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El Sermón de las Siete Palabras que interpela a Colombia: desafíos para sanar la nación
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En este Viernes Santo, los obispos de Colombia dirigen al país una reflexión de profundo calado espiritual y social a través del tradicional Sermón de las Siete Palabras, proponiendo una lectura de la pasión de Cristo que ilumina las heridas, tensiones y búsquedas de la nación.
Desde distintas regiones —desde el Pacífico hasta el centro del país— y en comunión como Conferencia Episcopal de Colombia (CEC), los prelados ofrecen un mensaje que no solo invita a la contemplación, sino que interpela directamente la vida pública, las dinámicas sociales y las decisiones cotidianas de los colombianos.
Desarmar la palabra en una sociedad herida por la confrontación
Al reflexionar la primera palabra —“Padre, perdónalos porque no saben lo que hacen”—, monseñor Hugo Alberto Torres Marín, arzobispo de Santa Fe de Antioquia, pone el foco en uno de los factores que hoy profundizan la fractura social: el uso destructivo del lenguaje.
“En nuestras sociedades […] se está volviendo muy común, casi costumbre, casi ley, el uso de la palabra oral y escrita para calumniar, insultar, confrontar de forma grosera e imprudente al otro […] sencillamente al que no me cae bien o a quien considero mi enemigo”.
Su reflexión toca un punto neurálgico del país: la normalización de la agresión verbal en la política, en las redes sociales y en la vida cotidiana. Frente a ello, plantea una alternativa concreta:
“Jesús en la cruz, nos invita a asumir el perdón como camino del amor cristiano para desarmar el lenguaje y mantener la integridad de las relaciones interpersonales y sociales”.
Se trata, en palabras del Papa León XIV, de abrir paso a una palabra “desarmada y desarmante”, capaz de transformar el conflicto en posibilidad de encuentro.
La dignidad de quienes viven en los márgenes
La segunda palabra —“Hoy estarás conmigo en el paraíso”— permite a monseñor Luis Augusto Campos Flórez, arzobispo electo de Bucaramanga, iluminar la realidad de exclusión que viven amplios sectores de la sociedad.
Su reflexión no evade la crudeza: habla de “vidas desarrolladas al margen de la justicia”, marcadas por la violencia, la delincuencia o la marginación estructural. Sin embargo, introduce una clave decisiva:
“Mientras en la vida haya espacio para la sinceridad y la confianza, ninguna condena destruirá definitivamente la vida: siempre será posible esperar algo”.
En un país donde muchas personas quedan atrapadas en ciclos de violencia, pobreza o estigmatización, el mensaje es profundamente contracultural: la exclusión no tiene la última palabra.
Y lo expresa con fuerza: “El paraíso consiste en permanecer con Jesús que levanta a todos los caídos y los dignifica […] ofrece las oportunidades de vida nueva que los seres humanos tantas veces nos negamos entre nosotros”.
Custodiar el corazón para reconstruir el tejido social
Desde la tercera palabra —“Ahí tienes a tu madre”—, monseñor Omar de Jesús Mejía Giraldo, arzobispo de Florencia, propone una transformación que comienza en lo más profundo, pero que tiene consecuencias estructurales.
“Custodiar el corazón implica custodiar el pensamiento […] luchar por unas relaciones justas, sanas y honestas en nuestras estructuras sociales y religiosas”.
Su reflexión se sitúa explícitamente en el contexto colombiano:
“Como colombianos tenemos la tragedia de estar viviendo momentos sumamente conflictivos para nuestra amada patria”.
Desde ahí, plantea un camino concreto: reconstruir relaciones, sanar vínculos y generar cohesión social. No se trata solo de un cambio interior, sino de una ética relacional que atraviese comunidades, instituciones y territorios.
“Es tiempo de reconstruir el tejido social […] hacer que nuestras relaciones estén fortalecidas por el amor y no por el odio”.
El grito de las periferias: territorios que claman justicia
La cuarta palabra —“Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”— adquiere una fuerza particular desde el Pacífico colombiano, en la voz de monseñor Alfonso García López, vicario apostólico de Guapi.
Su reflexión encarna el clamor de territorios históricamente golpeados por la violencia, la pobreza y el abandono institucional:
“Hoy la injusticia se ondea sin piedad y sin freno por los caminos de nuestra existencia […] en los que no hay tiempo para la escucha de nuestro sufrimiento, porque se ahoga nuestra voz en los ruidos del placer y de la corrupción”.
Describe realidades concretas: precariedad en salud, falta de empleo digno, economías ilegales, presencia de actores armados y comunidades que “apenas sobreviven”.
Desde allí, eleva una denuncia y una interpelación:
“Es la voz de un pueblo que han silenciado pero que interpela a los actores y sistemas políticos que olvidan el clamor de la tierra y de los pobres”.
Esta palabra se convierte así en una llamada a escuchar a los territorios, a reconocer sus heridas y a asumir responsabilidades frente a su dignidad.
Una sed de justicia que no puede apagarse
La quinta palabra —“Tengo sed”— es leída por monseñor José Mario Bacci Trespalacios, obispo de Santa Marta, como un diagnóstico ético del país.
“Colombia vive también una sed profunda. Una sed de ética en sus habitantes, instituciones y gobernantes. Una sed de transparencia. Una sed de verdad. Una sed de justicia que muchas veces parece insatisfecha”.
Su análisis va más allá de la denuncia de la corrupción: señala un riesgo aún más profundo, la normalización del mal:
“El gran peligro […] no es solamente la corrupción misma, sino la resignación, cuando el mal se vuelve cotidiano y dejamos de indignarnos ante él”.
En ese sentido, plantea un desafío directo: transformar esa sed en compromiso real, en responsabilidad personal y colectiva, capaz de incidir en la vida pública.
No permanecer indiferentes ante el sufrimiento social
Desde la sexta palabra —“Todo está consumado”—, monseñor Edgar Aristizábal Quintero, obispo de Duitama-Sogamoso, invita a confrontar la distancia entre la fe profesada y la realidad vivida.
“De parte de Jesús todo está cumplido, pero de parte nuestra, ¿ya la misión llegó a su plenitud? Tenemos que reconocer que falta mucho”.
Su reflexión recorre problemáticas concretas: inequidad, pobreza, abandono de los ancianos, división familiar, indiferencia frente al sufrimiento.
Y lanza un llamado claro:
“No podemos permanecer pasivos esperando que sean los otros quienes solucionen tantos problemas sociales, sin mover nuestros corazones a la misión de acercarnos y luchar también por el bienestar del otro”.
Aquí, la fe se presenta como una exigencia de acción concreta en favor del bien común.
Esperanza en medio de la incertidumbre y la violencia
Finalmente, la séptima palabra —“Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu”— es leída por monseñor Nelson Jair Cardona Ramírez, obispo de Pereira, como una clave para afrontar el momento actual del país.
Describe un contexto marcado por “sueños truncados de paz, pactos rotos, proyectos inconclusos” y una creciente sensación de incertidumbre y miedo.
Sin embargo, propone una respuesta profundamente cristiana y social:
“El miedo no es para nosotros la opción […] cuando la esperanza es superior al miedo, el mundo y la sociedad se presentan como un campo abierto de posibilidades que pueden gestionarse”.
Y advierte con claridad: “Renunciar a la esperanza sería conceder la victoria a la lógica de la violencia”.
En un país que ha vivido décadas de conflicto, esta afirmación se convierte en una invitación a no claudicar en la búsqueda de la paz.
Un Viernes Santo que interpela a todo el país
En este Viernes Santo, el mensaje de los obispos colombianos se presenta como una hoja de ruta espiritual y social para el país.
Desde el lenguaje hasta las estructuras, desde el corazón hasta los territorios, desde la fe hasta la acción, las siete palabras de Cristo se convierten hoy en una invitación a asumir responsabilidades concretas.
Vea a continuación las reflexiones de los obispos colombianos:
El Buen Pastor entra por la puerta en el aprisco de las ovejas
Lun 20 Abr 2026
Abril pascual y bautismal
Mar 14 Abr 2026
Una deuda silenciosa: los sacerdotes olvidados…
Mié 22 Abr 2026
Traducciones y adaptaciones litúrgicas indígenas
Jue 16 Abr 2026
Jue 23 Abr 2026
Iglesia en Colombia proyecta una pastoral vocacional más cercana, articulada y sostenida en la oración
La Iglesia Católica en Colombia proyecta una pastoral vocacional más cercana, articulada y centrada en procesos de acompañamiento continuo desde la infancia, la familia y la comunidad.Esta es una de las principales conclusiones que deja el Encuentro Nacional de Delegados de Pastoral Vocacional 2026, que reunió en Bogotá a 127 animadores —60 de la vida consagrada y 67 de diferentes jurisdicciones eclesiásticas del país— entre el 13 y el 16 de abril, convocados por la Conferencia Episcopal de Colombia, a través de la Comisión y el Departamento de Ministerios Ordenados y Vida Consagrada.El encuentro permitió identificar retos de fondo en el acompañamiento a las nuevas generaciones del país, en un contexto marcado por la hiperconectividad, la fragmentación social y la necesidad de referentes significativos.“Los jóvenes están conectados gran parte del tiempo con las redes… pero en el fondo no tienen a nadie cuando tienen una crisis, una depresión. Entonces nosotros como Iglesia tenemos que acercarnos a ellos”, advirtió la hermana Marta Ligia Acosta Muñoz, Carmelita Misionera, de la Conferencia de Religiosos de Colombia, seccional Cali.Acompañar desde antes: un cambio de enfoqueOrganizadores y participantes del encuentro coincidieron en la necesidad de replantear el enfoque de la pastoral vocacional, ampliando su alcance más allá de los jóvenes y de acciones puntuales.“Si nuestro servicio solo va dirigido a los jóvenes, estaríamos llegando demasiado tarde. También hay que acompañar a los niños y a las familias”, afirmó el padre Juan Manuel Beltrán, director del Departamento de Ministerios Ordenados y Vida Consagrada de la Conferencia Episcopal de Colombia.En esa línea, se insistió en iniciar procesos desde la infancia, fortalecer el papel de la familia y articular el trabajo con otras pastorales.“Es en la familia donde se va cultivando la vocación…primero llegando a la parte humana de cada joven, para después llevarlos a la parte espiritual”, explicó la hermana Beatriz Elena Romero, de la Congregación Hijas de Nuestra Señora de las Misericordias y delegada de pastoral vocacional en la Diócesis de Valledupar.Este cambio implica pasar de iniciativas aisladas a procesos continuos de acompañamiento humano y espiritual, con mayor capacidad de escucha y cercanía.Presencia real en la vida de los jóvenesOtro de los retos identificados es la necesidad de una mayor presencia en los espacios donde transcurre la vida de los jóvenes.“Hay que buscar a los jóvenes…la idea es llegar allí y ayudarles a conocer a Jesús para que lo sigan y permanezcan en Él”, señaló monseñor Ariel Lascarro Tapia, obispo de Magangué y miembro de la Comisión Episcopal de Ministerios Ordenados y Vida Consagrada.Para los participantes, más que ausencia de vocaciones, existe una necesidad de acompañamiento oportuno y cercano.“Los jóvenes están sedientos de Dios...Necesitan escuchar algo de Dios, necesitan escuchar desde nuestro testimonio de vida”, afirmó el diácono Diego Fernando Sánchez, Misionero Javeriano de Yarumal.En este contexto, el entorno digital se reconoce como un campo clave de acción, que requiere mayor presencia y creatividad pastoral.“Es un reto seguir trabajando y lanzando la red a estas nuevas plataformas…Los jóvenes están esperando respuestas a ese llamado vocacional”, expresó Jesús Aníbal, religioso de la Orden de los Ministros de los Enfermos y delegado de pastoral vocacional Colombia–Ecuador.Trabajo en red: de la iniciativa individual a la acción conjuntaEl encuentro también dejó una orientación concreta: fortalecer el trabajo articulado entre las diferentes instituciones y comunidades eclesiásticas.“Tenemos que trabajar juntos, por región, por provincia, para tener un solo pensar y ayudar a los jóvenes a conocer a Jesús”, subrayó monseñor Lascarro.Esta apuesta se traduce en la construcción de rutas compartidas de acción pastoral.“Ya creamos una ruta de trabajo mancomunado, cooperativo, que nos va a permitir verdaderamente llegar a tantos jóvenes”, explicó John Ramírez, religioso de la Congregación Hijos de la Sagrada Familia y encargado de la promoción vocacional en la delegación Colombia–Venezuela.La articulación con la pastoral juvenil, familiar y educativa fue señalada como clave para ampliar el alcance del acompañamiento vocacional.Formar a quienes acompañanAdemás de los desafíos externos, el encuentro puso sobre la mesa una necesidad interna: fortalecer la formación y el acompañamiento de los propios animadores vocacionales.“Los primeros acompañados debemos ser nosotros…dejarnos acompañar primero por el Señor y también formarnos para hacer un mejor trabajo”, reconoció Jesús Aníbal.Esto implica consolidar procesos de formación permanente, fortalecer la vida espiritual y abrirse al apoyo de distintas disciplinas.Oración y misión: fundamento y proyecciónLos participantes coincidieron en que toda pastoral vocacional parte de una convicción fundamental: la vocación es iniciativa de Dios.“No somos nosotros los que llamamos, quien llama es Dios…Necesitamos propiciar espacios de silencio para que Él toque el corazón”, recordó el padre Juan Manuel Beltrán.En este sentido, uno de los llamados centrales es a fortalecer la oración personal y comunitaria, especialmente en el marco de la Semana Nacional de Oración por las Vocaciones, que se celebrará del 26 de abril al 3 de mayo en todo el país.“La oración es la que nos va a ayudar a encontrar a los jóvenes…Dios es el que llama”, reiteró monseñor Lascarro.Vea el informe audiovisual del encuentro a continuación:
Mar 21 Abr 2026
Obispos colombianos llaman a proteger la vida y desescalar el lenguaje en medio del clima electoral
Ante el actual clima electoral y las recientes denuncias de amenazas contra candidatos presidenciales, la Conferencia Episcopal de Colombia (CEC) hace un llamado urgente a proteger la vida, cuidar el lenguaje y salvaguardar la democracia como pilares fundamentales del país.A través de un comunicado, los obispos advierten que Colombia atraviesa “un momento decisivo que exige compromiso firme con la vida, la democracia y el respeto”, y subrayan que no es posible avanzar en el proceso electoral si no existen garantías reales para todos los actores políticos.En este contexto, instan a las autoridades a actuar con determinación para proteger a quienes participan en la contienda:“Hacemos un llamado a los organismos del Estado a redoblar sus esfuerzos para garantizar la integridad y la seguridad de quienes aspiran a la Presidencia de la República, así como el libre ejercicio de los derechos democráticos”.El pronunciamiento se da en un escenario marcado por alertas de posibles atentados, intimidaciones y hechos de violencia que han encendido las alarmas sobre la seguridad del proceso democrático.La violencia y el lenguaje que divide también amenazan la democraciaJunto a la preocupación por la seguridad de los candidatos, la Iglesia advierte que el tono del debate público incide directamente en la convivencia y en la estabilidad democrática.Por ello, exhorta directamente a los candidatos y sus campañas:“Promover un debate respetuoso, excluyendo toda forma de violencia verbal, estigmatización o descalificación”.Este llamado recoge la enseñanza del Papa Francisco, quien insistía en que el camino no es la confrontación destructiva, sino el encuentro:“En lugar de descalificar rápidamente al adversario, hay que afrontar un diálogo abierto y respetuoso, donde se busque alcanzar una síntesis superadora” (Encíclica Fratelli tutti, 203).La democracia se construye con palabras que unenEl mensaje de la Conferencia Episcopal plantea que el país necesita un giro en el enfoque de la campaña electoral, pasando de la confrontación a las propuestas que respondan al bien común. En esa línea, enfatiza:“La palabra pública debe ser un instrumento de construcción y no de división”.En coherencia con este llamado, los obispos en Colombia hacen eco de palabras expresadas recientemente por el Papa León XIV durante su paso por África. El pontífice ha insistido en la necesidad de reconocerse como una sola familia, incluso en medio de las diferencias:“En un mundo lleno de enfrentamientos e incomprensiones, ¡encontrémonos y tratemos de comprendernos, reconociendo que todos somos una sola familia! Hoy, la sencillez de esta certeza es la llave para abrir muchas puertas aparentemente cerradas” (Argelia, 13 de abril de 2026).Una tarea de todosFinalmente, más allá de las decisiones institucionales o políticas, los obispos recuerdan que el momento que vive el país exige corresponsabilidad:“Cuidar la vida, cuidar la palabra y cuidar la democracia es una responsabilidad compartida”.
Mar 21 Abr 2026
Preparar, sembrar, cuidar y cosechar la paz: la ruta pastoral que propone la Conferencia Episcopal de Colombia para la Semana de la Familia 2026
La Conferencia Episcopal de Colombia (CEC), a través de su Departamento de Matrimonio y Familia, presentó la cartilla “Familias Sembradoras de Paz”, un subsidio pastoral que servirá como guía para la celebración de la Semana de la Familia 2026, que se llevará a cabo del 11 al 18 de mayo en todo el país.El material, dado a conocer este lunes 20 de abril a través de un webinar, propone un camino pedagógico y espiritual que reconoce a la familia como el primer territorio de paz y sujeto activo de reconciliación y transformación social. La iniciativa se enmarca en el lema de este año: “Familia, sembradora de paz”.Durante la presentación, monseñor Miguel Fernando González Mariño, obispo de El Espinal y presidente de la Comisión Episcopal de Matrimonio y Familia, destacó que la familia es “el lugar privilegiado donde se cultivan los valores, costumbres y patrones de convivencia”, y subrayó que “toda apuesta por la paz duradera necesariamente pasa por el fortalecimiento de las dinámicas familiares”.En ese sentido, insistió en que la paz no surge de manera espontánea: “La paz no aparece de la nada… la paz se cultiva”. Por ello, explicó que la cartilla propone asumir la construcción de paz como un proceso de siembra que requiere tiempo, cuidado y constancia, vivido en lo cotidiano del hogar.Una propuesta pastoral con enfoque reconciliadorLa cartilla plantea una metodología basada en cinco momentos simbólicos —preparar la tierra, sembrar la semilla, regar y cuidar, crecer y fortalecer, y cosechar y compartir— que orientan encuentros familiares o comunitarios durante la semana. Cada uno de estos espacios integra reflexión bíblica, dinámicas participativas y compromisos concretos.Este itinerario busca fortalecer a las familias como espacios de sanación y reconciliación, promoviendo habilidades como la comunicación respetuosa, la escucha activa y el manejo pacífico de los conflictos, así como valores esenciales para la convivencia como el perdón, la empatía y la solidaridad.De acuerdo con el documento, “educar para la paz no es únicamente un contenido que se enseña, sino una experiencia que se vive diariamente”, en la forma en que se gestionan las diferencias, se cuida al otro y se construyen relaciones basadas en el amor y el respeto.La familia, primera escuela de pazEl padre Nelson Ortiz, director del Departamento de Matrimonio y Familia, resaltó la pertinencia del tema en el contexto actual:“Este año veíamos que era muy necesario hablar de la familia como sembradora de paz, especialmente en un mundo que vive en medio de tantas guerras”.Asimismo, recordó el llamado del Papa a vivir una “desarmada y desarmante”, invitando a las familias a renunciar a las formas cotidianas de violencia:“Cada hogar está llamado a dejar las armas de la violencia verbal, la indiferencia y el egoísmo, para convertirse en sembrador de diálogo, misericordia y paciencia”.En esta línea, la cartilla propone reconocer las heridas y conflictos que afectan la convivencia familiar, al tiempo que impulsa procesos de sanación que permitan reconstruir el tejido relacional desde el interior del hogar. La familia, señala el documento, es “la primera e insustituible educadora de la paz”, y su vivencia cotidiana tiene un impacto directo en la sociedad.Un aporte eclesial con impacto socialLa Semana de la Familia 2026 tendrá como objetivo general fortalecer a las familias como espacios de construcción de paz, promoviendo relaciones fraternas que contribuyan a la transformación de las comunidades y territorios.Entre sus objetivos específicos se destacan: reconocer la familia como espacio privilegiado para la educación en paz, desarrollar habilidades de comunicación y resolución de conflictos, fortalecer valores que favorezcan la reconciliación, e impulsar compromisos concretos de paz tanto en el hogar como en el entorno social.En coherencia con la misión de la Conferencia Episcopal de Colombia, esta iniciativa busca no solo animar la vida eclesial, sino también incidir en la construcción de una sociedad más justa, reconciliada y en paz, reconociendo que “cada gesto de amor, cada palabra de reconciliación y cada esfuerzo por construir unidad en el hogar se convierte en una semilla que puede transformar la sociedad entera”.La CEC a anima a todas las parroquias, movimientos eclesiales y familias del país para que hagan uso del contenido de la cartilla, como una herramienta concreta para aprender a vivir, desde lo cotidiano, el compromiso con la paz.Vea la transmisión del webinar de la presentación de la cartilla haciendo clic aquí.
Lun 20 Abr 2026
Custodia eucarística elaborada en Colombia será llevada a la Basílica de Getsemaní en Jerusalén
Se trata de la Custodia Andina, un ostensorio destinado a la exposición del Santísimo Sacramento para la adoración eucarística que, desde Colombia, se convertirá también en signo de comunión entre pueblos y de esperanza en medio de un contexto global marcado por tensiones.La pieza fue creada en el municipio de El Carmen de Viboral, en la jurisdicción de la Diócesis de Sonsón-Rionegro, por el artista Santiago Ocampo Higuita, en colaboración con artesanos y creadores de distintas regiones del país. Su elaboración tomó cerca de dos años e integró técnicas tradicionales como la fundición a la cera perdida, la filigrana de Santa Cruz de Mompox y la cerámica carmelitana, junto con recursos contemporáneos.Con 80 centímetros de altura, la custodia está inspirada en la forma de un olivo, evocando el huerto de Getsemaní, donde, según la tradición bíblica, Jesucristo oró antes de su pasión. En su centro se ubica el ostensorio, rodeado por una corona de espinas, como punto focal de la adoración eucarística.En su base, que recrea el suelo rocoso del lugar, se representan los apóstoles Pedro, Santiago y Juan dormidos, en referencia al llamado evangélico a “velar y orar”. La obra incorpora además elementos de la identidad colombiana, como el carriel y la rula antioqueña, así como figuras de la fauna nacional: tres barranqueros andinos elaborados en filigrana de plata y una base sostenida por garras de oso de anteojos. El conjunto se complementa con cerámica tradicional de El Carmen de Viboral y detalles inspirados en los tejidos ancestrales de la cultura wayuu.Más que una pieza artística, la Custodia Andina fue concebida como un objeto litúrgico para custodiar la Eucaristía en la Basílica de Getsemaní —también conocida como Basílica de las Naciones o de la Agonía—, uno de los santuarios más representativos de Tierra Santa.Su elaboración fue posible gracias a la donación de una familia antioqueña, como expresión de fe y cercanía con los lugares donde se desarrollaron los acontecimientos centrales del cristianismo.Un signo de comunión y esperanza desde la Iglesia en ColombiaDesde la Diócesis de Sonsón-Rionegro, este hecho ha sido acogido como un acontecimiento significativo para la vida eclesial. El presbítero Jesús Alexander Toro, delegado de Liturgia, destacó el valor de esta obra como expresión de fe y de pertenencia:“Nos sentimos plenamente orgullosos de saber que un artista de nuestra región… hoy nos sigue representando con tanto orgullo no solo como colombianos, sino como Iglesia particular de Sonsón-Rionegro”.El sacerdote subrayó además que la custodia no solo tiene un valor artístico, sino profundamente espiritual:“Es un objeto tan valioso para el culto cristiano… Esperamos que desde allí, desde la Basílica de las Naciones, Jesús nos bendiga a todos, nos custodie y nos guarde”.Este acontecimiento es interpretado por la Iglesia como un signo concreto de comunión entre la Iglesia local y la Iglesia universal, en línea con la misión de evangelización y de construcción de unidad que anima la Conferencia Episcopal de Colombia.Arte, fe y país: una presencia colombiana en Tierra SantaLa Custodia Andina se suma a otras obras del mismo taller que han llegado a Jerusalén. En 2019, el “Cristo del Silencio” fue incorporado a las celebraciones del Viernes Santo en la Basílica del Santo Sepulcro, y en 2025, la “Virgen de Nazaret” inició un recorrido internacional como imagen peregrina.En este contexto, la nueva obra refuerza la presencia del arte sacro colombiano en Tierra Santa, proyectando la riqueza cultural, espiritual y artística del país hacia uno de los epicentros de la fe cristiana.Un mensaje de paz en medio de la incertidumbreEn medio de los conflictos que afectan actualmente a Oriente Medio, esta custodia adquiere también un significado especial. Desde Colombia, se proyecta como un signo de oración por la paz y de esperanza para las naciones.“En este momento de conflicto… la custodia aguarda para llegar en el momento en que la Tierra Santa vuelva a estar en paz. Y eso es lo que clamamos: la paz para todo el mundo, la paz para las naciones”, expresó el padre Toro.Vea a continuación el informe audiovisual: