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Restauración forestal: reto y metáfora
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Por: Mons. Fernando Chica Arellano - El 21 de marzo se celebra el Día Internacional de los Bosques, cuyo lema para este año 2021 es “Restauración forestal: un camino a la recuperación y el bienestar”. Además, el próximo 5 de junio se lanzará oficialmente el Decenio de la ONU sobre la Restauración de los Ecosistemas (2021-2030), que supone un llamamiento global para proteger y recuperar el medio ambiente.
Alrededor de 1.600 millones de personas dependen directamente de los bosques para sobrevivir, proporcionándoles alimento, energía, medicina y abrigo. Sin bosques, los efectos nocivos del cambio climático se agudizan. En cambio, cuando velamos por los árboles, cuando nos ocupamos de ellos concienzudamente, estamos contribuyendo de forma significativa a la prosperidad de las generaciones presentes y futuras. Los bosques son de vital importancia en la erradicación de la pobreza y para conseguir metas de desarrollo convenidas internacionalmente, incluidos los Objetivos de Desarrollo Sostenible de la Agenda 2030 de las Naciones Unidas. Pese a todos estos beneficios, la deforestación continúa de modo acelerado, a un ritmo imparable, de unos 13 millones de hectáreas al año.En vez de potenciar el verde a través de unos bosques hermosos y pujantes, un color tan unido a la esperanza, virtud imprescindible en medio de la cruel pandemia que nos está fustigando, cuando irresponsablemente arrancamos un árbol, cuando dejamos que se seque, estamos tiznando nuestro mundo de negrura, transformándolo en un erial yermo y baldío.
Mientras que la pérdida y el destrozo de las selvas, de las arboledas y de los jardines originan grandes cantidades de gases dañinos que contribuyen al calentamiento de la tierra, su restauración y gestión sostenible ayudan a afrontar la doble crisis del clima y de la biodiversidad. De este modo, unos bosques sanos y vigorosos generan bienes y servicios necesarios para la tutela y el adecuado desarrollo de nuestro planeta. Así pues, el reto de impulsar la repoblación forestal se convierte en una interpelación real a nuestra conciencia y a nuestra acción. Debería ser un argumento esencial en la educación de niños, adolescentes y jóvenes.
Junto a ello, la restauración de los bosques puede verse como una metáfora de carácter espiritual que, más allá de la realidad concreta, habla del compromiso de Dios con la humanidad y con toda la creación. En los párrafos siguientes brindo algunas pistas bíblicas de reflexión que, espero, nos ayuden a vivir con intensidad los días que nos quedan de la Cuaresma y a afrontar con apertura de espíritu la ya cercana Semana Santa.
El sueño de Dios
Desde el inicio del mundo, Dios dispuso la creación como un vergel de plenitud y gozo compartido. “El Señor Dios hizo brotar del suelo toda clase de árboles hermosos de ver y buenos de comer; además, el árbol de la vida en mitad del jardín y el árbol de conocer el bien y el mal. En Edén nacía un río que regaba el jardín y después se dividía en cuatro brazos” (Gen 2,9-10). Así lo expresa el salmista, mostrando la riqueza de los bosques para el conjunto de la vida vegetal y animal: “Se llenan de savia los árboles del Señor, los cedros del Líbano que Él plantó. Allí anidan los pájaros, en su cima pone casa la cigüeña. Los riscos son para las cabras y las peñas, madrigueras de tejones” (Sal 104,16-18). Otro poeta bíblico se admira al ver que “rezuman los pastos del páramo y las colinas se orlan de alegría” (Sal 65,13).
Ahora bien, este sueño y promesa divina, que se ofrecen para el conjunto de la humanidad y para la creación toda, también se concretan para cada una de las personas: “El honrado florecerá como palmera, se elevará como cedro del Líbano, plantado en la casa del Señor, florecerá en los atrios de nuestro Dios. En la vejez seguirá dando fruto, y estará lozano y frondoso” (Sal 92,13-15). El hombre prudente “será como árbol plantado junto a acequias, que da fruto en su sazón, y su follaje no se marchita; todo cuanto hace prospera” (Sal 1,3).
La degradación
Desgraciadamente, el sueño divino se ha visto truncado y menoscabado por el pecado humano, por caprichos veleidosos, por el egoísmo convulsivo, por la tendencia a apropiarse de lo que es común, por una dinámica de depredación y devastación de la casa común. El creyente percibe la fuerza de este deterioro, como señala el profeta Nahún: “Ruge contra el mar y lo seca y evapora todos los ríos; aridecen el Basán y el Carmelo y se marchita la flor del Líbano. Las montañas tiemblan ante él, los collados se estremecen” (Nah 1,4-5). Por su parte, Miqueas vincula el arrasamiento forestal con la responsabilidad humana, cuando indica que “la tierra se convertirá en un desierto por culpa de sus habitantes y como pago de sus malas acciones” (Miq 7,13).
En otras ocasiones, el salmista grita a Dios al constatar cómo se resquebraja su armónica creación: “¿Por qué has abierto brecha en su cerca para que la saqueen los viandantes, la pisoteen los jabalíes y se la coman las alimañas?” (Sal 80,13-14). Esta imagen de la viña nos es bien conocida gracias al profeta Isaías, que la emplea para hablar de la relación de Dios con su pueblo, de su cuidado y su castigo corrector. “Y ahora os diré a vosotros lo que voy a hacer con mi viña: quitar su valla para que sirva de pasto, derruir su cerca para que la pisoteen. La dejaré arrasada: no la podarán ni la escardarán, crecerán zarzas y cardos; prohibiré a las nubes que lluevan sobre ella” (Is 5,5-6).
La restauración
Pero no es este el final de la historia. Dios es fiel y nunca abandona a su pueblo ni se despreocupa de su creación. Así, por ejemplo, el mismo Isaías anuncia la restauración del pueblo, el anhelado regreso a la tierra prometida tras los años de destierro: “Brotará agua en el desierto, torrentes en la estepa, el páramo será un estanque, lo reseco un manantial. En la guarida donde moran los chacales verdeará la caña y el junco” (Is 35,6-7). En el último libro de la Biblia recuperamos la permanente promesa divina, que sigue actualizando el sueño primigenio del Señor: “Me mostró un río de agua viva, brillante como cristal, que brotaba del trono de Dios y del Cordero. En medio de la plaza y en los márgenes del río crece el árbol de la vida, que da fruto doce veces: cada mes una cosecha, y sus hojas son medicinales para las naciones” (Ap 22,1-2).
Lo que se dice para el pueblo en su conjunto, para la humanidad entera y para la creación como tal, se afirma igualmente para cada persona en particular. Lo atestigua sin rodeos el salmista cuando advierte que el Señor “me hace recostar en verdes praderas; me conduce hacia fuentes tranquilas y repara mis fuerzas” (Sal 23,2-3). De nuevo, es el profeta Isaías quien indica cómo, al volver al plan de Dios, somos restaurados y, así, quedamos habilitados para restaurar: “Serás un huerto bien regado, un manantial de aguas cuya vena nunca engaña, reconstruirás viejas ruinas, levantarás sobre los cimientos de antaño; te llamarán tapiador de brechas, restaurador de casas en ruinas” (Is 58,11-12).
De cara a la Semana Santa
Nos hallamos en el tramo final de la Cuaresma y, por tanto, a las puertas de la Semana Santa. Esta comenzará el Domingo de Ramos, entre palmas que abren paso al Señor (Mc 11,8). Evocaremos esos días también las palabras de Jesús a propósito de la higuera estéril (Mc 11,12-14) o del leño verde y el leño seco (Lc 23,31). Nos acercaremos al Árbol de la Cruz y ante él nos detendremos para fijar ahí la mirada (cf. Jn 3,13-14). Y, una vez más, el Señor Resucitado saldrá a nuestro encuentro en el Huerto (Jn 20,15). Todo nos invita a dar cada vez un mayor espacio en nuestro interior a la Palabra de Dios, a la plegaria sincera, al silencio meditativo, al examen de conciencia, al ejercicio de la caridad sin fisuras, de manera que este tiempo sea una verdadera restauración para cada uno de nosotros, en todas nuestras relaciones sociales, con las demás criaturas, con la creación y con el Creador.
Mons. Fernando Chica Arellano
Observador Permanente de la Santa Sede ante la FAO, el FIDA y el PMA
La Esperanza en Jesucristo no defrauda
Lun 9 Mar 2026
La Iglesia hace política
Mar 3 Mar 2026
Mar 24 Feb 2026
La fe, un camino que abre al encuentro con Jesús
Por Mons. José Libardo Garcés Monsalve - Este año de gracia del Señor, al celebrar 70 años de vida diocesana, somos convocados a seguir en el anuncio gozoso del Evangelio de Nuestro Señor Jesucristo, con el lema pastoral: “vayan y hagan discípulos” (Mt 28, 19), transmitiendo el don de la fe a muchas personas y al interno de sus familias, para formar comunidades eclesiales misioneras que se abran al encuentro con Jesús, recorriendo un camino de fe que transforme cada corazón, cada familia y cada comunidad parroquial.Es importante tener claro que la evangelización en nuestra Diócesis, durante todos estos años, ha tenido como misión la transmisión de la fe a muchas personas; la fe se presenta como luz que ilumina la mente y el corazón, para recibir a Jesucristo como el salvador del mundo. La fe que profesamos y transmitimos es un camino que abre al encuentro con Jesús y nos permite vivir de una manera distinta la misión y el caminar en el mundo. Hoy más que nunca se hace necesario un encuentro con Jesús, para combatir la división y la violencia que afecta a tantas personas, familias y a nuestra región.Con Jesucristo al centro de las personas y de las familias, la vida se hace más llevadera, aún con los dolores y los sufrimientos, con las alegrías y aciertos, van ayudando al crecimiento y fortalecimiento de la fe en el hogar, ya que “la presencia del Señor habita en la familia real y concreta, con todos los sufrimientos, luchas, alegrías e intentos cotidianos. Si el amor anima esa autenticidad, el Señor reina allí con su gozo y su paz” (Amoris Laetitia 315); de tal manera que la vida familiar se fortalece con la fe en el Señor Jesús que unifica el hogar.Una familia cristiana, donde los padres han entendido la misión que Dios les ha confiado de dar la vida, protegerla y custodiarla, ayudando a los hijos en su formación y desarrollo, se hace servidora del Señor, anunciadora del Evangelio, que sirve a otros hogares que pueden estar en dificultades, a centrar su vida en el Señor.Aparecida reconoce esta misión de los padres cuando afirma: “el gran tesoro de la educación de los hijos en la fe consiste en la experiencia de una vida familiar que recibe la fe, la conserva, la celebra, la transmite y la testimonia. Los padres deben tomar nueva conciencia de su gozosa e irrenunciable responsabilidad en la formación integral de los hijos” (DA 118), convirtiéndose en servidores del Señor, discípulos misioneros, que comunican dentro y fuera del hogar el Evangelio, cumpliendo con el mandato misionero del Señor: “vayan y hagan discípulos” (Mt 28, 19).El cristiano y la familia que edifican su vida sobre la roca firme de Jesucristo, recibirán la fuerza diaria para afrontar los desafíos y tareas en la misión que han recibido de Dios y podrán también convertirse en luz que ilumina el caminar de otros creyentes y otras familias, que entran en desánimo y pierden el fervor en continuar con la lucha diaria, porque “la familia, hoy sobre todo, tiene una especial vocación a ser testigo de la alianza pascual de Cristo, mediante la constante irradiación de la alegría del amor y de la certeza de la esperanza, de la que debe dar razón. La familia cristiana proclama en voz alta tanto las presentes virtudes del Reino de Dios como la esperanza de la vida bienaventurada” (Familiaris Consortio 52), incluyendo el testimonio cristiano al abrazar la cruz del Señor y contemplarla en medio de las dificultades que se viven en cada hogar. Esto es posible por la fe firme de un hogar que se abre al encuentro con Jesús.La fe recibida en el corazón de cada creyente y en el seno de cada hogar es luz que ilumina la existencia de cada uno y se irradia en su entorno, dando frutos de caridad que ayuda a permanecer y perseverar en la gracia de Dios, iluminados por Jesucristo, luz que alumbra el camino de cada uno; por tanto, “es urgente recuperar el carácter luminoso de la fe, pues cuando su llama se apaga, todas las luces acaban languideciendo. Y es que la característica propia de la luz de la fe es la capacidad de iluminar toda la existencia del ser humano. Porque una luz tan potente no puede provenir de nosotros mismos; ha de venir de una fuente más primordial, tiene que venir, en definitiva, de Dios” (Lumen Fidei 4). Abiertos a la fe en Jesucristo podemos ir a su encuentro y resolver la vida diaria desde el perdón, la reconciliación y la paz.Los desafíos son grandes porque no es fácil hacer frente en el momento actual, a todas las situaciones de adversidad por las que atraviesa el mundo. Sin embargo, cuando tenemos conciencia que Jesucristo ilumina y unifica la vida personal y familiar, podemos seguir adelante, abiertos a la gracia de Dios y al don que viene de lo alto que nos fortalece, alienta, nos llena de esperanza y nos da la certeza que “la presencia invocada de Cristo a través de la oración en familia nos ayuda a superar los problemas, a sanar las heridas y abre caminos de esperanza” (DA 119). Entonces tenemos la certeza de que no, estamos solos en la vivencia de la fe, ya que la gracia de Dios y la compañía de la Iglesia, nos ayudan a fortalecer la fe que permite vivir con la gracia y la bendición de Dios.Convoco a todos las personas y familias a encontrar unos minutos cada día para estar unidos ante el Señor, rogar por las necesidades familiares, orar por los miembros del hogar que estén pasando situaciones difíciles, pedirle el don de la paz, darle gracias a Dios todos los días por la vida y todo lo que acontece en la familia. Pongamos la vida personal y familiar bajo la protección y amparo de la Santísima Virgen María, en todas las circunstancias de la existencia, aún en los momentos de cruz. Que el Glorioso Patriarca San José, unido a la Madre del cielo, alcancen de Nuestro Señor Jesucristo la fortaleza en la fe como camino que nos abre a su encuentro, para vivir en el hogar iluminados y unificados por Él.En unión de oraciones, reciban mi bendición.+José Libardo Garcés MonsalveObispo de la Diócesis de Cúcuta
Lun 16 Feb 2026
"El amor nos hace pasar de la muerte a la vida": Mensaje en los 60 años de la muerte del Padre Camilo Torres
Por Cardenal Luis José Rueda Aparicio - Han pasado sesenta años desde la muerte del padre Camilo Torres Restrepo. A pesar de los profundos y vertiginosos cambios vividos en estas décadas, Colombia sigue anhelando la paz plena y la justicia social que dignifique la vida de todos.La inhumación de sus restos es un gesto que reconoce la dignidad inviolable de toda vida humana, cuya sangre derramada clama al Creador (Cf. Gn 4,10). Su memoria nos remite al rostro de todas las víctimas del conflicto armado en Colombia. Ellas nos recuerdan que la violencia y la guerra son siempre un fracaso humano y una herida abierta en el corazón de la Nación.Somos testigos del dolor profundo que acompaña a tantas familias que han perdido a sus seres queridos. En medio de ese sufrimiento, solo la esperanza en Cristo Resucitado nos sostiene y nos impulsa a seguir caminando juntos. Estamos llamados a vencer el mal con la fuerza del amor, con la certeza de que "sus llagas nos han curado" (1 Pe2,24) y de que la cruz de Cristo es, en definitiva, la negación de toda violencia y la proclamación de una vida nueva.Como discípulos misioneros, estamos dispuestos a acoger el clamor de los pobres y a construir una sociedad donde aprendamos a "compartir la mesa de la vida de todos los hijos e hijas del Padre, mesa abierta e incluyente, en la que no falte nadie" (Documento de Aparecida, Mensaje final, 4).La Iglesia ora por el eterno descanso del padre Camilo y ruega al Señor por el fin definitivo de toda forma de violencia en Colombia. Al mismo tiempo, nos exhorta a trabajar sin desfallecer por la justicia social, en el marco del Estado Social de Derecho, conscientes de que las causas de la violencia se enraízan también en estructuras de pecado que debemos transformar con la fuerza del Evangelio.Solo el amor fraterno es fundamento verdadero de reconciliación y unidad como Nación. Solo el amor hace posible el encuentro y el diálogo. Solo el amor nos dispone a respetar la vida de quien piensa distinto. Solo el amor abre caminos hacia una "paz desarmada y desarmante" (Papa León XIV)Hoy renovamos nuestra esperanza: el amor nos hace pasar de la muerte a la vida.Mensaje oficialCardenal Luis José Rueda AparicioArzobispo de Bogotá y Primado de Colombia15 de febrero de 2026
Lun 16 Feb 2026
El sentido de la política
Por Mons. Ricardo Tobón Restrepo - Es un hecho que a todos nos preocupa la situación del país. Habría que ser ciego para no percibir la fatiga, las expectativas, las frustraciones, los temores e incluso la ira que tantas personas expresan ante la realidad social y política que vivimos. En las últimas décadas, dentro de las circunstancias que vive el mundo y tratando de afrontar el presente y prever el futuro, hemos experimentado en Colombia desafíos, búsquedas, transformaciones, inestabilidad, sin logar tener un plan nacional consistente y estable, que haga posible el desarrollo integral en la libertad, la justicia y la solidaridad.Los católicos, como ciudadanos que experimentamos esta realidad e incertidumbre, que debemos estar comprometidos con el bien común y que hemos sido llamados particularmente a vivir como miembros de un pueblo, no podemos quedarnos inconscientes o indiferentes ante todo lo que afecta la dignidad de las personas y el futuro de la comunidad humana. Por tanto, debemos sentirnos responsables hoy cuando vemos el tejido social fracturado, los cimientos de las instituciones en tela de juicio, la violencia siempre presente y el avance de la mentira y la corrupción al servicio de intereses particulares.Una evaluación lúcida de lo que vivimos y un compromiso serio con la misión del país nos deben llevar a redescubrir el sentido de la política. La crisis de confianza entre los ciudadanos y sus gobernantes tiene su origen en las ambiciones personales excesivas, las maniobras electorales, las promesas incumplidas, la falta de formación de la clase política, la ausencia de un plan común a largo plazo, el comportamiento populista. No es posible soñar un mundo ideal, menos cuando nuestros políticos son los que hemos hecho entre todos y a los que, a la vez, cada uno pide satisfacer sus propios intereses.Si la política atraviesa una grave crisis es porque algo esencial se ha perdido. La vida comunitaria no puede prescindir de la política, que afirma la existencia de una “comunidad” que trasciende los intereses particulares y define las mejores condiciones para que el ejercicio del poder esté realmente al servicio de la vida social. En los países democráticos este poder se da en las elecciones, pero éstas deben estar iluminadas y conducidas sólo por la búsqueda del bien común, por la selección de las personas más competentes, por la garantía de la institucionalidad y por la decidida cooperación de todos.Nuestro país, como todos lo sabemos, tiene un gran potencial en distintos campos. Hay creatividad para el dinamismo económico y para diversas iniciativas solidarias. Hay experiencias y estructuras construidas con sabiduría y esfuerzo. Hay una gran reserva moral y capacidad de generosidad. Sin embargo, hay ausencias de liderazgos fuertes, hay una tendencia a multiplicar y cambiar leyes pensando que ellas por sí solas lo resuelven todo, hay manipulación de la realidad y aun de las personas a través del uso de las redes sociales, hay vacíos en el campo ético por un predominio nefasto del egoísmo y el individualismo.Lograr un verdadero y efectivo proyecto social no puede hacerse con la simple yuxtaposición de propuestas según determinados intereses. La política debe afrontar ante todo la cuestión de sentido. No para decir a todos lo que se debe pensar, sino para asegurar un horizonte que mantenga unido y comprometido a todo el país, para garantizar que ninguno sea rechazado o se excluya de esta empresa que nos necesita a todos. La cuestión de sentido ha desaparecido de la política al reducirla a proteger y proporcionar derechos individuales cada vez más amplios en una realidad colectiva.Así resulta más difícil articular la sociedad, un “nosotros” que no elimina el “yo”, sino que le otorga su puesto y su misión. La convivencia y la participación de todos en una obra común requieren más que un discurso gerencial. Por tanto, antes de un período de elecciones tenemos que pensar no sólo en elegir unas personas, sino en escoger un modelo de país que sea bueno para todos. Esto supera el simplismo con que a veces enfrentamos las cosas; nos pide producir pensamiento, conducir una verdadera educación ciudadana, proponernos una renovación moral y abrirnos todos a una dimensión trascendente de la vida. Con esos presupuestos y para mantenerlos, se eligen los mejores.+ Ricardo Tobón Restrepo Arzobispo de Medellín
Vie 6 Feb 2026
La esperanza de un nuevo año pastoral
Por Mons. Ricardo Tobón Restrepo - Estamos dando comienzo en nuestra Arquidiócesis a los programas de un nuevo año pastoral. Ayer, dentro de la solemnidad de Nuestra Señora de la Candelaria, le hemos pedido a nuestra madre y patrona que intervenga para que podamos realizar con fe, comunión y frutos apostólicos el Plan de Pastoral que juntos hemos construido. Para asumir y vivir este momento, nos resulta muy útil tener presentes las reflexiones y recomendaciones que el papa León XIV ha hecho, el 19 de septiembre de 2025, en un discurso dirigido a la Diócesis de Roma precisamente al comenzar allí el año pastoral. Admira ver cómo el análisis y las propuestas llegan oportunos a nuestra realidad y propósitos.El Papa comienza pidiéndole a su diócesis que se abra al Espíritu que suscita la esperanza de una renovación eclesial capaz de revitalizar las comunidades para que crezcan en el camino evangélico, en la cercanía a Dios y en la presencia de servicio y testimonio. Luego añade: “El fruto del proceso sinodal…ha sido ante todo el impulso a valorizar los ministerios y carismas, apoyándose en la vocación bautismal, priorizando la relación con Cristo y la acogida de los hermanos, empezando por los más pobres, compartiendo sus alegrías y tristezas, esperanzas y luchas. De esta manera se destaca el carácter sacramental de la Iglesia”.Después, para inducir la forma de proceder, hace un análisis de la realidad de la Diócesis de Roma, que vale también para nosotros, indicando que debemos ser capaces “con la gracia de Dios de realizar obras evangélicas en un contexto eclesial marcado por numerosos desafíos, especialmente en la transmisión de la fe, y en una sociedad necesitada de profecía, con numerosos y crecientes casos de pobreza económica y existencial, con jóvenes a menudo desorientados y familias con frecuencia agobiadas”. Esto implica desarrollar un estilo que valore los dones de cada persona y entienda el rol del liderazgo, para que, en la comunión, se superen las oposiciones y los aislamientos.A continuación, indica que esto en términos concretos significa trabajar por la participación activa de todos en la vida de la Iglesia, señalando en este sentido la importancia de los órganos de comunión, que deben ser fortalecidos o creados si no existen. En este sentido, debemos pensar nosotros concretamente en los consejos pastorales parroquiales. Pues, como enseña el Papa, “estos ayudan al Pueblo de Dios a ejercer plenamente su identidad bautismal, a fortalecer el vínculo entre los ministros ordenados y la comunidad, y a guiar el proceso desde el discernimiento comunitariohasta las decisiones pastorales”.Habla también el Papa de las agrupaciones u organismos que conectan diferentes dimensiones de la vida pastoral y de los sectores pastorales como los que se dan entre parroquias vecinas. Advierte que existe el riesgo de que estas entidades pierdan su función como instrumentos de comunión y se reduzcan a tener algunas reuniones, para luego volver a la práctica de una pastoral de forma aislada según los límites parroquiales o los propios planes. Esto, evidentemente, tiene aplicación en nuestros arciprestazgos y en nuestras áreas de pastoral, donde necesitamos hacer un discernimiento comunitario, vivir la común responsabilidad bautismal, planificar juntos y promover iniciativas pastorales compartidas.Además, el Papa propone tener tres objetivos concretos. El primero, fortalecer la relación entre iniciación cristiana y evangelización, yendo más allá de un enfoque escolástico de la catequesis, acogiendo bien a los adultos que buscan los sacramentos y formando bien los catequistas. El segundoobjetivo es dar participación a los jóvenes y a las familias; esto conlleva una acogida empática, caminos personalizados según las situaciones vitales y estar atentos a nuevos aprendizajes. El tercer objetivo que recomienda es la formación a todos los niveles; no podemos engañarnos, afirma, pensando que en la situación que vivimos el simple continuar con algunas actividades tradicionales mantendrá vivas nuestras comunidades cristianas.Qué bueno poder motivarnos para dar el mejor impulso a este nuevo año pastoral con las orientaciones del Sucesor de Pedro, que nos garantizan fidelidad y unidad dentro del proyecto de Dios. Como también lo pide él, incrementaremos la formación en el conocimiento bíblico, la práctica litúrgica, el ejercicio de la ciudadanía, el acompañamiento del sufrimiento mental y la promoción de la justicia social. Así, nuestra Iglesia particular seconvertirá “en un seno que inicia a las personas en la fe y en un corazón que busca a quienes la han abandonado”.+ Ricardo Tobón Restrepo Arzobispo de Medellín