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Monseñor Luis Adriano Piedrahita: En la muerte de un gran servidor de la Iglesia
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Por: P. José Antonio Díaz Hernández - Para quienes tenemos fe en Jesucristo, sabemos que, como dice San Pablo, todo sucede para bien de los que aman a Dios (cf. Rm 8,28). Sin embargo, existen episodios en nuestra vida que nos recuerdan que aceptar esta verdad no siempre es fácil. Uno de estos episodios ha sido la muerte de nuestro Obispo.
La muerte de una persona cercana, querida, entregada y eficiente nos causa muchos interrogantes: "¿Por qué Señor? ¿Por qué ahora? ¿Por qué él, si era un Obispo que tanto bien podía hacer aún en esta vida? El lunes 11 de enero, por la tarde, Monseñor Luis Adriano Piedrahita Sandoval, gran pastor y amigo, moría, víctima del coronavirus, tras permanecer varios días en la clínica Avidanti, de Santa Marta.
Ante este acontecimiento, sometemos confiadamente nuestras preguntas al misterio de Dios, en quien creemos y esperamos. Él es el Padre del cielo, nuestro origen y nuestra meta, nuestro creador y salvador, nuestro compañero de camino y nuestro descanso eterno. Sólo Dios, insondable en sus juicios e infinito en su misericordia, puede dar la respuesta a las preguntas que dolorosamente suscita la muerte de Monseñor Luis Adriano. Los caminos de Dios son impenetrables. Sus planes no son nuestros planes y sus caminos no son los nuestros (cf. Is 55,8).
Este hombre, que se fue de este mundo, desarrolló su actividad sacerdotal propagando, fundamentalmente, la Palabra de Dios, y su legado y enseñanzas siempre estarán presentes en la vida de todos aquellos que fuimos sus discípulos.
Toda su vida, toda entera, en los diversos ministerios que como sacerdote y luego como Obispo le encomendó la Iglesia, los vivió con esa pasión misionera que le caracterizó, con el fin de dar a conocer a nuestro Señor Jesucristo y de meter en la vida de la Iglesia esa fuerza que tiene que tener también la Iglesia del Señor para anunciar siempre a Jesucristo y su Palabra. En todo lo que hizo, en lo que dijo, en lo que manifestó con su vida y criterio, fue esa pasión por dar a conocer al Señor. Toda su vida fue, sin lugar a dudas, una afirmación del sacerdocio y de la fe.
Como Obispo estuvo vinculado estrechamente a las Diócesis donde sirvió, primero como Obispo Auxiliar de Cali, y luego como Obispo de la Diócesis de Apartadó y Santa Marta (El 19 de julio de 1999 Su Santidad Juan Pablo II lo nombró Obispo Titular de Centenaria y Auxiliar de Cali, recibió su ordenación episcopal el 8 de septiembre de 1999. El 3 de julio de 2007 Su Santidad Benedicto XVI lo nombró Obispo de la Diócesis de Apartadó. El 5 de agosto de 2014 el Papa Francisco lo nombró como obispo de la Diócesis de Santa Marta, tomando posesión de la jurisdicción el 9 de octubre del 2014 en la Catedral Basílica menor de Santa Marta, el Sagrario y San Miguel). Como Obispo de nuestra Iglesia Particular se dedicó a la labor apostólica como testigo de Cristo, no sólo interesándose por los que ya siguen a Jesús, Buen Pastor, sino consagrándose totalmente a los que ya de cualquier modo perdieron el camino de la Verdad o desconocen el Evangelio o la misericordia salvadora de Cristo.
Monseñor Luis Adriano se esforzó por llevar su ministerio como un verdadero maestro de la fe a través de la predicación en las celebraciones en la Iglesia catedral o en las continuas presencias en las diferentes parroquias de la Diócesis y con diferentes grupos, a través de cartas o comunicados dirigidos a los sacerdotes o a los fieles en general con motivo de circunstancias especiales, de artículos y entrevistas de prensa, en las reuniones y retiros del clero, y especialmente a través de las visitas pastorales que las llevó de manera ordenada y exhaustivamente, cubriendo toda la geografía de la Diócesis, y en las que tuvo la ocasión de entrar en comunicación con agentes de pastoral, grupos parroquiales, comunidades educativas, asociaciones cívicas, autoridades, etc. Además de las visitas a las diferentes parroquias y centros de evangelización que el Obispo realizó frecuentemente con motivo de la celebración del sacramento de la Confirmación o de otros sacramentos, o con motivo de las fiestas patronales, que en nuestra Iglesia particular es una costumbre bastante arraigada.
Las relaciones de Monseñor Luis Adriano con los sacerdotes de la Diócesis se dieron de manera cordial y fraterna. Fue un pastor cercano. De nuestra parte, como sacerdotes, guardamos con el Obispo una actitud de amistad y de respeto. Son varias las maneras como se relacionó con los sacerdotes, a través de las reuniones del clero que suman unas cinco al año, y de los retiros espirituales anuales. En ambos encuentros se esforzó por estar siempre presente. Las visitas pastorales fue una oportunidad muy adecuada de compartir cercanamente con los sacerdotes, conviviendo con cada uno de ellos por espacio de cuatro días, además de las visitas esporádicas a las parroquias por alguna necesidad. De manera especial se relacionó con los sacerdotes por medio del contacto personal, del celular o de los medios virtuales, que ahora son tan útiles. Siempre estaba dispuesto a atender por cualquiera de estos medios los requerimientos y necesidades de sus presbíteros. Es de destacar, que en este tiempo de pandemia, Monseñor Luis Adriano estuvo cercano a su presbiterio atendiendo, incluso, las necesidades espirituales y materiales de cada sacerdote.
Su partida ha dejado entre nosotros los frutos abundantes de quien, como san Pablo, ha “corrido bien la carrera” (cf. 2 Tm 4,7). Sus casi cincuenta años de sacerdocio, estuvieron marcados por una profunda vida de oración, la devota celebración de la Santa Eucaristía y la infatigable atención a las necesidades espirituales de tantos hombres y mujeres que acudían a él para reconciliarse con Dios mediante el sacramento de la confesión o buscar consuelo y sabiduría mediante la dirección espiritual y la formación teológica.
No hay palabras para expresar nuestro dolor y consternación, y el de todos sus compañeros y amigos, por su fallecimiento. Es increíble pensar que ya no le volveremos a ver y a tener entre nosotros; pero Dios no se equivoca, le tenía una mejor misión allá con Él, le necesitaba junto a Él, y no cabe duda que el cielo lo recibió con aplausos.
Sin mayores pretensiones, Monseñor Luis Adriano, nos mostró a lo largo de su vida, la autenticidad de una vida sacerdotal que es modelo a seguir. Pasando por altos y bajos, éxitos y aparentes fracasos; pero sin perder el entusiasmo de amar a Dios y a los demás, en un servicio desinteresado y rico en frutos de vida eterna.
Esta fe que compartimos con él, no nos evita el dolor y el sufrimiento, como no le evitó a Cristo en la cruz. En este punto, me permito remitirme a unas palabras del Evangelio, citadas por Monseñor, unos minutos antes de ser intubado, y que estoy seguro que se identificó con ellas. Me dijo, “José Antonio acércate: puedo expresar la oración de Jesús en Getsemaní: ‹‹Padre mío, si es posible, pase de mí esta copa, pero no sea como yo quiero, sino como quieras tú››” (Mt 26,39). La humanidad de Jesús se estremece ante la muerte. El amor a la vida, connatural a la naturaleza humana, le hace reaccionar violentamente contra la muerte. Pero por encima de esto, obra en Él la absoluta confianza que ha puesto en su Padre, y resuelve el trance con su obediencia filial a la voluntad de quien lo ha enviado al mundo para mostrar un amor que no se detiene ni ante la muerte para salvar a todos sus hijos e hijas.
Que la Eucaristía, que es el sacramento de la Pascua de Jesucristo, nos una a todos en una plegaria por este maravilloso pastor. Él fue ungido por el sacramento del Orden para bendecir y perdonar, anunciar la esperanza y acoger a los desalentados. Dios le dé ahora su recompensa. La Madre de Dios, muestre ahora a Monseñor Luis Adriano el fruto bendito de su seno. ¡Que María custodie nuestra esperanza!
P. José Antonio Díaz Hernández
Presbítero de la Diócesis de Santa Marta
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La fe, un camino que abre al encuentro con Jesús
Por Mons. José Libardo Garcés Monsalve - Este año de gracia del Señor, al celebrar 70 años de vida diocesana, somos convocados a seguir en el anuncio gozoso del Evangelio de Nuestro Señor Jesucristo, con el lema pastoral: “vayan y hagan discípulos” (Mt 28, 19), transmitiendo el don de la fe a muchas personas y al interno de sus familias, para formar comunidades eclesiales misioneras que se abran al encuentro con Jesús, recorriendo un camino de fe que transforme cada corazón, cada familia y cada comunidad parroquial.Es importante tener claro que la evangelización en nuestra Diócesis, durante todos estos años, ha tenido como misión la transmisión de la fe a muchas personas; la fe se presenta como luz que ilumina la mente y el corazón, para recibir a Jesucristo como el salvador del mundo. La fe que profesamos y transmitimos es un camino que abre al encuentro con Jesús y nos permite vivir de una manera distinta la misión y el caminar en el mundo. Hoy más que nunca se hace necesario un encuentro con Jesús, para combatir la división y la violencia que afecta a tantas personas, familias y a nuestra región.Con Jesucristo al centro de las personas y de las familias, la vida se hace más llevadera, aún con los dolores y los sufrimientos, con las alegrías y aciertos, van ayudando al crecimiento y fortalecimiento de la fe en el hogar, ya que “la presencia del Señor habita en la familia real y concreta, con todos los sufrimientos, luchas, alegrías e intentos cotidianos. Si el amor anima esa autenticidad, el Señor reina allí con su gozo y su paz” (Amoris Laetitia 315); de tal manera que la vida familiar se fortalece con la fe en el Señor Jesús que unifica el hogar.Una familia cristiana, donde los padres han entendido la misión que Dios les ha confiado de dar la vida, protegerla y custodiarla, ayudando a los hijos en su formación y desarrollo, se hace servidora del Señor, anunciadora del Evangelio, que sirve a otros hogares que pueden estar en dificultades, a centrar su vida en el Señor.Aparecida reconoce esta misión de los padres cuando afirma: “el gran tesoro de la educación de los hijos en la fe consiste en la experiencia de una vida familiar que recibe la fe, la conserva, la celebra, la transmite y la testimonia. Los padres deben tomar nueva conciencia de su gozosa e irrenunciable responsabilidad en la formación integral de los hijos” (DA 118), convirtiéndose en servidores del Señor, discípulos misioneros, que comunican dentro y fuera del hogar el Evangelio, cumpliendo con el mandato misionero del Señor: “vayan y hagan discípulos” (Mt 28, 19).El cristiano y la familia que edifican su vida sobre la roca firme de Jesucristo, recibirán la fuerza diaria para afrontar los desafíos y tareas en la misión que han recibido de Dios y podrán también convertirse en luz que ilumina el caminar de otros creyentes y otras familias, que entran en desánimo y pierden el fervor en continuar con la lucha diaria, porque “la familia, hoy sobre todo, tiene una especial vocación a ser testigo de la alianza pascual de Cristo, mediante la constante irradiación de la alegría del amor y de la certeza de la esperanza, de la que debe dar razón. La familia cristiana proclama en voz alta tanto las presentes virtudes del Reino de Dios como la esperanza de la vida bienaventurada” (Familiaris Consortio 52), incluyendo el testimonio cristiano al abrazar la cruz del Señor y contemplarla en medio de las dificultades que se viven en cada hogar. Esto es posible por la fe firme de un hogar que se abre al encuentro con Jesús.La fe recibida en el corazón de cada creyente y en el seno de cada hogar es luz que ilumina la existencia de cada uno y se irradia en su entorno, dando frutos de caridad que ayuda a permanecer y perseverar en la gracia de Dios, iluminados por Jesucristo, luz que alumbra el camino de cada uno; por tanto, “es urgente recuperar el carácter luminoso de la fe, pues cuando su llama se apaga, todas las luces acaban languideciendo. Y es que la característica propia de la luz de la fe es la capacidad de iluminar toda la existencia del ser humano. Porque una luz tan potente no puede provenir de nosotros mismos; ha de venir de una fuente más primordial, tiene que venir, en definitiva, de Dios” (Lumen Fidei 4). Abiertos a la fe en Jesucristo podemos ir a su encuentro y resolver la vida diaria desde el perdón, la reconciliación y la paz.Los desafíos son grandes porque no es fácil hacer frente en el momento actual, a todas las situaciones de adversidad por las que atraviesa el mundo. Sin embargo, cuando tenemos conciencia que Jesucristo ilumina y unifica la vida personal y familiar, podemos seguir adelante, abiertos a la gracia de Dios y al don que viene de lo alto que nos fortalece, alienta, nos llena de esperanza y nos da la certeza que “la presencia invocada de Cristo a través de la oración en familia nos ayuda a superar los problemas, a sanar las heridas y abre caminos de esperanza” (DA 119). Entonces tenemos la certeza de que no, estamos solos en la vivencia de la fe, ya que la gracia de Dios y la compañía de la Iglesia, nos ayudan a fortalecer la fe que permite vivir con la gracia y la bendición de Dios.Convoco a todos las personas y familias a encontrar unos minutos cada día para estar unidos ante el Señor, rogar por las necesidades familiares, orar por los miembros del hogar que estén pasando situaciones difíciles, pedirle el don de la paz, darle gracias a Dios todos los días por la vida y todo lo que acontece en la familia. Pongamos la vida personal y familiar bajo la protección y amparo de la Santísima Virgen María, en todas las circunstancias de la existencia, aún en los momentos de cruz. Que el Glorioso Patriarca San José, unido a la Madre del cielo, alcancen de Nuestro Señor Jesucristo la fortaleza en la fe como camino que nos abre a su encuentro, para vivir en el hogar iluminados y unificados por Él.En unión de oraciones, reciban mi bendición.+José Libardo Garcés MonsalveObispo de la Diócesis de Cúcuta
Lun 16 Feb 2026
"El amor nos hace pasar de la muerte a la vida": Mensaje en los 60 años de la muerte del Padre Camilo Torres
Por Cardenal Luis José Rueda Aparicio - Han pasado sesenta años desde la muerte del padre Camilo Torres Restrepo. A pesar de los profundos y vertiginosos cambios vividos en estas décadas, Colombia sigue anhelando la paz plena y la justicia social que dignifique la vida de todos.La inhumación de sus restos es un gesto que reconoce la dignidad inviolable de toda vida humana, cuya sangre derramada clama al Creador (Cf. Gn 4,10). Su memoria nos remite al rostro de todas las víctimas del conflicto armado en Colombia. Ellas nos recuerdan que la violencia y la guerra son siempre un fracaso humano y una herida abierta en el corazón de la Nación.Somos testigos del dolor profundo que acompaña a tantas familias que han perdido a sus seres queridos. En medio de ese sufrimiento, solo la esperanza en Cristo Resucitado nos sostiene y nos impulsa a seguir caminando juntos. Estamos llamados a vencer el mal con la fuerza del amor, con la certeza de que "sus llagas nos han curado" (1 Pe2,24) y de que la cruz de Cristo es, en definitiva, la negación de toda violencia y la proclamación de una vida nueva.Como discípulos misioneros, estamos dispuestos a acoger el clamor de los pobres y a construir una sociedad donde aprendamos a "compartir la mesa de la vida de todos los hijos e hijas del Padre, mesa abierta e incluyente, en la que no falte nadie" (Documento de Aparecida, Mensaje final, 4).La Iglesia ora por el eterno descanso del padre Camilo y ruega al Señor por el fin definitivo de toda forma de violencia en Colombia. Al mismo tiempo, nos exhorta a trabajar sin desfallecer por la justicia social, en el marco del Estado Social de Derecho, conscientes de que las causas de la violencia se enraízan también en estructuras de pecado que debemos transformar con la fuerza del Evangelio.Solo el amor fraterno es fundamento verdadero de reconciliación y unidad como Nación. Solo el amor hace posible el encuentro y el diálogo. Solo el amor nos dispone a respetar la vida de quien piensa distinto. Solo el amor abre caminos hacia una "paz desarmada y desarmante" (Papa León XIV)Hoy renovamos nuestra esperanza: el amor nos hace pasar de la muerte a la vida.Mensaje oficialCardenal Luis José Rueda AparicioArzobispo de Bogotá y Primado de Colombia15 de febrero de 2026
Lun 16 Feb 2026
El sentido de la política
Por Mons. Ricardo Tobón Restrepo - Es un hecho que a todos nos preocupa la situación del país. Habría que ser ciego para no percibir la fatiga, las expectativas, las frustraciones, los temores e incluso la ira que tantas personas expresan ante la realidad social y política que vivimos. En las últimas décadas, dentro de las circunstancias que vive el mundo y tratando de afrontar el presente y prever el futuro, hemos experimentado en Colombia desafíos, búsquedas, transformaciones, inestabilidad, sin logar tener un plan nacional consistente y estable, que haga posible el desarrollo integral en la libertad, la justicia y la solidaridad.Los católicos, como ciudadanos que experimentamos esta realidad e incertidumbre, que debemos estar comprometidos con el bien común y que hemos sido llamados particularmente a vivir como miembros de un pueblo, no podemos quedarnos inconscientes o indiferentes ante todo lo que afecta la dignidad de las personas y el futuro de la comunidad humana. Por tanto, debemos sentirnos responsables hoy cuando vemos el tejido social fracturado, los cimientos de las instituciones en tela de juicio, la violencia siempre presente y el avance de la mentira y la corrupción al servicio de intereses particulares.Una evaluación lúcida de lo que vivimos y un compromiso serio con la misión del país nos deben llevar a redescubrir el sentido de la política. La crisis de confianza entre los ciudadanos y sus gobernantes tiene su origen en las ambiciones personales excesivas, las maniobras electorales, las promesas incumplidas, la falta de formación de la clase política, la ausencia de un plan común a largo plazo, el comportamiento populista. No es posible soñar un mundo ideal, menos cuando nuestros políticos son los que hemos hecho entre todos y a los que, a la vez, cada uno pide satisfacer sus propios intereses.Si la política atraviesa una grave crisis es porque algo esencial se ha perdido. La vida comunitaria no puede prescindir de la política, que afirma la existencia de una “comunidad” que trasciende los intereses particulares y define las mejores condiciones para que el ejercicio del poder esté realmente al servicio de la vida social. En los países democráticos este poder se da en las elecciones, pero éstas deben estar iluminadas y conducidas sólo por la búsqueda del bien común, por la selección de las personas más competentes, por la garantía de la institucionalidad y por la decidida cooperación de todos.Nuestro país, como todos lo sabemos, tiene un gran potencial en distintos campos. Hay creatividad para el dinamismo económico y para diversas iniciativas solidarias. Hay experiencias y estructuras construidas con sabiduría y esfuerzo. Hay una gran reserva moral y capacidad de generosidad. Sin embargo, hay ausencias de liderazgos fuertes, hay una tendencia a multiplicar y cambiar leyes pensando que ellas por sí solas lo resuelven todo, hay manipulación de la realidad y aun de las personas a través del uso de las redes sociales, hay vacíos en el campo ético por un predominio nefasto del egoísmo y el individualismo.Lograr un verdadero y efectivo proyecto social no puede hacerse con la simple yuxtaposición de propuestas según determinados intereses. La política debe afrontar ante todo la cuestión de sentido. No para decir a todos lo que se debe pensar, sino para asegurar un horizonte que mantenga unido y comprometido a todo el país, para garantizar que ninguno sea rechazado o se excluya de esta empresa que nos necesita a todos. La cuestión de sentido ha desaparecido de la política al reducirla a proteger y proporcionar derechos individuales cada vez más amplios en una realidad colectiva.Así resulta más difícil articular la sociedad, un “nosotros” que no elimina el “yo”, sino que le otorga su puesto y su misión. La convivencia y la participación de todos en una obra común requieren más que un discurso gerencial. Por tanto, antes de un período de elecciones tenemos que pensar no sólo en elegir unas personas, sino en escoger un modelo de país que sea bueno para todos. Esto supera el simplismo con que a veces enfrentamos las cosas; nos pide producir pensamiento, conducir una verdadera educación ciudadana, proponernos una renovación moral y abrirnos todos a una dimensión trascendente de la vida. Con esos presupuestos y para mantenerlos, se eligen los mejores.+ Ricardo Tobón Restrepo Arzobispo de Medellín
Vie 6 Feb 2026
La esperanza de un nuevo año pastoral
Por Mons. Ricardo Tobón Restrepo - Estamos dando comienzo en nuestra Arquidiócesis a los programas de un nuevo año pastoral. Ayer, dentro de la solemnidad de Nuestra Señora de la Candelaria, le hemos pedido a nuestra madre y patrona que intervenga para que podamos realizar con fe, comunión y frutos apostólicos el Plan de Pastoral que juntos hemos construido. Para asumir y vivir este momento, nos resulta muy útil tener presentes las reflexiones y recomendaciones que el papa León XIV ha hecho, el 19 de septiembre de 2025, en un discurso dirigido a la Diócesis de Roma precisamente al comenzar allí el año pastoral. Admira ver cómo el análisis y las propuestas llegan oportunos a nuestra realidad y propósitos.El Papa comienza pidiéndole a su diócesis que se abra al Espíritu que suscita la esperanza de una renovación eclesial capaz de revitalizar las comunidades para que crezcan en el camino evangélico, en la cercanía a Dios y en la presencia de servicio y testimonio. Luego añade: “El fruto del proceso sinodal…ha sido ante todo el impulso a valorizar los ministerios y carismas, apoyándose en la vocación bautismal, priorizando la relación con Cristo y la acogida de los hermanos, empezando por los más pobres, compartiendo sus alegrías y tristezas, esperanzas y luchas. De esta manera se destaca el carácter sacramental de la Iglesia”.Después, para inducir la forma de proceder, hace un análisis de la realidad de la Diócesis de Roma, que vale también para nosotros, indicando que debemos ser capaces “con la gracia de Dios de realizar obras evangélicas en un contexto eclesial marcado por numerosos desafíos, especialmente en la transmisión de la fe, y en una sociedad necesitada de profecía, con numerosos y crecientes casos de pobreza económica y existencial, con jóvenes a menudo desorientados y familias con frecuencia agobiadas”. Esto implica desarrollar un estilo que valore los dones de cada persona y entienda el rol del liderazgo, para que, en la comunión, se superen las oposiciones y los aislamientos.A continuación, indica que esto en términos concretos significa trabajar por la participación activa de todos en la vida de la Iglesia, señalando en este sentido la importancia de los órganos de comunión, que deben ser fortalecidos o creados si no existen. En este sentido, debemos pensar nosotros concretamente en los consejos pastorales parroquiales. Pues, como enseña el Papa, “estos ayudan al Pueblo de Dios a ejercer plenamente su identidad bautismal, a fortalecer el vínculo entre los ministros ordenados y la comunidad, y a guiar el proceso desde el discernimiento comunitariohasta las decisiones pastorales”.Habla también el Papa de las agrupaciones u organismos que conectan diferentes dimensiones de la vida pastoral y de los sectores pastorales como los que se dan entre parroquias vecinas. Advierte que existe el riesgo de que estas entidades pierdan su función como instrumentos de comunión y se reduzcan a tener algunas reuniones, para luego volver a la práctica de una pastoral de forma aislada según los límites parroquiales o los propios planes. Esto, evidentemente, tiene aplicación en nuestros arciprestazgos y en nuestras áreas de pastoral, donde necesitamos hacer un discernimiento comunitario, vivir la común responsabilidad bautismal, planificar juntos y promover iniciativas pastorales compartidas.Además, el Papa propone tener tres objetivos concretos. El primero, fortalecer la relación entre iniciación cristiana y evangelización, yendo más allá de un enfoque escolástico de la catequesis, acogiendo bien a los adultos que buscan los sacramentos y formando bien los catequistas. El segundoobjetivo es dar participación a los jóvenes y a las familias; esto conlleva una acogida empática, caminos personalizados según las situaciones vitales y estar atentos a nuevos aprendizajes. El tercer objetivo que recomienda es la formación a todos los niveles; no podemos engañarnos, afirma, pensando que en la situación que vivimos el simple continuar con algunas actividades tradicionales mantendrá vivas nuestras comunidades cristianas.Qué bueno poder motivarnos para dar el mejor impulso a este nuevo año pastoral con las orientaciones del Sucesor de Pedro, que nos garantizan fidelidad y unidad dentro del proyecto de Dios. Como también lo pide él, incrementaremos la formación en el conocimiento bíblico, la práctica litúrgica, el ejercicio de la ciudadanía, el acompañamiento del sufrimiento mental y la promoción de la justicia social. Así, nuestra Iglesia particular seconvertirá “en un seno que inicia a las personas en la fe y en un corazón que busca a quienes la han abandonado”.+ Ricardo Tobón Restrepo Arzobispo de Medellín