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iglesia católica

Mar 17 Jun 2025

“Hagan esto en memoria mía” (1Cor 11, 24)

Mons. José Libardo Garcés Monsalve - Avanzando en el desarrollo del Plan de Evangelización de nuestra Diócesis, hacemos nuestro el mandato del Señor a la misión que nos dice: Sean mis testigos (Hch 1, 8) y para este mes de junio, “Compartan con el necesitado”, con el momento significativo del Corpus Christi, el Cuerpo y la Sangre de Nuestro Señor Jesucristo. Solemnidad que celebramos el próximo domingo, recordando que Jesús se nos da como alimento que nos lleva a la vida eterna: “El que come mi carne y bebe mi sangre tiene vida eterna y yo lo resucitaré en el último día” (Jn 6, 54). La eucaristía es el alimento de la vida, que en esta tierra nos da fortaleza para cumplir con nuestra misión y en la eternidad nos da la salvación.El sacramento de salvación por excelencia es el misterio pascual, que tiene su expresión sacramental en la eucaristía, del cual nace la Iglesia, ya que la Iglesia es Cuerpo de Cristo, porque Cristo ha entregado su cuerpo y su sangre para alimentarnos y llegar a ser uno con Él, “el Señor Jesús, en la noche en que iba a ser entregado, tomó pan y, pronunciando la acción de gracias, lo partió y dijo: ‘Esto es mi Cuerpo, que se entrega por ustedes. Hagan esto en memoria mía’. Lo mismo hizo con el cáliz, después de cenar, diciendo: ‘Este cáliz es la nueva alianza en mi Sangre; hagan esto cada vez que lo beban, en memoria mía’ (1Cor 11, 23 - 25).El don de la eucaristía ha sido entregado por Jesús en la última cena, cuando también regaló a la Iglesia el don del sacerdocio y el mandamiento del amor. El memorial de la eucaristía está en estrecha relación con el don del sacerdocio ministerial, cuya institución la Iglesia ha visto vinculada en el mandato del Señor “Hagan esto en memoria mía” (1Cor 11, 25); de tal manera, que son los sacerdotes quienes actualizan ese memorial eucarístico de generación en generación, porque, “la eucaristía es la principal y central razón de ser del sacramento del sacerdocio, nacido efectivamente en el momento de la institución de la eucaristía y a la vez que ella” (Ecclesia De Eucharistia, 31).La eucaristía es el memorial del Señor, de su pasión, muerte y resurrección, un don hecho de una vez para siempre, que se viene actualizando a lo largo de la historia, donde sucede el sacrificio del Señor que se nos da como alimento y nos entrega la salvación. Así lo expresa san Juan Pablo II: “Cuando la Iglesia celebra la eucaristía, memorial de la muerte y resurrección de su Señor, se hace realmente presente este acontecimiento central de Salvación y se realiza la obra de nuestra redención” (Ibid, 11).Con esto entendemos que la eucaristía es el don más precioso y más sublime que recibimos cuando comulgamos, porque es el mismo Jesucristo que se nos da como alimento, es la entrega de todo su ser por la salvación de todos nosotros. Así lo enseña san Juan Pablo II: “La Iglesia ha recibido la eucaristía de Cristo, su Señor, no sólo como un don entre otros muchos, aunque sea muy valioso, sino como el don por excelencia, porque es don de sí mismo, de su persona en su santa humanidad y, además, de su obra de salvación. Ésta no queda relegada al pasado, pues todo lo que Cristo es y todo lo que hizo y padeció por los hombres participa de la eternidad divina y domina así todos los tiempos” (Ibid). De tal manera, que un cristiano no tiene que confundirse buscando apariciones, comprando aceites o llenándose de cosas superficiales. En la eucaristía encontramos lo más sublime, a Jesucristo mismo que nos salva.La Iglesia tiene como centro a Jesucristo que desde el sacrificio redentor en la cruz, nos ofrece su perdón y reconciliación, para que limpios de corazón podamos llegar hasta el Padre que espera el regreso del hijo que se ha perdido, para acogerlo en la gran fiesta del banquete celestial, que se realiza en esta tierra en cada eucaristía. San Juan Pablo II nos lo enseña cuando afirma: “El sacrificio de Cristo y el sacrificio de la eucaristía son un único sacrificio. La misa hace presente el sacrificio de la Cruz. La naturaleza sacrificial del misterio eucarístico no puede ser entendida, como algo aparte, independiente de la Cruz o con una referencia indirecta al sacrificio del Calvario” (Ibid, 12).Así pues, todos los creyentes entendemos que eucaristía y Crucificado forman una unidad, cuando participamos de la eucaristía adoramos a Jesucristo presente en el altar y levantamos la mirada y contemplamos el Crucificado y ahí entendemos todo el misterio pascual de la pasión, muerte y resurrección de Nuestro Señor Jesucristo. Ahí comprendemos el sacrificio redentor, la entrega total de su vida por cada uno de nosotros.Es muy importante contemplar la unidad que se da en el presbiterio entre altar y crucificado, porque allí está un solo Señor, Jesucristo ofreciéndose por la salvación de todos. Por esto, en el presbiterio siempre se ha de tener en el centro un Crucificado y no una imagen de un santo, ni tampoco ninguna devoción, ni advocación especial. Allí se tendrá la síntesis del sacrificio redentor, que es Jesús Crucificado, que con el altar eucarístico forman una perfecta unidad, de donde brota la oración contemplativa del creyente, de rodillas frente al Santísimo Sacramento, adorando la eucaristía y mirando, abrazando y contemplando el Crucificado.Oremos todos los días de rodillas frente al Santísimo Sacramento, adorando la eucaristía y contemplando el Crucificado, pidiendo que podamos dar a la eucaristía todo el relieve que merece, poniendo todo el esmero por vivir la eucaristía con la mayor dignidad posible. Que, al celebrar el Corpus Christi, podamos tomar conciencia de la grandeza del don que se nos ha dado en la eucaristía. Que la Santísima Virgen María y el Glorioso Patriarca San José que custodiaron a Nuestro Señor Jesucristo, alcancen del Señor para nosotros la gracia de contemplar y adorar la eucaristía con fervor espiritual.En unión de oraciones, reciban mi bendición.+José Libardo Garcés MonsalveObispo de la Diócesis de Cúcuta

Mié 4 Jun 2025

Sinodalidad: El Evangelio hecho camino compartido

Por Pbro. Mauricio Rey - En muchos momentos de la vida, las personas sienten que caminan solas, que cargan responsabilidades sin ser tenidas en cuenta, que sus palabras no cambian nada. Esa misma experiencia, con sus heridas y silencios, también se ha vivido dentro de la Iglesia. Quienes aman profundamente su fe muchas veces han sentido que no tienen lugar para hablar desde su experiencia, ni espacio para participar en las decisiones que también les afectan. Ante esta realidad, el Papa Francisco ha hecho una convocatoria clara y necesaria, pues nos llama a volver al modo de Jesús, es decir, recuperar el estilo original del Evangelio. Esa forma concreta de ser Iglesia tiene un nombre exigente y contundente: Sinodalidad.La sinodalidad no es un modelo organizativo; es el retorno a una forma de vida eclesial en coherencia con el Evangelio, es una respuesta madura y consciente ante los desafíos de nuestro tiempo actual. Supone comprender que la Iglesia no se edifica desde las cúpulas, sino desde el encuentro, desde la escucha, desde la comunión. Que todos, laicos, consagrados, pastores, somos responsables de la vida de la Iglesia, porque todos hemos recibido el Espíritu en el Bautismo y la Confirmación. Esto se plantea como una convicción vivida, todos tenemos una palabra que ofrecer, una historia que contar, una luz que aportar al discernimiento común. El Concilio Vaticano II ya nos recordó que la Iglesia es el Pueblo de Dios en camino, no una minoría iluminada que decide por el resto, sino una comunidad donde cada persona tiene un lugar, una dignidad y una misión. La sinodalidad recoge ese llamado y lo actualiza para nuestro tiempo, quiere formar una Iglesia que no tema escucharse, que no tema dialogar, que no tema caminar juntos, incluso cuando el camino sea incierto, difícil o complejo.Sin embargo, esta llamada toca nuestras resistencias, pues nos exige una conversión integral. Porque caminar juntos implica renunciar al control, requiere humildad, paciencia, abrirse a la escucha, aceptar el tiempo del otro; implica aceptar que el Espíritu Santo actúa más allá de nuestros esquemas, permitiendo que pueda hablar por medio de quien menos imaginamos, y que de esta manera, ninguna vocación cristiana puede vivirse aislada del resto del Cuerpo de Cristo. Implica crear espacios reales de diálogo, donde no se decida todo desde los escritorios, sino desde el encuentro con la vida cotidiana de las personas en contextos concretos. Por eso, la sinodalidad también es una conversión espiritual, pues conlleva pasar de la autorreferencialidad al discernimiento comunitario, del individualismo eclesial al nosotros eclesial, de la comodidad de lo establecido al dinamismo del Espíritu.Todo esto se concreta en lo cotidiano. Una comunidad sinodal es aquella donde las decisiones no se imponen desde arriba sin diálogo, sino que se toman a la luz de la Palabra y la experiencia del pueblo fiel. Una parroquia sinodal es aquella que escucha activamente a sus agentes pastorales, a los jóvenes, a las mujeres, a los adultos mayores, a los pobres, y no los deja fuera del proceso pastoral. Una Iglesia sinodal es aquella que reconoce que su credibilidad se juega no sólo en lo que anuncia, sino en cómo vive internamente la comunión, la participación y la corresponsabilidad en su misión. Muchos están cansados de instituciones que excluyen o que solo hablan desde la distancia. La sinodalidad responde a ese cansancio con una firme propuesta, que caminemos juntos como hermanos, no como competidores; escuchar para transformar, no solo para cumplir; construir juntos una Iglesia que nos acerque mucho más al Reino que Jesús anunció.Esto no significa que todo se decida por mayoría ni que todo se relativice. No se trata de diluir la verdad, sino de buscarla juntos, sabiendo que el Espíritu Santo guía a toda la Iglesia, no solo a unos pocos. La sinodalidad no reemplaza el Magisterio, lo enriquece desde la escucha del sensus fidei del pueblo fiel. No debilita la autoridad, la purifica y la humaniza. No es desorden, es comunión vivida con plena madurez. Nos invita a preguntarnos con honestidad cómo vivimos nuestra fe cristiana eclesialmente, cómo la transmitimos, y si nuestras estructuras ayudan o dificultan su testimonio.Y cuando se vive con autenticidad, la sinodalidad no solo transforma la Iglesia, sana también las heridas del alma. Porque todos hemos sentido alguna vez lo que significa no ser escuchados. Por eso, una Iglesia sinodal no es solo más evangélica, sino también más humana, más fraterna, más cercana. Más parecida a esa comunidad que anhelamos en nuestras propias familias, en nuestros barrios, en nuestras relaciones. Una Iglesia que no juzga de entrada, que no impone, que no margina; sino que acoge, acompaña, discierne y camina al ritmo del pueblo.Así entendida, la sinodalidad no es simplemente “hacer juntos”. Es discernir juntos, orar juntos, decidir desde una misma fe, pero con todas las voces en la mesa, porque no hay Evangelio sin comunidad; no hay comunidad sin escucha; no hay escucha sin humildad; y no hay humildad sin amor por la verdad. Por eso, la sinodalidad es hoy uno de los rostros más necesarios de la Iglesia. Es el modo concreto de vivir el Evangelio con otros, no como una carga, sino como una gracia compartida. Es una manera de decirle al mundo que sí es posible caminar juntos, decidir sin imponer, vivir la fe sin excluir, buscar la verdad sin miedo, y servir sin dominar.Si la Iglesia quiere responder con verdad a los desafíos del presente, debe ser una Iglesia que escucha, que discierne y que camina con su pueblo. Ese es el llamado. Ese es el camino. Y ese es el Evangelio que nos acompaña siempre, el mismo que hoy estamos llamados a vivir.Pbro. Mauricio Rey SepúlvedaDirector del Secretariado Nacional de Pastoral Social - Cáritas Colombiana

Mar 27 Mayo 2025

De la indiferencia a la ternura social: El clamor de Laudato Si’ en nuestra misión

Por Pbro. Mauricio Rey - En estos días en que se conmemora la publicación de Laudato Si’, vale la pena hacer una pausa sincera, una de esas que nacen no solo de la mente, sino del corazón creyente. Escuchar de nuevo sus palabras es, en realidad, escuchar la voz de Dios que sigue pronunciándose en la historia con ternura, fuerza y verdad. No es una Encíclica más. Es un llamado urgente a convertir nuestra mirada, a reenfocar nuestras prioridades, a recordar que cuidar la creación no es una tarea adicional, sino una expresión directa de la fe.El Papa Francisco nos habla desde el dolor del mundo, desde el grito en silencio de los pobres, desde el sufrimiento de la tierra herida, en su agonía. Y al hablar lo hace como pastor, como hermano y como discípulo. Por eso Laudato Si’ no puede ser interpretada como un discurso verde o como una preocupación de moda. Es una invitación a pasar de la indiferencia al verdadero cuidado, del consumo irresponsable a la responsabilidad común, del egoísmo disfrazado de progreso a la ternura social que cuida, escucha y transforma la realidad.Cuando la Iglesia abraza la ecología integral, no está desviando su misión. Está profundizándola. Porque el Evangelio, cuando se encarna, toca la vida entera, en su profundidad, la economía, la cultura, la política, la forma en que nos relacionamos con los otros y con la tierra. Y hoy, esa encarnación pasa por reconocer que vivimos en un sistema que rompe equilibrios, descarta personas, agota recursos y pone en riesgo nuestra casa común, el don confiado por el Creador para que lo administremos convenientemente los hombres que habitamos la tierra. La fe no puede estar al margen de eso.Lo más provocador de Laudato Si’ es que no se limita a hacer diagnósticos, que en muchos casos son relegados. Laudato Si’ nos propone una espiritualidad, una nueva manera de habitar el mundo, una cultura del encuentro con toda la creación, una nueva manera de vivir en armonía con nuestros bienes comunes. Nos recuerda que no somos dueños absolutos, sino custodios de un don confiado. Que la creación no es un escenario neutro, sino el espacio sagrado donde Dios sigue obrando. Que el grito de la Tierra y el de los pobres son un solo clamor, que exige una sola respuesta, una conversión integral real.Y esta conversión, si es auténtica, toca nuestras prácticas cotidianas, nuestras decisiones institucionales, nuestras prioridades pastorales. No basta con celebrar jornadas ecológicas o incluir temas ambientales en los planes de estudio. Se trata de repensar nuestro modo de vivir la fe, de acompañar a las comunidades, de construir parroquias y estructuras que respiren coherencia entre lo que decimos y lo que vivimos. Hablar de ternura social, como nos inspira el Papa Francisco es optar por una firmeza compasiva. Es rechazar la lógica de la explotación con gestos concretos de cuidado. Es transformar el poder en servicio, el individualismo en responsabilidad compartida, la pasividad en compromiso social. La ternura no es debilidad; es una fuerza que humaniza, que reconstruye, que sostiene la esperanza.Hoy, necesitamos volver a Laudato Si’, no como un texto para recordar, sino como una hoja de ruta para discernir. En ella hay una visión de Iglesia en salida, encarnada, humilde y valiente. Una Iglesia que no teme tocar las heridas del mundo y que no se desentiende de los clamores del tiempo concreto. Una Iglesia que sabe y asume valientemente que cuidar la casa común es cuidar a los más vulnerables, defender la vida y anunciar con gestos concretos que otro mundo es posible, es una Iglesia en salida.La conversión ecológica es una expresión madura del amor cristiano. Y ese amor, cuando se toma en serio, nos empuja a la acción, nos saca de la indiferencia individualista, nos convierte en sembradores de cuidado en medio de la fragilidad. Porque el Evangelio no se contenta con observar, por el contrario, con su fuerza y poder, nos impulsa a transformar la realidad.Pbro. Mauricio Rey SepúlvedaDirector del Secretariado Nacional de Pastoral Social - Cáritas Colombiana

Mié 21 Mayo 2025

Era digital: Iglesia que acompaña a los jóvenes en su mundo

Por Pbro. Mauricio Rey - Hoy no basta con que la Iglesia tenga redes sociales, debe tener presencia viva y significativa en los entornos digitales donde los jóvenes se expresan, cuestionan y buscan sentido. Ellos no van ya a preguntar en la sacristía, ni esperan el domingo para escuchar un mensaje inspirador. Lo hacen en línea, muchas veces en silencio, desplazándose por historias de Instagram o buscando respuestas en videos de menos de 60 segundos.La pregunta es directa ¿estamos ahí, con ellos?No con estrategias de marketing ni con publicaciones que imitan el lenguaje juvenil sin comprenderlo. No como espectadores pasivos o como emisores de contenido programado, sino como presencia que acompaña, escucha y camina a su lado. Porque el verdadero desafío de la era digital no es técnico, sino evangélico. El reto es aprender a habitar con sentido y ternura un territorio nuevo, lleno de vida y también de heridas silenciosas, que gritan desesperadamente.Los jóvenes no están alejados de la fe por desinterés, sino porque la forma tradicional de presentar el Evangelio no siempre conecta con sus búsquedas reales. Muchos no han rechazado a Dios; simplemente no han encontrado una Iglesia que los escuche sin prejuicio, que los mire sin temor, que los entienda con honestidad. Quieren ser acogidos en su complejidad, en sus preguntas abiertas, en su manera única de habitar la realidad.Vivimos en un entorno saturado de imágenes y mensajes fugaces, lo que más falta es alguien que mire con atención, que permanezca, que escuche sin interrumpir. Y ahí es donde la Iglesia puede ser verdaderamente significativa; no compitiendo por atención, sino ofreciendo profundidad. No buscando viralidad, sino construyendo vínculos. No gritando en medio del ruido, sino susurrando esperanza en medio del cansancio digital.Acompañar en el mundo digital no significa multiplicar publicaciones. Significa comprender las heridas, las búsquedas y los lenguajes de los jóvenes, y atreverse a estar cerca sin invadir. Significa que cuando alguien tropieza con una historia de fe, un testimonio honesto o una palabra serena, no se encuentre con una campaña, sino con una comunidad que ora, que sostiene, que desde una vida íntegra, camina con ellos.La Iglesia necesita dejar de hablar “sobre” los jóvenes y empezar a hablar “con” ellos. Y muchas veces, más que hablar, necesita aprender a callar y escuchar. Porque el Evangelio no se impone, se comparte en el cruce de miradas, en los gestos sencillos, en la fidelidad a la vida concreta.La era digital no es una amenaza ni un obstáculo, sino un nuevo territorio de encuentro, no porque sea moderno o llamativo, sino porque es donde está el pueblo. Y si los jóvenes están ahí, la Iglesia no puede ser y/o estar ausente. Como Jesús con los discípulos de Emaús, estamos llamados a acercarnos con discreción, caminar a su ritmo, preguntarles qué les preocupa y dejar que nos cuenten a su modo por qué arde o no arde su corazón.La pastoral juvenil no puede limitarse a invitar a eventos o a replicar contenido atractivo. Necesita cultivar relaciones, acompañar procesos, abrir espacios de confianza donde la fe se viva en diálogo con la cultura digital, sin miedo a las preguntas difíciles y sin ansiedad por tener siempre la última palabra.En lugar de pensar en cómo volver a atraerlos al templo, tal vez debamos preguntarnos ¿qué imagen de Iglesia les estamos ofreciendo? ¿Una que exige, pero no escucha? ¿Una que señala, pero no se acerca? o ¿una que camina con ellos, también en sus dudas e inquietudes, en sus profundas búsquedas y en su modo de habitar el presente? Por tanto, no basta con que la Iglesia tenga presencia en redes, la iglesia está llamada a ser red de vínculos, de escucha, de comunidad verdadera. Una red que no encierra, sino que sostiene. Una red tejida con humanidad, paciencia y Evangelio encarnado.Porque, los jóvenes no buscan fuegos artificiales. Buscan algo o mejor, alguien que no desaparezca cuando se apague la pantalla. Y ahí, en ese anhelo callado y sincero, la Iglesia tiene todavía mucho que ofrecer... si está dispuesta a estar, mirar y acompañar con la fuerza del Evangelio.Pbro. Mauricio Rey SepúlvedaDirector del Secretariado Nacional de Pastoral Social - Cáritas Colombiana

Jue 15 Mayo 2025

Discernir La Voluntad De Dios En Medio Del Ruido Que Produce El Mundo.

Por Pbro. Mauricio Rey - Hay momentos en que el alma se cansa de tanto estímulo, de tanta opinión vestida de verdad, de tanta prisa con promesas de plenitud. Uno se detiene, a veces sin querer, y surge la pregunta que no se puede ignorar ¿Qué quiere Dios de mí en este instante de la historia? No es una curiosidad espiritual ni una frase piadosa. Es una necesidad profundamente radical. Porque vivir sin discernimiento es como navegar sin brújula: mucho movimiento, y muy poco sentido.Esa pregunta, cuando brota del fondo del corazón, tiene el peso de lo sagrado. No pide una respuesta inmediata, ni una fórmula segura. Pide camino, tiempo y silencio. Porque discernir no es elegir entre lo bueno y lo malo, eso es más bien cuestión de conciencia básica, sino aprender a reconocer lo mejor, lo más conveniente, entre las varias posibilidades buenas. Es escuchar lo que el Espíritu va diciendo en lo más íntimo de nuestra conciencia para la vida concreta, encarnada, llena de luces y sombras. Es poner el corazón frente a Dios y preguntarle con honestidad: “¿A dónde me llevas? ¿Dónde te sirvo mejor? ¿Qué estás esperando de mí, ahora, aquí, en lo que soy, en lo que hago y en lo que tengo?”Discernir es una forma de amar. Porque quien busca la voluntad de Dios no está huyendo de sí mismo, sino buscando vivir con más verdad, con más fecundidad, con más entrega. La voluntad de Dios no es un dictado externo que nos esclaviza; es una melodía interior que ordena el caos, que da sentido al camino, que revela nuestra verdad más honda. Descubrirla no es fácil, pero es siempre una experiencia liberadora. Nos saca de la dispersión y nos introduce en la unidad. Nos arranca del miedo y nos conduce a la paz.Pero esta búsqueda no se da en el vacío. Vivimos en medio de un ruido constante, no solo exterior, sino también interior. El rumor que produce el ego, el ruido provocado de la vanidad, del deseo de ser aprobados, del temor, del miedo a perder, del impulso por controlar. El discernimiento no ocurre cuando todo está en calma, sino precisamente cuando en medio del desorden, del caos, del ruido y el rumor, se decide abrir espacio para que hable Dios, con esa Voz que no grita; esa voz que no compite con las demás, esa voz que espera. Espera a que callemos lo suficiente como para poder ser escuchada. Por eso, discernir es también una forma de resistencia. Resistencia contra la prisa, contra el ruido, contra la rumorosa superficialidad. Requiere detenerse, hacer silencio, contemplar, mirar con profundidad.La voluntad de Dios no se impone. Se revela. Pero solo lo descubre quien se atreve a mirar la vida con los ojos del Espíritu. No se trata de una lógica mágica, ni de un código secreto. Dios habla en los acontecimientos, en las personas, en las heridas, en los sueños, en la historia compartida, sobre todo, habla en el corazón. No en cualquier corazón, sino en el que se deja moldear, en el que se vacía de sí mismo para llenarse del querer de Dios. Como María, la mujer que supo decir: “Hágase en mí, según tu palabra”. En ella vemos que discernir es abrirse a lo imprevisible, es dejar que la vida tome un curso nuevo porque Dios así lo ha insinuado.Hoy, donde todo se mide por la eficacia, por los resultados y la estadística de una acción, el discernimiento propone una lógica contracultural: la lógica de la fidelidad. No busca resultados inmediatos, sino frutos duraderos. A veces, lo que Dios quiere no coincide con lo que esperábamos. Nos lleva por caminos que no elegimos, pero que nos transforman desde dentro. Porque Dios no nos llama a ser exitosos, sino a ser fecundos. Y esa fecundidad se alcanza cuando se vive en sintonía con su divino querer.Sin embargo, nadie discierne en solitario. Dios ha querido que el camino de la fe sea comunitario. La Iglesia, al ser verdaderamente madre y maestra, ofrece espacios y acompañantes que ayudan a escuchar mejor, a poner nombre a lo que se mueve en el alma, a contrastar los propios deseos con el Evangelio. El acompañamiento espiritual no reemplaza la libertad, pero la purifica. Nos ayuda a no confundir nuestros anhelos con la voz de Dios. Y al mismo tiempo, nos recuerda que esa voluntad no se busca para encerrarnos en una devoción individualista, sino para enviarnos al mundo con una misión clara y generosa.Discernir la voluntad de Dios en medio del ruido del mundo es, al final, una forma de vivir despiertos. Porque quien ha escuchado a Dios no puede seguir viviendo dormido entre superficialidades. Quien ha probado su Palabra, no puede contentarse con migajas de sentido. La voluntad de Dios, cuando se acoge con humildad, da dirección, renueva la esperanza, y transforma incluso el dolor en ofrenda de corazón.Tal vez lo que más necesita nuestro tiempo no es gente perfecta, sino personas que vivan con mayor discernimiento. Personas que, sin estridencias, aprendan a preguntarse cada día: ¿Qué quiere Dios de mí hoy? ¿Dónde estoy llamado a sembrar vida? ¿Qué pasos debo dar para amar más y mejor? Esa, en el fondo, es la pregunta decisiva. Porque cuando se responde desde la fe, ya no hay ruido que apague la plenificante paz del corazón.Pbro. Mauricio Rey SepúlvedaDirector del Secretariado Nacional de Pastoral Social - Cáritas Colombiana

Vie 9 Mayo 2025

León XIV: Renovado impulso misionero en la Iglesia del siglo XXI

Por Pbro. Mauricio Rey - Con el corazón aún palpitante por la emoción y el silencio respetuoso que se apoderó de la Plaza de San Pedro, la humanidad ha sido testigo de un nuevo comienzo. El Papa León XIV, recién elegido sucesor de Pedro, ha salido al balcón no como un gobernante, sino como un hermano entre hermanos, como un pastor que llega con los pies descalzos ante el dolor del mundo, con los brazos abiertos para abrazar a todos.“Con ustedes soy cristiano, para ustedes soy obispo”, ha citado las palabras de San Agustín, con la sencillez de quien ha comprendido que el verdadero liderazgo nace del servicio humilde y comprometido. Su voz, serena y firme, ha resonado como una invitación clara, “Tenemos que buscar juntos cómo ser una Iglesia misionera que construya puentes de diálogo, siempre abierta a todos aquellos que tienen necesidad de nuestra caridad, presencia, diálogo y amor.”No es un lema. No es una frase más. Es una hoja de ruta espiritual para toda la Iglesia. El Papa León XIV nos propone una Iglesia que no se encierra en sus templos, sino que se deja tocar por las heridas del mundo. Una Iglesia que no condena desde lejos, sino que se acerca, escucha, llora, acompaña y, sobre todo, ama sin condiciones.Su primer gesto ha sido un llamado a la paz. A una paz verdadera, que nace de corazones reconciliados, de pueblos que se miran a los ojos y se reconocen hermanos. No es una paz ingenua, sino valiente. Una paz que exige renunciar al orgullo, tender la mano primero, y apostar por la reconciliación como camino y posterior meta.El Papa León XIV nos recuerda que ser Iglesia hoy significa estar en movimiento, caminar juntos entre pastores, laicos, consagrados, dejando atrás las comodidades, los miedos, los privilegios, para salir al encuentro del que está caído en el camino. Una Iglesia en salida, como tantas veces lo pidió el Papa Francisco. Una Iglesia madre, no aduana; casa abierta, no fortaleza cerrada.Y su mirada a Roma no fue casual. Con gratitud y afecto, recordó a esta ciudad como un símbolo del mundo entero. Porque Roma, con sus contrastes, sus luces y sombras, es el reflejo de lo que somos: un mosaico de humanidad que clama por sentido, por justicia, por esperanza. Y allí, en ese clamor, León XIV se hace presente como testigo de la misericordia de Dios.El nuevo Papa no ha llegado con promesas vacías. Ha llegado con el Evangelio en el corazón y con la firme convicción de que la caridad es el lenguaje más creíble de la fe. Nos anima a dejarnos transformar por el amor, a tocar las llagas de Cristo en los pobres, en los migrantes, en los descartados, en quienes viven la soledad o el rechazo.Este es el comienzo de una nueva etapa. No se trata de grandes discursos, sino de pequeños gestos cargados de fe. El Papa León XIV ha plantado una semilla, y nos toca a nosotros regarla con nuestra entrega cotidiana. Nos ha recordado que la Iglesia no tiene otro sentido sino el de ser sacramento del encuentro entre Dios y los hombres, y para ello debe estar dispuesta a abrazar a todos, especialmente a los que más necesitan consuelo, dignidad y amor.Con el papa León XIV, la Iglesia vuelve a mirarse a sí misma como discípula y servidora, como comunidad de creyentes peregrinos, unidos en la esperanza. Y eso nos renueva. Nos llama. Nos compromete. Porque la santidad de nuestro tiempo será misionera o no será. Será puente o será muro. Será luz o será silencio.Que este nuevo pontificado sea tiempo de gracia. Que caminemos juntos como Pueblo de Dios, unidos en la fe, en la esperanza y en la caridad, con la certeza de que el amor de Cristo todo lo renueva, pues tiene la potencia, la fuerza y la capacidad de hacer nuevas las cosas.Pbro. Mauricio Rey SepúlvedaDirector del Secretariado Nacional de Pastoral Social - Cáritas Colombiana

Mié 7 Mayo 2025

Inicia el Cónclave 2025: Primera fumata negra en el Vaticano y espíritu de esperanza en el mundo

Con una solemne Misa Pro Eligendo Pontifice en la Basílica de San Pedro, inició este miércoles 7 de mayo el Cónclave 2025, en el que 133 cardenales —entre ellos el cardenal Luis José Rueda Aparicio, arzobispo de Bogotá y primado de Colombia— buscarán elegir al sucesor 267 del Apóstol Pedro.La Misa Pro Eligendo Pontifice: Un llamado a la unidadLa celebración eucarística, presidida por el cardenal decano Giovanni Battista Re. El purpurado afirmó que el amor, como mandamiento central de Cristo, es el que debe guiar la elección del sucesor de Pedro, quien está llamado a ser signo de unidad, comunión y servicio desinteresado a toda la humanidad. Recordó que todo Papa sigue encarnando a Pedro y su misión, y de esa manera representa a Cristo en la tierra. Enfatizó que la elección del nuevo Papa no es una simple sucesión de personas, sino que es siempre el apóstol Pedro que regresa.El ingreso a la Capilla Sixtina: Juramento e inicio de la elecciónA las 4:00 p.m., los purpurados se trasladaron en procesión solemne hacia la Capilla Sixtina, donde —tras el cántico del Veni Creator Spiritus— prestaron juramento de secreto, conforme a lo establecido en las normas que rigen el cónclave, establecidas en la Constitución Apostólica Universi Dominici Gregis.En la Capilla Paulina (ubicada en el interior del Palacio Apostólico), todos los cardenales, vestidos con el traje coral (sotana roja, roquete blanco, esclavina roja y bonete rojo), salieron en procesión hacia la Capilla Sixtina. Junto a los 133 cardenales electores, estuvieron el Vicedecano, el secretario de la Congregación para los Obispos, el arzobispo de origen brasileño, monseñor Ilson de Jesús Montanari y algunos prelados de la cámara pontificia.Encabezados por la cruz, el coro, después el cardenal italiano Raniero Cantalamessa, quien predico la meditación antes de la primera votación. Al llegar a la Capilla Sixtina, los purpurados se ubicaron en una silla previamente dispuesta para cada uno. Después, el Cardenal Parolin, quien estará presidiendo el Cónclave, ha pronunciado en voz alta el juramento que garantiza el orden y el sano desarrollo del Cónclave. Cada uno de los cardenales prestó juramento tocando con sus manos el libro De los Santos Evangelios, lo han hecho por orden de antigüedad como cardenal. Para finalizar este solemne momento, el Maestro de las celebraciones litúrgicas, monseñor Diego Ravelli pronunció el famoso: “Extra Omnes” (expresión en latín que significa todos fuera). En el emblemático lugar se quedaron solo los purpurados electores.La primera fumata negra: espera en los tiempos de DiosTras cerca de dos horas de deliberación, hacia las 9 de la noche, una densa fumata negra emergió de la chimenea instalada en el techo de la Capilla Sixtina, indicando que no hubo elección en la primera votación. En la Plaza de San Pedro, unas 45.000 personas siguieron el momento con expectativa, congregadas bajo un frío nocturno y atentas a las pantallas gigantes que transmitían el histórico evento. Aunque algunos peregrinos albergaban la esperanza de una rápida elección, la fumata negra confirmó que el proceso podría extenderse varios días, como ha ocurrido en cónclaves anteriores. Lo que sigueEl cónclave continuará con cuatro votaciones diarias (dos por la mañana y dos por la tarde) hasta que uno de los candidatos alcance los dos tercios de los votos (89) requeridos para ser proclamado nuevo Pontífice. Si al tercer día no ocurre, tendrán un días sin elección para dedicarlo a la oración.

Vie 28 Mar 2025

Teología y doctrina al servicio de la realidad: Análisis de la verdad desde los históricamente excluidos

La Comisión y el Departamento de Doctrina de la Conferencia Episcopal dan a conocer un nuevo subsidio o documento de reflexión, en cuyos contenidos se abordan desafíos pastorales y sociales presentes en el país y en el mundo, a la luz del pensamiento teológico de la Iglesia Católica.En esta oportunidad, se trata de un artículo escrito por un grupo de profesores del programa de Teología de la Universidad San Buenaventura de la sede Bogotá. El texto, titulado “¿Verdad/mentira? Una interpretación teológica en clave de experiencia de la comunión radical de la realidad y del reconocimiento de los agentes”, propone una reflexión audaz que desmonta las dicotomías simplistas entre lo verdadero y lo falso, invitando a una lectura profunda de la realidad desde una "comunión radical" —una mirada ética y espiritual que reconoce los conflictos sociales pero también las voces silenciadas que los interpelan.La estructura del texto sigue la metodología pastoral “ver, juzgar y actuar”. Invita a cuestionar las "verdades prefabricadas" del poder y apuesta por un discernimiento colectivo, donde los agentes olvidados o “crucificados” de la historia (los excluidos, los pobres, las víctimas) son también portadores de luz.Claves del abordaje:· Verdad como praxis: No es un concepto abstracto, sino una construcción desde los márgenes, donde el grito del pobre es criterio de veracidad.· Comunión radical: Una apuesta por reconocer al otro no como problema, sino como sujeto de revelación, rompiendo con lógicas individualistas.· Agentes transformadores: El artículo destaca experiencias de comunidades que han hecho de la mentira oficial un terreno de lucha, mostrando que la verdad se encarna en la resistencia.Este marco —lejos de ser teórico— puede convertirse en herramienta para desafiar las ficciones del poder y tejer redes de esperanza. Como se señala en el texto: "No hay verdad sin justicia, ni justicia sin memoria".En un contexto como el colombiano —marcado por décadas de conflicto armado, desigualdad estructural y narrativas polarizadas— este artículo surge como una importante herramienta doctrinal y pastoral para considerar un marco teológico crítico que, lejos de evadir las tensiones sociales, las ilumine desde una ética de la comunión radical, donde la verdad no es monopolio de los poderosos, sino una construcción colectiva que involucra a todos.En contexto:A través de estos documentos de análisis que serán publicados mensualmente, los obispos que conforman la Comisión Episcopal de Doctrina y su Departamento en el Secretariado Permanente, con el apoyo de diversos teólogos, docentes y asesores, buscan aportar a la construcción de una visión crítica y esperanzadora entre la comunidad eclesial, para facilitar su discernimiento frente a los signos de los tiempos, así como responder con eficacia y caridad a los desafíos de la Iglesia y del país.