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Cuarenta años después, el legado de San Juan Pablo II sigue iluminando el camino de la Iglesia en Colombia
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A cuatro décadas de la histórica peregrinación apostólica de San Juan Pablo II, la Conferencia Episcopal de Colombia presenta un especial audiovisual y un reportaje escrito sobre el legado de esta peregrinación que marcó la historia del país, "40 años después: Los Siete Días Blancos de San Juan Pablo II en Colombia". Más que una conmemoración, esta producción invita a redescubrir los gestos, mensajes y enseñanzas que marcaron profundamente la vida de la Iglesia y de la nación, y cuya vigencia continúa iluminando el camino del pueblo colombiano.
Una nación herida recibió a un peregrino de esperanza
Era julio de 1986. Colombia atravesaba uno de los momentos más complejos de su historia reciente. La violencia seguía golpeando distintas regiones del país y sembrando incertidumbre entre miles de familias. Al mismo tiempo, la nación aún intentaba sobreponerse a una tragedia que había conmovido al mundo entero. Apenas ocho meses antes, la erupción del volcán Nevado del Ruiz desencadenó una avalancha que sepultó a Armero, cobró la vida de más de veinte mil personas y dejó una herida imborrable en la memoria colectiva de los colombianos.
Fue en ese contexto cuando, el 1 de julio de 1986, un peregrino descendió del avión papal y besó el suelo colombiano. No llegaba únicamente el Obispo de Roma ni el Jefe del Estado de la Ciudad del Vaticano. Llegaba el Pastor de la Iglesia universal para encontrarse con un pueblo creyente que, en medio del dolor y la incertidumbre, seguía aferrado a la esperanza.
Desde el primer momento, San Juan Pablo II quiso dejar claro el propósito de su viaje. Al iniciar su peregrinación apostólica expresó que llegaba a Colombia como "mensajero de evangelización", una misión que marcaría cada uno de sus encuentros y que daría sentido a todo su recorrido por el país.
Durante siete días visitó Bogotá, Chiquinquirá, Tumaco, Popayán, Cali, Chinchiná, Pereira, Medellín, Armero, Lérida, Bucaramanga, Cartagena y Barranquilla. Fueron jornadas intensas que la historia bautizó como los "Siete Días Blancos", una expresión que sintetiza mucho más que un itinerario. Representa una peregrinación que congregó a millones de colombianos alrededor del Sucesor de Pedro y que convirtió plazas, estadios, templos y carreteras en escenarios de oración, encuentro y renovación espiritual.
Sin embargo, el verdadero alcance de aquella visita no puede medirse únicamente por la magnitud de las concentraciones o el número de ciudades recorridas. Su huella permanece porque San Juan Pablo II supo leer la realidad de Colombia desde la fe y responder a ella con un mensaje profundamente evangélico.
En cada encuentro, el Papa polaco habló de reconciliación a un país dividido; de esperanza a un pueblo golpeado por el sufrimiento; de dignidad humana allí donde la violencia pretendía imponerse; y de evangelización como el camino para transformar la sociedad desde el corazón del hombre.
Aquella fue, ante todo, una visita pastoral. El Papa quiso encontrarse con los distintos rostros de Colombia: jóvenes, familias, campesinos, trabajadores, comunidades indígenas y afrodescendientes, enfermos, privados de la libertad, seminaristas, sacerdotes, religiosos, religiosas y obispos. Nadie quedó fuera de su mirada.
Una peregrinación para confirmar la fe de un pueblo
Desde el inicio de su ministerio petrino, San Juan Pablo II había insistido en que la Iglesia debía salir al encuentro de los hombres y mujeres de cada tiempo para anunciar a Cristo como respuesta a las inquietudes más profundas del ser humano. Ese mismo horizonte marcó su paso por Colombia. No vino únicamente a presidir celebraciones multitudinarias; tampoco a pronunciar discursos protocolarios. Vino a confirmar en la fe a un pueblo profundamente creyente y a fortalecer la misión evangelizadora de una Iglesia llamada a responder a los desafíos de su tiempo.
Cada ciudad representó un acento distinto de ese gran mensaje.
En Chiquinquirá reafirmó la profunda identidad mariana del pueblo colombiano y renovó su confianza en la intercesión de Nuestra Señora del Rosario, Patrona de Colombia.
En los encuentros con los jóvenes los invitó a no dejarse seducir por la violencia ni por el desaliento, sino a descubrir en Cristo el sentido de sus vidas y el compromiso con la construcción de una sociedad nueva.
A las familias les recordó su vocación como primera escuela de fe, de reconciliación y de amor, insistiendo en que el hogar cristiano constituye un pilar insustituible para el futuro de la sociedad.
A los trabajadores y campesinos les habló de la dignidad del trabajo humano, del valor de la solidaridad y de la necesidad de construir estructuras sociales más justas.
A los sacerdotes, religiosos y religiosas, los llamó a vivir con fidelidad la propia vocación y a entregar la vida al servicio del Evangelio.
Pero hubo dos momentos que sintetizaron de manera especial el corazón de toda la peregrinación: su visita a Armero y el encuentro con los obispos de Colombia. En ellos quedaron condensados dos grandes rasgos de su pontificado: la cercanía con quienes sufren y la convicción de que la Iglesia está llamada a ser signo de esperanza para los pueblos.
Armero: cuando el Papa compartió el dolor de Colombia
La visita a Armero fue, quizá, uno de los momentos más conmovedores de toda la peregrinación apostólica. No se trató simplemente de una escala más dentro del itinerario. San Juan Pablo II quiso hacerse presente en el lugar donde el sufrimiento de Colombia se había manifestado con mayor crudeza.
El 13 de noviembre de 1985, la erupción del Nevado del Ruiz desencadenó una avalancha que sepultó la ciudad y provocó una de las mayores tragedias naturales de la historia del continente. Miles de familias perdieron a sus seres queridos, sus hogares y sus proyectos de vida. Las imágenes de aquella catástrofe dieron la vuelta al mundo y convirtieron el nombre de Armero en símbolo de dolor y desolación.
Ocho meses después, el Papa llegó hasta allí; no para ofrecer explicaciones frente al sufrimiento humano, sino para compartirlo. Su presencia fue, ante todo, un gesto profundamente pastoral. Oró ante la cruz, caminó entre quienes todavía lloraban a sus familiares, abrazó a los sobrevivientes y quiso llevar consuelo a una comunidad que intentaba levantarse en medio de las ruinas.
En aquella tierra marcada por la tragedia, elevó una oración por las víctimas y dirigió palabras de aliento a quienes continuaban enfrentando las consecuencias de la catástrofe. Invitó a descubrir que, incluso en medio del dolor más profundo, la esperanza cristiana permanece viva porque Dios no abandona a quienes sufren. Más que un discurso, fue una presencia. Más que una ceremonia, fue un abrazo espiritual a toda una nación.
Para millones de colombianos, aquel gesto resumió el sentido de la visita apostólica: una Iglesia que no permanece distante ante el sufrimiento de su pueblo, sino que camina junto a él, comparte sus lágrimas y anuncia que el amor de Dios puede abrir caminos de esperanza aun en medio de las pruebas más difíciles.
No fue casual que uno de los momentos más recordados de los Siete Días Blancos ocurriera precisamente allí. Armero se convirtió en el lugar donde la cercanía del Sucesor de Pedro hizo visible la cercanía de toda la Iglesia con los que sufrían, una enseñanza que continúa iluminando la misión pastoral de la Iglesia en Colombia cuatro décadas después.
Una Iglesia llamada a ser signo de esperanza
Entre los numerosos encuentros que marcaron la peregrinación apostólica de San Juan Pablo II a Colombia, hubo uno que adquirió un significado especial para la vida de la Iglesia: la reunión con los obispos del país. Más allá de un encuentro institucional, fue un momento de comunión eclesial en el que el Sucesor de Pedro habló de pastor a pastores. Conocía los desafíos que enfrentaba la Iglesia colombiana en medio de una realidad marcada por la violencia, las profundas desigualdades sociales y el sufrimiento de miles de personas. Por eso, quiso fortalecer a quienes tenían la misión de conducir al Pueblo de Dios en medio de aquellas circunstancias.
Desde el inicio de su intervención, manifestó la alegría de encontrarse con el episcopado colombiano y reconoció el testimonio de una Iglesia con una profunda tradición evangelizadora, llamada a seguir anunciando el Evangelio en una sociedad que experimentaba grandes transformaciones. Al mismo tiempo, los invitó a leer esos desafíos con esperanza, conscientes de que la misión de la Iglesia nace de la fidelidad a Jesucristo y no de las circunstancias históricas.
El Papa les recordó que el ministerio episcopal solo puede comprenderse desde la comunión. La unidad entre los obispos, en torno a Cristo y en estrecha comunión con el Sucesor de Pedro, era para él una condición indispensable para que la Iglesia pudiera responder con credibilidad a los desafíos del momento. Aquella comunión no era únicamente un principio organizativo, sino la expresión visible de una Iglesia llamada a ser signo de reconciliación para el mundo.
En un país profundamente fragmentado, ese mensaje adquiría una fuerza particular. Mientras la violencia amenazaba con dividir a la sociedad, San Juan Pablo II invitó a los obispos a ser artífices de unidad, promotores del diálogo y servidores de la esperanza, convencido de que la primera contribución de la Iglesia a la construcción de la paz debía nacer del testimonio de su propia comunión.
Pero el Pontífice fue más allá. También los exhortó a permanecer cercanos al pueblo que les había sido confiado. Su ministerio, insistió, debía reflejar el estilo del Buen Pastor: un pastor que conoce a su rebaño, comparte sus alegrías y sufrimientos, acompaña a quienes más lo necesitan y anuncia, con valentía, la verdad del Evangelio.
Aquella cercanía pastoral no podía quedarse en el ámbito de las palabras. Debía traducirse en una presencia permanente entre las comunidades, en la defensa de la dignidad de toda persona humana y en un compromiso decidido con la evangelización de la cultura, de la familia y de la vida social.
San Juan Pablo II también animó al episcopado a fortalecer la acción evangelizadora de la Iglesia en Colombia, convencido de que el anuncio de Jesucristo constituye la respuesta más profunda a las heridas espirituales y sociales de cualquier pueblo. Para el Pontífice, la evangelización no podía reducirse a una actividad pastoral más; era la misión esencial de la Iglesia y el camino para renovar el corazón de las personas y transformar la sociedad desde sus fundamentos.
Esa convicción recorrió toda la peregrinación apostólica. En cada ciudad, en cada homilía y en cada encuentro con los distintos sectores de la sociedad, el Papa volvió una y otra vez sobre la necesidad de anunciar a Cristo como fuente de reconciliación, de justicia y de auténtica libertad.
Cuatro décadas después, aquellas palabras conservan una sorprendente actualidad. La Iglesia en Colombia continúa desarrollando su misión en un contexto que sigue planteando enormes desafíos pastorales y sociales. Persisten las heridas provocadas por la violencia, las desigualdades, la pobreza y las múltiples formas de exclusión. Al mismo tiempo, emergen nuevas realidades culturales que reclaman una presencia evangelizadora capaz de dialogar con el mundo sin renunciar a la verdad del Evangelio.
En ese escenario, el mensaje que San Juan Pablo II dirigió al episcopado colombiano continúa ofreciendo una hoja de ruta. Su invitación a fortalecer la comunión, vivir una auténtica cercanía con el pueblo, anunciar el Evangelio con renovado ardor y hacer de la Iglesia un signo creíble de esperanza mantiene plena vigencia para quienes hoy continúan la misión de anunciar a Jesucristo en Colombia.
Un legado que sigue caminando con Colombia
Si algo caracterizó la peregrinación apostólica de San Juan Pablo II fue su capacidad para leer la realidad del país desde la esperanza cristiana. Nunca ignoró las dificultades que atravesaba Colombia. Por el contrario, las miró de frente. Reconoció el dolor provocado por la violencia, la pobreza, las injusticias y las tragedias que golpeaban a miles de familias. Sin embargo, nunca permitió que esas realidades tuvieran la última palabra.
Su mensaje fue siempre una invitación a mirar más allá del sufrimiento inmediato para descubrir la fuerza transformadora del Evangelio. Por eso, habló insistentemente de reconciliación cuando el país parecía atrapado en la confrontación; de dignidad humana cuando tantas vidas eran vulneradas; de solidaridad cuando miles de personas sufrían las consecuencias del abandono; y de esperanza cuando el desaliento amenazaba con imponerse.
Esa es, precisamente, la razón por la que los Siete Días Blancos siguen ocupando un lugar privilegiado en la memoria de la Iglesia y de Colombia. No fueron únicamente siete días de multitudinarias celebraciones. Fueron siete días en los que el Evangelio resonó con fuerza en medio de una nación que necesitaba volver a creer que era posible construir un futuro distinto.
Cuarenta años después, ese llamado permanece vigente. Las circunstancias históricas han cambiado, pero el desafío continúa siendo el mismo: hacer de la Iglesia una presencia cercana a quienes sufren, una comunidad que anuncia con alegría la Buena Nueva y una servidora incansable de la reconciliación, la justicia y la paz.
Con el propósito de contribuir a esa memoria agradecida y de acercar a las nuevas generaciones a uno de los acontecimientos más significativos de la historia reciente de la Iglesia en Colombia, la Conferencia Episcopal presenta el especial audiovisual "40 años después: Los Siete Días Blancos de San Juan Pablo II en Colombia. El legado de una peregrinación que marcó la historia del país".
A través de imágenes históricas, registros originales y los propios mensajes pronunciados por San Juan Pablo II durante su recorrido por el país, esta producción propone redescubrir una peregrinación que no pertenece únicamente al pasado. Su legado continúa iluminando el presente y alentando el compromiso de la Iglesia con la evangelización, la reconciliación y la esperanza.
Vea el especial a continuación:
"Agua pasó por aquí, cate que no te vi"
Mié 14 Oct 2026
Con María en el mes de las misiones
Lun 5 Oct 2026
Vie 16 Oct 2026
Jonathan Acuña, IMC: un sacerdote colombiano al servicio de las comunidades del desierto de Kenia
El sacerdote Jonathan Acuña salió del Tolima para anunciar el Evangelio en el norte de Kenia. En la misión de Loiyangalani, donde comunidades indígenas afrontan dificultades de acceso al agua, alimentos y educación, su vocación se expresa en el acompañamiento pastoral, la formación de niños y jóvenes y el trabajo por el desarrollo humano integral. Su historia hace parte de la misión de la Iglesia que en 2026 conmemora cien años de la Jornada Mundial de las Misiones.Cuando el padre Jonathan Acuña salió de Chaparral, Tolima, para servir como misionero en África, llevaba consigo un sueño que había nacido en su infancia: ser sacerdote y anunciar el Evangelio en tierras lejanas. Hoy, después de más de tres años en Kenia, esa aspiración tiene un rostro concreto: las comunidades indígenas que acompaña en Loiyangalani, una localidad del norte del país africano donde la misión se desarrolla entre el desierto, las montañas y las orillas del lago Turkana.Después de estudiar en el Seminario Menor San Joaquín, de la Arquidiócesis de Ibagué, inició su formación sacerdotal, pero decidió hacer una pausa y estudiar psicología en la Universidad de Ibagué. Trabajó como docente y psicólogo, experiencias que le permitieron acercarse a otras realidades humanas. Sin embargo, con el tiempo sintió que debía retomar su vocación para experimentar la plenitud.Volvió entonces a su formación religiosa: estudió Filosofía en Bogotá, realizó su noviciado en Argentina, cursó Teología en la Pontificia Universidad Javeriana y se formó en espiritualidad y en el carisma de los Misioneros de la Consolata en Roma. Fue ordenado sacerdote en su municipio natal y recibió su destinación misionera a Kenia.Antes de llegar a Loiyangalani, vivió aproximadamente un año y medio en Nairobi, donde aprendió inglés y desarrolló labores pastorales. Allí también acompañó a la Fundación Maisha, que trabaja con niñas y adolescentes sobrevivientes de violencia sexual que decidieron continuar con sus embarazos. Después vino el traslado al norte del país, una región que le exigió adaptarse a otras lenguas, tradiciones y condiciones de vida.Una misión en medio del desiertoLoiyangalani, cuyo nombre significa «lugar de muchos árboles» en lengua samburu, es un oasis en el desierto de Chalbi, junto al lago Turkana. Allí conviven pueblos como los Samburu, Turkana y El Molo, entre otros, con formas de vida vinculadas al pastoreo, la pesca y la elaboración de artesanías.La misión católica llegó a este territorio en 1965, con el sacerdote italiano Michele Stallone, de los Misioneros de la Consolata, quien fue enviado a evangelizar al pueblo El Molo a petición del obispo de la Diócesis de Marsabit. Más de seis décadas después, la labor pastoral abarca más de doce poblados dispersos entre el desierto, las montañas y las islas del lago.Largas distancias hacen parte de los desafíos cotidianos de esta misión. Desde Nairobi, llegar a Loiyangalani puede tomar alrededor de dos días en transporte público. Para visitar algunas comunidades, los misioneros recorren durante horas caminos sin pavimentar y, en ocasiones, deben cruzar el lago. Cada desplazamiento permite encontrarse con las familias, celebrar los sacramentos, visitar a personas enfermas y adultos mayores y acompañar la vida de las comunidades cristianas.En algunos poblados, el acceso a agua potable, electricidad y alimentos es limitado. Las familias dependen de actividades como la pesca y el pastoreo de cabras, camellos y vacas; las mujeres también elaboran artesanías con hojas de palma. En ciertos lugares, la falta de agua segura representa un desafío adicional, pues el lago Turkana no constituye una fuente de agua potable sin tratamiento.Para el padre Jonathan, la experiencia más difícil ha sido encontrarse con personas que no siempre tienen garantizada la alimentación. Según relata, una frase que escucha con frecuencia de niños y adultos mayores es: «Tengo hambre, padre, tengo hambre». Presenciar las consecuencias de la desnutrición, explica, transforma la manera de comprender la misión y las necesidades de quienes acompaña.Sin embargo, esta realidad no agota la historia de las comunidades. En ellas también encuentra solidaridad, capacidad de organización, riqueza cultural y deseos de aprender. La misión, afirma, implica no solo anunciar el Evangelio, sino escuchar, compartir y caminar junto a las personas.Evangelización que abre oportunidadesJunto a las celebraciones litúrgicas y el acompañamiento pastoral, los Misioneros de la Consolata junto a otras comunidades religiosas, desarrollan iniciativas de educación, salud y formación. Su propósito es responder a necesidades concretas sin separar la promoción humana de la evangelización.La misión cuenta con un centro médico y dos jardines infantiles: uno en el desierto y otro en la montaña. También impulsa un proyecto educativo para niños pastores en el desierto y una escuela para mujeres pastoras en la montaña, donde adultas, madres y pastores pueden acceder a aprendizajes básicos, entre ellos el suajili y las matemáticas.Una de las iniciativas más visibles es el Oratorio Papa Francisco, creado en agosto de 2025. Cada domingo reúne alrededor de 400 niños y jóvenes, y durante las vacaciones escolares puede superar los mil participantes. Mediante la catequesis, el deporte, el arte, la música, la danza y el teatro, el oratorio ofrece un espacio de encuentro, formación y desarrollo de talentos.La misión busca, además, que las nuevas generaciones participen activamente en la vida de sus comunidades. La Escuela de Liderazgo Misionero forma a niños, adolescentes, jóvenes y adultos para involucrarse en los procesos pastorales, mientras que el Fondo Educativo Consolata apoya actualmente a seis jóvenes en sus estudios universitarios.Para quienes viven en poblados apartados, continuar una carrera supone afrontar gastos de transporte, alojamiento y manutención que sus familias difícilmente pueden cubrir. Por eso, el acompañamiento educativo busca abrir caminos para que los jóvenes amplíen sus oportunidades y, en el futuro, puedan contribuir al bienestar de sus comunidades.El encuentro entre culturas también es misiónEn Loiyangalani, la evangelización se desarrolla en un contexto de diversidad cultural y religiosa. Las comunidades católicas comparten el territorio con musulmanes y con cristianos de otras confesiones. Esta realidad hace del diálogo intercultural, ecuménico e interreligioso una parte cotidiana de la labor pastoral.El padre Jonathan destaca que las diferencias no impiden encontrar propósitos comunes. En su experiencia, la solidaridad puede expresarse también entre personas de distintas tradiciones religiosas, por ejemplo, en el apoyo a actividades dirigidas a niños y jóvenes.Además, la misión no busca que las comunidades sean receptoras pasivas de iniciativas externas. La formación de líderes locales y el fortalecimiento de los procesos comunitarios apuntan a que sus propios integrantes asuman responsabilidades en la evangelización y en la construcción de respuestas a sus necesidades.Esa manera de comprender la misión se conecta con el lema propuesto por el papa León XIV para la Hermanas Teresitas, congregación de origen tanzano: «Uno en Cristo, unidos en la misión», en el año en que la Iglesia conmemora el centenario de esta celebración.Un sueño que ahora mira hacia las comunidadesLa experiencia del padre Jonathan forma parte de una presencia colombiana más amplia en África. En Kenia sirven 16 misioneros colombianos —entre seminaristas, laicos, religiosas y sacerdotes de distintas congregaciones—, además de monseñor Rodrigo Mejía Saldarriaga, obispo jesuita. Sus vocaciones y carismas se despliegan en diferentes lugares y responden a realidades diversas.En el desierto de Chalbi, la misión se construye tanto en la celebración de los sacramentos como en las visitas a poblados apartados, las aulas, las actividades deportivas y el acompañamiento a las familias. La historia del padre Jonathan Acuña muestra cómo una vocación nacida en Colombia encuentra su camino en otra cultura y cómo, en el encuentro con las comunidades, anunciar el Evangelio también significa escuchar, aprender y trabajar por una vida más digna.Vea a continuación el especial audiovisual:
Mar 13 Oct 2026
La Iglesia colombiana se une en oración por el papa León XIV tras confirmarse su diagnóstico de cáncer pulmonar
El examen del tejido extirpado durante una cirugía torácica confirmó el diagnóstico de adenocarcinoma pulmonar. Según informó la Santa Sede, la intervención concluyó sin complicaciones y el Santo Padre despertó con normalidad. La Iglesia Católica en Colombia se une en oración por su salud e invita a todos los fieles del país a acompañarlo espiritualmente.La Oficina de Prensa de la Santa Sede informó este martes 13 de octubre sobre la evolución del papa León XIV, luego de la intervención de cirugía torácica a la que fue sometido, según lo previsto. El procedimiento consistió en la extirpación del lóbulo inferior del pulmón derecho mediante una técnica asistida por video.En el comunicado, se confirma que el examen histológico realizado durante la intervención permitió establecer el diagnóstico de adenocarcinoma pulmonar, "como se sospechaba a partir de las pruebas preoperatorias".Sobre el desarrollo de la cirugía, la Santa Sede precisó que el Santo Padre permaneció aproximadamente tres horas en el quirófano y que la intervención tuvo una duración cercana a los 90 minutos. El comunicado señala que "la intervención fue exitosa y no hubo complicaciones".Tras el procedimiento, el Papa "se despertó con normalidad" y, después de un breve periodo de observación, regresó a su habitación en el Policlínico Universitario Agostino Gemelli, conocido como Hospital Gemelli, según el informe médico.La Iglesia en Colombia se une en oración por el Santo PadreAnte esta noticia, la Iglesia Católica en Colombia expresa su cercanía espiritual al papa León XIV y se une en oración por su salud y recuperación. La Conferencia Episcopal de Colombia invita a sacerdotes, diáconos, religiosos, religiosas y a todos los fieles del país a elevar sus oraciones a Dios por el Santo Padre, pidiendo que lo fortalezca en este momento y acompañe su proceso de recuperación.Asimismo, anima a las comunidades parroquiales, movimientos apostólicos y familias a hacer de la oración una expresión de comunión eclesial, esperanza y cercanía con el pontífice, encomendándolo a la protección maternal de la Virgen María.Vea a continuación el mensaje del Presidente de la Conferencia Episcopal de Colombia:
Vie 9 Oct 2026
Pastoral Fronteriza de Colombia y Ecuador llama a proteger a las comunidades y sus territorios
Al concluir el Segundo Encuentro Binacional de Pastoral Fronteriza, en Tumaco, las Iglesias advirtieron sobre las violencias que afectan a las comunidades, el control territorial y las amenazas ambientales. También pidieron a ambos Estados y a los actores sociales e internacionales articular respuestas que garanticen los derechos humanos, la protección humanitaria y la construcción de paz.Las Iglesias de Colombia y Ecuador hicieron un llamado a fortalecer la cooperación binacional para proteger la vida y los derechos humanos en los territorios fronterizos, afectados por dinámicas de violencia, economías ilegales, desplazamiento y deterioro ambiental. La exhortación hace parte del comunicado final del Segundo Encuentro Binacional de Pastoral Fronteriza, celebrado en Tumaco, con la participación de representantes de las ocho jurisdicciones eclesiásticas que acompañan esta región, Cáritas Ecuador y el Secretariado Nacional de Pastoral Social-Cáritas Colombiana.En el documento, las Iglesias advierten que la frontera no puede entenderse únicamente como una línea que separa dos países, sino como un territorio compartido por pueblos indígenas, comunidades afrodescendientes y campesinas, familias y personas migrantes que buscan protección y oportunidades. Desde esta perspectiva, señalan que el narcotráfico, la minería ilegal, el contrabando, el tráfico de armas, la extorsión y la trata de personas se entrecruzan con disputas por corredores estratégicos y formas de control territorial y social.Uno de los puntos de alerta del comunicado es que la disminución de los hechos violentos registrados no necesariamente significa que haya disminuido el sufrimiento de las comunidades. El miedo, el confinamiento y el control social pueden mantener ocultas situaciones que afectan la vida cotidiana de la población. Ante este panorama, las Iglesias reiteran que no pueden normalizarse estas violencias y expresan su especial preocupación por las comunidades indígenas y afrodescendientes, las familias campesinas, las personas migrantes y refugiadas, las mujeres y los niños, niñas y adolescentes.El mensaje también relaciona la protección de la vida humana con el cuidado de la casa común. La minería ilegal, los cultivos ilícitos, la deforestación, la contaminación de los ríos y las fuentes de agua, así como los efectos de la variabilidad climática, ponen en riesgo la salud, la alimentación y la permanencia de las comunidades en sus territorios.Frente a estos desafíos, el comunicado plantea que la seguridad fronteriza no puede limitarse al control de los pasos ni a respuestas exclusivamente militares. Si bien reconoce la responsabilidad de los Estados de proteger a la población, garantizar derechos, fortalecer la justicia y enfrentar las redes criminales, subraya que la construcción de paz también requiere oportunidades dignas, instituciones cercanas, protección humanitaria, cuidado ambiental y fortalecimiento del tejido comunitario.Como parte de los compromisos del encuentro, las Iglesias acordaron fortalecer tres líneas de trabajo: la lectura permanente de la realidad fronteriza y la conservación de la memoria de sus pueblos; la acción pastoral y comunitaria para proteger la vida, construir paz y reconciliación, responder a las necesidades humanitarias y cuidar la casa común; y la articulación e incidencia binacional mediante el trabajo con las comunidades y el diálogo con instituciones públicas, organizaciones sociales, cooperación internacional y otros actores.El documento recoge, además, un llamado fraterno a las autoridades de Colombia y Ecuador para que, junto con las organizaciones sociales y la cooperación internacional, impulsen respuestas coordinadas. Las Iglesias advierten que las dinámicas que atraviesan la frontera superan la capacidad de respuesta de un solo país y que la protección de la vida exige corresponsabilidad y decisiones centradas en las personas y las comunidades.Este proceso se apoya en 34 años de trabajo conjunto de las Iglesias particulares de Colombia y Ecuador frente a las violencias, las crisis humanitarias y las distintas formas de exclusión en estos territorios. La consolidación de una instancia binacional permanente busca fortalecer ese camino de cooperación, acompañamiento y solidaridad.Al concluir el encuentro, las Iglesias renovaron su compromiso de permanecer junto a las comunidades, acompañar a quienes sufren y fortalecer sus capacidades para resistir a la violencia y construir esperanza. Su mensaje final reafirma una convicción que orienta esta misión compartida: «Allí donde los límites políticos separan, el Evangelio nos llama a reconocernos hermanos».Vea a continuación la lectura del mensaje final por monseñor Franklin Misael Betancourt, obispo de Tumaco:Le puede interesar: Iglesias de Colombia y Ecuador avanzan hacia una agenda común para consolidar la pastoral fronteriza
Jue 8 Oct 2026
Obispos eméritos de Colombia analizaron los desafíos de la inteligencia artificial a la luz de Magnifica Humanitas
Durante el encuentro anual, 18 obispos eméritos profundizaron en la encíclica Magnífica Humanitas, del papa León XIV, y compartieron reflexiones sobre la dignidad humana, la misión evangelizadora y las realidades que interpelan a la Iglesia en Colombia.Del 5 al 6 de octubre, 18 obispos eméritos de Colombia se reunieron en la sede de la Conferencia Episcopal de Colombia (CEC), en Bogotá, para reflexionar sobre los desafíos actuales de la Iglesia y compartir aportes desde su experiencia pastoral.Uno de los ejes centrales del encuentro fue el estudio de la encíclica Magnífica Humanitas, del papa León XIV, con especial atención a los interrogantes éticos y humanos que plantea el desarrollo de la inteligencia artificial y sus implicaciones para la misión evangelizadora de la Iglesia.El cardenal Jorge Enrique Jiménez Carvajal, arzobispo emérito de Cartagena, destacó la importancia de comprender estas transformaciones y discernir cómo aprovechar las posibilidades de la tecnología para anunciar el Evangelio, sin perder de vista el valor de la inteligencia humana y las capacidades que hacen posible la comunicación, el perdón y el amor.«El trabajo nuestro es anunciar la Buena Noticia de Jesucristo», señaló el cardenal, al explicar que los medios tecnológicos pueden contribuir a esta misión, pero también suscitan preguntas sobre el lugar de la persona humana en una sociedad cada vez más mediada por algoritmos y máquinas.Por su parte, monseñor Iván Marín López, arzobispo emérito de Popayán, invitó a leer y estudiar la encíclica, subrayando que la dignidad humana debe orientar el uso de los avances tecnológicos. También recordó la importancia de la doctrina social de la Iglesia y sus principios en ámbitos como el trabajo, la familia y la educación.En este contexto, monseñor Marín expresó la necesidad de promover criterios claros para el uso de la inteligencia artificial en los entornos educativos, de manera que los estudiantes puedan aprovechar estas herramientas sin perder su capacidad de pensar críticamente ni quedar expuestos a la manipulación.Una reflexión que parte de la experiencia pastoralEl encuentro también permitió compartir experiencias y reflexiones sobre distintas situaciones eclesiales y sociales que interpelan a la Iglesia, así como dialogar sobre los desafíos de la evangelización y el servicio pastoral en el país.La jornada fue coordinada por el cardenal Jorge Enrique Jiménez Carvajal y monseñor Iván Marín López, con el acompañamiento de la Presidencia de la CEC y del Departamento de Animación de la Comunión y la Sinodalidad.Al explicar el sentido de esta reunión, monseñor Marín destacó los vínculos espirituales, afectivos y pastorales que unen a los obispos eméritos, así como su interés por mantenerse al tanto de la vida de la Iglesia, estudiar los documentos del Papa y de la Conferencia Episcopal y continuar aportando desde sus posibilidades.El cardenal Jiménez, por su parte, describió esta etapa como una oportunidad para recordar el camino recorrido y renovar el sentido del servicio a las comunidades, especialmente a las personas necesitadas de orientación y esperanza.Un servicio pastoral que continúaAunque han concluido su responsabilidad directa en el gobierno de una diócesis, muchos obispos eméritos mantienen una participación activa en la vida de la Iglesia: acompañan procesos pastorales, orientan retiros espirituales, ofrecen conferencias y apoyan a comunidades en sus lugares de residencia.Actualmente, la Iglesia en Colombia cuenta con 49 obispos eméritos. El encuentro, que se realiza anualmente en la sede de la CEC, busca ofrecerles un espacio de reflexión conjunta y recoger sus aportes para la misión pastoral de la Iglesia en el país.La reunión concluyó con el propósito de seguir poniendo la experiencia, el conocimiento y la vida de oración de los obispos eméritos al servicio de la Iglesia, en comunión con sus pastores y con los desafíos de la evangelización en el contexto actual.