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¿Es con el mal como se paga el bien?
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Por: Luis Fernando Rodríguez Velásquez – Homilía del 20º Aniversario de la muerte de Mons. Isaías Duarte Cancino, arzobispo de Cali – Marzo 16 de 2022.
Mons. Isaías Duarte Cancino nació en San Gil, Santander, el 15 de febrero de 1939. Tendría 83 años de vida. Sus padres fueron Crisanto Duarte, odontólogo y Elisa Arenas. Era el menor de siete hermanos. Nace “el mismo año que estalla la Segunda Guerra Mundial… su niñez también es nutrida por el panorama de esta confrontación global … Indudablemente que las circunstancias del país durante la época de infancia y niñez de Monseñor Isaías Duarte Cancino, unido a la característica de los habitantes de Santander, forjados en la ardua lucha contra una naturaleza agreste, contribuyó a forjar su carácter fuerte y a aprender desde muy temprano que debía moverse entre las contradicciones políticas, muchas veces violentas, producto de la fuerte polarización entre los dos partidos tradicionales del país, el liberal y el conservador” (Tomado de la publicación Necrobiografía de Monseñor Isaías Duarte Cancino, de Unicatólica, p. 176).
Estudió en la Gregoriana, licenciatura en Teología. Se ordenó sacerdote en Roma, en el espléndido marco del Concilio Vaticano II, el 1º de diciembre de 1963. Fue ordenado obispo auxiliar de Bucaramanga el 10 de abril de 1985, luego fue nombrado primer Obispo de Apartadó el 18 de junio de 1988, y Arzobispo de Cali, el 19 de agosto de 1995. Es asesinado el 16 de marzo del 2002, hace 20 años, terminando la celebración eucarística y la bendición de cerca de 100 matrimonios, en la parroquia El Buen Pastor.
Después de este breve acercamiento a la biografía de Mons. Isaías, pongamos la mirada en la que fue el nutriente que iluminó el ser y actuar de este eximio pastor: en la Palabra de Dios.
La liturgia de este día nos propone unos textos estupendos para esta conmemoración. El profeta Jeremías, que, como los profetas del Antiguo Testamento, se caracterizó por su generosidad al llamado de Yavé - Dios, por su fidelidad y valentía en el cumplimiento de la misión de anunciar y de denunciar el mal, el pecado y todo lo que separaba al pueblo de Israel de Dios, padeció en carne propia las consecuencias de su actuar fiel. El profeta, en una intensa y dolorosa plegaria, hace una especie de reclamo a Dios, al recordarle lo que de él decían en Jerusalén: “Vamos a tramar un plan para deshacernos de Jeremías. No nos faltarán sacerdotes que nos instruyan, ni sabios que nos den consejos, ni profetas que nos prediquen. Vamos a acusarlo para acabar con él”.
De seguro, que en el caso de Mons. Isaías, él tenía muy presente a lo largo de su vida las palabras de Jesús, “no está el discípulo por encima de su maestro… ya le basta al discípulo ser como su maestro”, y “no teman a los que matan el cuerpo, pero no pueden matar el alma; teman más bien al que puede llevar a la perdición alma y cuerpo a la Gehenna” (Mt. 10, 24 - 25.28).
El Obispo es por definición, un profeta; debe ser un auténtico profeta, pues actuando en nombre de Jesús que lo eligió y lo envió a predicar, como a los apóstoles, no puede dejar de gritar desde los terrados, lo que ha visto y oído, lo que ha motivado su fe y su respuesta de amor. El Obispo es el profeta del amor de Dios en cada tiempo y lugar. Y los obispos que ha tenido Cali, ayer y hoy, con las diferencias propias de cada uno, supieron y saben ser los profetas que el mundo necesita. Los profetas del amor, de la reconciliación, del perdón, de la paz.
Esta dimensión profética la supo encarnar radicalmente Mons. Isaías Duarte Cancino, al estilo de Jesús, donde los fariseos y herodianos buscaban la forma de tomarlo preso, hasta que lograron que lo llevaran a juicio y lo mataron. Mons. Isaías, como discípulo sobresaliente del Jesús, tuvo la fortuna de ser como él, y de padecer con él, pues tuvo sus mismos sentimientos.
Será el mismo profeta Jeremías quien ante esta actitud del pueblo que está enceguecido ante el anuncio de la buena nueva, eleve a Dios un verdadero grito de dolor: ¿Es con el mal como se paga el bien?
Leyendo varias de las intervenciones de Mons. Isaías, muchas que seguramente los fieles de Bucaramanga, Apartadó, Cali, el Valle y Colombia en general escucharon y guardan en el corazón, podemos encontrar cómo, sin ahorrarse descanso alguno, Monseñor no cejaba en su deseo de lograr un día la reconciliación de los pueblos, la paz de las comunidades, y el encuentro con Jesús. A manera de ejemplo, recordemos un aparte de lo que dijo en el marco del Tercer Congreso Eucarístico Nacional, realizado en Cali en 1999, al cual, por gracia de Dios participé cuando era párroco en Medellín y vine como peregrino a participar en el congreso y la eucaristía con un bus de feligreses de mi parroquia de El Sagrario, donde en 1935 también se había realizado el Congreso Eucarístico nacional. Decía Mons. Isaías que “Frente a un mundo alejado de Dios y con un pueblo colombiano que ha perdido el norte de su vida, la celebración de este Congreso Eucarístico Nacional es una invitación apremiante a volver a Dios, a renovar nuestra conciencia de creyentes y a asumir el compromiso de construir una patria amable para todos, sobre los fundamentos de la honestidad y la justicia, bases insustituibles de la paz”. Si Monseñor Isaías estuviera vivo, de seguro que repetiría esta misma súplica, porque el mundo y la Colombia de nuestros tiempos, en poco o en nada difieren de los tiempos del finado arzobispo.
En su homilía de la última misa crismal antes de su asesinato, en el 2001, dijo algo que leo ahora como una hermosa y elocuente premonición de su sueño para Cali, y para quienes hacemos parte hoy de esta Iglesia particular: “Acerquémonos a contemplar el rostro de Cristo; en él, Dios ha hecho brillar su rostro sobre nosotros, rostro de misericordia y de bondad, rostro de amor, porque Dios es amor; en Cristo también se revela el auténtico rostro del hombre; Jesús es el hombre nuevo que llama a participar de su vida divina a la humanidad redimida” (textos tomado del libro Sangre de profeta, del padre Efraín Montoya Flórez). Hermanos, en la cuaresma 2022, dejémonos reconciliar con Dios, y volvamos a su encuentro. Acojamos con renovada fe la petición de Monseñor Isaías.
Por todo esto, al final de su vida, en el rostro de Monseñor Isaías, dicen quienes compartían con él, que se veía la tristeza, como una especie de frustración. Seguro que por su cabeza pasaban una y otra vez las palabras de Jeremías: ¿Es con el mal como se paga el bien? Jesús ante el sumo sacerdote tuvo una experiencia similar: “he hablado abiertamente ante todo el mundo, he enseñado siempre en la sinagoga y en el Templo, donde se reúnen todos los judíos, y no he hablado nada a ocultas… Apenas dijo esto, uno de los guardias dio una bofetada a Jesús… Jesús le respondió: si he hablado mal, declara lo que está mal, pero si he hablado bien ¿por qué me pegas? (Jn. 18, 19 ss).
En el Evangelio de este día, de San Mateo, Jesús hace a los discípulos uno de los anuncios de su pasión, dirá que lo van a azotar, que se van a burlar de él, que lo van a condenar a muerte, pero que resucitará. Es la suerte del discípulo que sigue a Jesús con fidelidad. Ha sido esta la suerte de Monseñor Isaías que seguramente escuchó, ese día 16 de marzo de 2001, las palabras de su amado: ¡ven bendito de mi Padre, tú que te esforzaste por hacer siempre el bien, que trabajaste sin descanso por sembrar la semilla del Reino, que creíste en mí y te alimentaste de mi cuerpo y de sangre, ven entra, y goza ahora del premio de los justos, porque has vencido a quienes quisieron callarte, a quienes como a Jeremías, quisieron sacarte del camino. Los has vencido con tu vida y con tu muerte. ¡Entra y desde este lugar sacro, bendice el pueblo que peregrina en Cali y en Colombia!
La mejor forma de hacer un rendido homenaje a Mons. Isaías, es imitándolo. Hoy somos llamados a ser profetas valientes, sin miedos, para anunciar la persona de Jesucristo, y seguir trabajando para que el reino de Dios, hecho presente en Jesús, que es reino de justicia, de amor y de paz, crezca y triunfe en medio de un mundo que quiere imponernos todo lo contrario, el poder de la injusticia, del odio y de la guerra.
No quisiera concluir esta meditación, sin retomar y aplicar a los tiempos actuales, la frase que se hizo clásica en los días en que Monseñor Isaías tuvo a bien asumir como propio el nada fácil trabajo de mediar por la liberación de los secuestrados de La María y del kilómetro 18. La traigo ahora a colación, porque el fenómeno del secuestro hecho por grupos delincuenciales, no ha desaparecido. Hoy, también con Monseñor Isaías hacemos de nuevo la radical petición de que sean liberados todos los secuestrados de Colombia. No es este un acto de caridad ni de clemencia, es un acto de justicia y de humanidad que reclamamos para todos los privados de su libertad. Hoy también gritamos con el corazón en la mano: “Los queremos vivos, libres y en paz”.
Que seamos capaces de liberarnos del secuestro espiritual e incluso material en el que nos encontramos todos. El Señor nos quiere partícipes de su vida divina; nos quiere libres de toda esclavitud, en especial de la esclavitud del pecado; nos quiere en paz, hermanos todos, Fratelli tutti, en el lenguaje del Papa Francisco.
Estamos cerca de la Pascua 2022. Cristo nos mostró como a él no le quitaron la vida, sino que la dio. Se hizo ofrenda de amor, convencido de que “si el grano de trigo no cae en tierra y muere, queda él solo; pero si muere da mucho fruto” (Jn. 12, 24). Fue la forma como nos mostró que el mal se vence es con el bien.
En este sentido, las enseñanzas del profeta de la valentía y de la libertad, Monseñor Isaías Duarte Cancino y su ejemplo de vida, nos animen a ser también profetas del amor de Dios y nos impulsen a saber dar razón de nuestra esperanza, con la parresia o fuerza que viene del mismo Dios. Descanse en paz. Amén.
+ Luis Fernando Rodríguez Velásquez
Obispo auxiliar de Cali
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La fe, un camino que abre al encuentro con Jesús
Por Mons. José Libardo Garcés Monsalve - Este año de gracia del Señor, al celebrar 70 años de vida diocesana, somos convocados a seguir en el anuncio gozoso del Evangelio de Nuestro Señor Jesucristo, con el lema pastoral: “vayan y hagan discípulos” (Mt 28, 19), transmitiendo el don de la fe a muchas personas y al interno de sus familias, para formar comunidades eclesiales misioneras que se abran al encuentro con Jesús, recorriendo un camino de fe que transforme cada corazón, cada familia y cada comunidad parroquial.Es importante tener claro que la evangelización en nuestra Diócesis, durante todos estos años, ha tenido como misión la transmisión de la fe a muchas personas; la fe se presenta como luz que ilumina la mente y el corazón, para recibir a Jesucristo como el salvador del mundo. La fe que profesamos y transmitimos es un camino que abre al encuentro con Jesús y nos permite vivir de una manera distinta la misión y el caminar en el mundo. Hoy más que nunca se hace necesario un encuentro con Jesús, para combatir la división y la violencia que afecta a tantas personas, familias y a nuestra región.Con Jesucristo al centro de las personas y de las familias, la vida se hace más llevadera, aún con los dolores y los sufrimientos, con las alegrías y aciertos, van ayudando al crecimiento y fortalecimiento de la fe en el hogar, ya que “la presencia del Señor habita en la familia real y concreta, con todos los sufrimientos, luchas, alegrías e intentos cotidianos. Si el amor anima esa autenticidad, el Señor reina allí con su gozo y su paz” (Amoris Laetitia 315); de tal manera que la vida familiar se fortalece con la fe en el Señor Jesús que unifica el hogar.Una familia cristiana, donde los padres han entendido la misión que Dios les ha confiado de dar la vida, protegerla y custodiarla, ayudando a los hijos en su formación y desarrollo, se hace servidora del Señor, anunciadora del Evangelio, que sirve a otros hogares que pueden estar en dificultades, a centrar su vida en el Señor.Aparecida reconoce esta misión de los padres cuando afirma: “el gran tesoro de la educación de los hijos en la fe consiste en la experiencia de una vida familiar que recibe la fe, la conserva, la celebra, la transmite y la testimonia. Los padres deben tomar nueva conciencia de su gozosa e irrenunciable responsabilidad en la formación integral de los hijos” (DA 118), convirtiéndose en servidores del Señor, discípulos misioneros, que comunican dentro y fuera del hogar el Evangelio, cumpliendo con el mandato misionero del Señor: “vayan y hagan discípulos” (Mt 28, 19).El cristiano y la familia que edifican su vida sobre la roca firme de Jesucristo, recibirán la fuerza diaria para afrontar los desafíos y tareas en la misión que han recibido de Dios y podrán también convertirse en luz que ilumina el caminar de otros creyentes y otras familias, que entran en desánimo y pierden el fervor en continuar con la lucha diaria, porque “la familia, hoy sobre todo, tiene una especial vocación a ser testigo de la alianza pascual de Cristo, mediante la constante irradiación de la alegría del amor y de la certeza de la esperanza, de la que debe dar razón. La familia cristiana proclama en voz alta tanto las presentes virtudes del Reino de Dios como la esperanza de la vida bienaventurada” (Familiaris Consortio 52), incluyendo el testimonio cristiano al abrazar la cruz del Señor y contemplarla en medio de las dificultades que se viven en cada hogar. Esto es posible por la fe firme de un hogar que se abre al encuentro con Jesús.La fe recibida en el corazón de cada creyente y en el seno de cada hogar es luz que ilumina la existencia de cada uno y se irradia en su entorno, dando frutos de caridad que ayuda a permanecer y perseverar en la gracia de Dios, iluminados por Jesucristo, luz que alumbra el camino de cada uno; por tanto, “es urgente recuperar el carácter luminoso de la fe, pues cuando su llama se apaga, todas las luces acaban languideciendo. Y es que la característica propia de la luz de la fe es la capacidad de iluminar toda la existencia del ser humano. Porque una luz tan potente no puede provenir de nosotros mismos; ha de venir de una fuente más primordial, tiene que venir, en definitiva, de Dios” (Lumen Fidei 4). Abiertos a la fe en Jesucristo podemos ir a su encuentro y resolver la vida diaria desde el perdón, la reconciliación y la paz.Los desafíos son grandes porque no es fácil hacer frente en el momento actual, a todas las situaciones de adversidad por las que atraviesa el mundo. Sin embargo, cuando tenemos conciencia que Jesucristo ilumina y unifica la vida personal y familiar, podemos seguir adelante, abiertos a la gracia de Dios y al don que viene de lo alto que nos fortalece, alienta, nos llena de esperanza y nos da la certeza que “la presencia invocada de Cristo a través de la oración en familia nos ayuda a superar los problemas, a sanar las heridas y abre caminos de esperanza” (DA 119). Entonces tenemos la certeza de que no, estamos solos en la vivencia de la fe, ya que la gracia de Dios y la compañía de la Iglesia, nos ayudan a fortalecer la fe que permite vivir con la gracia y la bendición de Dios.Convoco a todos las personas y familias a encontrar unos minutos cada día para estar unidos ante el Señor, rogar por las necesidades familiares, orar por los miembros del hogar que estén pasando situaciones difíciles, pedirle el don de la paz, darle gracias a Dios todos los días por la vida y todo lo que acontece en la familia. Pongamos la vida personal y familiar bajo la protección y amparo de la Santísima Virgen María, en todas las circunstancias de la existencia, aún en los momentos de cruz. Que el Glorioso Patriarca San José, unido a la Madre del cielo, alcancen de Nuestro Señor Jesucristo la fortaleza en la fe como camino que nos abre a su encuentro, para vivir en el hogar iluminados y unificados por Él.En unión de oraciones, reciban mi bendición.+José Libardo Garcés MonsalveObispo de la Diócesis de Cúcuta
Lun 16 Feb 2026
"El amor nos hace pasar de la muerte a la vida": Mensaje en los 60 años de la muerte del Padre Camilo Torres
Por Cardenal Luis José Rueda Aparicio - Han pasado sesenta años desde la muerte del padre Camilo Torres Restrepo. A pesar de los profundos y vertiginosos cambios vividos en estas décadas, Colombia sigue anhelando la paz plena y la justicia social que dignifique la vida de todos.La inhumación de sus restos es un gesto que reconoce la dignidad inviolable de toda vida humana, cuya sangre derramada clama al Creador (Cf. Gn 4,10). Su memoria nos remite al rostro de todas las víctimas del conflicto armado en Colombia. Ellas nos recuerdan que la violencia y la guerra son siempre un fracaso humano y una herida abierta en el corazón de la Nación.Somos testigos del dolor profundo que acompaña a tantas familias que han perdido a sus seres queridos. En medio de ese sufrimiento, solo la esperanza en Cristo Resucitado nos sostiene y nos impulsa a seguir caminando juntos. Estamos llamados a vencer el mal con la fuerza del amor, con la certeza de que "sus llagas nos han curado" (1 Pe2,24) y de que la cruz de Cristo es, en definitiva, la negación de toda violencia y la proclamación de una vida nueva.Como discípulos misioneros, estamos dispuestos a acoger el clamor de los pobres y a construir una sociedad donde aprendamos a "compartir la mesa de la vida de todos los hijos e hijas del Padre, mesa abierta e incluyente, en la que no falte nadie" (Documento de Aparecida, Mensaje final, 4).La Iglesia ora por el eterno descanso del padre Camilo y ruega al Señor por el fin definitivo de toda forma de violencia en Colombia. Al mismo tiempo, nos exhorta a trabajar sin desfallecer por la justicia social, en el marco del Estado Social de Derecho, conscientes de que las causas de la violencia se enraízan también en estructuras de pecado que debemos transformar con la fuerza del Evangelio.Solo el amor fraterno es fundamento verdadero de reconciliación y unidad como Nación. Solo el amor hace posible el encuentro y el diálogo. Solo el amor nos dispone a respetar la vida de quien piensa distinto. Solo el amor abre caminos hacia una "paz desarmada y desarmante" (Papa León XIV)Hoy renovamos nuestra esperanza: el amor nos hace pasar de la muerte a la vida.Mensaje oficialCardenal Luis José Rueda AparicioArzobispo de Bogotá y Primado de Colombia15 de febrero de 2026
Lun 16 Feb 2026
El sentido de la política
Por Mons. Ricardo Tobón Restrepo - Es un hecho que a todos nos preocupa la situación del país. Habría que ser ciego para no percibir la fatiga, las expectativas, las frustraciones, los temores e incluso la ira que tantas personas expresan ante la realidad social y política que vivimos. En las últimas décadas, dentro de las circunstancias que vive el mundo y tratando de afrontar el presente y prever el futuro, hemos experimentado en Colombia desafíos, búsquedas, transformaciones, inestabilidad, sin logar tener un plan nacional consistente y estable, que haga posible el desarrollo integral en la libertad, la justicia y la solidaridad.Los católicos, como ciudadanos que experimentamos esta realidad e incertidumbre, que debemos estar comprometidos con el bien común y que hemos sido llamados particularmente a vivir como miembros de un pueblo, no podemos quedarnos inconscientes o indiferentes ante todo lo que afecta la dignidad de las personas y el futuro de la comunidad humana. Por tanto, debemos sentirnos responsables hoy cuando vemos el tejido social fracturado, los cimientos de las instituciones en tela de juicio, la violencia siempre presente y el avance de la mentira y la corrupción al servicio de intereses particulares.Una evaluación lúcida de lo que vivimos y un compromiso serio con la misión del país nos deben llevar a redescubrir el sentido de la política. La crisis de confianza entre los ciudadanos y sus gobernantes tiene su origen en las ambiciones personales excesivas, las maniobras electorales, las promesas incumplidas, la falta de formación de la clase política, la ausencia de un plan común a largo plazo, el comportamiento populista. No es posible soñar un mundo ideal, menos cuando nuestros políticos son los que hemos hecho entre todos y a los que, a la vez, cada uno pide satisfacer sus propios intereses.Si la política atraviesa una grave crisis es porque algo esencial se ha perdido. La vida comunitaria no puede prescindir de la política, que afirma la existencia de una “comunidad” que trasciende los intereses particulares y define las mejores condiciones para que el ejercicio del poder esté realmente al servicio de la vida social. En los países democráticos este poder se da en las elecciones, pero éstas deben estar iluminadas y conducidas sólo por la búsqueda del bien común, por la selección de las personas más competentes, por la garantía de la institucionalidad y por la decidida cooperación de todos.Nuestro país, como todos lo sabemos, tiene un gran potencial en distintos campos. Hay creatividad para el dinamismo económico y para diversas iniciativas solidarias. Hay experiencias y estructuras construidas con sabiduría y esfuerzo. Hay una gran reserva moral y capacidad de generosidad. Sin embargo, hay ausencias de liderazgos fuertes, hay una tendencia a multiplicar y cambiar leyes pensando que ellas por sí solas lo resuelven todo, hay manipulación de la realidad y aun de las personas a través del uso de las redes sociales, hay vacíos en el campo ético por un predominio nefasto del egoísmo y el individualismo.Lograr un verdadero y efectivo proyecto social no puede hacerse con la simple yuxtaposición de propuestas según determinados intereses. La política debe afrontar ante todo la cuestión de sentido. No para decir a todos lo que se debe pensar, sino para asegurar un horizonte que mantenga unido y comprometido a todo el país, para garantizar que ninguno sea rechazado o se excluya de esta empresa que nos necesita a todos. La cuestión de sentido ha desaparecido de la política al reducirla a proteger y proporcionar derechos individuales cada vez más amplios en una realidad colectiva.Así resulta más difícil articular la sociedad, un “nosotros” que no elimina el “yo”, sino que le otorga su puesto y su misión. La convivencia y la participación de todos en una obra común requieren más que un discurso gerencial. Por tanto, antes de un período de elecciones tenemos que pensar no sólo en elegir unas personas, sino en escoger un modelo de país que sea bueno para todos. Esto supera el simplismo con que a veces enfrentamos las cosas; nos pide producir pensamiento, conducir una verdadera educación ciudadana, proponernos una renovación moral y abrirnos todos a una dimensión trascendente de la vida. Con esos presupuestos y para mantenerlos, se eligen los mejores.+ Ricardo Tobón Restrepo Arzobispo de Medellín
Vie 6 Feb 2026
La esperanza de un nuevo año pastoral
Por Mons. Ricardo Tobón Restrepo - Estamos dando comienzo en nuestra Arquidiócesis a los programas de un nuevo año pastoral. Ayer, dentro de la solemnidad de Nuestra Señora de la Candelaria, le hemos pedido a nuestra madre y patrona que intervenga para que podamos realizar con fe, comunión y frutos apostólicos el Plan de Pastoral que juntos hemos construido. Para asumir y vivir este momento, nos resulta muy útil tener presentes las reflexiones y recomendaciones que el papa León XIV ha hecho, el 19 de septiembre de 2025, en un discurso dirigido a la Diócesis de Roma precisamente al comenzar allí el año pastoral. Admira ver cómo el análisis y las propuestas llegan oportunos a nuestra realidad y propósitos.El Papa comienza pidiéndole a su diócesis que se abra al Espíritu que suscita la esperanza de una renovación eclesial capaz de revitalizar las comunidades para que crezcan en el camino evangélico, en la cercanía a Dios y en la presencia de servicio y testimonio. Luego añade: “El fruto del proceso sinodal…ha sido ante todo el impulso a valorizar los ministerios y carismas, apoyándose en la vocación bautismal, priorizando la relación con Cristo y la acogida de los hermanos, empezando por los más pobres, compartiendo sus alegrías y tristezas, esperanzas y luchas. De esta manera se destaca el carácter sacramental de la Iglesia”.Después, para inducir la forma de proceder, hace un análisis de la realidad de la Diócesis de Roma, que vale también para nosotros, indicando que debemos ser capaces “con la gracia de Dios de realizar obras evangélicas en un contexto eclesial marcado por numerosos desafíos, especialmente en la transmisión de la fe, y en una sociedad necesitada de profecía, con numerosos y crecientes casos de pobreza económica y existencial, con jóvenes a menudo desorientados y familias con frecuencia agobiadas”. Esto implica desarrollar un estilo que valore los dones de cada persona y entienda el rol del liderazgo, para que, en la comunión, se superen las oposiciones y los aislamientos.A continuación, indica que esto en términos concretos significa trabajar por la participación activa de todos en la vida de la Iglesia, señalando en este sentido la importancia de los órganos de comunión, que deben ser fortalecidos o creados si no existen. En este sentido, debemos pensar nosotros concretamente en los consejos pastorales parroquiales. Pues, como enseña el Papa, “estos ayudan al Pueblo de Dios a ejercer plenamente su identidad bautismal, a fortalecer el vínculo entre los ministros ordenados y la comunidad, y a guiar el proceso desde el discernimiento comunitariohasta las decisiones pastorales”.Habla también el Papa de las agrupaciones u organismos que conectan diferentes dimensiones de la vida pastoral y de los sectores pastorales como los que se dan entre parroquias vecinas. Advierte que existe el riesgo de que estas entidades pierdan su función como instrumentos de comunión y se reduzcan a tener algunas reuniones, para luego volver a la práctica de una pastoral de forma aislada según los límites parroquiales o los propios planes. Esto, evidentemente, tiene aplicación en nuestros arciprestazgos y en nuestras áreas de pastoral, donde necesitamos hacer un discernimiento comunitario, vivir la común responsabilidad bautismal, planificar juntos y promover iniciativas pastorales compartidas.Además, el Papa propone tener tres objetivos concretos. El primero, fortalecer la relación entre iniciación cristiana y evangelización, yendo más allá de un enfoque escolástico de la catequesis, acogiendo bien a los adultos que buscan los sacramentos y formando bien los catequistas. El segundoobjetivo es dar participación a los jóvenes y a las familias; esto conlleva una acogida empática, caminos personalizados según las situaciones vitales y estar atentos a nuevos aprendizajes. El tercer objetivo que recomienda es la formación a todos los niveles; no podemos engañarnos, afirma, pensando que en la situación que vivimos el simple continuar con algunas actividades tradicionales mantendrá vivas nuestras comunidades cristianas.Qué bueno poder motivarnos para dar el mejor impulso a este nuevo año pastoral con las orientaciones del Sucesor de Pedro, que nos garantizan fidelidad y unidad dentro del proyecto de Dios. Como también lo pide él, incrementaremos la formación en el conocimiento bíblico, la práctica litúrgica, el ejercicio de la ciudadanía, el acompañamiento del sufrimiento mental y la promoción de la justicia social. Así, nuestra Iglesia particular seconvertirá “en un seno que inicia a las personas en la fe y en un corazón que busca a quienes la han abandonado”.+ Ricardo Tobón Restrepo Arzobispo de Medellín