelo como madre de la esperanza.María al pie de la Cruz nos enseña a contemplar el Crucificado y unir la cruz de cada día a la Cruz del Señor, con la certeza que seguir a Jesucristo Crucificado, nos da la vida eterna. Así lo pide Jesús a sus discípulos: “y dirigiéndose a sus discípulos añadió: Si alguno quiere venir detrás de mí, que renuncie a sí mismo, cargue con su cruz, y me siga. Porque el que quiera salvar su vida, la perderá; pero el que pierda su vida por mí, la conservará” (Mt 16, 24 - 25). Jesucristo mismo nos ha dado ejemplo de entrega de la propia vida por la salvación de todos y nos invita constantemente a tomar la cruz y seguirlo.Mirando y contemplando el Crucificado el corazón se llena de esperanza. La esperanza es la virtud que nos mantiene en pie, que nos ayuda a salir adelante en las incertidumbres y dificultades de la vida y para el cristiano la esperanza brota del árbol de la Cruz, que lo sana de la tristeza, porque es el mismo Jesús que sana, consuela, levanta y da alivio: “vengan a mi todos los que están cansados y agobiados, y yo los aliviaré. Carguen con mi yugo y aprendan de mí que soy sencillo y humilde de corazón, y encontrarán descanso para sus vidas” (Mt 11, 28 - 30); de esa manera, cuando estemos agobiados y sin fuerzas por la cruz de cada día, arrodillémonos a mirar y contemplar el Crucificado y encontraremos paz en medio de las fatigas diarias de la vida.Que Nuestra Señora de Chiquinquirá, la Kacika de Cúcuta, madre de la esperanza y el Glorioso Patriarca San José, custodien en nosotros la gracia de Dios y la fe, para seguir en nuestra vida a Jesucristo Crucificado, fuente de nuestra salvación. En acción de gracias seguimos anunciando el Evangelio a través del periódico La Verdad, que desde esta edición número mil, lanzamos hacia el futuro como medio de evangelización que lleva a Jesús hasta sus familias.En unión de oraciones,reciban mi bendición+José Libardo Garcés MonsalveObispo de la Diócesis de Cúcuta
Lun 27 Abr 2026
Entre la promesa y la profecía: acercamiento teológico y discernimiento geopolítico sobre Israel, Irán y Medio Oriente
Por Mons. Mario de Jesús Álvarez Gómez - En el complejo entramado de las relaciones internacionales contemporáneas, pocos escenarios suscitan una atención tan sostenida, una inquietud tan profunda y, simultáneamente, interpretaciones de carácter tan trascendente como la tensión persistente entre el Estado de Israel y la República Islámica de Irán. A primera vista, se trata de una confrontación inscrita en dinámicas de orden geoestratégico, disputas de influencia regional y divergencias ideológicas de carácter estructural. No obstante, en determinados contextos eclesiales y religiosos, dicha realidad es leída a la luz de las Sagradas Escrituras, como si los acontecimientos contemporáneos pudieran identificarse, sin mediaciones hermenéuticas, con la realización directa de designios proféticos previamente anunciados.Tal aproximación exige, por consiguiente, un ejercicio de discernimiento particularmente riguroso, sereno y teológicamente responsable. No se trata de establecer correspondencias inmediatas o asociaciones superficiales entre denominaciones antiguas y configuraciones estatales modernas, sino de examinar con prudencia si el texto bíblico ofrece fundamentos sólidos para una lectura que vincule estos acontecimientos con un cumplimiento profético específico.Para abordar adecuadamente esta cuestión, resulta necesario retornar al trasfondo bíblico en el que aparece Persia, entidad histórica que guarda relación geográfica y cultural con el actual Irán. En la Sagrada Escritura, Persia no se presenta como enemiga de Israel, sino, de manera significativa, como instrumento providencial en la economía de la restauración del pueblo elegido. La figura del rey Ciro constituye, en este sentido, un hito de particular densidad teológica. El profeta Isaías proclama: “Así dice el Señor a Ciro, su ungido, a quien ha tomado de la mano para someter ante él a las naciones y destronar a los reyes; para hacer que las ciudades se rindan y no le cierren las puertas…” (Is 45,1). La designación de un soberano extranjero con el título de “ungido”, categoría de profunda resonancia mesiánica, manifiesta la soberanía absoluta de Dios, quien actúa más allá de las fronteras visibles de su pueblo y dispone incluso de autoridades no israelitas para el cumplimiento de sus designios salvíficos.Esta perspectiva se confirma en el libro de Esdras, que recoge el decreto de Ciro, rey de Persia, autorizando el retorno del exilio y la reconstrucción del templo en Jerusalén: “Habla Ciro, rey de Persia: El Señor, Dios del cielo, me ha dado todos los reinos de la tierra y me ha encomendado construirle un templo en Jerusalén, que está en la región de Judá. El que de ustedes pertenezca a ese pueblo, que su Dios lo acompañe y suba a Jerusalén, que está en la región de Judá, a reconstruir el templo del Señor, Dios de Israel” (Esd 1,2-3). Este testimonio no solo evidencia una relación históricamente favorable entre Persia e Israel, sino que introduce una clave teológica fundamental: la historia de las naciones no se encuentra fuera del señorío divino, sino integrada en su misterioso y providente designio.A la luz de este trasfondo, resulta metodológicamente delicado establecer una identificación directa entre la Persia bíblica y el Irán contemporáneo en términos de enemistad profética. Aun cuando existe una continuidad geográfica e histórica, la configuración política, religiosa y cultural de los Estados modernos no puede ser equiparada de manera automática con los imperios del mundo antiguo. La recta hermenéutica exige, en consecuencia, distinguir con precisión entre tipología bíblica, lenguaje simbólico y cumplimiento literal de las profecías.No obstante, determinados enfoques interpretativos recurren a los capítulos 38 y 39 del libro de Ezequiel, que describen la visión de una coalición de naciones que se levanta contra Israel en los últimos tiempos. En dicho contexto se menciona a Persia: “Persia, Etiopia y Libia van con ellos, todos con escudos y cascos” (Ez 38,5). Este pasaje ha sido objeto de diversas lecturas a lo largo de la tradición exegética, particularmente en momentos históricos marcados por tensiones internacionales.Con todo, es necesario reconocer que la interpretación de estos textos no es unívoca. Una corriente exegética los comprende en sentido futurista y literal, identificando a los pueblos mencionados con entidades estatales contemporáneas. Otra tradición hermenéutica, de carácter más simbólico y teológico, entiende estos oráculos como expresiones propias del lenguaje apocalíptico, cuyo objetivo principal no es delinear con precisión el mapa geopolítico del futuro, sino proclamar la permanente oposición entre las fuerzas del mal y el designio de Dios en la historia. En esta última perspectiva, “Persia” no designaría necesariamente una nación moderna concreta, sino una representación paradigmática de realidades históricas que, en diversos momentos, se oponen al pueblo de Dios.En este horizonte de complejidad interpretativa debe situarse también la dimensión política del conflicto actual. La relación entre Israel e Irán se encuentra determinada por factores múltiples: consideraciones de seguridad nacional, equilibrios de poder regional, estrategias de disuasión, así como redes de alianzas internacionales. La República Islámica de Irán ha desarrollado una política exterior que entra en abierta tensión con la existencia y seguridad del Estado de Israel, mientras que este último percibe en determinados programas militares y nucleares una amenaza de carácter existencial. Tales dinámicas pertenecen, en sentido estricto, al ámbito de la geopolítica contemporánea, y no pueden ser reducidas, sin más, a categorías exclusivamente teológicas o proféticas.En este mismo contexto regional, es necesario ampliar la mirada hacia otros escenarios que integran este entramado de tensiones. La situación en Gaza, tras periodos de intensa conflictividad seguidos de intervalos de relativa contención, ha constituido durante años un foco de grave crisis humanitaria y política, con profundas repercusiones para la estabilidad regional. De igual modo, la realidad del Líbano reviste una particular gravedad y complejidad, especialmente en lo relativo a la presencia de actores armados, no estatales, con significativa capacidad de incidencia militar y política. Las dinámicas que se desarrollan en la frontera norte de Israel no pueden ser comprendidas de forma aislada, sino en el contexto de una red más amplia de relaciones, influencias y confrontaciones indirectas que atraviesan todo el Oriente Medio, configurando un escenario de inestabilidad prolongada y estructural.A este ya complejo entramado se suma la presencia de actores extrarregionales cuya influencia resulta determinante en la configuración del equilibrio estratégico global. Entre ellos, los Estados Unidos de América ocupan un lugar central como principal aliado del Estado de Israel, no solo en el ámbito de la cooperación militar y tecnológica, sino también en el plano diplomático y político. Esta relación, consolidada a lo largo de décadas, introduce una dimensión adicional al conflicto, al situarlo dentro de un sistema internacional más amplio en el que las decisiones de las grandes potencias inciden directamente en la estabilidad del Medio Oriente. En consecuencia, la interacción entre actores regionales y extrarregionales configura un escenario de elevada complejidad, que exige ser abordado con especial rigor analítico y prudencia interpretativa.Sería igualmente incompleto, sin embargo, omitir la influencia que ejercen las narrativas religiosas en la configuración simbólica de estos conflictos. Tanto en determinadas corrientes del Judaísmo y del Islam, como en ciertos sectores del pensamiento cristiano, existen marcos interpretativos que atribuyen a los acontecimientos históricos un significado de carácter espiritual o escatológico. Aunque tales lecturas no determinan de manera directa las decisiones políticas de los Estados, sí influyen en la percepción colectiva de los acontecimientos, contribuyendo en ocasiones a intensificar la carga emocional y simbólica de las tensiones existentes.En este contexto surge una cuestión de notable relevancia teológica: ¿Es legítimo afirmar que la actual tensión entre Israel e Irán, enmarcada en un escenario regional más amplio que incluye Gaza y el Líbano, y en un contexto internacional donde intervienen también potencias como los Estados Unidos, se puede entender como el cumplimiento directo de una profecía bíblica específica? Una aproximación responsable desde nuestra fe exige responder con prudencia y reserva. Si bien las Escrituras contienen referencias a Persia y presentan visiones de conflicto que pueden resonar con la actualidad, no se encuentra en ellas una identificación explícita, inequívoca y directa de los acontecimientos contemporáneos como cumplimiento literal de dichos oráculos.El riesgo de una lectura precipitada o excesivamente literalista de la profecía ha sido advertido reiteradamente a lo largo de la tradición eclesial. La historia muestra numerosos intentos de correlacionar acontecimientos políticos concretos con textos apocalípticos, muchos de los cuales han derivado en interpretaciones erróneas o en lecturas reduccionistas de la complejidad histórica. La sana teología invita, por el contrario, a una hermenéutica marcada por la humildad, el discernimiento y la conciencia de los límites del conocimiento humano ante el misterio del actuar divino en la historia.En última instancia, el valor permanente de los textos proféticos no reside en la precisión cronológica de los acontecimientos que describen, sino en la proclamación de verdades teológicas fundamentales: la soberanía absoluta de Dios sobre la historia, la firme certeza de su justicia y la esperanza escatológica de una restauración plena de la creación. Estas verdades, lejos de quedar circunscritas a contextos históricos determinados, iluminan de manera constante la comprensión creyente de la realidad.Desde esta perspectiva, más que precipitarse a establecer identificaciones definitivas entre los textos sagrados y la coyuntura contemporánea, se impone una actitud de discernimiento eclesial sereno, que reconozca tanto la profundidad espiritual de la historia como la complejidad irreductible de los procesos políticos. De este modo, la reflexión creyente no se orienta hacia la especulación, sino hacia la comprensión responsable, el juicio prudente y la incesante búsqueda de la paz en el mundo, que continúa desenvolviéndose bajo el misterio providente de Dios. En esta línea entendemos y acogemos, como hijos de la Iglesia, el llamado a “una paz desarmada y desarmante” como nos lo viene pidiendo, desde su primer saludo el Papa León XIV. No nos dejemos confundir ni por profecías apocalípticas ni por ataques rastreros a la Sagrada Persona del Papa. Nuestra misión es luchar por hacer claro el Evangelio que siempre será un juicio de paz, armonía, fraternidad y convivencia serena entre las naciones. Y, sintamos como un bálsamo de frescura, la bienaventuranza que nos asegura la filiación divina: “Dichosos los que construyen la paz, porque Dios los llamará sus hijos” (Mt 5, 9).+Mario de Jesús Álvarez GómezObispo de Istmina-Tadó