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Para que sean plenamente uno (Jn 17,23)
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Por: Mons. Omar de Jesús Mejía Giraldo - Carta Pastoral - Saludo fraterno a los Señores Obispos de la Provincia Eclesiástica recién conformada por el Santo Padre, el Papa Francisco. Saludo cordial a los hermanos Sacerdotes de la Provincia. Saludo de Pastor a los Religiosos (as), Seminaristas, Laicos. Saludo a todos los hombres y mujeres de buena voluntad que conforman la nueva Provincia Eclesiástica de Florencia con identidad amazónica.
“Para que sean plenamente uno”. Así se expresa Jesús en su oración conocida como la oración sacerdotal (Cf Jn 17). Nuestra tarea es: desde la diversidad orar, evangelizar, trabajar, impulsar…, la unidad. Escuchemos el sentir de la Iglesia: “Para promover una acción pastoral común en varias Diócesis vecinas, según las circunstancias de las personas y de los lugares, y para que se fomenten de manera más adecuada las recíprocas relaciones entre los Obispos diocesanos, las Iglesias Particulares se agruparán en Provincias Eclesiásticas delimitadas territorialmente” (Código de Derecho Canónico, 431, 1).
La biodiversidad amazónica, nos da píe para pensar también en la diversidad cultural que se ha gestado en este bello territorio de la amazonia colombiana. Esta diversidad nos enseña que todos tenemos derecho a existir y a ser diferentes. La diversidad para la Iglesia no puede ser un problema, todo lo contrario, es una bendición, así lo expresaba precisamente San Pablo: “Hay diferentes dones espirituales, pero el Espíritu es el mismo. Hay diversos ministerios, pero el Señor es el mismo. Hay diversidad de obras, pero es el mismo Dios quien obra todo en todos. La manifestación del Espíritu que a cada uno se le da es para provecho común” (1Cor 12,4-7).
“Para que sean plenamente uno”. Ser uno. Sentir el gozo de la diversidad, pero luchando por la unidad, éste es el querer de la Iglesia en cabeza del Papa Francisco. Éste tiene que ser el sentir y el gozo de nosotros los Obispos de: Florencia, Mocoa - Sibundoy, San Vicente del Caguán, Leticia, Puerto Leguízamo - Solano, Inírida y Mitú. Ser uno, sentir el gozo de la hermandad en la fe, éste debe ser el gozo y la alegría de quienes entregamos la vida en la misión evangelizadora de la amazonia colombiana. Ser uno, sentir la alegría de hacer parte de la agenda del Papa y de la Iglesia universal tiene que ser la fuerza que nos impulsa a trabajar por la unidad en este bello territorio en el cual queremos seguir sembrando la semilla del Reino de Dios, con limpieza y trasparencia de corazón, con honestidad y rectitud, con respeto y responsabilidad.
“Para que sean plenamente uno”. De verdad y de todo corazón, queremos decirles a los diversos pueblos que conforman nuestra amazonia, con absoluta libertad queremos seguir proponiéndoles el Evangelio como el camino para la unidad. Escuchemos al Papa Benedicto en Aparecida:
“La fe en Dios ha animado la vida y la cultura de estos pueblos durante más de cinco siglos. Del encuentro de esa fe con las etnias originarias ha nacido la rica cultura cristiana de este continente expresada en el arte, la música, la literatura y, sobre todo, en las tradiciones religiosas y en la idiosincrasia de sus gentes, unidas por una misma historia y un mismo credo, y formando una gran sintonía en la diversidad de culturas y de lenguas. En la actualidad, esa misma fe ha de afrontar serios retos, pues están en juego el desarrollo armónico de la sociedad y la identidad católica de sus pueblos” (Discurso inaugural, mayo 23 de 2007).
“La Iglesia no crece por proselitismo, crece por atracción; la atracción testimonial de este gozo que anuncia Jesucristo. Ese testimonio que nace de la alegría asumida y luego transformada en anuncio. Es la alegría fundante. Sin este gozo, sin esta alegría, no se puede fundar una Iglesia, una comunidad cristiana. Es una alegría apostólica, que se irradia, que se expande” (Francisco, en la Misa de acción de gracias, por la canonización de San José de Anchieta, el evangelizador de Brasil, abril 24 de 2014). Alegría, gozo, fiesta…, son expresiones que, de muchos sacerdotes, religiosos (as), laicos y muchas otras personas se han escuchado por la creación de la nueva Provincia Eclesiástica. Esta es la alegría que invito a todos mis hermanos misioneros y evangelizadores a compartir con todos los pobladores de nuestra región amazónica. Alegría que hemos de vivir de cara a la Iglesia universal.
Hermanos, todos: Indígenas, afro - descendientes, campesinos, colonos, empresarios, dirigentes, políticos, líderes sociales, partidos políticos…, sintámonos convocados por el evangelio a cuidar nuestra “casa común”. Esta maravillosa casa, Dios nos la ha entregado para que la administremos con “fidelidad y prudencia” (Cf Lc 12,32-48). No nos cansemos de trabajar por nuestra “casa común”, ella es “nuestra hermana”, escuchemos al Papa: “Esta hermana clama por el daño que le provocamos a causa del uso irresponsable y del abuso de los bienes que Dios ha puesto en ella. Hemos crecido pensando que éramos sus propietarios y dominadores, autorizados a despojarla” (Cf Laudato Si, 2). Entre todos démonos a la tarea de trabajar buscando siempre el bien común y no nuestros intereses personales inspirados en la avaricia, la ambición y el deseo de poder.
Como nueva Provincia Eclesiástica, con rostro amazónico, tenemos la enorme tarea de escuchar la voz de Dios que siempre nos habla y se manifiesta sobre todo a través de los más pobres e invisibles. Nos insiste precisamente Francisco: “Cada cristiano y cada comunidad discernirá cuál es el camino que el Señor le pide, pero todos somos invitados a aceptar este llamado: salir de la propia comodidad y atreverse a llegar a todas las periferias que necesitan la luz del Evangelio" (Exhortación Apostólica Evangelii Gaudium, 20).
Como Iglesia con rostro amazónico, tenemos que sentirnos todos convocados a escuchar la voz de Dios que nos dice: “He visto el sufrimiento de mi pueblo…” (Cf Ex 3,7-9), y desde ese sufrimiento, leer el querer de Dios en cada una de nuestras Jurisdicciones que hacen parte de nuestra Provincia. Como Iglesia y junto con toda la sociedad, debemos discernir, a la luz de la Palabra y a la luz de cada momento histórico la voluntad de Dios para los pueblos amazónicos. Como Iglesia debemos actuar, así: “hacer amanecer la palabra en las obras” (Petición de los indígenas en el pre - sínodo. Bogotá, agosto, 13-14, 2019).
Como Provincia Eclesiástica tenemos el reto de hacer realidad las ideas que tantas personas han soñado, cuando empezaron a gestar la identidad territorial de la Iglesia en la amazonia. Debemos pasar de las ideas, las emociones y los sentimientos a lo real. Nuestra gran misión será acompañar a todas las comunidades insertas en la amazonia, sin distinción de credo, raza o clase social, pero sí, con identidad. Somos Iglesia y como tal nuestro gran desafío es la unidad: “Para que sean plenamente uno”. Nuestro camino evangelizador y nuestro acompañamiento a los pueblos, comunidades y ciudades de la amazonia, debe estar inspirado en la oración constante. Jesús mismo nos enseña que nuestra oración debe ser universal. Decir: “Padre Nuestro”, es sentir el gozo y la alegría de ser hermanos. Nuestra misión exige compromiso, sacrificio, entrega… Nuestra tarea misionera en la amazonia colombiana, la debemos seguir inspirando en la gracia y en la bendición de Dios, como la han realizado nuestros antepasados. Como Iglesia, conocemos la realidad y los grandes desafíos de hoy, sin embargo, no podemos ser profetas de la desesperanza y la destrucción; como Iglesia, hagamos el esfuerzo y tengamos la convicción y la virtud de ser sobre todo profetas de la esperanza. La obra es de Dios. Es Él quien nos ha llamado a ser parte de esta Iglesia que peregrina en este “instante vital” en la amazonia. Si Dios nos ha puesto aquí, es porque conoce nuestro corazón y sabe que nuestra misión será, realizar con fe, amor y entusiasmo, su santa voluntad.
Ciertamente, tenemos enormes retos: Abogar por el cuidado de la casa común; la conservación del bioma amazónico; acompañar y hacer seguimiento a todo los proyectos de desarrollo en nuestro territorio; propiciar ambientes fraternos y de paz, donde se garantice la vida como don de Dios y como valor esencial que da fundamento a todos los demás derechos; luchar por la conservación de los bosques tropicales, allí está la vida, de éstos depende gran parte de la vida del planeta, ésta es una enorme tarea que tiene repercusión nacional, pero también global, recordemos el siguiente principio: “Somos un todo y todo está interconectado”. Nuestro compromiso tiene que ser al estilo del evangelio, recordemos la Palabra: “He venido para que tengan vida y la tengan en abundancia” (Jn 10,10). La vida es un todo. Tenemos la enorme tarea de impulsar la conservación y la buena utilización del agua, el medio ambiente, la biodiversidad… Hemos de propiciar e impulsar con fuerza evangelizadora el sentido sacro de la vida, desde que nace hasta que termina como obra de Dios. La vida es un don de Dios.
Somos Iglesia con rostro amazónico y como tal es justo y necesario aprovechar este bello momento histórico para agradecer de corazón a tantos Misioneros y Misioneras, que han hecho su aporte generoso, para que hoy seamos lo que somos. Gratitud inmensa a tantos hombres y mujeres, religiosos, (as) y laicos que con rectitud y honestidad de corazón han gastado sus vidas en estas bellas tierras de la amazonia colombiana. Gratitud a la Iglesia como un todo: “La presencia significativa de la Iglesia católica, sus compromisos y avances de esta institución social y religiosa, más allá de sus intenciones evangélicas y catequizadoras, ha sido una fuerza poderosa que ha caminado y construido sociedad y cultura con el pueblo y ha sido profundamente solidaria con sus esperanzas, angustias, temores y alegrías” (Gabriel Perdomo. Historiador de la Universidad de la Amazonia, julio 24 de 2019).
Hoy somos Provincia Eclesiástica de Florencia, Iglesia con rostro amazónico; es un momento histórico valiosísimo, significativo y oportuno para detenernos a admirar a quienes como Obispos han sembrado y gestado el Reino de Dios en este vasto territorio de la amazonia. Hoy y siempre, como Iglesia y como sociedad civil, queremos admirar también a tantos sacerdotes que han entregado su ser por el bien de todos y la salvación integral de quienes han hecho y seguimos haciendo parte de la amazonia. Este es un momento significativo para valorar el enorme potencial vocacional que posee la Iglesia en la amazonia colombiana. Estimados sacerdotes, vivamos con alegría nuestra identidad sacerdotal. Ciertamente reconocemos un valioso avance en vocaciones nativas, pero necesitamos fortalecer nuestra identidad vocacional. Esto lo lograremos en la medida que como consagrados vivamos con alegría, gozo y fuerza espiritual nuestro ministerio. Somos para Dios y desde Dios somos para los demás. Nuestro ministerio ha comenzado en la mañana de nuestra ordenación y terminará en la tarde de nuestro funeral. Nuestra misión es hacer el bien sin mirar a quien, con Santa Teresita podríamos decir: “Quiero pasar el cielo haciendo mucho bien sobre la tierra”. Con quiénes estemos y dónde estemos seamos lo que prometimos ser. El mundo nos necesita sacerdotes, existencialmente sacerdotes.
Como Provincia Eclesiástica, es digno y justo, agradecer y admirar, la Vida Consagrada. En la amazonia, han ofrendado la vida muchísimas religiosas. A ellas admiración infinita, por su entrega generosa. Una religiosa, con su bondad, con su generosidad, con su ser y presencia misma…, nos está diciendo que un mundo mejor sí es posible. Como Iglesia con rostro amazónico les ofrecemos nuestro cariño y afecto. Una petición de corazón y con sentido de admiración: le pedimos a las madres Generales y Consejeras, por favor, en sus procesos de reestructuración, miren las periferias de la amazonia, las queremos, las necesitamos. Estimadas religiosas, ustedes son para nuestras comunidades y pueblos la presencia del mismo Dios que asume el rostro femenino, para realizar su obra evangelizadora, unida a la promoción humana integral. Muchas gracias por su entrega generosa.
Estimados laicos a ustedes también nuestra gratitud y admiración. Ustedes son el número más grande y significativo de la Iglesia, con ustedes y para ustedes queremos seguir siendo Iglesia. Queridos laicos integrantes de las diferentes culturas que conforman nuestra Iglesia amazónica, están cordialmente invitados para que juntos: pastores y pueblo santo, caminemos hacia la unidad. “Seamos plenamente uno” (Cf Jn 17,23). Unidos somos más. La unidad debe estar por encima de cualquier conflicto. La unidad desde Dios y entre nosotros, será quien le dé consistencia a nuestra naciente Provincia Eclesiástica.
Un aspecto más que decir: como Iglesia con rostro amazónico, tenemos una gran responsabilidad. Junto con el Papa Francisco y con toda la Iglesia, sigamos buscando, “nuevos caminos para la Iglesia y para una ecología integral”, en la amazonia colombiana. Hagamos equipo, trabajemos unidos, caminemos juntos. La amazonia es diversa, pluri - étnica y pluri - religiosa…, todo esto nos exige el sabernos ubicar en un nuevo contexto evangelizador, quizás aún, nos exija cambios estructurales y luchar contra los nuevos colonialismos. No sintamos miedo, Dios siempre nos acompaña, Jesús resucitado sigue actuando entre nosotros y como a los discípulos en el día de la resurrección también a nosotros nos dice: “¡La paz esté con ustedes!” Dicho esto, les mostró las manos y el costado. Los discípulos se alegraron mucho al ver al Señor” (Jn 20,19-20). Tenemos un imperativo moral y ético para asumir hoy como mandato de Dios y de la Iglesia. Escuchemos a Francisco: “Hago una invitación urgente a un nuevo diálogo sobre el modo como estamos construyendo el futuro del planeta. Necesitamos una conversación que nos una a todos, porque el desafío ambiental que vivimos, y sus raíces humanas, nos interesan y nos impactan a todos” (Laudato Si, 14).
El compromiso ético de la Iglesia en la amazonia, pasa por el compromiso y el servicio a una causa común, donde luchemos por la protección del ecosistema, la fauna, las aguas y desde luego por los derechos de sus pobladores. El Papa Francisco, nos convoca a una responsabilidad individual, es válido entonces, a manera de conversión, revisar nuestro estilo de vida. Pero también se nos invita a una responsabilidad colectiva, por eso, adquiere sentido una Provincia Eclesiástica; eso implica que al “caminar juntos” hagamos, tanto a la Iglesia, como al Estado y al mundo entero, propuestas realizables y proyectos en común que nos ayuden a ser parte de la solución y no parte el problema.
Como Iglesia con rostro amazónico, comencemos desde ya un gran debate social positivo y propositivo. Impulsemos una pedagogía social, en donde tengamos en cuenta el actual avance de los Medios de comunicación y las redes sociales. Aprovechemos las autopistas acuáticas que nos comunican, junto con todos los demás medios que nos ha traído la modernidad y hagamos de nuestra amazonia un solo corazón, luchando por unir incluso a los pueblos vecinos que nos circundan, aunque pertenezcan a otro país. La amazonia es una sola, la vida es una sola, el interés por hacer el bien es uno solo, el evangelio es uno solo. Dios es uno. A través de Jesús, el Señor, Dios Padre, nos sigue diciendo: “Sean plenamente uno”.
La amazonia es un gran patrimonio, que muchos, por su afán de lucro, no alcanzan a descubrir su enorme valor. Como Iglesia sigamos impulsando un proceso de “alfabetización”, que llegue a esferas nacionales e internacionales y digamos, que la amazonia es un enorme patrimonio, al que debemos cuidar, si queremos preservar la vida en el planeta. No podemos desconocer la diversidad, pero desde la diversidad luchemos por la unidad. Tomemos conciencia y en la medida de lo posible contémosle al mundo que la amazonia es el gran “termostato que regula la vida de nuestro planeta”.
“He venido a sanar a quienes tienen destrozado el corazón” (Cf Lc 4,19), así define san Lucas la misión de Jesús. El mundo está herido. Como seres humanos vivimos constantemente heridos. El planeta también está herido. Es urgente renunciar a la “cultura del todo vale” y esto con fines meramente lucrativos. Impulsados por la teología de la creación es necesario generar entre nosotros la “cultura del regalo, de la gracia, del sentido de la providencia”. Dios nos ha regalado el mundo para que en él construyamos y promovamos un desarrollo humano sostenible, que partiendo de la diversidad nos impulse a la unidad. Enorme tarea: desde la diversidad buscar la unidad.
Como Iglesia con rostro amazónico, no podemos perder el puesto de ser los abanderados de la educación. A través de la pedagogía y la didáctica, aprovechando todos los medios sociales de comunicación y a través de las redes sociales, con estrategias formativas, podemos seguir llegando al corazón de las personas en la amazonia e insistir en la protección de la casa común. Recurramos a las entidades que poseen la misión de investigar sobre el tema amazónico para que compartan con nosotros sus conocimientos y así con certeza y sensatez sepamos dar razones por el cuidado de nuestro planeta.
A manera de conclusión, como Iglesia con rostro amazónico no se nos puede olvidar que la “Iglesia existe para evangelizar” (EG, 14), y evangelizar es hacer que Dios llegue al corazón de cada persona y de cada comunidad. Todo lo que hemos hecho como Iglesia y todo aquello que proyectemos realizar, mirémoslo bajo la óptica de las virtudes teologales de fe, esperanza y caridad. Que sea la caridad, la virtud central que nos impulse a obrar siempre. Tengamos en cuenta el valioso principio que nos enseña San Agustín: “En lo esencial, unidad; en lo dudoso, libertad; en todo, caridad”.
Con el Papa Francisco, vamos todos a soñar con una Iglesia amazónica viva y fresca que siga impulsando la evangelización en el territorio amazónico con decidido amor por el evangelio y la casa común. Escuchemos al Santo Padre: “Sueño con una opción misionera capaz de transformarlo todo, para que las costumbres, los estilos, los horarios, el lenguaje y toda estructura eclesial se convierta en un cauce adecuado para la evangelización del mundo actual, más que para la auto presión” (EG, 27). Pidámosle al Espíritu Santo que nos ayude a ser testigos de la esperanza en la amazonia colombiana.
Encomendamos nuestra Provincia Eclesiástica al patrocinio de San José, el hombre justo y trabajador, el hombre que por mandato divino tuvo el privilegio de cuidar, educar y acompañar el proceso de crecimiento del Hijo de Dios. San José el hombre manso y humilde de corazón, nos ayude a ser prudentes, pero severos en el cuidado de la creación. María, nuestra Madre y esposa de José, nos ayude a descubrir el camino que hemos de hacer como Iglesia, en el hoy de nuestra historia.
+ Omar de Jesús Mejía Giraldo
Arzobispo de Florencia
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Preparémonos para la celebración del nacimiento de Jesús
Por Mons. José Libardo Garcés Monsalve - En este domingo comenzamos el tiempo de Adviento que tiene una doble característica: en primer lugar, es el tiempo de preparación para la celebración del nacimiento de Jesús, solemnidad que conmemora la primera venida del Hijo de Dios en la carne, cuando Jesús se hace uno de nosotros, “y la Palabra se hizo carne y habitó entre nosotros; y hemos visto su gloria, la gloria propia del hijo único del Padre, lleno de gracia y de verdad” (Jn 1, 14). Al mismo tiempo, nos hace que todos dirijamos la atención a esperar la segunda venida de Cristo, un tiempo de esperan¬za, que nos hace poner los ojos en el cielo, donde está nuestra meta, para que un día lleguemos al lugar donde participaremos de esa gloria del Padre, en el encuentro con el Señor cara a cara y lo hacemos recibiendo el mandato del Señor para este nuevo año pastoral, con el lema: vayan y hagan discípulos.La historia de la salvación que tiene el acontecimiento central en el nacimiento de Nuestro Señor Jesucristo y que en el cumplimiento de su misión en esta tierra culmina con su regreso al Padre en la gloriosa Ascensión al cielo, nos deja un encargo misionero: “vayan y hagan discípulos a todos los pueblos, enseñándoles a poner por obra todo lo que les he mandado. Y sepan que yo estoy con ustedes todos los días hasta el final de los tiempos” (Mt 28, 19 - 20).Esta certeza ha acompañado a la Iglesia a lo largo de toda su historia y en cada celebración de la navidad vuelve a resonar en nuestro corazón, al prepararnos paso a paso para la segunda venida del Señor. De la presencia permanente del Señor debemos sacar un impulso renovado en la vida cristiana, con el deseo interior de caminar desde Cristo y con Cristo, en un proceso de conversión permanente que es transformación de la vida en Él.La evangelización que vamos a realizar a lo largo de este año pastoral que comenzamos, celebrando los 70 años de nuestra Diócesis, tiene como objetivo hacer que Jesús se quede en el corazón de muchas personas, para que, al celebrar el nacimiento de Jesús, cada creyente tenga un nuevo nacimiento para tener la vida eterna, porque “el que no nazca de nuevo no puede ver el Reino de Dios” (Jn 3, 3). De tal manera, que el proyecto pastoral tiene a Jesucristo como centro a quien “hay que conocer, amar e imitar, para vivir en Él la vida trinitaria y transformar con Él la historia hasta su perfeccionamiento en la Jerusalén celeste. Es un programa que no cambia al variar los tiempos y las culturas” (Novo Millennio Ineunte, 29); por eso, cada año nos preparamos en este tiempo de Adviento cantando con entusiasmo, “ven Señor Jesús” (1Cor 16, 22).El Hijo de Dios que se hizo hombre por amor al ser humano, sigue realizando su obra en nosotros, por eso tenemos que disponer el corazón para convertirnos en testigos de su gracia y también ser instrumentos de ese don para los demás. Prepararnos para celebrar el nacimiento de Jesús, es contemplar al Señor que nos invita una vez más a ser sus testigos: “ustedes recibirán la fuerza del Espíritu Santo; Él vendrá sobre ustedes para que sean mis testigos en Jerusalén, en toda Judea, en Samaría y hasta los extremos de la tierra” (Hch 1, 8). De tal manera que tenemos la experiencia del nacimiento de Jesús en nuestra vida y lo transmitimos con gozo a los demás: “¡cuánto bien nos hace dejar que Él vuelva a tocar nuestra existencia y nos lance a comunicar su vida nueva! Entonces, lo que ocurre es que en definitiva, ‘lo que hemos visto y oído es lo que anunciamos’” (Evangelii Gaudium, 264). Esta es la gran noticia que transmitimos a los demás con fervor y pasión por el Evangelio, “para eso urge recobrar un espíritu contemplativo, que nos permita redescubrir cada día que somos depositarios de un bien que humaniza, que ayuda a llevar una vida nueva” (EG, 264).El mandato misionero nos introduce en el misterio mismo de la Encarnación, invitándonos a tener el fervor y el ardor para comunicar ese mensaje, así como lo hicieron los primeros cristianos. Para ello, tenemos la certeza que contamos con la fuerza del mismo Espíritu que fue enviado en Pentecostés y que nos entusiasma hoy a comunicar el mensaje de salvación, animados por la Esperanza en Jesucristo que no defrauda y que lo trasforma todo y hace nuevas todas las cosas. Contemplemos en cada una de estas semanas a Jesús que viene a salvarnos, abramos el corazón a Dios y dispongámonos con corazón limpio a celebrar este tiempo, como un momento de gracia para caminar con Cristo, siguiéndolo a Él que es camino, verdad y vida que nos lleva hasta el Padre (Cf. Jn 14, 6).Como creyentes en Cristo tenemos la misión de ser reflejo de la luz de Cristo, que iluminó la noche de Belén donde nació Jesús como “luz del mundo” (Jn 8, 12) y nos pidió que fuéramos luz para los pueblos, “ustedes son la luz del mundo. Brille su luz delante de los hombres de modo que, al ver sus buenas obras, den gloria a su Padre que está en los cielos” (Mt 5, 14). Cumpliendo así, el mandato misionero que será posible si nos abrimos a la gracia que nos trae este tiempo de Adviento y nos hace hombres nuevos en Jesucristo Nuestro Señor, quien está con nosotros todos los días hasta el final de los tiempos (Cf. Mt 28, 20), mientras que anhelamos su segunda venida. Que la Santísima Virgen María, madre de la Esperanza y el Glorioso Patriarca San José, custodio del niño Jesús, alcancen del Señor la gracia de vivir este tiempo en la espera gozosa del Señor.En unión de oraciones,reciban mi bendición.+José Libardo Garcés MonsalveObispo de la Diócesis de Cúcuta
Jue 27 Nov 2025
El adviento y navidad 2025: En la recta final del Jubileo de la Esperanza
Por Mons. Luis Fernando Rodríguez Velásquez - En la Bula de convocación del Jubileo ordinario del año 2025 con el título Spes non confundit, “la esperanza no defrauda” (Rom. 5,5), al final de la misma, el Papa Francisco dice “que el testimonio creyente pueda ser en el mundo levadura de genuina esperanza, anuncio de cielos nuevos y tierra nueva (cf. 2P 3,13), donde habite la justicia y la concordia entre los pueblos, orientados hacia el cumplimiento de la promesa del Señor” (SNC, 25).Estas palabras del Papa resuenan como uno de los grandes objetivos del Jubileo que vale la pena evaluar si fueron o no alcanzados. A primera vista se podría decir que no. El 2025 ha sido un año probado por las guerras, por los conflictos políticos, sociales y económicos en buena parte del mundo. Creció la percepción de inseguridad y miedo en muchos. El Papa no se cansó de hacer el llamado a la cordura de los líderes y gobernantes y al cese bilateral del uso de las armas. Los desplazamientos forzados y el creciente número de migrantes, ocuparon un lugar notable en las preocupaciones de muchos.Y en esta desafiante realidad, Colombia no estuvo ausente. También entre nosotros, en el Valle del Cauca y Cali, la ola de atentados y muertes selectivas fue grande. Y qué no decir de las numerosas personas que se han inscrito entre quienes no tienen comida ni un lugar donde vivir. También las tensiones y polarizaciones políticas, que están al orden del día, son ingredientes que tienden a recrudecerse.Retomando las palabras del Papa Francisco con las que inicio, nos podemos preguntar ¿hasta qué punto el testimonio de tantos que hemos participado en las celebraciones jubilares han sido “levadura de genuina esperanza” para el mundo?Sin embargo, una cosa sí es cierta, la participación masiva en los actos y celebraciones del jubileo, tanto en Roma como en nuestra arquidiócesis fue masiva. Por ello aprovecho para agradecer al Delegado y Coordinador del Jubileo en Cali y a todos y cada uno de los sacerdotes, diáconos, religiosos, religiosas y laicos, que con entusiasmo se vincularon a las convocatorias del Año Santo, dando testimonio de su fe y de la esperanza que no defrauda para reflexionar juntos en el lema del jubileo “peregrinos de esperanza”.Hay realidades que no están en nuestras manos solucionar. Solo nos toca apelar al sentido común, a la responsabilidad ética y moral en la toma de decisiones de los gobernantes y líderes del mundo y unirnos, como efectivamente se hizo, en una oración colmada de la fuerza que trae la fe para que un día pueda habitar “la justicia y la concordia entre los pueblos”.El tiempo litúrgico de Adviento que viviremos en estos días, hasta la gran solemnidad del nacimiento del Hijo de Dios en la Navidad, nos sirva para seguir anunciando los “cielos nuevos y tierra nueva” (cf. 2P 3,13) que inaugura Jesús en el portal de Belén, por lo que los ángeles cantan: “gloria a Dios en el cielo y en la tierra paz a los hombres que Dios ama” (Lc., 2, 14).Es sabido cómo Adviento es el tiempo de la esperanza. Que animados por los encuentros y celebraciones jubilares, seamos auténticos testigos de la esperanza, y más cuando muchos puedan pensar que no hay futuro. Ánimo, lo dice el Señor, no tengamos miedo, pues él “ha vencido al mundo” (Jn. 16, 33).Por otra parte, en estos tiempos de Adviento y Navidad la Virgen María ocupa un lugar especial. En efecto, ella es la Virgen Inmaculada de la dulce espera, que con su sí generoso acogió en su seno al Hijo de Dios. Ella no desesperó en la tribulación. Creyó y esperó confiada en la acción de Dios. Guardaba en su corazón lo que de su Hijo se decía y nos enseña a ser valientes para dar testimonio de la Buena nueva a todos, especialmente a los pobres y humildes de corazón.Termino, con un texto de la Bula del jubileo en una bella referencia a la Madre de Dios: “Confío en que todos, especialmente los que sufren y están atribulados, puedan experimentar la cercanía de la más afectuosa de las madres que nunca abandona a sus hijos: ella que para el santo Pueblo de Dios es “signo de esperanza cierta y de consuelo” (SNC, 24).Desde ya les deseo un tiempo de Adviento vivido en la oración familiar junto al pesebre; una Navidad en la que dispongan sus corazones para recibir al Hijo de Dios y el inicio de un año 2026 animados por la esperanza.A todos los bendigo, afectísimo en el Señor.+Luis Fernando Rodríguez VelásquezArzobispo de Cali
Mar 18 Nov 2025
La vocación del cristiano es sanar las heridas del prójimo
Por Mons. José Libardo Garcés Monsalve - En este día celebramos la jornada mundial de los pobres, que tiene como propósito sensibili-zar a todos los cristianos, para vivir la caridad como el fruto maduro de la fe en Jesucristo y de la esperanza en Él, que no defrauda. La caridad es la puerta de entrada al cielo a participar de la gloria de Dios: “vengan benditos de mi Padre, tomen posesión del reino preparado para ustedes desde la creación del mundo. Porque tuve hambre y me dieron de comer, tuve sed y me dieron de beber; era un extraño, y me hospedaron; estaba desnudo, y me vistieron; enfermo y me visitaron; en la cárcel, y fueron a verme” (Mt 25, 34 - 36); concluyendo que cada vez que un cristiano hace esto por un hermano necesitado, lo está haciendo por el mismo Jesucristo y por esta razón es llamado a participar de las moradas eternas en la presencia de Dios.La vocación del cristiano es sanar las heridas del prójimo, es mirar el dolor, el sufrimiento, la enfermedad y la herida del otro que está tirado en el camino y tenderle una mirada de amor, como manifestación del amor que viene de Dios. Jesús lo enseña en la parábola del buen samaritano, cuando le responde al experto en la ley que le pregunta quién es el prójimo (Cf. Lc 10, 30 - 36), invitándolo a hacer otro tanto haciéndose prójimo del que sufre sin preguntar por su identidad política, social o religiosa. Así lo indicó el Papa Francisco en Fratelli Tutti: “la propuesta es la de hacerse presentes ante el que necesita ayuda, sin importar si es parte del propio círculo de pertenencia. En este caso, el samaritano fue quien se hizo prójimo del judío herido” (FT 81), invitándonos a todos a hacernos prójimos y a “dejar de lado toda diferencia y, ante el sufrimiento, volvernos cercanos a cualquiera” (Ibid). Esto es lo que enseña Jesús sobre la caridad y lo reitera en el evangelio diciendo: “vete y haz tú lo mismo” (Lc 10, 37), así lo ha retomado el Papa León XIV en el mensaje para la jornada de los pobres para este año: “todos estamos llamados a crear nuevos signos de esperanza que testimonien la caridad cristiana, como lo hicieron muchos santos y santas de todas las épocas”.Vivir la caridad cristiana no es un aprendizaje que se recibe en las academias donde se llena el cerebro de la ciencia humana, sino que es fruto de la fe en Dios que nos enseña a amar al prójimo con el corazón de Jesús, sin cálculos humanos, reconociendo al mismo Jesucristo en todos los que sufren, tal como nos lo ha enseñado en el Evangelio al hablar de la ayuda que damos a los demás (Cf. Mt 25, 31 - 46), descubriendo que “para los cristianos, las palabras de Jesús implican reconocer al mismo Cristo en cada hermano abandonado o excluido, porque quien cree puede llegar a reconocer que Dios ama a cada ser humano con un amor infinito y que con ello le confiere una dignidad infinita” (FT 85), dignidad que nosotros en la vivencia de la caridad le reconocemos y le devolvemos en el nombre del Señor.De esta manera, entendemos que el cristiano tiene vocación a la caridad porque está en unión íntima con Dios, que lo mueve desde dentro a ser un instrumento en sus manos para realizar su obra con los que están caídos en el camino de la vida. La caridad nace de un cristiano contemplativo, que se pone de rodillas frente al Señor y allí encuentra la motivación más profunda para volverse prójimo del que sufre. El Papa Francisco expresó esta verdad cuando dijo: “la altura espiritual de una vida humana está marcada por el amor, que es ‘el criterio para la decisión definitiva sobre la valoración positiva o negativa de la vida humana’. Todos los creyentes necesita¬mos reconocer esto: lo primero es el amor, lo que nunca debe estar en riesgo es el amor, el mayor peligro es no amar (Cf. 1Cor 13, 1- 13)” (FT 92). Concluyendo así que la caridad es el fruto maduro de un cristiano que tiene un camino de perfección cristiana muy fortalecido, porque se relaciona con Dios a través de la oración y se mantiene en la gracia y en la paz del Señor; por eso, la transmite a los que están en su entorno a través de la ayuda a los más pobres y necesitados, mediante el ejercicio sincero y desinteresado de la caridad.Todos estamos clamando hoy por la paz en el mundo, pero tenemos que entender que la paz es un don de Dios que brota de la caridad y desde la caridad que es amor de entrega total puede lograr que el corazón del hombre se sane, para que pueda transformar la sociedad. La caridad como expresión más alta de la fe y la esperanza, en un creyente que vive en gracia, transforma el entorno en el que vive, ya que “la caridad, con su dinamismo universal, puede construir un mundo nuevo, porque no es un sentimiento estéril, sino la mejor manera de lograr caminos eficaces de desarrollo para todos” (FT 183). De tal manera, que la caridad no es solamente el centro y la corona de todas las virtudes, sino que es también “el corazón de toda vida social sana y abierta” (FT 184).Al celebrar en este día la jornada mundial de los pobres, desde las parroquias y familias estamos llamados a tener gestos de caridad para con los más necesitados, pero no podemos quedarnos en una jornada de este domingo, sino que tenemos que entender que la vocación del cristiano es la caridad, que significa agacharse para sanar las heridas del prójimo. Fieles al mandato del Señor: sean mis testigos, busquen la santidad, hagámoslo desde la vivencia de la caridad, como vocación del cristiano a mirar al que sufre con los ojos de Jesús. Que la Santísima Virgen María, madre de la caridad y el Glorioso Patriarca San José custodien la fe y esperanza en nosotros, que produce el fruto maduro de la caridad que nos abre las puertas del Reino de los cielos.En unión de oraciones,reciban mi bendición.+José Libardo Garcés MonsalveObispo de la Diócesis de Cúcuta
Mar 18 Nov 2025
Hasta que la muerte nos una más
Por Mons. Miguel Fernando González Mariño - “Tú me amarás, yo te amaré, hasta que la muerte nos una más”, dice la hermosa canción de la hermana Glenda sobre ese misterio del amor humano que se “diviniza” con la presencia del Espíritu Santo en los esposos cuando están unidos por el sacramento del matrimonio. A primera vista parece contradecir el “hasta que la muerte los separe”, que se apoya en Mateo 19,6 donde el mismo Jesús expresa el plan Divino original sobre la unidad y la indisolubilidad matrimonial: “lo que Dios ha unido no lo separe el hombre”.En el mes de Noviembre la Iglesia nos invita a tener más presente nuestra vida pasajera en este mundo, nuestra realidad transitoria y por tanto la preparación para la vida eterna. Pensar que la muerte libera al esposo de la esposa o a ella de él, se ha prestado para infinidad de chistes, que nos distraen del verdadero sentido de la vocación al amor a que hemos sido llamados todos los humanos. Aclara aún más esta consideración sobre la terminación del matrimonio a causa de la muerte la enseñanza de Jesús que afirma que en la resurrección no se casarán ni ellas, ni ellos, sino que serán en el cielo como ángeles (Cf Mt 22,30).Escribe un buen autor (tal vez San Agustín...) que “la amistad que se olvida es una amistad que nunca existió”, para decir que el auténtico amor nunca se termina, sino que, por el contrario, como enseñó el Papa Francisco en Amoris laetitia, el amor humano siempre es “perfectible”. Esto, en contra de la idea popular de que el amor de los novios es el ideal y que con el tiempo se gasta y desvanece. En realidad, con la gracia de Dios, el amor (auténtico) tiene la vocación a una permanente perfección. Siendo así, ¿por qué se va a acabar repentinamente con la muerte? Lo que ocurre es que ese amor que los consagró como esposos es tan verdadero, que lo que busca es la santificación del cónyuge, su bien no solo en esta vida sino en la eterna. El amor conyugal lo que busca es la santificación del otro, que sea feliz para siempre. Además, en ese empeño sincero vivido como vocación, el que ama también se perfecciona y se santifica.En resumen, los dos cónyuges buscan la misma meta, quieren llegar juntos al cielo y no solo ellos sino con sus hijos y su descendencia. Así funciona la Iglesia y por eso la familia es la célula vital inicial. Entonces el viudo/la viuda puede contraer nuevas nupcias si ve que hace parte de su camino de santidad y puede suceder, como en tantos casos a lo largo de la historia, que se conforme un nuevo hogar en el que también se busca sinceramente vivir como familia que da testimonio de fe y esperanza. En la eternidad, donde ya no se necesita la unión conyugal para que subsista la humanidad, gozarán los frutos de esta escuela de amor en que nos encontramos en esta vida terrena.Es muy preocupante saber que por ignorancia o por indiferencia sobre estas preciosas verdades de nuestra fe en torno al valor santificador del matrimonio, alrededor del 70% de los hogares católicos en Colombia vivan en unión libre (cifra que algo varía según las regiones). Los pastores y maestros tenemos parte de culpa en esta ignorancia y tibieza de nuestros fieles. La falta de una verdadera catequesis que les permita desde niños tener una visión apropiada de la familia y el matrimonio, la falta de catequesis entre los jóvenes, la poca promoción de parejas de esposos para que se formen y apoyen la pastoral familiar parroquial, son entre otras, las causas de esta grave situación. En nuestro ENCUENTRO NACIONAL DE PASTORAL FAMILIAR que celebramos en Pereira del 23 al 25 del pasado mes de octubre, avanzamos en el estudio y modos de implementación de los Itinerarios Catecumenales Matrimoniales que nos dejó el Papa Francisco como un medio práctico de asumir Amoris laetitia en la vida pastoral. Es esperanzador ver que sí hay avances en esta tarea. Es una labor ardua, pero vale la pena. Se vio la urgente necesidad de seguir formando parejas de esposos que sean competentes en la acogida, acompañamiento y testimonio de vida, para que en verdad animen e iluminen las parejas que desean casarse. Pongamos todos los medios para que nuestros jóvenes llamados a vivir la vocación matrimonial encuentren en sus parroquias el ambiente propicio para encontrarse con Dios y tengan la alegría de comprobar que Dios los conoce y los ama y cuenta con ellos para que sean felices haciendo felices a quienes los aman, HASTA QUE LA MUERTE LOS UNA MÁS. +Miguel Fernando González MariñoObispo de El EspinalPresidente de la Comisión Episcopal de Matrimonio y Familia