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¡Cállate y sal de él!
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Por: Mons. Omar de Jesús Mejía Giraldo - Durante la semana que acabamos de terminar, como presbiterio, vivimos nuestros ejercicios espirituales. Esta vez realizados a través de la plataforma Zoom. Ha sido una experiencia maravillosa, porque hemos recordado una vez más aquello que dice la Palabra de Dios: “Cuando reces, entra en tu pieza, cierra la puerta y ora a tu Padre que está allí, a solas contigo. Y tu Padre, que ve en lo secreto, te premiará” (Mt 6,6). A lo largo de estos días, nuestro Padre Dios, en la intimidad de nuestro corazón y en un ambiente de silencio interior nos ha hablado por medio de la Palabra y, además, con el acompañamiento de un predicador laico que nos ha dejado una pregunta para responder: ¿Cuál es la misión de mi vida?
Se trata de una pregunta aparentemente sencilla, porque, desde la teología simplemente, mi tarea como sacerdote y Obispo, mi misión es: enseñar, santificar y gobernar. Teológicamente, es verdad, esta es mi misión. La pregunta del millón es: ¿y cómo llevar a cabo semejante misión? A la luz del Evangelio de San Marcos, dónde se nos presenta un Jesús itinerante, Maestro, Médico, expulsando demonios y en actitud orante, he respondido: El cómo de mi ministerio episcopal es vivir como vivió Jesús, ser como Él, hacer lo que él hizo. Mi gran desafío, hermanos, es ser Cristo en medio de ustedes otro Cristo. Tarea y desafío no sólo para mí, también para ustedes queridos hermanos, porque, todos los aquí presentes y los que me escuchan hemos sido bautizados y, por lo tanto, consagrados. Como personas consagradas a Dios en el bautismo, tenemos que sentirnos amados por el Padre y, por lo tanto, en Jesús, el Señor, debemos sabernos hijos de Dios (hijos en el Hijo). Cada uno pensemos: si soy consagrado a Dios, mi primera gran misión es vivir como hijo de Dios. Además, de ser bautizado, si soy sacerdote y Obispo, también esta es mi tarea: vivir como Obispo. Si soy esposo (a), mi reto es vivir como esposo (a). Si soy hijo, debo vivir como hijo, si soy gobernante, tengo la misión de asumir las tareas propias de gobernante. Ser lo que cada uno somos, esta es nuestra gran tarea, nuestro reto, nuestro desafío.
A la luz de esta invitación: Ser lo que somos, ser lo que prometimos ser, escuchemos la manera como comienza el santo evangelio de hoy: “En la ciudad de Cafarnaún, el sábado entró Jesús en la sinagoga a enseñar, estaban asombrados de su enseñanza, porque les enseñaba con autoridad y no como los escribas”. Como actitud, como camino pedagógico, como estrategia evangelizadora, hermanos, la única manera de ser fieles es siendo lo que somos y la única manera de ser de verdad maestros auténticos es dejando que Jesús el Señor, el Emmanuel, el Dios con nosotros entre a la sinagoga interior de nuestro corazón. Nuestra enseñanza como hijos de Dios, como sacerdote, como Obispo, como maestro, como padre de familia…, sólo será contundente si hemos dejado permear nuestra vida por la vida del Maestro de los maestros, Jesús el Señor.
Miremos una particularidad más del evangelio de este domingo, escuchemos: “Había precisamente en su sinagoga un hombre que tenía un espíritu inmundo y se puso a gritar: ¿Qué tenemos que ver nosotros contigo, Jesús Nazareno? ¿Has venido a acabar con nosotros? Sé quién eres: El Santo de Dios. Jesús lo increpó: ¡Cállate y sal de él! El espíritu inmundo lo retorció violentamente y, dando un grito muy fuerte, salió de él”. Hermanos, nuestro corazón, nuestra memoria, nuestra inteligencia, nuestra imaginación, no pueden estar vacíos. Nuestra interioridad, la ocupa Dios, la ocupan las virtudes y los valores del evangelio o la ocupa espíritus inmundos. El hombre de la sinagoga a quien tenía un espíritu inmundo conocía a Jesús, sabía quién era Él, sabía que Jesús era el Santo de Dios, pero no le permitía que ocupara su ser interior. Este hombre, conocía racionalmente a Dios, pero no lo conocía en la integridad de su ser. Jesús, el Señor, que conoce la interioridad de cada corazón, sabe que este hombre está atado por un espíritu inmundo, el cual, no le permite ser él mismo. El Señor sabe que este hombre ha extraviado su misión. Por eso, quiere con su poder liberarlo, sanarlo, devolverle la salud integral, la salud del alma y del cuerpo.
La Palabra de Dios, en boca del mismo Señor, cuando le dice al espíritu inmundo: ¡Cállate y sal de él!, nos esta diciendo a nosotros que con los espíritus inmundos no se dialoga. Jesús al hombre que está poseído por el espíritu inmundo, le habla con autoridad. Hermanos, sólo la autoridad divina, permite la liberación del mal. No busquemos sanación en los objetos creados. Sólo Dios sana. Lo dice la Palabra: “He venido a sanar a quienes tienen destrozado el corazón” (cf Lc 4,16-19); “He venido para que tengan vida y vida en abundancia” (Jn 10,10). Sin la fuerza poderosa de Dios que nos libera del mal no es posible vivir en libertad. Sin la gracia de Dios, no es posible ser lo que el día de nuestra consagración sacerdotal o nuestra opción matrimonial prometimos ser. Dice la Palabra: ¡Cállate y sal de él! Jesucristo, nuestro Dios y Señor, sabe que el demonio nos genera ruido interior. Al demonio no le gusta que nosotros hagamos silencio, por eso, nos pone todos los espacios posibles para que nos entretengamos en medio del ruido. El ruido nos desenfoca de nuestra misión.
Hermanos, entendamos que nuestra vida cristiana es fundamentalmente un camino. Lo más grave que nos puede pasar es quedarnos quietos, estancarnos. Es peligrosísimo saber sólo algunas cosas de Dios y contentarnos con ello. Vivir en Dios es fundamentalmente una experiencia “mística”. La vida en Dios y desde Dios es una acción de lucha continua contra el mal. Vivir en Dios, desde Dios y para Dios, es una fuerza profunda que oxigena nuestra interioridad para que, con la fuerza y el poder de Jesús el Señor, podamos vencer los espíritus inmundos que nos atormentan. La vida cristiana es un combate espiritual. Escuchemos la Palabra en los consejos que San Pablo dirige a la comunidad de los Efesios: “Por lo demás, fortalézcanse en el Señor con su energía y su fuerza. Lleven con ustedes todas las armas de Dios para que puedan resistir las maniobras del diablo. Pues no nos estamos enfrentando a fuerzas humanas, sino a los poderes y autoridades que dirigen este mundo y sus fuerzas oscuras, los espíritus y fuerzas malas del mundo de arriba. Por eso pónganse la armadura de Dios, para que en el día malo puedan resistir y mantenerse en la fila valiéndose de todas sus armas” (Ef 6,10-13).
Hermanos, si queremos crecer espiritualmente y si queremos ser fieles a nuestra misión de ser consagrados en el bautismo y para ser fieles en cada una de nuestras vocaciones, necesitamos de la fuerza poderosa del Espíritu que nos impulsa a dejarnos liberar del mal. Recordemos un poco aquellos pensamientos impuros que nos atormentan y escuchemos la voz de Cristo, nuestra Dios y señor, que nos dice con autoridad: ¡Cállate y sal de él! Aunque no lo creamos, pero, la verdad es que aquellos pensamientos impuros que a veces alimentamos con cierto deleite, al final se van volviendo pensamientos que nos atormentan y nos quitan la paz. La verdad es que, sin fuerza espiritual divina, la vida se va quedando sin sentido. Sólo el Espíritu de Dios moviliza nuestra alma y la impulsa a vivir en serenidad, paz y armonía.
Hermanos, hoy como ayer, el Señor, sigue pasando vecino a nosotros y quiere entrar a la sinagoga de nuestra interioridad y continúa diciéndole al espíritu inmundo que nos atormenta: ¡Cállate y sal de él! Preguntémonos: ¿Qué es aquello inmundo que hoy debo presentarle al Señor? ¿De qué necesito ser curado? Pidámosle al Señor que nos cure de la inmundicia del odio, los resentimientos, los deseos de venganza. Cada uno de nosotros, conocemos nuestro ser interior, dejemos entrar al Señor a nuestra vida y permitámosle que nos sane de nuestras heridas, de nuestras inmundicias. Cada uno conoce cuál es el espíritu inmundo que lo atormenta, con sinceridad de corazón, permítale a nuestro Señor que lo libere del mal. Abramos nuestro corazón al Señor y dejemos que nos diga con la fuerza poderosa de su palabra: “espíritu inmundo cállate y sal de este hijo de Dios”. Qué en esta Santa Misa dominical, con el poder de Dios, seamos capaces de soltar el grado de maldad que haya en nuestro corazón. Tengamos presente hermanos, el Señor tiene el poder para devolvernos la salud integral del cuerpo y del alma, lo más importante es dejarlo obrar con todo su poder.
Para terminar, permítanme compartir con ustedes las siete armas espirituales que nos propone Santa Catalina de Bolonia (1413 -1463), para combatir el maligno:
- Tener cuidado y solicitud en obrar siempre el bien.
- Creer que nosotros solos nunca podremos hacer algo verdaderamente bueno. Todo es gracia.
- Confiar en Dios y, por amor a Él, no temer nunca la batalla contra el mal, tanto en el mundo como en nosotros mismos.
- Meditar a menudo los hechos y las palabras de la vida de Jesús, sobre todo su pasión y muerte.
- Hay que recordar que debemos morir.
- Tener fija en la mente la memoria de los bienes del Paraíso.
- Tener familiaridad con la Santa Escritura, llevándola siempre en el corazón para que oriente todos nuestros pensamientos y acciones.
- Benedicto XVI, agrega un arma más: Tener un buen programa espiritual. Les invito a realizar un buen programa espiritual para el presente año.
Marcos 1, 21-28
En la ciudad de Cafarnaún, el sábado entró Jesús en la sinagoga a enseñar, estaban asombrados de su enseñanza, porque les enseñaba con autoridad y no como los escribas. Había precisamente en su sinagoga un hombre que tenía un espíritu inmundo y se puso a gritar: ¿Qué tenemos que ver nosotros contigo, Jesús Nazareno? ¿Has venido a acabar con nosotros? Sé quién eres: El Santo de Dios. Jesús lo increpó: ¡Cállate y sal de él! El espíritu inmundo lo retorció violentamente y, dando un grito muy fuerte, salió de él. Todos se preguntaron estupefactos: ¿Qué es esto? Una enseñanza nueva expuesta con autoridad. Incluso manda a los espíritus inmundos y lo obedecen. Su fama se extendió en seguida por todas partes, alcanzando la comarca entera de Galilea.
Tarea:
Leer, meditar y orar el capítulo segundo del evangelio según San Marcos
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Mar 24 Feb 2026
La fe, un camino que abre al encuentro con Jesús
Por Mons. José Libardo Garcés Monsalve - Este año de gracia del Señor, al celebrar 70 años de vida diocesana, somos convocados a seguir en el anuncio gozoso del Evangelio de Nuestro Señor Jesucristo, con el lema pastoral: “vayan y hagan discípulos” (Mt 28, 19), transmitiendo el don de la fe a muchas personas y al interno de sus familias, para formar comunidades eclesiales misioneras que se abran al encuentro con Jesús, recorriendo un camino de fe que transforme cada corazón, cada familia y cada comunidad parroquial.Es importante tener claro que la evangelización en nuestra Diócesis, durante todos estos años, ha tenido como misión la transmisión de la fe a muchas personas; la fe se presenta como luz que ilumina la mente y el corazón, para recibir a Jesucristo como el salvador del mundo. La fe que profesamos y transmitimos es un camino que abre al encuentro con Jesús y nos permite vivir de una manera distinta la misión y el caminar en el mundo. Hoy más que nunca se hace necesario un encuentro con Jesús, para combatir la división y la violencia que afecta a tantas personas, familias y a nuestra región.Con Jesucristo al centro de las personas y de las familias, la vida se hace más llevadera, aún con los dolores y los sufrimientos, con las alegrías y aciertos, van ayudando al crecimiento y fortalecimiento de la fe en el hogar, ya que “la presencia del Señor habita en la familia real y concreta, con todos los sufrimientos, luchas, alegrías e intentos cotidianos. Si el amor anima esa autenticidad, el Señor reina allí con su gozo y su paz” (Amoris Laetitia 315); de tal manera que la vida familiar se fortalece con la fe en el Señor Jesús que unifica el hogar.Una familia cristiana, donde los padres han entendido la misión que Dios les ha confiado de dar la vida, protegerla y custodiarla, ayudando a los hijos en su formación y desarrollo, se hace servidora del Señor, anunciadora del Evangelio, que sirve a otros hogares que pueden estar en dificultades, a centrar su vida en el Señor.Aparecida reconoce esta misión de los padres cuando afirma: “el gran tesoro de la educación de los hijos en la fe consiste en la experiencia de una vida familiar que recibe la fe, la conserva, la celebra, la transmite y la testimonia. Los padres deben tomar nueva conciencia de su gozosa e irrenunciable responsabilidad en la formación integral de los hijos” (DA 118), convirtiéndose en servidores del Señor, discípulos misioneros, que comunican dentro y fuera del hogar el Evangelio, cumpliendo con el mandato misionero del Señor: “vayan y hagan discípulos” (Mt 28, 19).El cristiano y la familia que edifican su vida sobre la roca firme de Jesucristo, recibirán la fuerza diaria para afrontar los desafíos y tareas en la misión que han recibido de Dios y podrán también convertirse en luz que ilumina el caminar de otros creyentes y otras familias, que entran en desánimo y pierden el fervor en continuar con la lucha diaria, porque “la familia, hoy sobre todo, tiene una especial vocación a ser testigo de la alianza pascual de Cristo, mediante la constante irradiación de la alegría del amor y de la certeza de la esperanza, de la que debe dar razón. La familia cristiana proclama en voz alta tanto las presentes virtudes del Reino de Dios como la esperanza de la vida bienaventurada” (Familiaris Consortio 52), incluyendo el testimonio cristiano al abrazar la cruz del Señor y contemplarla en medio de las dificultades que se viven en cada hogar. Esto es posible por la fe firme de un hogar que se abre al encuentro con Jesús.La fe recibida en el corazón de cada creyente y en el seno de cada hogar es luz que ilumina la existencia de cada uno y se irradia en su entorno, dando frutos de caridad que ayuda a permanecer y perseverar en la gracia de Dios, iluminados por Jesucristo, luz que alumbra el camino de cada uno; por tanto, “es urgente recuperar el carácter luminoso de la fe, pues cuando su llama se apaga, todas las luces acaban languideciendo. Y es que la característica propia de la luz de la fe es la capacidad de iluminar toda la existencia del ser humano. Porque una luz tan potente no puede provenir de nosotros mismos; ha de venir de una fuente más primordial, tiene que venir, en definitiva, de Dios” (Lumen Fidei 4). Abiertos a la fe en Jesucristo podemos ir a su encuentro y resolver la vida diaria desde el perdón, la reconciliación y la paz.Los desafíos son grandes porque no es fácil hacer frente en el momento actual, a todas las situaciones de adversidad por las que atraviesa el mundo. Sin embargo, cuando tenemos conciencia que Jesucristo ilumina y unifica la vida personal y familiar, podemos seguir adelante, abiertos a la gracia de Dios y al don que viene de lo alto que nos fortalece, alienta, nos llena de esperanza y nos da la certeza que “la presencia invocada de Cristo a través de la oración en familia nos ayuda a superar los problemas, a sanar las heridas y abre caminos de esperanza” (DA 119). Entonces tenemos la certeza de que no, estamos solos en la vivencia de la fe, ya que la gracia de Dios y la compañía de la Iglesia, nos ayudan a fortalecer la fe que permite vivir con la gracia y la bendición de Dios.Convoco a todos las personas y familias a encontrar unos minutos cada día para estar unidos ante el Señor, rogar por las necesidades familiares, orar por los miembros del hogar que estén pasando situaciones difíciles, pedirle el don de la paz, darle gracias a Dios todos los días por la vida y todo lo que acontece en la familia. Pongamos la vida personal y familiar bajo la protección y amparo de la Santísima Virgen María, en todas las circunstancias de la existencia, aún en los momentos de cruz. Que el Glorioso Patriarca San José, unido a la Madre del cielo, alcancen de Nuestro Señor Jesucristo la fortaleza en la fe como camino que nos abre a su encuentro, para vivir en el hogar iluminados y unificados por Él.En unión de oraciones, reciban mi bendición.+José Libardo Garcés MonsalveObispo de la Diócesis de Cúcuta
Lun 16 Feb 2026
"El amor nos hace pasar de la muerte a la vida": Mensaje en los 60 años de la muerte del Padre Camilo Torres
Por Cardenal Luis José Rueda Aparicio - Han pasado sesenta años desde la muerte del padre Camilo Torres Restrepo. A pesar de los profundos y vertiginosos cambios vividos en estas décadas, Colombia sigue anhelando la paz plena y la justicia social que dignifique la vida de todos.La inhumación de sus restos es un gesto que reconoce la dignidad inviolable de toda vida humana, cuya sangre derramada clama al Creador (Cf. Gn 4,10). Su memoria nos remite al rostro de todas las víctimas del conflicto armado en Colombia. Ellas nos recuerdan que la violencia y la guerra son siempre un fracaso humano y una herida abierta en el corazón de la Nación.Somos testigos del dolor profundo que acompaña a tantas familias que han perdido a sus seres queridos. En medio de ese sufrimiento, solo la esperanza en Cristo Resucitado nos sostiene y nos impulsa a seguir caminando juntos. Estamos llamados a vencer el mal con la fuerza del amor, con la certeza de que "sus llagas nos han curado" (1 Pe2,24) y de que la cruz de Cristo es, en definitiva, la negación de toda violencia y la proclamación de una vida nueva.Como discípulos misioneros, estamos dispuestos a acoger el clamor de los pobres y a construir una sociedad donde aprendamos a "compartir la mesa de la vida de todos los hijos e hijas del Padre, mesa abierta e incluyente, en la que no falte nadie" (Documento de Aparecida, Mensaje final, 4).La Iglesia ora por el eterno descanso del padre Camilo y ruega al Señor por el fin definitivo de toda forma de violencia en Colombia. Al mismo tiempo, nos exhorta a trabajar sin desfallecer por la justicia social, en el marco del Estado Social de Derecho, conscientes de que las causas de la violencia se enraízan también en estructuras de pecado que debemos transformar con la fuerza del Evangelio.Solo el amor fraterno es fundamento verdadero de reconciliación y unidad como Nación. Solo el amor hace posible el encuentro y el diálogo. Solo el amor nos dispone a respetar la vida de quien piensa distinto. Solo el amor abre caminos hacia una "paz desarmada y desarmante" (Papa León XIV)Hoy renovamos nuestra esperanza: el amor nos hace pasar de la muerte a la vida.Mensaje oficialCardenal Luis José Rueda AparicioArzobispo de Bogotá y Primado de Colombia15 de febrero de 2026
Lun 16 Feb 2026
El sentido de la política
Por Mons. Ricardo Tobón Restrepo - Es un hecho que a todos nos preocupa la situación del país. Habría que ser ciego para no percibir la fatiga, las expectativas, las frustraciones, los temores e incluso la ira que tantas personas expresan ante la realidad social y política que vivimos. En las últimas décadas, dentro de las circunstancias que vive el mundo y tratando de afrontar el presente y prever el futuro, hemos experimentado en Colombia desafíos, búsquedas, transformaciones, inestabilidad, sin logar tener un plan nacional consistente y estable, que haga posible el desarrollo integral en la libertad, la justicia y la solidaridad.Los católicos, como ciudadanos que experimentamos esta realidad e incertidumbre, que debemos estar comprometidos con el bien común y que hemos sido llamados particularmente a vivir como miembros de un pueblo, no podemos quedarnos inconscientes o indiferentes ante todo lo que afecta la dignidad de las personas y el futuro de la comunidad humana. Por tanto, debemos sentirnos responsables hoy cuando vemos el tejido social fracturado, los cimientos de las instituciones en tela de juicio, la violencia siempre presente y el avance de la mentira y la corrupción al servicio de intereses particulares.Una evaluación lúcida de lo que vivimos y un compromiso serio con la misión del país nos deben llevar a redescubrir el sentido de la política. La crisis de confianza entre los ciudadanos y sus gobernantes tiene su origen en las ambiciones personales excesivas, las maniobras electorales, las promesas incumplidas, la falta de formación de la clase política, la ausencia de un plan común a largo plazo, el comportamiento populista. No es posible soñar un mundo ideal, menos cuando nuestros políticos son los que hemos hecho entre todos y a los que, a la vez, cada uno pide satisfacer sus propios intereses.Si la política atraviesa una grave crisis es porque algo esencial se ha perdido. La vida comunitaria no puede prescindir de la política, que afirma la existencia de una “comunidad” que trasciende los intereses particulares y define las mejores condiciones para que el ejercicio del poder esté realmente al servicio de la vida social. En los países democráticos este poder se da en las elecciones, pero éstas deben estar iluminadas y conducidas sólo por la búsqueda del bien común, por la selección de las personas más competentes, por la garantía de la institucionalidad y por la decidida cooperación de todos.Nuestro país, como todos lo sabemos, tiene un gran potencial en distintos campos. Hay creatividad para el dinamismo económico y para diversas iniciativas solidarias. Hay experiencias y estructuras construidas con sabiduría y esfuerzo. Hay una gran reserva moral y capacidad de generosidad. Sin embargo, hay ausencias de liderazgos fuertes, hay una tendencia a multiplicar y cambiar leyes pensando que ellas por sí solas lo resuelven todo, hay manipulación de la realidad y aun de las personas a través del uso de las redes sociales, hay vacíos en el campo ético por un predominio nefasto del egoísmo y el individualismo.Lograr un verdadero y efectivo proyecto social no puede hacerse con la simple yuxtaposición de propuestas según determinados intereses. La política debe afrontar ante todo la cuestión de sentido. No para decir a todos lo que se debe pensar, sino para asegurar un horizonte que mantenga unido y comprometido a todo el país, para garantizar que ninguno sea rechazado o se excluya de esta empresa que nos necesita a todos. La cuestión de sentido ha desaparecido de la política al reducirla a proteger y proporcionar derechos individuales cada vez más amplios en una realidad colectiva.Así resulta más difícil articular la sociedad, un “nosotros” que no elimina el “yo”, sino que le otorga su puesto y su misión. La convivencia y la participación de todos en una obra común requieren más que un discurso gerencial. Por tanto, antes de un período de elecciones tenemos que pensar no sólo en elegir unas personas, sino en escoger un modelo de país que sea bueno para todos. Esto supera el simplismo con que a veces enfrentamos las cosas; nos pide producir pensamiento, conducir una verdadera educación ciudadana, proponernos una renovación moral y abrirnos todos a una dimensión trascendente de la vida. Con esos presupuestos y para mantenerlos, se eligen los mejores.+ Ricardo Tobón Restrepo Arzobispo de Medellín
Vie 6 Feb 2026
La esperanza de un nuevo año pastoral
Por Mons. Ricardo Tobón Restrepo - Estamos dando comienzo en nuestra Arquidiócesis a los programas de un nuevo año pastoral. Ayer, dentro de la solemnidad de Nuestra Señora de la Candelaria, le hemos pedido a nuestra madre y patrona que intervenga para que podamos realizar con fe, comunión y frutos apostólicos el Plan de Pastoral que juntos hemos construido. Para asumir y vivir este momento, nos resulta muy útil tener presentes las reflexiones y recomendaciones que el papa León XIV ha hecho, el 19 de septiembre de 2025, en un discurso dirigido a la Diócesis de Roma precisamente al comenzar allí el año pastoral. Admira ver cómo el análisis y las propuestas llegan oportunos a nuestra realidad y propósitos.El Papa comienza pidiéndole a su diócesis que se abra al Espíritu que suscita la esperanza de una renovación eclesial capaz de revitalizar las comunidades para que crezcan en el camino evangélico, en la cercanía a Dios y en la presencia de servicio y testimonio. Luego añade: “El fruto del proceso sinodal…ha sido ante todo el impulso a valorizar los ministerios y carismas, apoyándose en la vocación bautismal, priorizando la relación con Cristo y la acogida de los hermanos, empezando por los más pobres, compartiendo sus alegrías y tristezas, esperanzas y luchas. De esta manera se destaca el carácter sacramental de la Iglesia”.Después, para inducir la forma de proceder, hace un análisis de la realidad de la Diócesis de Roma, que vale también para nosotros, indicando que debemos ser capaces “con la gracia de Dios de realizar obras evangélicas en un contexto eclesial marcado por numerosos desafíos, especialmente en la transmisión de la fe, y en una sociedad necesitada de profecía, con numerosos y crecientes casos de pobreza económica y existencial, con jóvenes a menudo desorientados y familias con frecuencia agobiadas”. Esto implica desarrollar un estilo que valore los dones de cada persona y entienda el rol del liderazgo, para que, en la comunión, se superen las oposiciones y los aislamientos.A continuación, indica que esto en términos concretos significa trabajar por la participación activa de todos en la vida de la Iglesia, señalando en este sentido la importancia de los órganos de comunión, que deben ser fortalecidos o creados si no existen. En este sentido, debemos pensar nosotros concretamente en los consejos pastorales parroquiales. Pues, como enseña el Papa, “estos ayudan al Pueblo de Dios a ejercer plenamente su identidad bautismal, a fortalecer el vínculo entre los ministros ordenados y la comunidad, y a guiar el proceso desde el discernimiento comunitariohasta las decisiones pastorales”.Habla también el Papa de las agrupaciones u organismos que conectan diferentes dimensiones de la vida pastoral y de los sectores pastorales como los que se dan entre parroquias vecinas. Advierte que existe el riesgo de que estas entidades pierdan su función como instrumentos de comunión y se reduzcan a tener algunas reuniones, para luego volver a la práctica de una pastoral de forma aislada según los límites parroquiales o los propios planes. Esto, evidentemente, tiene aplicación en nuestros arciprestazgos y en nuestras áreas de pastoral, donde necesitamos hacer un discernimiento comunitario, vivir la común responsabilidad bautismal, planificar juntos y promover iniciativas pastorales compartidas.Además, el Papa propone tener tres objetivos concretos. El primero, fortalecer la relación entre iniciación cristiana y evangelización, yendo más allá de un enfoque escolástico de la catequesis, acogiendo bien a los adultos que buscan los sacramentos y formando bien los catequistas. El segundoobjetivo es dar participación a los jóvenes y a las familias; esto conlleva una acogida empática, caminos personalizados según las situaciones vitales y estar atentos a nuevos aprendizajes. El tercer objetivo que recomienda es la formación a todos los niveles; no podemos engañarnos, afirma, pensando que en la situación que vivimos el simple continuar con algunas actividades tradicionales mantendrá vivas nuestras comunidades cristianas.Qué bueno poder motivarnos para dar el mejor impulso a este nuevo año pastoral con las orientaciones del Sucesor de Pedro, que nos garantizan fidelidad y unidad dentro del proyecto de Dios. Como también lo pide él, incrementaremos la formación en el conocimiento bíblico, la práctica litúrgica, el ejercicio de la ciudadanía, el acompañamiento del sufrimiento mental y la promoción de la justicia social. Así, nuestra Iglesia particular seconvertirá “en un seno que inicia a las personas en la fe y en un corazón que busca a quienes la han abandonado”.+ Ricardo Tobón Restrepo Arzobispo de Medellín