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Cristianos santos y alegres (I)
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Por: Mons. Víctor Manuel Ochoa Cadavid - Deseo con Ustedes, queridos lectores, repasar un precioso regalo que nos ha hecho el Papa FRANCISCO, con la Exhortación Apostólica Gaudete et exsultate (Alegraos y regocijaos) publicada el 19 de marzo 2018. En este texto el Papa afronta el tema de la llamada a la Santidad en el mundo actual.
El Santo Padre con un lenguaje muy sencillo y personal quiere mostrarnos la posibilidad de ser santos, como fuente de amor y del seguimiento del evangelio con gran alegría. Parecería un tema para élites teológicas, pero el Pontífice quiere hablarnos al corazón, a todo el pueblo de Dios y deseo llevar a ustedes estos argumentos para el crecimiento en la fe. Su Santidad pone de frente a nuestra reflexión una gran llamada a la santidad, en la expresión de la voluntad de Dios, el Todopoderoso que quiere que seamos santos, nos presenta una sencilla premisa que, para todos nosotros, debe ser de gran aliento. “Él nos quiere santos y no espera que nos conformemos con una existencia mediocre, aguada, licuada” (Cf. n. 1).
El Santo Padre desea entrar en los medios de santificación, como llamada que es actual y posible para todos los hijos de la Iglesia. Nos presenta, cómo en el tiempo actual, con todos los riesgos y desafíos, las muchas oportunidades de ser santos (Cf. n. 2), algo que es alcanzable por todos y cada uno de nosotros.
La santidad surge de Cristo, que nos manifiesta la voluntad de Dios Este es un “camino” que nos muestra la voluntad de Dios, la santidad es también una “misión”, un proyecto de vida que todos debemos emprender como discípulos de Cristo. Esta forma de vida surge del Evangelio y está vinculada a Él de forma insuperable (cf. n. 19).
Esta forma de vida, la santidad, es una actitud que tiene de reflejarse en la vida ordinaria, en cada uno de los gestos y hechos de vida que nos tocan. El Papa FRANCISCO pone el ejemplo de pequeñas acciones que nos permiten experimentar ese camino de santidad: una señora que va al mercado y no acepta hablar allí mal de nadie; la madre que escucha con atención a su hijo, acerca de sus fantasías –con paciencia y afecto- con toda la atención; viviendo pruebas, orando con devoción a la Virgen; viviendo la caridad. Gestos, ofrendas, signos completos de santidad (Cf. n. 16).
En la vida diaria, en sus desafíos, en el devenir de la vida diaria, es dónde Dios nos invita a “nuevas conversiones” para que la gracia de Dios se “manifieste mejor en nuestra existencia ‘para que participemos de la santidad (Hb. 12,10)’ “. La Santidad no es una forma de vida para unos pocos que pueden como aislarse del mundo, de las cosas de la vida, o que viven una vida lejana de los problemas de hoy. ¡No!, es una vida cercana, posible, en la cual cada persona, cada uno de nosotros en nuestras vidas experimenta al Señor. Hace una cita del Concilio Vaticano II, “Cada uno por su camino” (Lumen gentium, 11) para que pueda tocar a cada uno de nosotros y nuestra reflexión: la santidad es posible para todos en el camino de la propia historia, de los propios hechos y de la concreta realidad que vive (Cf. n. 11).
Este don de la santidad es un don del Espíritu Santo a toda la Iglesia “El Espíritu Santo derrama santidad por todas partes, en el santo pueblo fiel de Dios” (Cf. n. 6). El Pueblo de Dios, cada uno de nosotros, tiene que vivir la santidad, como forma concreta de seguimiento del Señor y de su Evangelio. La comunidad humana está llamada a la santidad, en una dinámica del pueblo.
Nos dice el Papa FRANCISCO: “Me gusta ver la santidad en el pueblo de Dios paciente: a los padres que crían con tanto amor a sus hijos, en esos hombres y mujeres que trabajan para llevar el pan a su casa, en los enfermos, en las religiosas ancianas que siguen sonriendo. En esta constancia para seguir adelante día a día, veo la santidad de la Iglesia militante. Esa es muchas veces la santidad de “la puerta de al lado”, de aquellos que viven cerca de nosotros y son un reflejo de la presencia de Dios, o, para usar otra expresión, “la clase media de la santidad” (n. 7).
Con estas reflexiones, el Santo Padre quiere que seamos conscientes de esta llamada de Dios, en la posibilidad de caminar respondiendo a Dios. Esta santidad se construye en la propia historia (cf. n. 8).
La santidad de los hijos de la Iglesia ayuda y estimula a otros a ser santos, a vivir en este estilo de vida y comportamientos que son signo claro de la opción por Jesús. “La santidad es el rostro más bello de la Iglesia” Es habitual que al entrar en los templos o en nuestra devoción personal tengamos la imagen de los santos. Desde hace algún tiempo, podemos tener fotografías de hombres y mujeres que con su vida siguieron y sirvieron a Dios (En Cúcuta, el Beato Luis Variara, salesiano -llamado el Santo de Cúcuta- que sirvió a los leprosos y murió en Cúcuta el 1 de febrero de 1923 y fue beatificado por San Juan Pablo II el 14 de abril de 2002; el Beato Jesús Emilio Jaramillo Monsalve, Misionero Javeriano de Yarumal, muerto el 2 de octubre 1989 y beatificado por el Papa Francisco el 8 de septiembre 2017). Santos con rostro personal, humano.
Esta llamada a la santidad es personal, directa, que exige de nosotros una respuesta y un compromiso concreto. Una respuesta y un compromiso en toda la acción pastoral de la Diócesis de Cúcuta, ella tiene un objetivo concreto, encontrar a Jesucristo, vivir el Evangelio y con nuestros comportamientos alcanzar una forma de vida, la santidad que es la llamada de Cristo. Esta llamada te toca a ti querido lector, toca tu vida, tu respuesta a Cristo.
Termino con una profunda reflexión que nos hace el Papa: la santidad está profundamente unida a la humanidad. La santidad no entra en contradicción con la humanidad, la asume y la acoge en toda su profundidad. Con la santidad, la humanidad se hace fecunda (Cf. n. 33).
En otro momento seguiremos repasando las enseñanzas del Papa FRANCISCO, sobre la santidad, dejémonos interpelar por esta invitación a la santidad, que no es otra que seguir a Cristo, entrar a la ESCUELA DE JESÚS.
+ Víctor Manuel Ochoa Cadavid
Obispo de Cúcuta
Vie 20 Mar 2026
San José, modelo siempre nuevo de filiación y paternidad
Por Mons. Félix Ramírez Barajas - La experiencia humana hunde sus raíces en la profunda experiencia de ser hijo, un espacio vital donde se aprende a amar la vida recibida y, por tanto, el amor de entrega de quien ha engendrado.Nuestra realidad social, con la amenaza de tantas ideologías, quiere imponernos nuevos prototipos de paternidad y por ende de familia, en contra de la iniciativa divina, son sobre todo “ideologías de confusión” (Babel). Es un ambiente de insatisfacción y subversión de los valores, cambiando e imponiendo lo que en realidad es contrario a la ley divina y a la ley natural.Cuando se pierde el sentido de Dios, de trascendencia y de verdadera identidad en lo antropológico y en lo espiritual, se quiere, malévolamente, redefinir lo que significa la paternidad y aun la maternidad, dando rasgos e identidades muy desde el libre pensar y actuar de modo individualista de muchos que, en aras al respeto a su nueva identidad y manera de pensar, reclaman derechos sin cumplir deberes.Hoy estos son desafíos para la evangelización y la pastoral, pues cada vez más aparecen “areópagos” en donde no siempre son lugares para discutir sobre temas filosóficos y teológicos, sino donde hay desinformación, y discusiones sobre identidades fruto de sentimientos reprimidos o de diversas patologías. Allí el evangelizador y la familia tiene que llegar con la “parresia” propia de quien esta convencido del actuar de Dios en medio de los ambientes como Babel, Sodoma y Gomorra, Nínive, Corinto, etc.En este mes de marzo contemplemos, con serenidad la figura de San José, una hermosa luz en medio de realidades oscuras, de los trampolines del relativismo moral, de corrientes subjetivas, del rechazo al plan de Dios y de muchas otras formas de actuar en medio de incoherencias. Pero también en ambientes de Fé, de comunidad, de familia, de Iglesia donde el Resucitado, como a los apóstoles, nos dice la paz esté con ustedes. Recobremos la paz que dá el Señor y que también los santos como San José el justo, experimentó con su vivencia de hijo y a la vez de Padre.San José, nos enseña a vivir la experiencia filial con fe y dependencia de la paternidad de Dios. En la Sagrada Escritura, se nos presenta como un hombre justo y obediente a la voluntad de Dios (Mt 1, 19-20). Atento como María y en actitud de escucha, es obediente, como el verdadero hijo que va reconociendo que a Dios Padre hay que responderle en la humildad y hasta en el silencio que se convierte en elocuente actitud filial. Solo en esa experiencia vital de sentirse hijo, san José es prototipo de Padre, así tal cual como nos lo refiere el evangelio de san Mateo 1, 18, 25.Como padre, San José es un modelo de valores y virtudes digno de ser imitado por todo creyente y especialmente por los padres y madres de familia. El Papa Francisco nos recordaba que "nadie nace padre, sino que se hace. Y no se hace sólo por traer un hijo al mundo, sino por hacerse cargo de él responsablemente" (Amoris Laetitia, 121). San José nos muestra que la paternidad como don de Dios para él va mucho más allá de lo humano, pues se trata de ser imitador del gran amor y paternidad del mismo Dios.Las cortas alusiones que hace la Sagrada Escritura sobre San José, son suficientes para mostrar a San José como ejemplo de la paternidad, como cuando se preocupa por el bienestar de María y Jesús (Mt 1, 19; Lc 2, 4-5).En síntesis, aprendamos de San José:1. “A vivir la filiación como un don y una vocación que requiere escucha y respuesta a la llamada de Dios. Invitamos a las familias a reflexionar sobre la importancia de la filiación y a cultivar una relación profunda con Dios, Padre.” (Conferencia Episcopal de Colombia, 2024).2. “San José nos muestra que la paternidad es una vocación que requiere escucha, obediencia y servicio. Invitamos a los padres a reflexionar sobre su papel en la familia y a buscar formas de servir a sus hijos y a su comunidad.” (Conferencia Episcopal de Colombia, 2024).3. San José y María nos ofrecen un modelo de familia como escuela de amor y entrega. Invitamos a las familias a reflexionar sobre cómo pueden cultivar el amor y la entrega en su hogar, y a buscar formas de ser una fuente de amor y esperanza para el mundo.4- Con San José, aprendamos a escuchar a Dios, a descubrir su voluntad y a caminar en Sinodalidad.BibliografíaConferencia Episcopal de Colombia. (2024, 9 de febrero). Mensaje de los Obispos al Pueblo de Dios. CXVI Asamblea Plenaria: "Cristo Jesús, Nuestra Esperanza" [Comunicado]. https://www.cec.org.co/sites/default/files/2024-02/COMUNICADO%20OBISPOS%20COLOMBIANOS_ASAMBLEA%20PLENARIA_CXVI.pdConferencia Episcopal de Colombia. (2024, 16 de junio). San José: Modelo de paternidad. Mensaje con motivo del Día del Padre. https://www.cec.org.co/Mons. Félix María Ramírez BarajasObispo de Málaga-SoatáMiembro de la Comisión Episcopal de Matrimonio y Familia
Lun 16 Mar 2026
Nueva edición para Colombia del Misal Romano
Por Mons. Ricardo Tobón Restrepo - En la Ultima Cena que Jesús celebró con sus discípulos, les dio el mandato de “hacer su memoria”. Así instituyó un sacramento que no es sólo un recuerdo de él, sino un acto que lo hace presente y produce la gracia de su Pascua en aquellos que creen y lo siguen. Desde entonces la Iglesia se congrega y vive a partir de la Eucaristía. La celebración de este don incomparable fue dando origen a la configuración de unos ritos litúrgicos. La primera noticia sobre esta estructuración litúrgica la tenemos en San Justino; sabemos que después San Gregorio Magno hizo una reforma; luego San Pío V, siguiendo las disposiciones del Concilio de Trento, configura el Misal Romano. Otros Papas, a lo largo de los siglos, procurando actualizar o perfeccionar los ritos, introdujeron algunos cambios.El Concilio Vaticano II, en la Constitución “Sacrosanctum Concilium”, estableció que convenía que el culto divino se renovase y se adaptase a las necesidades de nuestra época. Acatando esa disposición San Pablo VI aprobó el 3 de abril de 1969 el nuevo Misal Romano, que se hizo efectivo en 1970. Así los Papas, como dice Benedicto XVI, han actuado "para que esta especie de edificio litúrgico…apareciese nuevamente esplendoroso por dignidad y armonía”. El Misal de San Pablo VI tuvo una segunda edición con algunos elementos nuevos en 1975. Después, San Juan Pablo II, para actualizar el Misal de acuerdo con reformas litúrgicas posteriores y con el nuevo Código de Derecho Canónico, aprobó una tercera edición que se promulgó en la Pascua del año 2002.De esta edición se ha hecho una traducción al español propia para Colombia, debidamente aprobada por el Dicasterio para el Culto Divino, que ha tenido varias reimpresiones. Ahora, como es normal, al agotarse y deteriorarse los ejemplares existentes, se reimprime de nuevo y se aprovecha para una actualización y algunos ajustes de traducción. Comenzaremos a celebrar con esta nueva edición a partir de la Misa Crismal, el próximo 26 de marzo. Es un paso importante, pues ante la escasez de misales se estaban utilizando textos aprobados para España y otros países. Por eso, invito a todas las parroquias, las capellanías y casas religiosas que lo adquieran cuanto antes para que unifiquemos la celebración de la Eucaristía en toda la Arquidiócesis y en Colombia.No se trata de un nuevo Misal como han dicho, sin conocimiento de causa, algunos medios de comunicación. Es el mismo Misal en el que se incluyen las fiestas litúrgicas y las memorias de los santos canonizados después de la edición anterior; es así como ahora encontraremos, por ejemplo, la eucología propia para la celebración de San Juan Pablo II y Santa Laura Montoya. Para unificar el lenguaje, se ha aprobado ya definitivamente el uso del pronombre “ustedes”, en lugar de “vosotros”, en la fórmula de la consagración. De otra parte, se adiciona el nombre de San José en las Plegarias Eucarísticas. Espero que acojamos todos sin dificultad esta nueva edición del Misal y que aprovechemos la ocasión para vivir con más fe y más provecho espiritual el misterio eucarístico.En este sentido, recomiendo vivamente que estudiemos de nuevo la “Instrucción General del Misal Romano”, que está en las primeras páginas, ya que contiene muchas informaciones y orientaciones que aportan mayor precisión y sentido a diversos elementos de la celebración de la Eucaristía, subraya más ampliamente la naturaleza y la dignidad de la sagrada liturgia en la vida de la Iglesia, especifica mejor el oficio de los ministros y de la asamblea, motiva a utilizar las diversas formas de celebrar la Misa, trae importantes anotaciones sobre la disposición del lugar sagrado y de los objetos que se utilizan en la celebración. Podría ser la ocasión también para repasar otros documentos muy importantes: la Encíclica Ecclesia de Eucaristía de San Juan Pablo II, la Instrucción Redemptionis Sacramentum y la Exhortación Sacramentum Caritatis del Papa Benedicto XVI, la Carta Desiderio Desideravi del Papa Francisco.Sobre todo, pienso que debemos continuar en un compromiso serio de cuidar la liturgia y de llevar a los fieles a una activa, consciente y fructuosa participación en ella. Como enseñaba San Juan Pablo II: “Existe un vínculo estrechísimo y orgánico entre la renovación de la liturgia y la renovación de toda la vida de la Iglesia”. Que especialmente este tiempo de Cuaresma nos lleve en cada Eucaristía a vivir la fe en la centralidad del misterio pascual de Cristo para que tengamos en él una fuente inagotable de la vida nueva del Evangelio, un llamamiento permanente a la fraternidad y un decidido impulso a realizar nuestra misión en el mundo. + Ricardo Tobón RestrepoArzobispo de Medellín
Lun 9 Mar 2026
La Esperanza en Jesucristo no defrauda
Por Mons. José Libardo Garcés Monsalve - Avanzando en la celebración de los 70 años de vida diocesana con el lema pastoral: vayan y hagan discípulos haciendo la Voluntad de Dios, nos disponemos a reflexionar sobre la virtud de la Esperanza en este itinerario que estamos recorriendo a través de las virtudes teologales. Así, fortalecer el camino de santidad que cada uno de nosotros debe recorrer hasta llegar a la vida eterna siguiendo a Jesucristo: “yo soy el camino, la verdad y la vida. Nadie puede llegar al Padre, sino por mí” (Jn 14, 6).El trabajo evangelizador en salida misionera en el que estamos todos empeñados en nuestra Diócesis de Cúcuta, se convierte en una siembra de esperanza en la vida y la misión de cada uno de nosotros. Vivimos en este hoy de la historia, conflictos y divisiones que producen violencia y muerte en la vida personal, familiar y en nuestro entorno social. Ante esto, tenemos la certeza que la esperanza es Jesucristo, que no nos defrauda, Él nos acompaña en la barca de la vida y está presente en las tormentas de nuestra existencia, basta que le abramos el corazón a su Palabra y fortalecidos por la fe, recibamos como alivio para nuestra vida la esperanza que cambia el rumbo de la existencia y le da un nuevo sentido: “la puerta oscura del tiempo, del futuro, ha sido abierta de par en par. Quien tiene Esperanza vive de otra manera; se le ha dado una vida nueva” (Spe Salvi 2).Tenemos la certeza de la fuerza del Espíritu Santo en nuestras vidas, que es presencia de Jesucristo en todos los ambientes y lugares, que llena a todos de esperanza, “una esperanza que no defrauda porque, al darnos el Espíritu Santo, Dios ha derramado su amor en nuestros corazones” (Rom 5, 5); que alivia tantas heridas producidas por el mal y el pecado, que destruyen nuestra vida y oscurecen el entorno familiar y social.Frente a tanta incertidumbre por la que atraviesa el ser humano en el mundo de hoy, la esperanza en Cristo nos llena de gracia, que nos permite recibir el perdón de Dios por nuestros pecados y fortalecer la centralidad de la vida en Él, que nos sostiene en medio de las dificultades y tribulaciones por las que pasamos cada día. “¿Quién podrá entonces separarnos del amor de Cristo? ¿Las tribulaciones, las angustias, la persecución, el hambre, la desnudez, los peligros, la espada? Pero en todo esto obtenemos una amplia victoria, gracias a aquel que nos amó. Porque tengo la certeza de que ni la muerte ni la vida, ni los ángeles ni los principados, ni lo presente ni lo futuro, ni los poderes espirituales, ni lo alto ni lo profundo, ni ninguna otra criatura podrá separarnos jamás del amor de Dios, manifestado en Cristo Jesús, nuestro Señor (Rm 8, 35.37-39). Aquí está la esperanza que no permite que nos derrumbemos frente a las dificultades, una esperanza fundamentada en la fe y alimentada con la caridad, que hace posible que sigamos adelante sin vacilaciones.La fuerza del Espíritu Santo mantiene en nosotros viva la fe, la esperanza y la caridad, somos sostenidos para seguir como peregrinos de la esperanza, en gracia de Dios, dando testimonio de Jesucristo en el cumplimiento de nuestra misión y en el trabajo misionero que cada uno realiza, aún en medio de los sufrimientos y las dificultades.Al respecto san Pablo nos anima diciendo: “por la fe en Cristo hemos llegado a obtener esta situación de gracia en la que vivimos y de la que nos sentimos orgullosos, esperando participar de la gloria de Dios. Y no sólo esto, sino que hasta de los sufrimientos nos sentimos orgullosos, sabiendo que los sufrimientos producen paciencia; la paciencia produce virtud sólida, y la virtud sólida esperanza, una esperanza que no defrauda” (Rom 5, 2 - 5) y que nos mantiene en pie en el combate espiritual, para que sigamos adelante, caminando juntos en la gracia de Dios.Para mantenernos firmes en este camino espiritual de santidad es necesaria la oración diaria, que es una escuela de esperanza que fortalece la fe y produce el fruto maduro de la caridad: “un lugar primero y esencial de aprendizaje de la Esperanza es la oración. Cuando ya nadie me escucha, Dios todavía me escucha. Cuando ya no puedo hablar con ninguno, ni invocar a nadie, siempre puedo hablar con Dios. Si ya no hay nadie que pueda ayudarme, cuando se trata de una necesidad o de una expectativa que supera la capacidad humana de esperar, Él puede ayudarme” (Spe Salvi 32).Esta verdad que vivimos en gracia de Dios, fortalecidos por la oración, es lo que transmitimos a los demás cumpliendo con el encargo misionero que el Señor Jesús nos ha hecho a todos: “vayan y hagan discípulos a todos los pueblos y bautícenlos para consagrarlos al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo, enseñándoles a poner por obra todo lo que les he mandado. Y sepan que yo estoy con ustedes todos los días hasta el final de los tiempos” (Mt 28, 19 - 20). Jesús mismo nos ha dejado la certeza que no nos abandona, no nos defrauda, camina siempre con nosotros, no transmitimos a los demás una teoría sobre Jesucristo, sino la experiencia de vida centrada en Él que cada día nos fortalece.Con la esperanza viva en Jesucristo, abiertos a la gracia del perdón que viene de Dios, para vivir en la familia y en la comunidad la caridad cristiana, sigamos anunciando el Evangelio de Jesús por todas partes. Que la Santísima Virgen María, Madre de la Esperanza y el Glorioso Patriarca San José, nos enseñen a creer, esperar y amar como ellos y que nos indiquen cada día el camino hacia el Reino de Dios, donde llegaremos todos, después de esta peregrinación terrena.En unión de oraciones, reciban mi bendición.+José Libardo Garcés MonsalveObispo de la Diócesis de Cúcuta
Mar 3 Mar 2026
La Iglesia hace política
Por Mons. Ricardo Tobón Restrepo - En el proceso histórico de nuestro país y especialmente en la coyuntura política que vivimos, los cristianos debemos participar responsable y activamente. La acción política, realizada desde una visión cristiana, no puede concebirse sino como un servicio concreto a la sociedad, con el fin de proteger y favorecer el bien común. Esto significa la promoción y garantía de las condiciones necesarias para que los ciudadanos puedan desarrollar su vida y disfrutar en buenas condiciones los servicios fundamentales: el derecho a la vida, a la libertad, a la educación, a la salud, al trabajo y a la vivienda. La Iglesia sí hace política, pero de otra manera: cuando cada uno de sus miembros, desde su concreta posición, se hace responsable de la vida y el futuro de la sociedad.Los católicos tenemos derecho y obligación de apoyar, por caminos democráticos, proyectos políticos que concuerden con nuestra visión de la persona humana, de la sociedad y del comportamiento ético; los políticos católicos tienen también el deber de impulsar estos objetivos; negarnos este derecho sería promover una política intolerante y discriminatoria. Esta obligación, independientemente de las preferencias partidistas que tengamos, exige la defensa y protección de la vida humana, de la familia en todas sus implicaciones, de los menores y los más necesitados, de la libertad y la pacífica convivencia, de la justicia y la solidaridad, de las religiones y las diferentes culturas.Dentro de estas convicciones morales, los católicos tenemos libertad para actuar en política según el dictamen de la conciencia y la responsabilidad personal. Con estos criterios hay lugar a opiniones distintas y a proyectos diferentes, todos legítimos, aunque no todos tengan el mismo valor. La diferencia y libertad de posiciones y proyectos no se pueden confundir con la indiferencia o el relativismo moral. Las diversas iniciativas valen más o menos según la forma como correspondan a los valores morales que son garantía del bien personal y social. La idea de que la política tenga que navegar en el laicismo y en el relativismo no tiene un fundamento sólido y entraña peligros. Si todos no respetamos valores objetivos se abre el camino a la arbitrariedad y al autoritarismo.Por eso, la Iglesia tiene el derecho y el deber de instruir y animar a los católicos para que actúen debidamente en los diferentes momentos y niveles de la vida política de acuerdo con las exigencias de nuestra fe. Los católicos, dentro del legítimo pluralismo y en colaboración con los demás ciudadanos, debemos discernir qué líderes, qué grupos políticos y qué propuestas responden más al bien común según la doctrina de la Iglesia. Hay propuestas que afectan el bien de las personas, de las familias, de la libertad ciudadana; por tanto, los católicos tenemos que hacernos escuchar sin miedo. En síntesis, la fe y la moral cristianas tienen que ser operantes en todas las dimensiones de la vida y, por consiguiente, también en la política.A la Iglesia se la critica si interviene en política porque no se acepta que tome partido, pero se la critica igualmente si no interviene porque pareciera que es indiferente a la vida y a la suerte del pueblo. La Iglesia, es decir todos nosotros los católicos, no nos podemos quedar como una masa muerta e indiferente frente a lo que pasa y puede pasar en el país. Los católicos, como se ha dicho siempre, debemos ser los mejores ciudadanos. Entonces intervengamos para dar lo que sabemos: el sentido del servicio público; para llamar a la unidad y a la cordura en el proceder; para mediar y ofrecer servicios específicos a favor de la libertad, la justicia y la reconciliación; para elegir a los mejores mediante un voto consciente y responsable.Hoy no pensar y, por lo tanto, no actuar correctamente es una forma de colaborar con la destrucción de nuestras instituciones democráticas. La historia ya nos enseñó lo que ocurre cuando el poder se desborda y los demás callamos. La ignorancia de un votante en una democracia pone en peligro la seguridad de todos. Tenemos que analizar a fondo las propuestas y no quedarnos con alucinaciones populistas. La elección de parlamentarios que vamos a tener es un momento decisivo y fundamental para mantener la institucionalidad y el bienestar del país. Por tanto, el abstencionismo, el voto irresponsable o el voto vendido no son una opción válida para un católico. Procedamos con la responsabilidad y la esperanza que nos vienen de Cristo; Él es la luz que vence toda oscuridad.+Ricardo Tobón RestrepoArzobispo de Medellín