SISTEMA INFORMATIVO
Volvernos territorios democráticos
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Por: Mons. Darío de Jesús Monsalve Mejía - En este año electoral nos sentimos desbordados por las realidades que se vienen dando en el mundo y en el país.
La crisis sanitaria
La crisis sanitaria, por el desencadenamiento sistemático de virosis y pandemias cuyas causas reales y colectivas no se desvelan con objetividad ni se afrontan aún, afecta todas las áreas de la vida humana. Los efectos y el control sobre el contagio requirieron un esfuerzo gigantesco y rápido para producir vacunas, que ya van hacia una cuarta dosis. Esfuerzos que aún deben ser correspondidos, sin falta, por toda la población, accediendo a vacunarnos y manteniendo medidas de bioseguridad.
Por crisis sanitaria entendemos no sólo la producida por el COVID y sus mutantes. Hay muchos aspectos de nuestra realidad en acceso a la salud y manejo del sistema en Colombia, que pone en evidencia la pérdida del control público y privado del bien de la salud, su cobertura, su calidad y seguridad, la crisis por corrupción en la gestión de EPS, que generan la inviabilidad de “los hospitales de los pobres”, como el San Juan de Dios de Cali. Cuidar la salud humana y cuidar la salud del ecosistema son también esfuerzos que requieren articularse en contenidos y formas.
El cambio climático
Como un tsunami, el calentamiento global, causado por las actividades humanas que elevan la temperatura de la atmósfera y de los océanos, provocando el efecto invernadero, obliga a toda la humanidad y a los países mayormente responsables a una carrera contrarreloj por el cambio climático. En pocos años tendremos que pasar de los hidrocarburos a limpias y renovables fuentes de energía. Toda nuestra movilidad, nuestro hábitat y modos de producción se someten a calendarios de transformaciones precisas, si queremos recuperar el planeta, sus ecosistemas y su biosfera.
El “cuidado de la casa común”, de los recursos naturales y de todo el medio ambiente y los entornos en que habitamos y actuamos, es tarea que obliga a cada persona, desde el niño hasta el anciano, exigiendo educarnos y disciplinarnos en esta materia. Como individuos, como ciudad y país, como Iglesia educadora, tenemos que conocer los pasos a dar en cada campo, desde el uso de energía solar hasta carros eléctricos, desde limpieza colectiva de canales y vías, hasta suspensión y cambio de productos y empaques no biodegradables.
Una pastoral de la tierra y del territorio, un compromiso cristiano y comunitario, permanente, con este propósito, exige empeño y voluntariado de feligresías y de sectores socio ambientales, en la jurisdicción geográfica de nuestras parroquias.
Armas, armados y violencia creciente
Hace más grave aún la situación, y acongoja el alma de todos, la pobreza que se vuelve miseria y la violencia que se convierte en armamentismo y reclutamiento, en rebatiña de cuerpos armados por el control territorial, perdiendo la fuerza de la razón, del derecho y de la palabra.
La tragedia que viven nuestras regiones, los indígenas y poblaciones negras, los campesinos y fronteras, las zonas periféricas urbanas, los torrentes migratorios que deambulan por Colombia, es horripilante.
Una pastoral que anuncie la No Violencia de la Cruz de Cristo, que proclame y cultive el respeto por toda vida humana y por la vida humana toda, desde el óvulo fecundado hasta las cenizas del cuerpo y la soberanía del espíritu sobre la materia, es prioritaria en esta cultura de fuerza y eliminación genocida de seres humanos.
La vida humana como propiedad de Dios y responsabilidad de los progenitores, de las sociedades y de todos los estados del mundo, debe ser la inspiración de toda ley y de todo proceso educativo. ¿Cómo hacerla lucha y causa de cada creyente y de toda comunidad eclesial?
En nuestra realidad nacional, este panorama de violencia y de pobreza que se vuelve miseria se hace más dramático aún con las economías ilícitas y el narcotráfico, lo mismo que con la corrupción y abusos del poder público para enriquecerse.
Sistema político clasista
A ello se le suman el centralismo autoritario y la incertidumbre de vivir atrapados por un sistema político que se cierra, de modo intransigente y represivo, a toda transformación estructural por la inclusión masiva de población en tierra, trabajo y empleo, vivienda digna, ingreso garantizado, oportunidades universales y ciertas, protección a la vida humana, a la célula familiar, a la paz y convivencia civil como tarea de la fuerza pública en vez del fomento a la guerra interna y armamentismo por supuestas amenazas externas.
Esto convierte al modelo colombiano en un blindado poder plutocrático, del dinero y lo financiero, de acumulación ilimitada y feroz de bienes y capitales, recurriendo a despojos y muertes, a la “compra venta” del estado por maquinarias burocráticas y contratantes.
Como Iglesia católica, no podemos anclarnos en conveniencias políticas o diplomáticas, sin un claro profetismo de evidenciar la realidad y proponer alternativas de inspiración en el Evangelio y en la Soberanía del Amor, entendido como “Amor de la Cruz”, no exento de rechazo y persecución, incluso de martirio. Un país donde el mismo DANE (Departamento Nacional de Estadísticas), señala que más de 22 millones de personas tienen que pasar el día con menos de 10 mil pesos, y en donde las cifras de violencia, corrupción, informalidad y criminalidad son tan espantosas, no pueden “domesticar” el cristianismo como mera religiosidad popular o mero pulular de Iglesias biblicistas, algunas como partidos electorales y adheridas a las fuerzas intransigentes de nuestra sociedad.
Año de elecciones y nuevo Gobierno
No es un contexto alentador el nuestro, enmarcado en procesos geopolíticos de vecindad continental que presionan a que la vía electoral sea en Colombia una trasparente posibilidad de cambio pacífico y democrático.
En este marco proceloso entramos en el año electoral 2022. Y vivimos la realidad urbana, regional y nacional, que aún resuena con los dolorosos enfrentamientos y muertos entre civiles y policías, los ataques a militares y de ellos a cuerpos armados ilegales, los bloqueos y daños graves a bienes sociales y públicos. Duelen, a más no poder las violencias y masacres agudizadas en territorios como Arauca y toda la gran frontera con Venezuela, el Pacífico y Suroccidente, Bajo Cauca y otras regiones. Violencias que denuncian un gigantesco poder armado que muta sus apariencias y actúa con planes de exterminio sistemático y acciones terroristas de miedo y amenaza.
En este contexto es más importante el votante que el voto, la voluntad de cooperar en propósitos colectivos de supervivencia, solidaridad y paz, que las afiliaciones y los carnets partidistas. La democracia se vuelve más asamblearia y horizontal que meras filas ante las urnas y espera de resultados, más por nombres y pactos “históricos” entre aspirantes al poder, que pactos sociales y populares entre quienes deben concertar cambios y transformaciones territoriales. Asistimos más al sainete de peleas y ofensas que a la escucha de las poblaciones en los territorios, las propuestas sociales de cambio y los programas de gobierno propuestos. “Veo un gran bosque de candidatos y un enorme desierto de propuestas”, decía al respecto el Arzobispo de Bogotá, monseñor Rueda Aparicio.
Cambiar de camino
Cuando arrecian crisis como las que viven nuestras comunidades y Consejos Comunitarios del Bajo Calima y Cuencas de los ríos sobre el Pacífico, sólo queda esta certeza de que la masa social popular, ajena a armados, a plataformas ideológicas y a partidos políticos de confrontación, fortalezcan sus vínculos para la supervivencia colectiva. Hay que unir hacia dentro de los territorios y hacia afuera de las autonomías, una verdadera red de salvamento y resistencia comunitaria, fortaleciendo vínculos comunicacionales, solidarios y fraternos con las otras comunidades, tejiendo solidaridades regionales y nacionales. entre las poblaciones urbanas y las periféricas.
En otras palabras, llega la hora en que más que electorado tradicional vamos a tener que volvernos un sujeto colectivo en cada territorio y ciudad, un pueblo que rehace sus discursos y actitudes sociales y se reorganiza para no recurrir ni al desplazamiento forzoso, ni a huir del país, ni a caer en la trampa de matarnos unos a otros, dejando empoderar de los territorios a hordas armadas e intereses oportunistas sobre ellos.
A este propósito es indispensable la unión de ejes sociales e institucionales, de gobiernos locales, Iglesia o Iglesias, empresarios, Academia y Comunidad Internacional, que conciten al encuentro, a la confianza en la vía del diálogo y la concertación, del acuerdo y el consenso, al reconocimiento del otro, la interlocución y el consenso.
Muchas poblaciones indígenas, negras y campesinas tienen bases y experiencia, capacidad instalada, saberes y conocimientos acumulados que los han hecho y harán fuertes ante esta oleada de nuevas violencias y multiplicación estratégica de actores armados para desestabilizarlos y debilitarlos. Requerirán del apoyo humanitario y la mano tendida de gobiernos y sociedades locales y regionales, así como del invaluable acompañamiento y el aporte de recursos que ha venido haciendo la Comunidad Internacional.
Que esta “campaña electoral” no sea capitalizada por las violencias que quieren el caos, supuestamente para derribarlo todo y comenzar de nuevo, como predicaron los falsos idearios de la “lucha armada”, ni por las violencias intransigentes y sangrienta a de quienes están dispuestos a todo y al “todo vale”, con tal de que nada les cambie y se mantengan sus intereses, sus modelos, sus abusos. Ni mucho menos por las violencias y bombazos de los capos del narcotráfico, ajenos a toda consideración humana y social, que quieren volver el mundo un gran supermercado de sus alucinógenos y alucinadas idolatrías del dinero.
Llamado a una nueva democracia
Los llamamos a unirnos en aras de que sobrevivamos todos y sobreviva nuestra nación como patria digna, civilizada y con futuro.
Dios no nos habla ahora tanto por medio de discursos. En esta Torre de Babel de estos tiempos, en estos “diluvios universales” nos habla por medio de las realidades. Ellas son los “profetas” y “los signos de los tiempos” que necesitamos escuchar todos. Es a ellas a las que hay que escuchar, para que así estemos dispuestos a escucharnos unos a otros, a recoger todas las propuestas pacíficas, a llegar pronto a los propósitos comunes y a definir los proyectos colectivos y prioritarios en cada territorio y ciudad.
Una democracia de realidades asumidas y de unidad en las diversidades, de igualdad en la común dignidad humana y de consensos en el bien común, el desarme social, la paz y el desarrollo armónico, será la que ponga al centro el derecho y el respeto por toda vida y por la vida toda.
Es la “democracia horizontal “más que la vertical y centralista. Que se centra en el ejercicio territorial, de calles, veredas e instituciones, más que en conceptos de derechas, centros e izquierdas. Que nos preparemos y estemos listos para acompañar al pueblo colombiano en estos trances históricos y para convocar a todos los armados legales e ilegales, a toda la sociedad y el nuevo Gobierno, a la comunidad internacional y los pueblos vecinos del continente, a un nuevo y completo proceso popular de paz en Colombia.
+Darío de Jesús Monsalve Mejía
Arzobispo de Cali
Vie 20 Mar 2026
San José, modelo siempre nuevo de filiación y paternidad
Por Mons. Félix Ramírez Barajas - La experiencia humana hunde sus raíces en la profunda experiencia de ser hijo, un espacio vital donde se aprende a amar la vida recibida y, por tanto, el amor de entrega de quien ha engendrado.Nuestra realidad social, con la amenaza de tantas ideologías, quiere imponernos nuevos prototipos de paternidad y por ende de familia, en contra de la iniciativa divina, son sobre todo “ideologías de confusión” (Babel). Es un ambiente de insatisfacción y subversión de los valores, cambiando e imponiendo lo que en realidad es contrario a la ley divina y a la ley natural.Cuando se pierde el sentido de Dios, de trascendencia y de verdadera identidad en lo antropológico y en lo espiritual, se quiere, malévolamente, redefinir lo que significa la paternidad y aun la maternidad, dando rasgos e identidades muy desde el libre pensar y actuar de modo individualista de muchos que, en aras al respeto a su nueva identidad y manera de pensar, reclaman derechos sin cumplir deberes.Hoy estos son desafíos para la evangelización y la pastoral, pues cada vez más aparecen “areópagos” en donde no siempre son lugares para discutir sobre temas filosóficos y teológicos, sino donde hay desinformación, y discusiones sobre identidades fruto de sentimientos reprimidos o de diversas patologías. Allí el evangelizador y la familia tiene que llegar con la “parresia” propia de quien esta convencido del actuar de Dios en medio de los ambientes como Babel, Sodoma y Gomorra, Nínive, Corinto, etc.En este mes de marzo contemplemos, con serenidad la figura de San José, una hermosa luz en medio de realidades oscuras, de los trampolines del relativismo moral, de corrientes subjetivas, del rechazo al plan de Dios y de muchas otras formas de actuar en medio de incoherencias. Pero también en ambientes de Fé, de comunidad, de familia, de Iglesia donde el Resucitado, como a los apóstoles, nos dice la paz esté con ustedes. Recobremos la paz que dá el Señor y que también los santos como San José el justo, experimentó con su vivencia de hijo y a la vez de Padre.San José, nos enseña a vivir la experiencia filial con fe y dependencia de la paternidad de Dios. En la Sagrada Escritura, se nos presenta como un hombre justo y obediente a la voluntad de Dios (Mt 1, 19-20). Atento como María y en actitud de escucha, es obediente, como el verdadero hijo que va reconociendo que a Dios Padre hay que responderle en la humildad y hasta en el silencio que se convierte en elocuente actitud filial. Solo en esa experiencia vital de sentirse hijo, san José es prototipo de Padre, así tal cual como nos lo refiere el evangelio de san Mateo 1, 18, 25.Como padre, San José es un modelo de valores y virtudes digno de ser imitado por todo creyente y especialmente por los padres y madres de familia. El Papa Francisco nos recordaba que "nadie nace padre, sino que se hace. Y no se hace sólo por traer un hijo al mundo, sino por hacerse cargo de él responsablemente" (Amoris Laetitia, 121). San José nos muestra que la paternidad como don de Dios para él va mucho más allá de lo humano, pues se trata de ser imitador del gran amor y paternidad del mismo Dios.Las cortas alusiones que hace la Sagrada Escritura sobre San José, son suficientes para mostrar a San José como ejemplo de la paternidad, como cuando se preocupa por el bienestar de María y Jesús (Mt 1, 19; Lc 2, 4-5).En síntesis, aprendamos de San José:1. “A vivir la filiación como un don y una vocación que requiere escucha y respuesta a la llamada de Dios. Invitamos a las familias a reflexionar sobre la importancia de la filiación y a cultivar una relación profunda con Dios, Padre.” (Conferencia Episcopal de Colombia, 2024).2. “San José nos muestra que la paternidad es una vocación que requiere escucha, obediencia y servicio. Invitamos a los padres a reflexionar sobre su papel en la familia y a buscar formas de servir a sus hijos y a su comunidad.” (Conferencia Episcopal de Colombia, 2024).3. San José y María nos ofrecen un modelo de familia como escuela de amor y entrega. Invitamos a las familias a reflexionar sobre cómo pueden cultivar el amor y la entrega en su hogar, y a buscar formas de ser una fuente de amor y esperanza para el mundo.4- Con San José, aprendamos a escuchar a Dios, a descubrir su voluntad y a caminar en Sinodalidad.BibliografíaConferencia Episcopal de Colombia. (2024, 9 de febrero). Mensaje de los Obispos al Pueblo de Dios. CXVI Asamblea Plenaria: "Cristo Jesús, Nuestra Esperanza" [Comunicado]. https://www.cec.org.co/sites/default/files/2024-02/COMUNICADO%20OBISPOS%20COLOMBIANOS_ASAMBLEA%20PLENARIA_CXVI.pdConferencia Episcopal de Colombia. (2024, 16 de junio). San José: Modelo de paternidad. Mensaje con motivo del Día del Padre. https://www.cec.org.co/Mons. Félix María Ramírez BarajasObispo de Málaga-SoatáMiembro de la Comisión Episcopal de Matrimonio y Familia
Lun 16 Mar 2026
Nueva edición para Colombia del Misal Romano
Por Mons. Ricardo Tobón Restrepo - En la Ultima Cena que Jesús celebró con sus discípulos, les dio el mandato de “hacer su memoria”. Así instituyó un sacramento que no es sólo un recuerdo de él, sino un acto que lo hace presente y produce la gracia de su Pascua en aquellos que creen y lo siguen. Desde entonces la Iglesia se congrega y vive a partir de la Eucaristía. La celebración de este don incomparable fue dando origen a la configuración de unos ritos litúrgicos. La primera noticia sobre esta estructuración litúrgica la tenemos en San Justino; sabemos que después San Gregorio Magno hizo una reforma; luego San Pío V, siguiendo las disposiciones del Concilio de Trento, configura el Misal Romano. Otros Papas, a lo largo de los siglos, procurando actualizar o perfeccionar los ritos, introdujeron algunos cambios.El Concilio Vaticano II, en la Constitución “Sacrosanctum Concilium”, estableció que convenía que el culto divino se renovase y se adaptase a las necesidades de nuestra época. Acatando esa disposición San Pablo VI aprobó el 3 de abril de 1969 el nuevo Misal Romano, que se hizo efectivo en 1970. Así los Papas, como dice Benedicto XVI, han actuado "para que esta especie de edificio litúrgico…apareciese nuevamente esplendoroso por dignidad y armonía”. El Misal de San Pablo VI tuvo una segunda edición con algunos elementos nuevos en 1975. Después, San Juan Pablo II, para actualizar el Misal de acuerdo con reformas litúrgicas posteriores y con el nuevo Código de Derecho Canónico, aprobó una tercera edición que se promulgó en la Pascua del año 2002.De esta edición se ha hecho una traducción al español propia para Colombia, debidamente aprobada por el Dicasterio para el Culto Divino, que ha tenido varias reimpresiones. Ahora, como es normal, al agotarse y deteriorarse los ejemplares existentes, se reimprime de nuevo y se aprovecha para una actualización y algunos ajustes de traducción. Comenzaremos a celebrar con esta nueva edición a partir de la Misa Crismal, el próximo 26 de marzo. Es un paso importante, pues ante la escasez de misales se estaban utilizando textos aprobados para España y otros países. Por eso, invito a todas las parroquias, las capellanías y casas religiosas que lo adquieran cuanto antes para que unifiquemos la celebración de la Eucaristía en toda la Arquidiócesis y en Colombia.No se trata de un nuevo Misal como han dicho, sin conocimiento de causa, algunos medios de comunicación. Es el mismo Misal en el que se incluyen las fiestas litúrgicas y las memorias de los santos canonizados después de la edición anterior; es así como ahora encontraremos, por ejemplo, la eucología propia para la celebración de San Juan Pablo II y Santa Laura Montoya. Para unificar el lenguaje, se ha aprobado ya definitivamente el uso del pronombre “ustedes”, en lugar de “vosotros”, en la fórmula de la consagración. De otra parte, se adiciona el nombre de San José en las Plegarias Eucarísticas. Espero que acojamos todos sin dificultad esta nueva edición del Misal y que aprovechemos la ocasión para vivir con más fe y más provecho espiritual el misterio eucarístico.En este sentido, recomiendo vivamente que estudiemos de nuevo la “Instrucción General del Misal Romano”, que está en las primeras páginas, ya que contiene muchas informaciones y orientaciones que aportan mayor precisión y sentido a diversos elementos de la celebración de la Eucaristía, subraya más ampliamente la naturaleza y la dignidad de la sagrada liturgia en la vida de la Iglesia, especifica mejor el oficio de los ministros y de la asamblea, motiva a utilizar las diversas formas de celebrar la Misa, trae importantes anotaciones sobre la disposición del lugar sagrado y de los objetos que se utilizan en la celebración. Podría ser la ocasión también para repasar otros documentos muy importantes: la Encíclica Ecclesia de Eucaristía de San Juan Pablo II, la Instrucción Redemptionis Sacramentum y la Exhortación Sacramentum Caritatis del Papa Benedicto XVI, la Carta Desiderio Desideravi del Papa Francisco.Sobre todo, pienso que debemos continuar en un compromiso serio de cuidar la liturgia y de llevar a los fieles a una activa, consciente y fructuosa participación en ella. Como enseñaba San Juan Pablo II: “Existe un vínculo estrechísimo y orgánico entre la renovación de la liturgia y la renovación de toda la vida de la Iglesia”. Que especialmente este tiempo de Cuaresma nos lleve en cada Eucaristía a vivir la fe en la centralidad del misterio pascual de Cristo para que tengamos en él una fuente inagotable de la vida nueva del Evangelio, un llamamiento permanente a la fraternidad y un decidido impulso a realizar nuestra misión en el mundo. + Ricardo Tobón RestrepoArzobispo de Medellín
Lun 9 Mar 2026
La Esperanza en Jesucristo no defrauda
Por Mons. José Libardo Garcés Monsalve - Avanzando en la celebración de los 70 años de vida diocesana con el lema pastoral: vayan y hagan discípulos haciendo la Voluntad de Dios, nos disponemos a reflexionar sobre la virtud de la Esperanza en este itinerario que estamos recorriendo a través de las virtudes teologales. Así, fortalecer el camino de santidad que cada uno de nosotros debe recorrer hasta llegar a la vida eterna siguiendo a Jesucristo: “yo soy el camino, la verdad y la vida. Nadie puede llegar al Padre, sino por mí” (Jn 14, 6).El trabajo evangelizador en salida misionera en el que estamos todos empeñados en nuestra Diócesis de Cúcuta, se convierte en una siembra de esperanza en la vida y la misión de cada uno de nosotros. Vivimos en este hoy de la historia, conflictos y divisiones que producen violencia y muerte en la vida personal, familiar y en nuestro entorno social. Ante esto, tenemos la certeza que la esperanza es Jesucristo, que no nos defrauda, Él nos acompaña en la barca de la vida y está presente en las tormentas de nuestra existencia, basta que le abramos el corazón a su Palabra y fortalecidos por la fe, recibamos como alivio para nuestra vida la esperanza que cambia el rumbo de la existencia y le da un nuevo sentido: “la puerta oscura del tiempo, del futuro, ha sido abierta de par en par. Quien tiene Esperanza vive de otra manera; se le ha dado una vida nueva” (Spe Salvi 2).Tenemos la certeza de la fuerza del Espíritu Santo en nuestras vidas, que es presencia de Jesucristo en todos los ambientes y lugares, que llena a todos de esperanza, “una esperanza que no defrauda porque, al darnos el Espíritu Santo, Dios ha derramado su amor en nuestros corazones” (Rom 5, 5); que alivia tantas heridas producidas por el mal y el pecado, que destruyen nuestra vida y oscurecen el entorno familiar y social.Frente a tanta incertidumbre por la que atraviesa el ser humano en el mundo de hoy, la esperanza en Cristo nos llena de gracia, que nos permite recibir el perdón de Dios por nuestros pecados y fortalecer la centralidad de la vida en Él, que nos sostiene en medio de las dificultades y tribulaciones por las que pasamos cada día. “¿Quién podrá entonces separarnos del amor de Cristo? ¿Las tribulaciones, las angustias, la persecución, el hambre, la desnudez, los peligros, la espada? Pero en todo esto obtenemos una amplia victoria, gracias a aquel que nos amó. Porque tengo la certeza de que ni la muerte ni la vida, ni los ángeles ni los principados, ni lo presente ni lo futuro, ni los poderes espirituales, ni lo alto ni lo profundo, ni ninguna otra criatura podrá separarnos jamás del amor de Dios, manifestado en Cristo Jesús, nuestro Señor (Rm 8, 35.37-39). Aquí está la esperanza que no permite que nos derrumbemos frente a las dificultades, una esperanza fundamentada en la fe y alimentada con la caridad, que hace posible que sigamos adelante sin vacilaciones.La fuerza del Espíritu Santo mantiene en nosotros viva la fe, la esperanza y la caridad, somos sostenidos para seguir como peregrinos de la esperanza, en gracia de Dios, dando testimonio de Jesucristo en el cumplimiento de nuestra misión y en el trabajo misionero que cada uno realiza, aún en medio de los sufrimientos y las dificultades.Al respecto san Pablo nos anima diciendo: “por la fe en Cristo hemos llegado a obtener esta situación de gracia en la que vivimos y de la que nos sentimos orgullosos, esperando participar de la gloria de Dios. Y no sólo esto, sino que hasta de los sufrimientos nos sentimos orgullosos, sabiendo que los sufrimientos producen paciencia; la paciencia produce virtud sólida, y la virtud sólida esperanza, una esperanza que no defrauda” (Rom 5, 2 - 5) y que nos mantiene en pie en el combate espiritual, para que sigamos adelante, caminando juntos en la gracia de Dios.Para mantenernos firmes en este camino espiritual de santidad es necesaria la oración diaria, que es una escuela de esperanza que fortalece la fe y produce el fruto maduro de la caridad: “un lugar primero y esencial de aprendizaje de la Esperanza es la oración. Cuando ya nadie me escucha, Dios todavía me escucha. Cuando ya no puedo hablar con ninguno, ni invocar a nadie, siempre puedo hablar con Dios. Si ya no hay nadie que pueda ayudarme, cuando se trata de una necesidad o de una expectativa que supera la capacidad humana de esperar, Él puede ayudarme” (Spe Salvi 32).Esta verdad que vivimos en gracia de Dios, fortalecidos por la oración, es lo que transmitimos a los demás cumpliendo con el encargo misionero que el Señor Jesús nos ha hecho a todos: “vayan y hagan discípulos a todos los pueblos y bautícenlos para consagrarlos al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo, enseñándoles a poner por obra todo lo que les he mandado. Y sepan que yo estoy con ustedes todos los días hasta el final de los tiempos” (Mt 28, 19 - 20). Jesús mismo nos ha dejado la certeza que no nos abandona, no nos defrauda, camina siempre con nosotros, no transmitimos a los demás una teoría sobre Jesucristo, sino la experiencia de vida centrada en Él que cada día nos fortalece.Con la esperanza viva en Jesucristo, abiertos a la gracia del perdón que viene de Dios, para vivir en la familia y en la comunidad la caridad cristiana, sigamos anunciando el Evangelio de Jesús por todas partes. Que la Santísima Virgen María, Madre de la Esperanza y el Glorioso Patriarca San José, nos enseñen a creer, esperar y amar como ellos y que nos indiquen cada día el camino hacia el Reino de Dios, donde llegaremos todos, después de esta peregrinación terrena.En unión de oraciones, reciban mi bendición.+José Libardo Garcés MonsalveObispo de la Diócesis de Cúcuta
Mar 3 Mar 2026
La Iglesia hace política
Por Mons. Ricardo Tobón Restrepo - En el proceso histórico de nuestro país y especialmente en la coyuntura política que vivimos, los cristianos debemos participar responsable y activamente. La acción política, realizada desde una visión cristiana, no puede concebirse sino como un servicio concreto a la sociedad, con el fin de proteger y favorecer el bien común. Esto significa la promoción y garantía de las condiciones necesarias para que los ciudadanos puedan desarrollar su vida y disfrutar en buenas condiciones los servicios fundamentales: el derecho a la vida, a la libertad, a la educación, a la salud, al trabajo y a la vivienda. La Iglesia sí hace política, pero de otra manera: cuando cada uno de sus miembros, desde su concreta posición, se hace responsable de la vida y el futuro de la sociedad.Los católicos tenemos derecho y obligación de apoyar, por caminos democráticos, proyectos políticos que concuerden con nuestra visión de la persona humana, de la sociedad y del comportamiento ético; los políticos católicos tienen también el deber de impulsar estos objetivos; negarnos este derecho sería promover una política intolerante y discriminatoria. Esta obligación, independientemente de las preferencias partidistas que tengamos, exige la defensa y protección de la vida humana, de la familia en todas sus implicaciones, de los menores y los más necesitados, de la libertad y la pacífica convivencia, de la justicia y la solidaridad, de las religiones y las diferentes culturas.Dentro de estas convicciones morales, los católicos tenemos libertad para actuar en política según el dictamen de la conciencia y la responsabilidad personal. Con estos criterios hay lugar a opiniones distintas y a proyectos diferentes, todos legítimos, aunque no todos tengan el mismo valor. La diferencia y libertad de posiciones y proyectos no se pueden confundir con la indiferencia o el relativismo moral. Las diversas iniciativas valen más o menos según la forma como correspondan a los valores morales que son garantía del bien personal y social. La idea de que la política tenga que navegar en el laicismo y en el relativismo no tiene un fundamento sólido y entraña peligros. Si todos no respetamos valores objetivos se abre el camino a la arbitrariedad y al autoritarismo.Por eso, la Iglesia tiene el derecho y el deber de instruir y animar a los católicos para que actúen debidamente en los diferentes momentos y niveles de la vida política de acuerdo con las exigencias de nuestra fe. Los católicos, dentro del legítimo pluralismo y en colaboración con los demás ciudadanos, debemos discernir qué líderes, qué grupos políticos y qué propuestas responden más al bien común según la doctrina de la Iglesia. Hay propuestas que afectan el bien de las personas, de las familias, de la libertad ciudadana; por tanto, los católicos tenemos que hacernos escuchar sin miedo. En síntesis, la fe y la moral cristianas tienen que ser operantes en todas las dimensiones de la vida y, por consiguiente, también en la política.A la Iglesia se la critica si interviene en política porque no se acepta que tome partido, pero se la critica igualmente si no interviene porque pareciera que es indiferente a la vida y a la suerte del pueblo. La Iglesia, es decir todos nosotros los católicos, no nos podemos quedar como una masa muerta e indiferente frente a lo que pasa y puede pasar en el país. Los católicos, como se ha dicho siempre, debemos ser los mejores ciudadanos. Entonces intervengamos para dar lo que sabemos: el sentido del servicio público; para llamar a la unidad y a la cordura en el proceder; para mediar y ofrecer servicios específicos a favor de la libertad, la justicia y la reconciliación; para elegir a los mejores mediante un voto consciente y responsable.Hoy no pensar y, por lo tanto, no actuar correctamente es una forma de colaborar con la destrucción de nuestras instituciones democráticas. La historia ya nos enseñó lo que ocurre cuando el poder se desborda y los demás callamos. La ignorancia de un votante en una democracia pone en peligro la seguridad de todos. Tenemos que analizar a fondo las propuestas y no quedarnos con alucinaciones populistas. La elección de parlamentarios que vamos a tener es un momento decisivo y fundamental para mantener la institucionalidad y el bienestar del país. Por tanto, el abstencionismo, el voto irresponsable o el voto vendido no son una opción válida para un católico. Procedamos con la responsabilidad y la esperanza que nos vienen de Cristo; Él es la luz que vence toda oscuridad.+Ricardo Tobón RestrepoArzobispo de Medellín