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GERARDO VALENCIA CANO, el más discutido y admirado obispo de Colombia en su momento
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Al celebrar este 21 de enero, 2022, los 50 años de la partida a la Casa del Padre de Mons. Gerardo Valencia Cano, la Conferencia Episcopal de Colombia se une a los pueblos indígenas de nuestro país y al pueblo de Buenaventura y de la Costa Pacífica, en homenaje y reconocimiento a quien fuera su pastor abnegado. Como miembro de la Congregación de los Misioneros de Yarumal, en 1949, a la edad de 32 años, fue nombrado Prefecto Apostólico de Mitú, Prefectura que cubría los actuales departamentos de Vaupés, Guaviare y Guainía, donde dejó una huella imborrable por su trabajo apostólico, que sintetizó en el bello poema y canto de su inspiración poética:
“¡Vaupés, Vaupés, tierra brava de la selva y del raudal!
¡Vaupés, Vaupés, en tus aguas se oye el toque de un clarín!
Vaupés, Vaupés, no te busquen los que no saben luchar,
que a tus selvas se entra siempre con coraje
Y a tus ríos con bravura
Y a tu corazón con fe”. (…) [1]
En 1953 fue designado por la Santa Sede como Vicario Apostólico del recién creado Vicariato Apostólico de Buenaventura, donde inició un incansable trabajo misionero que trascendió las fronteras de su jurisdicción hacia todo el litoral Pacífico colombiano, con influencia en todo el país. Mons. Valencia fue uno de los más reconocidos obispos de Colombia en su tiempo por su búsqueda de un nuevo estilo de Iglesia que viviera y proclamara auténticamente el Evangelio de Jesús, adelantándose más de 50 años a la propuesta del papa Francisco de una Iglesia en SALIDA. El “Hermano Gerardo”, como fue reconocido por su pueblo, nos dejó un legado misionero de auténtico cristiano de a pie, como sacerdote y pastor comprometido con su grey, y de obispo de su tiempo que buscó aplicar el Concilio Vaticano II en la Iglesia latinoamericana, a través del Departamento de Misiones del CELAM, como su primer presidente.
Monseñor Valencia Cano, Vicario Apostólico de Buenaventura de 1953 a 1972, murió en el accidente del avión HK 661 de Satena que volaba de Medellín a Istmina y se estrelló en el Cerro de San Nicolás, en la región del Citará, jurisdicción del municipio de Ciudad Bolívar, al suroeste del departamento de Antioquia. Su muerte conmocionó a su querido pueblo de Buenaventura y del litoral pacífico que le rindió un sentido homenaje el 7 de febrero, 17 días después del accidente; cuando su cuerpo fuera rescatado de la selva inhóspita por la comisión terrestre liderada por el sacerdote Ricardo Saldarriaga, párroco de la parroquia San Bernardo de los Farallones, de Ciudad Bolívar.
“Todos somos un solo Pueblo” [2]
Cincuenta años después, su memoria sigue aún más viva y fecunda, como nos lo confirma Monseñor Rubén Darío Jaramillo M., actual obispo de la diócesis de Buenaventura: “El 21 de enero de 1972 parte hacia el Cielo Mons. Gerardo Valencia Cano, obispo de Buenaventura, coronando así una obra maravillosa que, en 19 años, como Vicario Apostólico de Buenaventura, realizó innumerables obras en esta región del Pacífico Colombiano, en Colombia y en América Latina. Hemos querido designar esta gran fiesta con el nombre: “TODOS SOMOS UN SOLO PUEBLO”, resumiendo así la vida y obra, la memoria y pensamiento de Gerardo Valencia Cano, el Hermano Mayor, el obispo de los pobres. “Todos somos un solo pueblo”, solía decirlo en sus alocuciones en Radio Buenaventura en su programa diario “Muy Buenos Días”. GVC está vivo, está resucitado, y cada día toma más fuerza su pensamiento, su amor a sus comunidades, primero en el Vaupés y luego en Buenaventura. En palabras de la poetisa Lucrecia Panchano digo: “Fue nuestro gran monseñor G. Valencia Cano quien, en todo hombre, su hermano reconoció con amor”. Es para nosotros, yo como obispo de Buenaventura, Rubén Darío Jaramillo Montoya, poder celebrar la vida y obra de un hombre grande, de un obispo que supo ver en el otro el rostro de Dios y entregarse por Él como profeta, como sacerdote y como obispo, pero ante todo como hermano, “hermano del Tucano”, decía en el Vaupés, y aquí “hermano del negro, del indígena, del mestizo”, que defendió las poblaciones de los potentados que querían destruir a los humildes, a los “negritos”, como decía él. Que Dios en el Cielo lo corone y a nosotros nos inspire en estos cincuenta años que estamos celebrando, poder imitar su legado de entrega absoluta por los demás; dejar a un lado tantas complicaciones como llevamos nosotros y ser humildes y sencillos como él vivió. En el Cielo hay fiesta porque hay un hombre grande. En la tierra, en Buenaventura, ya no lloramos a Gerardo; ya lo invocamos para que siga acompañando la lucha del Pueblo de Buenaventura en su liberación total, en su dignificación. Dios bendiga nuestro Puerto y que, desde el Cielo, Gerardo nos envíe su bendición”[3]. Desde la Comisión Episcopal de Misiones y del Centro de Animación Misionera de la CEC y el área de Etnias nos unimos a Mons. Rubén Darío para apoyar a su diócesis y a la Iglesia colombiana en el proceso de beatificación que se inicia.
¿Cómo se entendió a sí mismo el Hermano Gerardo?
El esfuerzo por plasmar en su “Diario” sus vivencias del día a día en su actividad apostólica nos dejan una prueba de su íntimo deseo de identificarse más y más con el proyecto de Jesús. Escribía en 1969, a poco más de un año de su partida:
“Yo quisiera salir gritando: soy un sacerdote misionero que quiere vivir a los 52 años de edad y hasta la muerte, su sacerdocio como el día de su ordenación”.
(…)
“Comprendí que "para conocer a Dios es necesario conocer al hombre y que es necesario amar al hombre para poder amar a Dios", como lo recordaba Pablo VI al finalizar el Concilio”.
(…)
“Comprendí que la vocación de "evangelizar a los pobres" lleva consigo el deber de denunciar las injusticias y las hipocresías de quienes echan pesadas cargas sobre los hombros de los demás y ellos no las tocan ni con un dedo”.
(…)
“¿Y el "aggiornamento"? Para mí, aggiornarse el sacerdote es sentir como Cristo el dolor de las muchedumbres marginadas y la rebelión de esa juventud aprisionada dentro de unas estructuras que deberían estar en continua revisión, según las exigencias de los tiempos y los impulsos del Espíritu” [4]
El talante de su personalidad y de su pensamiento social lo podemos medir en sus mismas palabras; en un discurso pronunciado en 1971, expresaba:
“Hermanos, os habla un porteño que ha sufrido durante diecinueve (19) años la dureza de la estiva sobre los hombros encorvados de sus hermanos con hambre de libertad; (…) Os habla un hombre que ha llorado con el indio la desaparición de su raza y ha llorado con el negro el desprecio de las otras; (…) Os habla un hombre que, habiendo recibido de Cristo su mandato de amor, ve con angustia que el egoísmo de los que algo tienen, clava sus garras implacables sobre las frentes de los desposeídos”. (…) “Hermanos, os habla un hermano, un hermano vuestro Latinoamericano, nacido en las montañas de Los Andes, quemado por el sol de nuestros valles, herido en las espinas de la selva, conocedor del Amazonas y del Plata. Os habla mi experiencia de la tierra, la angustia de libertad, la sed insoportable de que todos tengamos una sola Patria” [5]
Entre muchas opiniones sobre el Hermano Gerardo, destaco el siguiente escrito del poeta nadaista Gonzalo Arango, quien fue su amigo y quien tuvo la ocasión de caminar con Mons. Valencia en una correría por San Francisco del Naya. En el periódico El Tiempo en 1971 nos dejó el poeta esta reseña del obispo de Buenaventura: “Monseñor Valencia no es el lobo de Golconda, pero tampoco el caperucita roja de la religión. Evidentemente no es el capellán del statu quo. Sencillo como la coliflor, flaco, bajito, con un motorcito pegado al alma, con una autoridad que no emana del poder sino de su bondad. Así es él. Silencioso y activo, incansable y meditador. Un peón de Cristo a quien le sobra tiempo para la poesía”.
Su biógrafo, Gerardo Jaramillo lo define como un profeta: “Gerardo era un profeta: sintió que tenía una misión que cumplir, sintió que Dios le había encomendado una misión y, aunque a veces había sentido deseos de huir, siempre permaneció asido a la cruz, uncido a la tarea que el Señor le encomendó”[6].
"Bienaventurados los que tienen hambre y sed de justicia porque ellos serán saciados!", gritó Jesús en el sermón de las Bienaventuranzas, grito que actualizó el Hermano Gerardo durante su actividad misionera, y en numerosos escritos y discursos, como lo testimonia Monseñor Raúl Zambrano Camader, su colega en el episcopado: “De los negros opinó que son el símbolo de todo el pueblo iberoamericano. La clave de la liberación debemos buscarla en nuestro mismo continente. América Latina es tierra propicia para la unidad, pues sus gentes son una síntesis de todas las razas del mundo. En Quibdó pronunció un corto discurso y decía Mons. Valencia: “El indio de América y el negro más auténtico tiene en su alma y en su historia la clave verdadera de las reformas sociales; lo han tomado de su casto contacto con la naturaleza, lejos de lo artificial que ha provocado en el hombre su tentación de ser Dios” [7]
A buena hora el obispo de Buenaventura, Monseñor Rubén Darío Jaramillo, nos invita a estar en sintonía como Iglesia colombiana, desde el pueblo fiel del litoral Pacífico y de las minorías étnicas de Colombia, para unirnos en oración y acción por la causa de Beatificación de este testigo fiel de nuestra Iglesia local. En el contexto de la SINODALIDAD que vivimos como Iglesia universal el papa Francisco nos está mostrando el camino a seguir en este siglo XXI. Gerardo Valencia, en actitudes proféticas similares al papa Francisco, fue un visionario en su tiempo y nos dejó un derrotero de humanismo cristiano con una actitud misionera en salida, al encuentro de tantos hermanos y hermanas, víctimas de la marginalidad en nuestro país.
En una anotación de un libro de lectura de Mons. Valencia se encontró este escrito de su puño y letra: "Señor, cuando yo muera, ¿qué será de mí? Déjame perderme bajo la tierra como una pepa dura, de la memoria de todos, mientras que Tú plasmas de nuevo al viejo Adán, y reviente como una estrella sobre el nuevo mundo" [8]
Gracias Hermano Gerardo por quedarte entre nosotros animando nuestra Iglesia colombiana.
P. Omer Giraldo R. MXY
Centro de Animación Misionera Conferencia Episcopal de Colombia CEC
Director del Área de ETNIAS
Director Director del El Instituto Misionero de Antropología - IMA
[1] MONSEÑOR VALENCIA. Homenaje póstumo a la memoria de Monseñor Gerardo Valencia Cano, MXY. Publicación dirigida por P. Gerardo Jaramillo G. MXY y varios colaboradores. Editorial Librería Stella. Bogotá. Página 27.
[2] Expresión de Monseñor Valencia en sus alocuciones radiales en Radio Buenaventura
[3] Mons. RUBEN DARÍO JARAMILLO. Mensaje con ocasión de la celebración de los 50 años de la muerte de Mons. Gerardo Valencia Cano.
[4] Monseñor Valencia. Op. Cit. Pag. 38-41
[5] Monseñor Valencia Op. Cit. Pag. 54-56
[6] Gerardo Jaramillo Gonzalez. El Obispo de los Pobres. Una biografía de Monseñor Gerardo Valencia Cano. Seminario de Misiones Extranjeras de Yarumal. Edit. Carpgraphics. MEDELLIN. Agosto 2008.
[7] Zambrano Camader, Mons. Raúl. “El pensamiento social de Mons. Valencia”. En Monseñor Valencia. Op. Cit. Pág. 76.
[8] Monseñor Valencia. De Gerardo Jaramillo González. Op. Cit. Pag. 195
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“El Dios de la paz estará con ustedes” (Filp 4, 9)
Mar 8 Sep 2026
Después del terremoto
Mié 2 Sep 2026
Mar 25 Ago 2026
Hacemos historia de salvación desde la parroquia
Por Mons. José Libardo Garcés Monsalve - En este mes celebramos con gozo la fiesta diocesana, al conmemorar 70 años de siembra del Evangelio por muchos bautizados que se han entregado al servicio de Dios y de la Iglesia en este territorio, para hacer presente a Jesucristo en cada familia, sector y comunidad parroquial. Nos dejamos iluminar por el lema del Proceso Evangelizador para este año: “vayan y hagan discípulos, siendo casa y escuela de comunión”; mandato que se hace realidad en cada una de las parroquias donde podemos vivir en pequeñas comunidades, como signo de la presencia de Dios en nuestras vidas y sectores.La vida en comunidad es esencial para el ser humano, nadie puede vivir solo. Desde antes del nacimiento se necesita de una comunidad familiar, que es la que sostiene a la persona en el desarrollo de todas sus potencialidades. En esa comunidad inicial que es la familia se va desarrollando sanamente la propia personalidad, allí se aprende a vivir en armonía; también a resolver los conflictos y problemas desde la luz que nos da el Espíritu Santo, por las vías del diálogo, del perdón, la reconciliación, para vivir en paz y en gracia de Dios.Una vez que se llega a la existencia con los cuidados de una familia, por el bautismo, se comienza a pertenecer a la comunidad de creyentes que es la Iglesia, siendo miembros activos de ese Cuerpo, del cual Jesucristo es la Cabeza. Todos nosotros, somos bautizados en el único Espíritu para formar un solo cuerpo que es la Iglesia, con Cristo que es la Cabeza y sobre todos se derrama el único Espíritu, que da la capacidad al creyente para vivir en comu-nión con los demás (Cf. 1 Cor 12, 12 - 13).Los discípulos de Jesús, una vez que recibieron el Espíritu Santo, comenzaron a reunirse para orar en un mismo espíritu, participando de la fracción del pan y animándose juntos para vivir la caridad. Ellos no constituyeron comunidades cerradas o aisladas, sino que eran comunidades de fe, que “con perseverancia acudían diariamente al templo, partían el pan en las casas y compartían los alimentos con alegría y sencillez de corazón; alababan a Dios y se ganaban el aprecio de todo el pueblo. Por su parte, el Señor cada día agregaba al grupo de los creyentes aquellos que aceptaban la salvación” (Hch 2, 46 - 47). De tal manera, los primeros creyentes vivían en la presencia del Señor y compartían con los demás; con su testimonio de vida, muchos recibieron la llamada para que iniciaran su proceso de conversión al Señor.Como cristianos tenemos concien¬cia de pertenecer a la Iglesia universal desde el mismo momento del bautismo. Esta pertenencia a la Iglesia ha de vivirse en la fe, la esperanza y la caridad dentro de las comunidades parroquiales. Así lo expresó Aparecida cuando dijo al respecto: “siguiendo el ejemplo de la primera comunidad cristiana (Cf. Hch 2, 46-47), la comunidad parroquial se reúne para partir el pan de la Palabra y de la Eucaristía y perseverar en la catequesis, en la vida sacramental y la práctica de la caridad. En la celebración Eucarística, ella renueva su vida en Cristo”. (DA 175). Hemos reci¬bido este ejemplo de los primeros cristianos y al vivirlo en comunión en cada parroquia, lo transmitimos a muchos que están alejados de Jesús o lo rechazan abiertamente.En medio de las dificultades y conflictos por los que pasamos los seres humanos, caminando con los demás, la gracia recibida en los sacra¬mentos, principalmente la Eucaristía, fortalece la vida comunitaria, aviva el deseo de la unidad en la Iglesia, que es el don del Espíritu Santo que obra en nosotros, cuando nos disponemos a vivir en gracia de Dios, unidos a otros hermanos en la parroquia. “La Eucaristía, en la cual se fortalece la comunidad de los discípulos, es para la parroquia una escuela de vida cristiana. En ella, juntamente con la adoración eucarística y con la práctica del sacramento de la reconciliación para acercarse dignamente a comulgar, se preparan sus miembros en orden a dar frutos permanentes de caridad, reconciliación y justicia para la vida del mundo” (DA 175).Un creyente transforma su vida en Cristo al comulgar cada domingo en gracia de Dios. Frente a la realidad dolorosa y destructiva del pecado, tenemos el recurso del sacramento de la confesión, que nos reconstruye interiormente. También, nos capacita para vivir la comunión en la familia y en la parroquia, para alimentar esa comunión con la Eucaristía y de esa manera podemos participar en la vida de la Iglesia, cumpliendo con el mandato misionero del Señor, de ir en salida misionera a anunciar el Evangelio de nuestro Señor Jesucristo por todas partes.El camino para crecer y salvarse es vivir plenamente la vida de comunidad en la familia y en la parroquia, abriendo el corazón a la gracia de Dios, que quiere que todos nos salvemos. Hagamos de nuestras familias y ambientes parroquiales lugares de fraternidad y caridad que nos lleven a la salvación; que mediante el perdón y la reconciliación se venzan odios, rencores, resentimientos y venganzas, que generan violencia y lleguemos a la verdadera paz, como esfuerzo permanente de ser creyentes que cumplimos con el mandato de la Iglesia: “vayan y hagan discípulos, siendo casa y escuela de comunión”. Que la Santísima Virgen María y el Glorioso Patriarca San José, custodien la comunión que vivimos en nuestras fa-milias y parroquias, para ser signos de la gracia y la presencia del Señor para otros.En unión de oraciones,reciban mi bendición.+José Libardo Garcés MonsalveObispo de la Diócesis de Cúcuta
Mar 18 Ago 2026
Amor sin alianza: el silencio que apaga la Iglesia doméstica
Por Mons. Miguel Fernando González Mariño - Cuando los católicos conviven sin el sacramento del matrimonio, no solo comprometen su vida de gracia: apagan la misión evangelizadora que Dios confía a cada familia.Un fenómeno que crece en silencioEn las últimas décadas, un fenómeno preocupante se ha instalado con naturalidad en el tejido de muchas comunidades católicas: parejas que se identifican como creyentes, que bautizan a sus hijos, que asisten ocasionalmente a la Misa, pero que nunca han dado el paso de contraer el sacramento del matrimonio. Viven juntas, forman familias, incluso participan en la vida parroquial y sin embargo, su unión permanece, ante los ojos de la Iglesia y ante Dios, en el ámbito de la unión libre.Las estadísticas confirman lo que la experiencia pastoral ya advertía. En muchos países de América Latina, donde el catolicismo sigue siendo la religión mayoritaria, más de la mitad de las parejas convivientes no han formalizado su unión ni civil ni religiosamente. Entre los jóvenes católicos, la convivencia previa al matrimonio, o en lugar de él, se ha convertido en la norma asumida sin mayor cuestionamiento. La pregunta pastoral urgente no es únicamente moral: es también misionera. ¿Qué ocurre cuando la célula básica de la Iglesia —la familia— no está fundada sobre el sacramento?El sacramento más que un rito es una realidad nuevaPara comprender la gravedad del problema, es necesario partir de lo que el matrimonio es en la fe católica, y no solo de lo que significa. El Concilio Vaticano II, en la constitución Gaudium et Spes, describió el matrimonio como «la íntima comunidad de vida y amor conyugal, fundada por el Creador y provista de leyes propias» (GS 48). No se trata de un contrato social ni de una formalidad cultural: es un vínculo ontológico, una nueva realidad que Dios mismo constituye a partir del consentimiento libre de los esposos.San Juan Pablo II, en su exhortación apostólica Familiaris Consortio (1981) enseñó que «el matrimonio de los bautizados es, en sí mismo, un signo sacramental» (FC 13). Esto implica que, para los bautizados, no existe matrimonio cristiano válido fuera del sacramento. Cuando dos católicos eligen unirse sin él, no simplemente omiten un trámite eclesiástico, sino que renuncian a la gracia específica que Dios les ofrece para vivir su amor de manera sobrenatural, estable y fecunda.La Sagrada Escritura no contempla el amor entre hombre y mujer como una realidad puramente natural que luego recibe un barniz religioso. Desde el Génesis, la unión conyugal aparece inscrita en el plan creador de Dios: «Por eso dejará el hombre a su padre y a su madre, se unirá a su mujer, y los dos serán una sola carne» (Gn 2,24). Este texto, citado por Jesús mismo cuando le preguntan sobre el divorcio (Mt 19,5-6), establece que la unión entre varón y mujer tiene un carácter original, exclusivo y permanente que no depende de la decisión humana sino de la voluntad del Creador.El apóstol Pablo va aún más lejos. En la carta a los Efesios, conecta el amor conyugal con el misterio de la alianza entre Cristo y su Iglesia: «Maridos, amad a vuestras mujeres como Cristo amó a la Iglesia y se entregó a sí mismo por ella» (Ef 5,25). Este paralelismo no es una alegoría piadosa: es el fundamento de la sacramentalidad del matrimonio. El amor esponsal humano es, en la economía de la salvación, signo eficaz del amor redentor de Cristo. Cuando una pareja bautizada renuncia al sacramento, no solo pierde una gracia, sino que oscurece un signo que el mundo necesita ver: «Lo que Dios unió, no lo separe el hombre» ( Mt 19,6)La Teología del Cuerpo de Juan Pablo II enseña preciosamente que el cuerpo humano tiene un significado esponsal, es decir, está hecho para el don de sí mismo en el amor. Desde esta perspectiva, la unión sexual no es un hecho meramente biológico o afectivo: es un lenguaje. El acto conyugal dice, con el cuerpo, algo de carácter absoluto: «me entrego a ti totalmente, para siempre, con exclusividad y apertura a la vida». Cuando este acto se realiza fuera del matrimonio —es decir, sin el compromiso sacramental que le corresponde—, el cuerpo pronuncia palabras que la voluntad desmiente. Es una mentira corporal, una contradicción entre el signo y la realidad. La fornicación no es solo un pecado de los sentidos: es una falsificación del lenguaje del amor.San Juan Pablo II escribía: «El cuerpo, y solo él, es capaz de hacer visible lo que es invisible: lo espiritual y lo divino. Fue creado para transferir a la realidad visible del mundo el misterio escondido desde la eternidad en Dios, y ser así su signo». Las parejas que conviven sin matrimonio no solo privan de la gracia a su propia relación: privan al mundo de un signo de Dios.La exhortación apostólica Familiaris Consortio estructura la misión de la familia cristiana en torno a cuatro grandes tareas: formar una comunidad de personas, servir a la vida, participar en el desarrollo de la sociedad, y participar en la vida y misión de la Iglesia (FC 17). Es significativo que estas cuatro dimensiones se presentan como inseparables y como consecuencia del vínculo sacramental. Sin él, la familia puede cumplir algunas funciones naturales, pero queda privada de su capacidad específicamente eclesial.El documento es explícito respecto a las uniones irregulares. En el número 81, Juan Pablo II distingue diferentes situaciones de los divorciados y convivientes, y señala que «no pueden recibir la Eucaristía» mientras persistan en esa situación, porque su estado de vida contradice objetivamente la unión de amor entre Cristo y la Iglesia que es significada por la Eucaristía. El número 84 precisa que es tarea de la comunidad eclesial acompañar a estas personas «con amor solícito», sin hacerles creer que su situación es conforme con la voluntad de Dios.La Iglesia doméstica y el apagamiento misioneroLa expresión “ecclesia doméstica” designa una realidad teológica muy precisa. Indica que la familia cristiana es, una forma de ser Iglesia, con sus propias funciones, entre ellas el anuncio del Evangelio, oración, servicio y testimonio.Pero esta realidad eclesial requiere su fundamento sacramental. Una familia no puede ser auténticamente Iglesia doméstica si no está constituida sobre la alianza que Dios mismo sella en el sacramento del matrimonio. La familia fundada sobre la unión libre puede tener afecto, generosidad y aun fe personal de sus miembros; pero le falta la gracia sacramental, el vínculo específico que la hace signo de la alianza de Dios con su pueblo.Esto tiene consecuencias pastorales concretas. Los hijos que crecen en estas familias reciben —o no reciben— la fe en un ambiente que, por su constitución misma, transmite una visión fragmentada del amor cristiano. Aprenden que el amor puede ser provisional, que el compromiso puede dejarse para después, que Dios no es necesario para fundar una familia. Muchos de esos hijos son quienes hoy, ya adultos, no quieren casarse. El ciclo se cierra: la familia que no vivió el sacramento engendra una generación que no ve razón para recibirlo.No es difícil ver la relación entre la generalización de las uniones libres y la resistencia creciente al matrimonio entre los jóvenes. Cuando una generación crece viendo que sus padres —o los padres de sus amigos— viven juntos sin casarse, el mensaje implícito es inequívoco: el matrimonio es opcional, innecesario, quizás incluso un riesgo. A esto se suman los mensajes de una cultura que sacraliza la autonomía individual y desconfía de los compromisos permanentes.El resultado es una generación de jóvenes católicos que, en muchos casos, conocen la doctrina de la Iglesia sobre el matrimonio, pero no la han visto encarnada en una familia concreta, cercana, convincente. El testimonio —o su ausencia— pesa más que la catequesis. Y cuando los modelos familiares que han conocido son parejas en unión libre, el camino al matrimonio sacramental no solo parece innecesario: les parece ajeno. Esta situación no solo daña a quienes la viven, sino que forma una cultura familiar que hace más difícil el matrimonio para las generaciones siguientes. La misión evangelizadora de la familia no es neutra: o transmite la fe en el matrimonio o siembra la indiferencia ante él.Más allá de la dimensión moral individual objetiva, la unión libre entre católicos comporta también un daño eclesial y misionero. Una pareja que vive en esa situación no puede acceder a los sacramentos —en particular a la Eucaristía y a la Penitencia, sin propósito de enmienda—, lo cual la priva de las fuentes principales de la vida cristiana. Tampoco puede ejercer ciertos ministerios en la comunidad parroquial. Y, sobre todo, no puede dar el testimonio pleno que el mundo necesita: el de un amor que es signo de la fidelidad de Dios.La Iglesia no condena a las personas que viven en unión libre: las ama y las llama. El Papa Francisco, en su exhortación Amoris Laetitia (2016), insistió en que la pastoral familiar debe ser un camino de acompañamiento, discernimiento e integración, sin reducir el anuncio del Evangelio del matrimonio ni abandonar a las personas en sus situaciones irregulares. Misericordia y verdad no se oponen: la misericordia auténtica conduce hacia la plenitud, no se detiene en la comodidad del momento.Esto exige a las parroquias, movimientos y comunidades católicas desarrollar propuestas concretas: procesos de acompañamiento de parejas en unión libre que las ayuden a dar el paso al matrimonio; catequesis prematrimonial accesible y profunda; grupos de matrimonios que den testimonio viviente de lo que el sacramento hace posible; y una predicación que no eluda el tema por temor a herir susceptibilidades, sino que lo aborde con la delicadeza y la firmeza del amor pastoral.El problema de las uniones libres entre católicos es un desafío que toca el corazón de la misión evangelizadora de la Iglesia, porque toca el corazón de la familia. Cuando el sacramento está ausente, la familia pierde su raíz sobrenatural, su plena capacidad de transmitir la fe, su fuerza para ser Iglesia doméstica. Y cuando muchas familias pierden esa capacidad al mismo tiempo, la Iglesia entera queda empobrecida en su capacidad testimonial ante el mundo.La respuesta no es el juicio sin misericordia, pero tampoco es el silencio pastoral por miedo al conflicto. Es el anuncio valiente y amoroso del Evangelio del matrimonio: la buena noticia de que Dios quiere habitar en el corazón de cada familia, de que el amor humano puede ser redimido y elevado, de que la alianza conyugal es mucho más que un trámite —es el lugar donde dos personas se convierten, juntas, en sacramento del amor de Dios para el mundo.Mons. Miguel Fernando González MariñoObispo de El EspinalPresidente de la Comisión Episcopal de Matrimonio y Familia
Mar 18 Ago 2026
La tierra nos está sacudiendo
Por Mons. Ricardo Tobón Restrepo - Primero en Venezuela, después en Colombia, luego en Indonesia y en España; así hemos vivido recientemente varios terremotos, producidos por las fuerzas propias de la naturaleza, que han generado catástrofes en algunas localidades. Cada cierto tiempo suceden estos lamentables acontecimientos, que frecuentemente se miran desde interpretaciones religiosas desacertadas o desde predicciones sensacionalistas, cuando deberían afrontarse de un modo objetivo, que nos deje profundas lecciones y nos lleve a mejorar significativamente nuestra vida y nuestra sociedad.En efecto, no debemos dejar que un terremoto mueva sólo la tierra, sino que también sacuda nuestras posiciones y nuestro modo de vida. Tenemos que ir más allá de remediar los problemas creados por la tragedia, para hacer de ella, para todos y no sólo para los más directamente afectados, un acontecimiento aleccionador que nos sitúe en la realidad y sea un potencial educativo. De lo contario, todo se puede quedar en el sensacionalismo de la noticia y dar lugar finalmente al egoísmo, al pánico, a la mentira y a la corrupción que aprovecha frecuentemente las circunstancias.El terremoto vivido en Colombia nos debe llevar a reflexionar sobre el sentido de la vida. La experiencia de nuestra fragilidad nos muestra que el hombre no es dueño de nada, ni de sus bienes, ni de sus casas, ni de sus proyectos, ni de su vida. Somos pequeños, débiles, vulnerables; para nosotros nada está seguro y garantizado. Cuando todo se mueve y amenaza, cuando tenemos que correr y escondernos, cuando es preciso huir aunque estemos desnudos para protegernos, cuando perdemos personas y bienes, es preciso analizar en qué gastamos el tiempo y las fuerzas, qué es lo que realmente vale y permanece.Urge, entonces, entender el valor de nuestra vida, percibir el proyecto que somos, optar por una jerarquía de valores. Todavía estamos aquí, tenemos vida y podemos orientar nuestra existencia hacia principios y proyectos que le den una razón de ser y una válida proyección social. Podemos, particularmente, situarnos en el plan de Dios, tener una experiencia profunda de su amor, construir comunidad y asumir con responsabilidad y creatividad nuestra misión. Mientras tenemos tiempo, podemos caminar en la luz, es decir, en la bondad, la verdad y el amor (cf Jn 12,35).Este terremoto nos debe despertar a la solidaridad. La solidaridad no puede ser una simple ayuda para tranquilizar la conciencia, para mantener el control social o para paliar la responsabilidad de la justicia. Ayudar es dar lo que uno puede para aliviar el sufrimiento ajeno y eso está bien; pero, la solidaridad es hacer propio el sufrimiento del otro; es compartir el dolor por los muertos, por los que quedan sin vivienda y los que se hunden en la angustia. Las víctimas no son sólo objeto de ayuda, sino de amor en cuanto son signos de una realidad misteriosa de la que Dios ha participado en la crucifixión de su Hijo.Admirable todo el movimiento de ayuda que ha suscitado esta tragedia; pero la verdadera solidaridad implica un mutuo intercambio, se da y se recibe; el que da ofrece lo mejor de sí mismo y también recibe, el anhelo de vivir y el sentirse miembro de una misma familia humana. Esta experiencia de solidaridad, que no puede estar sólo en las catástrofes sino en cada momento que requiere nuestra común cooperación, nos debe motivar a la unidad nacional. Los colombianos no podemos continuar divididos, polarizados y enfrentados; esto significaría mantenernos en la desventura de una permanente destrucción.Este terremoto debe ayudarnos a construir un camino de esperanza. Mientras tengamos vida es posible la esperanza y si morimos también para los cristianos se abre un horizonte de esperanza. La esperanza ante una situación difícil nos invita a todos a reconstruirnos; a no quedarnos estancados o volver a lo antiguo, sino a dar un paso hacia adelante en la valoración de la vida, en la acogida fraterna a los demás, en el propósito común de hacer un mundo mejor. Sólo una sociedad que se reconstruye y se crea permanentemente, goza la fiesta de la vida y camina hacia una “nueva tierra” (cf Ap 21,1).La tierra nos está sacudiendo para que salgamos del sueño, la rutina y el egoísmo; para que entendamos la bondad de vivir y la posibilidad de crear la familia humana. La tierra puede temblar, pero nosotros debemos estar firmes: caminando con sabiduría y libertad, amando a todos y construyendo una sociedad justa, poniendo nuestra vida, como Jesús, en las manos del Padre (cf Lc 23,46). Cuando la tierra tiembla es preciso mirar al cielo y acogernos al proyecto y al amor de Dios, que siempre permanecen y siempre nos liberan del miedo, el individualismo, la inestabilidad, la muerte y el absurdo.+Ricardo Tobón RestrepoArzobispo de Medellín
Jue 30 Jul 2026
Defendiendo la vida desde la familia
Por Mons. José Libardo Garcés Monsalve - Avanzamos en el desarrollo del Proceso Evangelizador en la Diócesis de Cúcuta con el lema: vayan y hagan discípulos defendiendo la vida, celebrando 70 años de vida diocesana, transmitiendo el Evangelio de nuestro Señor Jesucristo, que es Evangelio de la vida. El primer espacio y ambiente para proteger, defender y custodiar la vida es la familia; con la certeza que Jesucristo nuestra esperanza, ilumina y unifica la vida familiar y con la gracia que derrama cada día sobre los hogares la custodia. Sabiendo que “el bien de la familia es decisivo para el futuro del mundo y de la Iglesia” (Amoris Laetitia 31).Frente a todas las dificultades por las que pasa la familia en el momento actual, la llamada que nos hace Dios en su Palabra es a edificar la vida del hogar sobre Jesucristo, roca firme que sostiene el hogar; para recibir de Él la fuerza de afrontar los desafíos y tareas en la misión que ha recibido de Dios de custodiar y defender la vida humana. Al respecto Aparecida nos dice: “el ser humano, creado a imagen y semejanza de Dios, también posee una altísima dignidad que no podemos pisotear y que estamos llamados a respetar y a promover. La vida es regalo gratuito de Dios, don y tarea que debemos cuidar desde la concepción, en todas sus etapas, y hasta la muerte natural, sin relativismos” (DA 464). Esta fuerza se encuentra únicamente en Dios que regala su gracia y bendición a cada familia para cumplir con su misión.Esta enseñanza del Evangelio y del Magisterio de la Iglesia nos ayuda a ratificar la doctrina sobre la familia y la defensa de la vida, para responder a las ideologías que presentan el aborto, la eutanasia y demás atentados contra la vida y la dignidad de la persona humana, como norma de comportamiento. Frente a esto, tenemos que fortalecer la familia que protege la vida como regalo gratuito de Dios. En ese sentido, Aparecida afirma: “la familia cristiana está fundada en el sacramento del matrimonio entre un varón y una mujer, signo del amor de Dios por la humanidad y de la entrega de Cristo por su esposa, la Iglesia. Desde esta alianza de amor, se despliegan la paternidad y la maternidad, la filiación y la fraternidad, y el compromiso de dos por una sociedad mejor” (DA 433); esto nos permite construir persona y sociedad desde los valores del Evangelio de Jesucristo.La familia que edifica su vida sobre la roca firme de Jesucristo recibirá la fuerza diaria para cumplir su misión y se convierte en luz que ilumina el camino de otras familias, que se ven desanimadas en continuar con la lucha diaria, porque “la familia cristiana, hoy sobre todo, tiene una especial vocación a ser testigo de la alianza pascual de Cristo, mediante la constante irradiación de la alegría del amor y de la certeza de la esperanza, de la que debe dar razón. La familia cristiana proclama en voz alta tanto las presentes virtudes del Reino de Dios como la esperanza de la vida bienaventurada” (Familiaris Consortio 52), incluyendo el testimonio cristiano al abrazar la cruz del Señor y contemplarla en medio de las dificultades que se viven en cada hogar y los desafíos que tiene que afrontar del mundo actual que quiere desestabilizar las familias.Para afrontar los retos diarios, sabemos que no estamos solos, Jesucristo va con nosotros en la barca de nuestra vida y además tenemos la protección y amparo de la Santísima Virgen María, que nos enseña a estar junto a la cruz del Señor, a veces con dolor, pero de pie y con esperanza en Jesús que no defrauda, porque “los dolores y las angustias se experimentan en comunión con la cruz del Señor, y el abrazo con Él permite sobrellevar los peores momentos. En los días amargos de la familia hay unión con Jesús abandonado que puede evitar una ruptura. Las familias alcanzan poco a poco, con la gracia del Espíritu Santo, su santidad a través de la vida matrimonial, participando también en el misterio de la cruz de Cristo, que transforma las dificultades y sufrimientos en una ofrenda de amor” (AL 317); con el auxilio de la gracia de Dios que se nos ofrece en los sacramen¬tos, sobre todo en la Confesión y la Eucaristía, que fortalecen y alimentan la vida familiar.Con la certeza que Jesucristo ilumina y unifica la vida familiar, continuamos en el Proceso Evangelizador que hemos venido realizando durante todos estos años de historia diocesana, abiertos a la gracia de Dios y al don que viene de lo alto que nos fortalece, alienta, nos llena de esperanza, porque “Dios ama nuestras familias, a pesar de tantas heridas y divisiones. La presencia invocada de Cristo a través de la oración en familia nos ayuda a superar los problemas, a sanar las heridas y abre caminos de esperanza” (DA 119); con la garantía que no estamos solos en la vida familiar, ya que la gracia de Dios y la compañía de la Iglesia, nos ayudan a fortalecer los vínculos de comunión familiar.Las familias tienen la compañía de la Iglesia en cada una de las parroquias, desde donde se ora por las necesidades familiares, por los miembros del hogar que estén pasando situaciones difíciles, pidiendo la gracia de la caridad y del amor conyugal, dando gracias a Dios todos los días por la vida y todo lo que acontece en la familia. Pongamos la vida personal y familiar bajo la protección y amparo de la Santísima Virgen María, en todas las circunstancias de la existencia, aún en los momentos de cruz. Que el Glorioso Patriarca San José, unido a la Madre del cielo, nos alcancen de Nuestro Señor Jesucristo la fortaleza en la fe, la esperanza y la caridad, para vivir en el hogar iluminados y unificados por Él, para que construyamos familias perdonadas, reconciliadas y en paz.En unión de oraciones,reciban mi bendición.+José Libardo Garcés MonsalveObispo de la Diócesis de Cúcuta