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Mons. Jaime Prieto: El amigo, el pastor, el visionario y defensor de los DD.HH.
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Por: Mons. José Figueroa Gómez - Agradezco a todas las personas que me solicitaron un artículo con ocasión de los 10 años da la partida de Monseñor Jaime Prieto Amaya al encuentro definitivo con nuestro Padre Dios.
De verdad que expresar todo lo que siento, no es fácil; pues fueron tantos años de compartir experiencias que, sin lugar a dudas, fueron las que me permitieron crecer en la fe y en la entrega a la comunidad como él lo hizo.
Al hablar de Monseñor Jaime, habría muchos elementos para compartir; pues todos los que lo conocimos supimos de su rica personalidad, su entrega desinteresada a la comunidad y su gran sabiduría para sortear los distintos momentos difíciles que afrontó.
Quisiera compartir tres valores que para mí, personalmente, fueron verdaderamente iluminadores; Monseñor Jaime Prieto Amaya: el amigo, el pastor y el visionario y defensor de los derechos humanos.
Monseñor Jaime el Amigo
Yo conocí a Monseñor Jaime unos días antes de su consagración episcopal en diciembre de 1993; cuando unos sacerdotes de la Diócesis de Barrancabermeja; el padre Arturo Garzón, el padre Gabriel Ojeda, el padre Floresmiro López, el padre Ernesto Silva y mi persona; fuimos a saludarlo a Facatativá con motivo de su nombramiento para Barrancabermeja, en ese momento él era Vicario General de la Diócesis y Párroco de la Catedral de la Diócesis de Facatativá.
Desde ese primer momento de encuentro con él pude percibir la calidad de persona que era; fue personalmente al Aeropuerto El Dorado a recibirnos en su vehículo personal y nos llevó a la casa cural de la Catedral de Facatativá, allí estuvimos todo el día con él. Le pudimos compartir algunos aspectos generales de la Diócesis. Y él nos hizo muchas preguntas muy encaminadas al plan de pastoral que nosotros seguíamos.
Inmediatamente percibí en él una personalidad de gran cercanía humana y de gran profundidad de pensamiento. Su estilo bogotano lo llevaba a ser de un humor agudo y agradable y al mismo tiempo una persona de pensamiento amplio y profundo.
Ya una vez fue consagrado Obispo y llegó a Barrancabermeja a comenzar la novena de navidad, de ese año de 1993, comenzamos una relación de amigos, de hermanos y sacerdotes.
Yo había sido administrador diocesano en 1993 y prácticamente a mí me correspondió entregarle la Diócesis en ese diciembre de ese mismo año. El inmediatamente me ratificó como Vicario General de la Diócesis y ahí comenzamos esa relación de hermanos y amigos.
Monseñor Jaime, no gustaba mucho el título de padre para con los sacerdotes; él prefería el título de hermano y realmente siempre se comportó con nosotros como un hermano.
Así yo lo vi siempre, el hermano mayor que con su cariño, su preocupación y su entrega generosa a la comunidad me indicaba el camino para desarrollar la pastoral.
Fue un hombre de una sensibilidad exquisita y de una cercanía verdaderamente admirable, yo le fui presentado algunas personas y familias de la Parroquia de la Inmaculada, donde yo era párroco, e inmediatamente fue entrando en un ambiente de familiaridad y fraternidad verdaderamente admirables.
Era feliz cuando se le invitaba a festejar el cumpleaños de cualquiera de esas personas y gozaba haciendo bromas a niños y adultos; su personalidad sencilla y sincera lo caracterizo para ser persona cercana y querida de todos.
Monseñor Jaime el Pastor
Esa personalidad sencilla, sincera y cercana la puso al servicio del Señor y por eso se convierte en un gran pastor para Barrancabermeja. Fue el hombre que recorrió permanentemente todo la Diócesis desde Betulia hasta Vijagual y desde Puerto Berrio hasta El Carmen; en esos 15 años de permanencia no se le quedo ninguna población ni vereda sin visitar.
Su celo apostólico lo llevó siempre a ser un gran evangelizador: con palabras y con obras; sus predicaciones siempre estuvieron muy acompañadas de acciones concretas, siempre mantuvo una preocupación por los más pobres, marginados y desplazados, y a través de la pastoral social de la Diócesis se hacía presente en todas estas comunidades.
Su celo apostólico era fruto de su espiritualidad profunda; su rato de oración en la mañana era intocable, siempre decía a los que éramos cercanos que ese rato no se lo interrumpiéramos; luego la Eucaristía era la centralidad de su vida; tuve la oportunidad de acompañarlo casi todos los días a celebrar, pues desde que estuviera en Barraca celebraba siempre en la catedral y sus predicaciones eran reflejo de su encuentro con Jesús. Su actividad diaria era una prolongación de esa Eucaristía, pues las palabras de la consagración marcaban su accionar: “este es Mi cuerpo, que se entrega por ustedes”.
Esa fue la vida de él, una entrega permanente a los demás, una entrega sencilla y generosa a los más necesitados, una preocupación permanente por la defensa de los derechos humanos; me acuerdo que nunca faltaba a esas marchas del 1 de mayo y en varias oportunidades era quien dirigía la palabra y todo ello era efecto de su compromiso con el Evangelio.
Era persona que encarnaba el Evangelio: que con sus palabras y acciones, transparentaba las palabras y acciones de Jesús.
Otro momento profundo de su espiritualidad fue la consagración episcopal mía, puedo decir que el gozó tanto esa celebración, como la gocé yo; todos los detalles de dicha celebración fueron preparados, minuciosamente, por él y el sentir yo sus manos sobre mi cabeza será un gesto que jamás podré olvidar: por sus manos me consagraba sucesor de los Apóstoles para servicio de mis hermanos en Granada (Meta).
Todos esos detalles reflejan la profundidad de vida espiritual, que vivió Monseñor Jaime.
Monseñor Jaime, el Visionario y Defensor de los Derechos Humanos
Algo que siempre le admire a Monseñor Jaime fue su capacidad de visionar. Él fue un hombre de formación en sociología y seguramente esos estudios lo capacitaron para ser un gran conocedor y crítico de la realidad, pero al lado de esos conocimientos académicos, él tenía una intuición natural para conocer y analizar los distintos problemas y situaciones que la vida le presentaba.
Algo que me impresionaba mucho era como cuando había conflictos en Ecopetrol lo buscaban como mediador, tanto la USO como la Presidencia de Ecopetrol, porque tenía siempre una palabra acertada y sabia para la resolución de los conflictos.
Por otra parte el análisis de los aspectos políticos y sociales del país, lo llevaban siempre a tener una actitud crítica frente a los problemas sociales.
Frente a la pastoral nos insistía mucho en una “Iglesia en salida”, como nos ha insistido el Papa Francisco, una Iglesia que salga de las sacristías y vaya en ayuda de los más necesitados, por eso fue un gran animador del “P.D.R.E.” (Proceso Diocesano de Renovación y Evangelización) y nos enseñó, a nosotros los sacerdotes, a valorarlo e impulsarlo.
Gracias a este Proceso la Diócesis tuvo un crecimiento notable en todas las dimensiones pastorales y sociales; Monseñor Jaime fue un gran defensor de los derechos humanos y al estilo de los verdaderos profetas, no pocas veces sufrió las críticas e incomprensiones de algunos hermanos Obispos.
Fue el gran ideólogo y animador del Programa Desarrollo y Paz de Magdalena Medio, que junto con el padre Francisco de Roux (SJ) lo llevaron adelante en el Magdalena Medio y se convirtió en modelo para que otros programas de desarrollo y paz fueran implementados en distintas partes del país.
La vida y obra de Monseñor Jaime —sin duda alguna— marcó la historia de Barrancabermeja, su voz profética en esos momentos de la incursión del paramilitarismo fue la voz de la esperanza, para tantos hombres y mujeres que sufrieron el desplazamiento la guerra y la pobreza.
Pedimos al Dios de la vida, que la persona de Monseñor Jaime, siga siendo para los que tuvimos la fortuna de conocerlo una luz que nos anima a seguir construyendo caminos de justicia, reconciliación y paz.
+ José Figueroa Gómez
Obispo de la Diócesis de Granada (Meta)
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Mar 24 Feb 2026
La fe, un camino que abre al encuentro con Jesús
Por Mons. José Libardo Garcés Monsalve - Este año de gracia del Señor, al celebrar 70 años de vida diocesana, somos convocados a seguir en el anuncio gozoso del Evangelio de Nuestro Señor Jesucristo, con el lema pastoral: “vayan y hagan discípulos” (Mt 28, 19), transmitiendo el don de la fe a muchas personas y al interno de sus familias, para formar comunidades eclesiales misioneras que se abran al encuentro con Jesús, recorriendo un camino de fe que transforme cada corazón, cada familia y cada comunidad parroquial.Es importante tener claro que la evangelización en nuestra Diócesis, durante todos estos años, ha tenido como misión la transmisión de la fe a muchas personas; la fe se presenta como luz que ilumina la mente y el corazón, para recibir a Jesucristo como el salvador del mundo. La fe que profesamos y transmitimos es un camino que abre al encuentro con Jesús y nos permite vivir de una manera distinta la misión y el caminar en el mundo. Hoy más que nunca se hace necesario un encuentro con Jesús, para combatir la división y la violencia que afecta a tantas personas, familias y a nuestra región.Con Jesucristo al centro de las personas y de las familias, la vida se hace más llevadera, aún con los dolores y los sufrimientos, con las alegrías y aciertos, van ayudando al crecimiento y fortalecimiento de la fe en el hogar, ya que “la presencia del Señor habita en la familia real y concreta, con todos los sufrimientos, luchas, alegrías e intentos cotidianos. Si el amor anima esa autenticidad, el Señor reina allí con su gozo y su paz” (Amoris Laetitia 315); de tal manera que la vida familiar se fortalece con la fe en el Señor Jesús que unifica el hogar.Una familia cristiana, donde los padres han entendido la misión que Dios les ha confiado de dar la vida, protegerla y custodiarla, ayudando a los hijos en su formación y desarrollo, se hace servidora del Señor, anunciadora del Evangelio, que sirve a otros hogares que pueden estar en dificultades, a centrar su vida en el Señor.Aparecida reconoce esta misión de los padres cuando afirma: “el gran tesoro de la educación de los hijos en la fe consiste en la experiencia de una vida familiar que recibe la fe, la conserva, la celebra, la transmite y la testimonia. Los padres deben tomar nueva conciencia de su gozosa e irrenunciable responsabilidad en la formación integral de los hijos” (DA 118), convirtiéndose en servidores del Señor, discípulos misioneros, que comunican dentro y fuera del hogar el Evangelio, cumpliendo con el mandato misionero del Señor: “vayan y hagan discípulos” (Mt 28, 19).El cristiano y la familia que edifican su vida sobre la roca firme de Jesucristo, recibirán la fuerza diaria para afrontar los desafíos y tareas en la misión que han recibido de Dios y podrán también convertirse en luz que ilumina el caminar de otros creyentes y otras familias, que entran en desánimo y pierden el fervor en continuar con la lucha diaria, porque “la familia, hoy sobre todo, tiene una especial vocación a ser testigo de la alianza pascual de Cristo, mediante la constante irradiación de la alegría del amor y de la certeza de la esperanza, de la que debe dar razón. La familia cristiana proclama en voz alta tanto las presentes virtudes del Reino de Dios como la esperanza de la vida bienaventurada” (Familiaris Consortio 52), incluyendo el testimonio cristiano al abrazar la cruz del Señor y contemplarla en medio de las dificultades que se viven en cada hogar. Esto es posible por la fe firme de un hogar que se abre al encuentro con Jesús.La fe recibida en el corazón de cada creyente y en el seno de cada hogar es luz que ilumina la existencia de cada uno y se irradia en su entorno, dando frutos de caridad que ayuda a permanecer y perseverar en la gracia de Dios, iluminados por Jesucristo, luz que alumbra el camino de cada uno; por tanto, “es urgente recuperar el carácter luminoso de la fe, pues cuando su llama se apaga, todas las luces acaban languideciendo. Y es que la característica propia de la luz de la fe es la capacidad de iluminar toda la existencia del ser humano. Porque una luz tan potente no puede provenir de nosotros mismos; ha de venir de una fuente más primordial, tiene que venir, en definitiva, de Dios” (Lumen Fidei 4). Abiertos a la fe en Jesucristo podemos ir a su encuentro y resolver la vida diaria desde el perdón, la reconciliación y la paz.Los desafíos son grandes porque no es fácil hacer frente en el momento actual, a todas las situaciones de adversidad por las que atraviesa el mundo. Sin embargo, cuando tenemos conciencia que Jesucristo ilumina y unifica la vida personal y familiar, podemos seguir adelante, abiertos a la gracia de Dios y al don que viene de lo alto que nos fortalece, alienta, nos llena de esperanza y nos da la certeza que “la presencia invocada de Cristo a través de la oración en familia nos ayuda a superar los problemas, a sanar las heridas y abre caminos de esperanza” (DA 119). Entonces tenemos la certeza de que no, estamos solos en la vivencia de la fe, ya que la gracia de Dios y la compañía de la Iglesia, nos ayudan a fortalecer la fe que permite vivir con la gracia y la bendición de Dios.Convoco a todos las personas y familias a encontrar unos minutos cada día para estar unidos ante el Señor, rogar por las necesidades familiares, orar por los miembros del hogar que estén pasando situaciones difíciles, pedirle el don de la paz, darle gracias a Dios todos los días por la vida y todo lo que acontece en la familia. Pongamos la vida personal y familiar bajo la protección y amparo de la Santísima Virgen María, en todas las circunstancias de la existencia, aún en los momentos de cruz. Que el Glorioso Patriarca San José, unido a la Madre del cielo, alcancen de Nuestro Señor Jesucristo la fortaleza en la fe como camino que nos abre a su encuentro, para vivir en el hogar iluminados y unificados por Él.En unión de oraciones, reciban mi bendición.+José Libardo Garcés MonsalveObispo de la Diócesis de Cúcuta
Lun 16 Feb 2026
"El amor nos hace pasar de la muerte a la vida": Mensaje en los 60 años de la muerte del Padre Camilo Torres
Por Cardenal Luis José Rueda Aparicio - Han pasado sesenta años desde la muerte del padre Camilo Torres Restrepo. A pesar de los profundos y vertiginosos cambios vividos en estas décadas, Colombia sigue anhelando la paz plena y la justicia social que dignifique la vida de todos.La inhumación de sus restos es un gesto que reconoce la dignidad inviolable de toda vida humana, cuya sangre derramada clama al Creador (Cf. Gn 4,10). Su memoria nos remite al rostro de todas las víctimas del conflicto armado en Colombia. Ellas nos recuerdan que la violencia y la guerra son siempre un fracaso humano y una herida abierta en el corazón de la Nación.Somos testigos del dolor profundo que acompaña a tantas familias que han perdido a sus seres queridos. En medio de ese sufrimiento, solo la esperanza en Cristo Resucitado nos sostiene y nos impulsa a seguir caminando juntos. Estamos llamados a vencer el mal con la fuerza del amor, con la certeza de que "sus llagas nos han curado" (1 Pe2,24) y de que la cruz de Cristo es, en definitiva, la negación de toda violencia y la proclamación de una vida nueva.Como discípulos misioneros, estamos dispuestos a acoger el clamor de los pobres y a construir una sociedad donde aprendamos a "compartir la mesa de la vida de todos los hijos e hijas del Padre, mesa abierta e incluyente, en la que no falte nadie" (Documento de Aparecida, Mensaje final, 4).La Iglesia ora por el eterno descanso del padre Camilo y ruega al Señor por el fin definitivo de toda forma de violencia en Colombia. Al mismo tiempo, nos exhorta a trabajar sin desfallecer por la justicia social, en el marco del Estado Social de Derecho, conscientes de que las causas de la violencia se enraízan también en estructuras de pecado que debemos transformar con la fuerza del Evangelio.Solo el amor fraterno es fundamento verdadero de reconciliación y unidad como Nación. Solo el amor hace posible el encuentro y el diálogo. Solo el amor nos dispone a respetar la vida de quien piensa distinto. Solo el amor abre caminos hacia una "paz desarmada y desarmante" (Papa León XIV)Hoy renovamos nuestra esperanza: el amor nos hace pasar de la muerte a la vida.Mensaje oficialCardenal Luis José Rueda AparicioArzobispo de Bogotá y Primado de Colombia15 de febrero de 2026
Lun 16 Feb 2026
El sentido de la política
Por Mons. Ricardo Tobón Restrepo - Es un hecho que a todos nos preocupa la situación del país. Habría que ser ciego para no percibir la fatiga, las expectativas, las frustraciones, los temores e incluso la ira que tantas personas expresan ante la realidad social y política que vivimos. En las últimas décadas, dentro de las circunstancias que vive el mundo y tratando de afrontar el presente y prever el futuro, hemos experimentado en Colombia desafíos, búsquedas, transformaciones, inestabilidad, sin logar tener un plan nacional consistente y estable, que haga posible el desarrollo integral en la libertad, la justicia y la solidaridad.Los católicos, como ciudadanos que experimentamos esta realidad e incertidumbre, que debemos estar comprometidos con el bien común y que hemos sido llamados particularmente a vivir como miembros de un pueblo, no podemos quedarnos inconscientes o indiferentes ante todo lo que afecta la dignidad de las personas y el futuro de la comunidad humana. Por tanto, debemos sentirnos responsables hoy cuando vemos el tejido social fracturado, los cimientos de las instituciones en tela de juicio, la violencia siempre presente y el avance de la mentira y la corrupción al servicio de intereses particulares.Una evaluación lúcida de lo que vivimos y un compromiso serio con la misión del país nos deben llevar a redescubrir el sentido de la política. La crisis de confianza entre los ciudadanos y sus gobernantes tiene su origen en las ambiciones personales excesivas, las maniobras electorales, las promesas incumplidas, la falta de formación de la clase política, la ausencia de un plan común a largo plazo, el comportamiento populista. No es posible soñar un mundo ideal, menos cuando nuestros políticos son los que hemos hecho entre todos y a los que, a la vez, cada uno pide satisfacer sus propios intereses.Si la política atraviesa una grave crisis es porque algo esencial se ha perdido. La vida comunitaria no puede prescindir de la política, que afirma la existencia de una “comunidad” que trasciende los intereses particulares y define las mejores condiciones para que el ejercicio del poder esté realmente al servicio de la vida social. En los países democráticos este poder se da en las elecciones, pero éstas deben estar iluminadas y conducidas sólo por la búsqueda del bien común, por la selección de las personas más competentes, por la garantía de la institucionalidad y por la decidida cooperación de todos.Nuestro país, como todos lo sabemos, tiene un gran potencial en distintos campos. Hay creatividad para el dinamismo económico y para diversas iniciativas solidarias. Hay experiencias y estructuras construidas con sabiduría y esfuerzo. Hay una gran reserva moral y capacidad de generosidad. Sin embargo, hay ausencias de liderazgos fuertes, hay una tendencia a multiplicar y cambiar leyes pensando que ellas por sí solas lo resuelven todo, hay manipulación de la realidad y aun de las personas a través del uso de las redes sociales, hay vacíos en el campo ético por un predominio nefasto del egoísmo y el individualismo.Lograr un verdadero y efectivo proyecto social no puede hacerse con la simple yuxtaposición de propuestas según determinados intereses. La política debe afrontar ante todo la cuestión de sentido. No para decir a todos lo que se debe pensar, sino para asegurar un horizonte que mantenga unido y comprometido a todo el país, para garantizar que ninguno sea rechazado o se excluya de esta empresa que nos necesita a todos. La cuestión de sentido ha desaparecido de la política al reducirla a proteger y proporcionar derechos individuales cada vez más amplios en una realidad colectiva.Así resulta más difícil articular la sociedad, un “nosotros” que no elimina el “yo”, sino que le otorga su puesto y su misión. La convivencia y la participación de todos en una obra común requieren más que un discurso gerencial. Por tanto, antes de un período de elecciones tenemos que pensar no sólo en elegir unas personas, sino en escoger un modelo de país que sea bueno para todos. Esto supera el simplismo con que a veces enfrentamos las cosas; nos pide producir pensamiento, conducir una verdadera educación ciudadana, proponernos una renovación moral y abrirnos todos a una dimensión trascendente de la vida. Con esos presupuestos y para mantenerlos, se eligen los mejores.+ Ricardo Tobón Restrepo Arzobispo de Medellín
Vie 6 Feb 2026
La esperanza de un nuevo año pastoral
Por Mons. Ricardo Tobón Restrepo - Estamos dando comienzo en nuestra Arquidiócesis a los programas de un nuevo año pastoral. Ayer, dentro de la solemnidad de Nuestra Señora de la Candelaria, le hemos pedido a nuestra madre y patrona que intervenga para que podamos realizar con fe, comunión y frutos apostólicos el Plan de Pastoral que juntos hemos construido. Para asumir y vivir este momento, nos resulta muy útil tener presentes las reflexiones y recomendaciones que el papa León XIV ha hecho, el 19 de septiembre de 2025, en un discurso dirigido a la Diócesis de Roma precisamente al comenzar allí el año pastoral. Admira ver cómo el análisis y las propuestas llegan oportunos a nuestra realidad y propósitos.El Papa comienza pidiéndole a su diócesis que se abra al Espíritu que suscita la esperanza de una renovación eclesial capaz de revitalizar las comunidades para que crezcan en el camino evangélico, en la cercanía a Dios y en la presencia de servicio y testimonio. Luego añade: “El fruto del proceso sinodal…ha sido ante todo el impulso a valorizar los ministerios y carismas, apoyándose en la vocación bautismal, priorizando la relación con Cristo y la acogida de los hermanos, empezando por los más pobres, compartiendo sus alegrías y tristezas, esperanzas y luchas. De esta manera se destaca el carácter sacramental de la Iglesia”.Después, para inducir la forma de proceder, hace un análisis de la realidad de la Diócesis de Roma, que vale también para nosotros, indicando que debemos ser capaces “con la gracia de Dios de realizar obras evangélicas en un contexto eclesial marcado por numerosos desafíos, especialmente en la transmisión de la fe, y en una sociedad necesitada de profecía, con numerosos y crecientes casos de pobreza económica y existencial, con jóvenes a menudo desorientados y familias con frecuencia agobiadas”. Esto implica desarrollar un estilo que valore los dones de cada persona y entienda el rol del liderazgo, para que, en la comunión, se superen las oposiciones y los aislamientos.A continuación, indica que esto en términos concretos significa trabajar por la participación activa de todos en la vida de la Iglesia, señalando en este sentido la importancia de los órganos de comunión, que deben ser fortalecidos o creados si no existen. En este sentido, debemos pensar nosotros concretamente en los consejos pastorales parroquiales. Pues, como enseña el Papa, “estos ayudan al Pueblo de Dios a ejercer plenamente su identidad bautismal, a fortalecer el vínculo entre los ministros ordenados y la comunidad, y a guiar el proceso desde el discernimiento comunitariohasta las decisiones pastorales”.Habla también el Papa de las agrupaciones u organismos que conectan diferentes dimensiones de la vida pastoral y de los sectores pastorales como los que se dan entre parroquias vecinas. Advierte que existe el riesgo de que estas entidades pierdan su función como instrumentos de comunión y se reduzcan a tener algunas reuniones, para luego volver a la práctica de una pastoral de forma aislada según los límites parroquiales o los propios planes. Esto, evidentemente, tiene aplicación en nuestros arciprestazgos y en nuestras áreas de pastoral, donde necesitamos hacer un discernimiento comunitario, vivir la común responsabilidad bautismal, planificar juntos y promover iniciativas pastorales compartidas.Además, el Papa propone tener tres objetivos concretos. El primero, fortalecer la relación entre iniciación cristiana y evangelización, yendo más allá de un enfoque escolástico de la catequesis, acogiendo bien a los adultos que buscan los sacramentos y formando bien los catequistas. El segundoobjetivo es dar participación a los jóvenes y a las familias; esto conlleva una acogida empática, caminos personalizados según las situaciones vitales y estar atentos a nuevos aprendizajes. El tercer objetivo que recomienda es la formación a todos los niveles; no podemos engañarnos, afirma, pensando que en la situación que vivimos el simple continuar con algunas actividades tradicionales mantendrá vivas nuestras comunidades cristianas.Qué bueno poder motivarnos para dar el mejor impulso a este nuevo año pastoral con las orientaciones del Sucesor de Pedro, que nos garantizan fidelidad y unidad dentro del proyecto de Dios. Como también lo pide él, incrementaremos la formación en el conocimiento bíblico, la práctica litúrgica, el ejercicio de la ciudadanía, el acompañamiento del sufrimiento mental y la promoción de la justicia social. Así, nuestra Iglesia particular seconvertirá “en un seno que inicia a las personas en la fe y en un corazón que busca a quienes la han abandonado”.+ Ricardo Tobón Restrepo Arzobispo de Medellín