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Monseñor Jaime Prieto, testimonio de evangelización de lo social
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Por: Mons. Héctor Fabio Henao Gaviria - Identificar conflictos y sus caminos de transformación. Dialogando con la sociedad y con otras perspectivas de análisis.
En las décadas recientes, los colombianos han reconocido el papel dinámico de la Iglesia Católica y en particular de la Conferencia Episcopal en la búsqueda de la paz y de la reconciliación. Con frecuencia se ven en los medios de comunicación documentos en los cuales se han elaborado propuestas con sentido constructivo frente a la situación de conflictos internos y simultáneamente declaraciones críticas frente a situaciones y estructuras consideradas como contrarias a la convivencia entre los colombianos.
Igualmente, los integrantes de la Iglesia han conocido particularmente entre los años 2000-2010 las consecuencias de un clima de violencia que ha tocado con la vida de todos los sectores de la nación, un número significativo de agentes pastorales han sido asesinados incluyendo un Arzobispo, Obispos, sacerdotes, religiosas y religiosos, catequistas, etc.
Las posiciones de la Iglesia son con frecuencia objeto de análisis y de controversia en los medios de comunicación y en los debates públicos, lo cual refleja el grado de importancia que revisten las posiciones de la comunidad católica en estos temas.
La Iglesia Colombiana ha reflexionado a varios niveles sobre su rol en la construcción de la paz en el país. Son numerosos los sectores eclesiales que han intervenido en la reflexión sobre las respuestas a estos y otros interrogantes. La Conferencia Episcopal no dejó nunca de elevar su voz sobre los grandes desafíos del país. De otro lado este ejercicio de cuestionamientos e interrogantes ha abierto la posibilidad de escuchar a otros actores de la sociedad colombiana que han hecho aportes muy significativos en la reflexión en medio de los enfrentamientos directos, de los actos de terror y de violencia generalizada. Los documentos del magisterio católico tienen una larga tradición de elaboración en el nivel universal sobre las posibilidades de los diferentes sectores de la comunidad católica y del país.
Desde la década de los 80 se ha intensificado en la Iglesia colombiana la reflexión sobre la caracterización de la situación que vive Colombia y sus diversas violencias para dar una mejor perspectiva del papel de la Iglesia frente a los múltiples desafíos. Una gran necesidad ha sido el llegar a definiciones sobre el papel de la Conferencia Episcopal frente a los retos enormes del presente y la forma como se integran los diversos sectores de la Iglesia en la búsqueda de alternativas u opciones de transformación frente a la situación de enfrentamientos que han sacudido a Colombia a lo largo de los siglos.
En la búsqueda de respuestas frente a la situación del país, la Iglesia Católica en Colombia ha tenido que hacer muchos aprendizajes de otros países en América Latina y el Caribe, pero bajo muchos aspectos se ha visto ante situaciones completamente novedosas. A diferencia de otras situaciones eclesiales, en Colombia no se trata de una Iglesia que responde a los retos de una dictadura militar, tampoco se trata de un país en el cual los bandos en conflicto están tan diferenciados en dos grupos como en otros casos. Este hecho ha exigido un ejercicio de aprendizaje y reflexión junto a otras perspectivas de análisis y de pensamiento.
El dialogo con distintos actores de la sociedad colombiana ha llevado a la Iglesia a tomar posición frente a la definición de la situación que vive el país, que ha sido caracterizada en numerosos documentos del episcopado como un “conflicto armado interno” entre sectores enfrentados desde hace décadas y por otro lado la definición de que la salida tendrá que pasar por una negociación justa.
Desde la Comisión Episcopal de Pastoral Social y Caritativa los Obispos de este organismo han sido un eje de reflexión permanente y de diálogo con diferentes sectores de la sociedad colombiana. Esta Comisión, desde el mandato recibido de la Conferencia Episcopal, ha representado el rostro de “una Iglesia en salida”, en diálogo e interacción con una sociedad muy viva en sus aspiraciones de paz, justicia y reconciliación.
Esto ha posibilitado el que la Conferencia Episcopal haya entrado en interlocución con otros sectores de la sociedad civil y del Estado para definir mejor su papel en el campo de la construcción de la paz y lo específico de sus aportes a la misma, así como para abordar temas como “el orden público”, “la negociación política del conflicto armado”, “la seguridad democrática”, etc.
Al lado de esa complejidad, la Iglesia ha resaltado el hecho de que existe una dinámica comunitaria y regional esperanzadora por la riqueza de una variedad enorme de propuestas para construir la paz desde la base. La Conferencia Episcopal ha resaltado el hecho de que “en cada colombiano hay capacidad de construir algo nuevo”. Es justamente este hecho el que ha permitido que se pueda asumir la voz de todos los sectores sociales que en su nivel están comprometidos con la construcción de un proyecto nuevo de nación.
El acercarse bajo la óptica de leer “los signos de los tiempos” es la posibilidad de reconocer la historia con sus acontecimientos y en medio de ella descubrir el misterio de la presencia de Dios y su querer. Allí está en gran parte el aporte de la Iglesia en el diálogo.
Como fruto de esos diálogos y encuentros con los distintos sectores sociales se han definido mejor las posibilidades de intervención en el conflicto armado. Los roles asumidos por la Conferencia Episcopal que son más conocidos públicamente han tenido que ver con la facilitación, la tutoría moral, la intermediación, en varios casos de negociaciones entre el Estado y actores armados irregulares. Esto hace que hoy muchos consideren a la Iglesia Católica como un actor muy importante o fundamental en la construcción de acuerdos de paz con los diferentes grupos armados tanto de la guerrilla como de los paramilitares o autodefensas.
La Iglesia Católica ha prestado sus servicios a las negociaciones de paz bajo la perspectiva de que al mismo tiempo se deben dar pasos que lleven a que el país tenga una política nacional permanente de paz: “La Iglesia Católica Colombiana ha expresado en su trabajo por la paz un concepto de Política Nacional Permanente de Paz o Política de Paz de estado” como una guía para la construcción de la paz que debe tener los siguientes elementos: Consenso Nacional. La política de paz de estado debe ser fruto de un gran consenso nacional, que consulte el interés nacional y no dependa de intereses particulares o de grupos. Por ello deben participar en su elaboración y ejecución todos los sectores representativos de la nación….”.
El concepto de fondo sobre la participación de todos los sectores en la construcción y ejecución de una política de paz, ha llevado a que se creen espacios de reflexión nacionales, regionales y locales en los cuales se promueve la formación en la participación ciudadana y en la construcción de la paz desde la base. La perspectiva de lograr la paz después de décadas de confrontación y de millones de víctimas exige un proceso participativo y una pedagogía en todos los ámbitos de la sociedad. Ambas cosas: el proceso participativo y la pedagogía que le deben acompañar han sido poco a poco definidos a lo largo de miles de encuentros y experiencias comunitarias.
El trabajo desde la Iglesia por la participación ciudadana y la pedagogía de la paz reconoce que existen distintos escenarios y la construcción de la paz, pero que no son compartimentos separados sino que deben estar en relación estrecha. Por un lado está el escenario de la negociación del conflicto armado, en el cual participan sectores del Estado, de las organizaciones al margen de la ley, otras instituciones involucradas y facilitadores; otro escenario tiene que ver con la conformación y fortalecimiento de la sociedad civil organizada con capacidad de interlocución frente a los múltiples conflictos que atraviesa la sociedad al menos un tercer escenario es el de la construcción de estructuras que aseguren la justicia social y la convivencia desde la base. Allí quienes actúan desde la pastoral encuentran el reto de dialogar para transformar la forma como se expresan y simbolizan los aspectos más profundos de las relaciones en torno a la convivencia.
En 1996 el país estaba entrando en una dinámica cada vez más compleja de conflicto y de intentos de negociación política. En ese contexto la Conferencia Episcopal nombra a Monseñor Jaime Prieto, Obispo de Barrancabermeja, como Presidente de la Comisión Episcopal de Pastoral Social y Caritativa.
Monseñor Jaime identifica ese momento como la encrucijada histórica para fortalecer la capacidad de construir puentes y de llevar el mensaje del Evangelio a los complejos escenarios de “lo social” en los cuales el debate era intenso y desafiante por la emergencia creciente de sectores sociales y de la que se constituiría cada vez más como la sociedad civil con enfoque en la construcción de la paz. Pensar un proyecto de país abierto a esa construcción fue uno de los grandes centros de atención de Monseñor Jaime, al cual le dedicaría gran parte de sus energías de Pastor y hombre de fe.
Un proyecto de nación. La construcción de lo público
Al lado de esta labor de la Conferencia Episcopal, y estrechamente vinculada con ella, es la que ha posibilitado el avance de perspectivas sobre la construcción de un país reconciliado y con justicia social. “Hacia la Colombia que queremos” era el taller que los Obispos de Colombia realizaron en esos años para plantearse el modelo de país al que la Iglesia le está apostando.
Allí se hizo un análisis detenido en los campos de la economía y la pobreza, el aparato de justicia, la seguridad, en fin, los ejes claves de la vida nacional. La óptica de la justicia social y el compromiso con la misma ha tenido un peso tan importante que ha hecho que la Conferencia Episcopal adelante en todo el país programas en todos los órdenes para aportar a la superación de la inequidad que caracteriza las relaciones en Colombia. Inequidad y extrema pobreza son dos de los grandes retos que los Obispos han identificado en torno a la construcción de la paz.
Monseñor Jaime Prieto, en un comentario sobre el ejercicio de repensar a Colombia anotaba: “Veo importante la pregunta sobre qué tipo de Estado y para qué tipo de sociedad. Precisamente la pregunta que nos tenemos que hacer es qué tipo de Iglesia para qué tipo de sociedad”.
La reflexión en torno al proyecto de país ha conducido a una reflexión sobre la necesidad de aportar a la construcción de lo público como “aquel ámbito en el cual se exponen distintos puntos de vista, se tramitan y aceptan las diferencias”, como un espacio de pluralismo y de debate que permite la tolerancia y el reconocimiento del papel de la palabra en la construcción de un modelo nuevo de sociedad.
Para Monseñor Jaime era clave responder a la pregunta sobre el tipo de Estado, de sociedad y de Iglesia que se impone en un mundo tan cambiante y exigente en términos de participación ciudadana como el actual. Un perfil de Monseñor Jaime no puede olvidar esa faceta ciudadana y de compromiso con la democracia que le acompañó a lo largo de su vida episcopal.
El desarrollo de este rol de construcción de ciudadanía y de proyecto de país, ha colocado a la Conferencia Episcopal en interlocución estable con organizaciones de la sociedad civil y de la comunidad política.
Los encuentros ecuménicos con líderes de otras Iglesias y confesiones religiosas para dialogar sobre este proyecto de país compartido han dejado grandes lecciones. Con el tiempo se ha ampliado el rango de acciones y campañas que tienen un carácter ecuménico en Colombia.
Algo que puede ayudar a comprender el rol de la Iglesia Católica en la construcción de país ha sido la participación en la discusión y concertación sobre el plan de cooperación internacional con Colombia. El llamado proceso Londres – Cartagena, que fue seguido muy de cerca y apoyado decididamente por Monseñor Jaime, ha convocado a sectores de la sociedad civil y les ha creado condiciones de diálogo con la comunidad internacional y con el gobierno colombiano sobre las prioridades y ejes de la cooperación internacional. Es tal vez este un escenario estable de diálogo sobre la problemática del país y el rol de la comunidad internacional en la perspectiva de la paz que tiene un impacto mayor por la magnitud de los temas que se discuten, tales como el de la vigencia de los derechos humanos en Colombia. Entre los sectores sociales que han participado activamente a lo largo del proceso se encuentra la Pastoral Social Nacional bajo el liderazgo de Monseñor Jaime.
Otro escenario muy importante ha sido el de los diálogos con organizaciones sociales involucradas en la construcción de la paz en Colombia. La Conferencia Episcopal ha participado activamente de estos espacios por medio del Secretariado Nacional de Pastoral Social, con el compromiso decidido de todos los Obispos que la componen.
El caminar simultáneo en la búsqueda de un proyecto de país con relaciones justas y equitativas, al lado del ejercicio de construcción de puentes con los bandos enfrentados son dos ejes a los que habría que unir el compromiso con los desplazados y las víctimas del conflicto armado, todo bajo una perspectiva de lo que es propio de la misión de la Iglesia que es el compromiso con el Evangelio y con el anuncio de la vida que da el Resucitado.
“El clima que hace posible la realización de la gran tarea de la edificación de un mundo en paz es el de la preocupación por la justicia, concebida en un sentido profético. Además de esto, el fundamento de esa gran tarea lo constituye, desde la perspectiva evangélica a la que siempre tiene que recurrir la Iglesia, lo que hemos llamado el ideal de una civilización del amor y de una cultura de la misericordia”.
El rol humanitario
En 1996 no existía un documento que alertara sobre el problema del desplazamiento forzado interno en Colombia. En ese momento la Conferencia Episcopal tomó la decisión de adelantar una investigación nacional y regional para llamar la atención de las autoridades y del país sobre la grave situación que vivían las víctimas del conflicto colombiano. Desde entonces las problemática del desplazamiento forzado han sido seguida y analizada por organismos de Naciones Unidas, de la sociedad colombiana y ahora se cuenta con una ley que hace de marco de atención estatal a las víctimas de este flagelo.
Una resolución de la Corte Constitucional que obliga a la atención inmediata de las urgentes necesidades de esta población es uno de los resultados de la acción que la Iglesia inició en ese momento. Al conmemorar los 10 años de la primera investigación, la Conferencia Episcopal por medio del Secretariado Nacional de Pastoral Social dio un nuevo documento de seguimiento y actualizó las recomendaciones que elaborara inicialmente. Este proceso que ha estado en el corazón de la Conferencia Episcopal como expresión de su opción por las víctimas y los más necesitados fue altamente animado por Monseñor Jaime quien asumió y encarnó este compromiso como representante de la Iglesia en el campo social.
El trabajo del Secretariado Nacional de Pastoral Social ha incluido un programa especial de investigaciones en el campo del desplazamiento y de la situación de las víctimas del conflicto con el fin de dar recomendaciones al gobierno nacional, a la comunidad internacional y para orientar las acciones que la Iglesia adelanta en el campo de la prevención de las violaciones a los derechos humanos, la atención y protección de las víctimas y la labor de largo plazo de restitución de sus derechos.
Todo esto ha llevado a que la Iglesia colombiana en su trabajo en el terreno haya claramente optado por trabajar al lado de los que sufren y de las víctimas. Habría varios niveles en el trabajo al lado de los que sufren: uno es el investigativo del cual hacen parte los trabajos de las bases de datos sobre desplazamiento forzado: RUT y el de recuperación de la memoria histórica: TEVERE. Ambos programas aprobados desde su nacimiento por la Comisión Episcopal de Pastoral Social bajo el liderazgo de Monseñor Prieto Amaya.
Otro nivel hace parte de los planes de incidencia para lograr una mayor atención internacional y nacional frente a las víctimas, por ejemplo el haber dado inicio a una campaña internacional con la red Caritas que se enfoca todavía hoy sobre la crisis humanitaria en Colombia. Monseñor Jaime justamente participaba con regularidad en las reuniones internacionales del Grupo de Trabajo Colombia de Caritas sobre la situación humanitaria de paz en Colombia y su último viaje al exterior fue justamente para una de esas reuniones en Oslo donde tuvo una destacada intervención sobre la posición de la iglesia colombiana en esta materia. Mientras tanto acompañaba el trabajo junto a otras organizaciones sociales y redes de víctimas para lograr la elaboración y puesta en ejecución de la ley sobre desplazamiento forzado.
Las acciones emprendidas a favor de la población desplazada tienen una perspectiva de restauración de derechos y por lo tanto hacen parte de un esfuerzo más amplio de la Conferencia Episcopal y de la Pastoral Social de promover la defensa de los derechos humanos de todos los colombianos. De hecho existen nexos muy estrechos con organismos de derechos humanos no gubernamentales en Colombia y con organizaciones del nivel internacional para actuar conjuntamente en la promoción y defensa de la dignidad de cada hombre y mujer de Colombia.
Diálogos pastorales
La labor de la Iglesia en la facilitación de procesos de paz ha sido fuertemente avalada por su presencia junto a las víctimas y por su labor en todas las regiones del país con ellos.
El telón de fondo de todas estas intervenciones ha sido la construcción de formas de acercamiento y de crear confianza y espacios para la palabra. Entre estas posibilidades hay que recordar los “diálogos pastorales” como de ejercicios de encuentro y escucha con actores enfrentados para establecer puentes de comunicación y abrir posibilidades de encuentro. El diálogo pastoral es una figura que ha sido muy debatida en Colombia. En algunos momentos ha sido objeto de debate jurídico y legal, en otros se ha discutido sobre su pertinencia.
El dialogo pastoral tan valorado y defendido por Monseñor Jaime es un ejercicio eclesial que resulta de una reflexión y discernimiento desde el Evangelio sobre lo que exige el momento actual a la Iglesia local.
El Obispo con los integrantes de la comunidad eclesial analizan las circunstancias, las leen con perspectiva evangélica. Al final como responsabilidad de Iglesia el Obispo define el tipo de diálogo pastoral que más conviene. Es muy conocido este ejercicio fue muy promovido por Monseñor Jaime a nivel regional y nacional.
El dialogo pastoral puede estar orientado hacia asuntos prioritariamente humanitarios, como la liberación de secuestrados, la situación de personas amenazadas, la presión sobre comunidades para que se desplacen. Pero el diálogo pastoral puede ir más lejos hacia la búsqueda de caminos para la terminación de enfrentamientos tal como lo hizo Monseñor Jaime.
Por diálogo pastoral se ha entendido la posibilidad de explorar caminos en forma creativa y con gran imaginación pastoral, descubriendo posibilidades y fortalezas en los interlocutores pero sin dejar de lado la voz profética que denuncia el mal de la violencia y proclama la necesidad de construir formas diferentes de buscar los fines que se persiguen.
Lo que parecería muy importante es que la intervención de la Iglesia ha buscado legitimar el diálogo como forma de resolver las confrontaciones y conflictos que vive el país. Recuperar el valor de la palabra es una tarea difícil y muy exigente cuando se tienen décadas de confrontaciones armadas y multiplicidad de conflictos.
Otro elemento importante es que el rol asumido en cada proceso de negociación o de acercamientos para la paz ha sido previamente reflexionado en la Conferencia Episcopal para llegar a unas definiciones concertadas sobre los pasos a dar. Monseñor Jaime fue miembro desde la fundación de la “Comisión de Paz” del Episcopado que reúna a los Obispos que intervienen en cada uno de estos acercamientos. Hay una realidad muy significativa y es que un cuerpo como la Conferencia Episcopal mantiene la reflexión y la acción común frente a las distintas posibilidades. Indudablemente que las dinámicas y posibilidades que se establecen en los acercamientos cada grupo armado son muy diversas y es necesario un mecanismo que permita revisar lecciones aprendidas y avanzar en retos de largo plazo.
Una pastoral para la paz y la reconciliación
Uno de los aportes más significativos de Monseñor Jaime Prieto Amaya, el hombre del diálogo social con diversos y distantes, el hombre gran sensibilidad por las problemáticas humanitarias, el Pastor dedicado al discernimiento del querer de Dios para la Iglesia y el país, el incansable evangelizador de lo social, fue la pastoral de la paz y la reconciliación.
Si se pregunta por la estrategia que la Iglesia Colombiana ha desarrollado a la largo de estas décadas en materia de paz, la respuesta está en una serie de acuerdos y de principios que están consignados en documentos que se pueden aglutinar bajo el nombre genérico de “pastoral para la paz y la reconciliación”.
Los documentos que responden a la necesidad de una respuesta de Iglesia frente a los retos que impone el aportar a un proceso de paz. Estos documentos desarrollan el principio de que la paz y la reconciliación son centrales en la construcción de una sociedad que asegure la realización humana plena de todos sus asociados y al mismo tiempo que la paz es central en el mensaje cristiano como práctica. Por lo tanto ubica los niveles de compromiso, los valores, principios y directrices de acción y los roles de cada uno.
El tener un conjunto de tomas de posición, declaraciones o verdaderos documentos de la Iglesia colombiana al respecto, ha sido de una gran utilidad práctica para que en las parroquias del país y en los grupos eclesiales se identifique el compromiso con la paz como parte integrante de la labor eclesial. Esto ha asegurado el que las acciones de la Conferencia Episcopal en el campo de las negociaciones con grupos armados puedan tener un efecto en procesos comunitarios de largo plazo que conducen hacia la reconciliación.
La reflexión sobre los roles y posibilidades se ha mantenido activa a lo largo de los años y ha dejado algunas lecciones importantes sobre la forma como se puede intervenir desde una posición de “reserva moral” de un país, fuertemente respaldada en la credibilidad por el compromiso con la búsqueda de soluciones. Cada conflicto, en su especificidad, ha requerido de una reflexión ética que el de alternativas en términos de justicia y al mismo tiempo ha exigido que quien intervenga entre los actores enfrentados tenga la credibilidad moral necesaria. Esto ha tenido exigencias grandes para la Iglesia en Colombia; le ha colocado como tarea el preguntarse constantemente sobre el tipo de mensaje que transmite para hacer posible la paz.
Al lado de estas lecciones ha producido una reflexión muy profunda sobre la manera como se pueden integrar todas las posibilidades que tiene la iglesia para dar una intervención más enriquecedora y completa frente al fenómeno de la guerra y la violencia.
Crear espacios para el encuentro, la escucha, la consolación, la reconciliación
Integrar voces de distintos sectores afectados por la situación de conflicto y acercarse al dolor por las atrocidades vividas ha conllevado la tarea de “crear espacios” para la reflexión y la acción promovidos por la Iglesia con sus Diócesis y organismos locales.
El crear espacios es ante todo una tarea que la Iglesia ha identificado frente al conflicto armado y particularmente frente a las víctimas de las agresiones y violaciones a los derechos humanos. Se trata de una respuesta cercana y muy humana que abre puertas para quienes no tienen manera de vivir sus sufrimientos y elaborar sus duelos, e incluso para quienes no logran hacer escuchar sus propuestas de paz y reconciliación.
Cuando hablamos de “espacios” pensamos no sólo en lugares físicos, pensamos en ambientes en los cuales se puedan hacer y rehacer relaciones que permitan vivir la dignidad humana. La percepción es que el espacio vital está muy restringido o limitado en regiones en las cuales la confrontación tiende a involucrar a todos sus habitantes.
La propuesta de crear espacios en términos pastorales apuesta a dar la posibilidad de vivir en la práctica los grandes principios que están en la base de la convivencia humana, es decir a crear las condiciones para que las personas puedan vivir su dignidad en plenitud en medio de circunstancias sociales que les son muy adversas. Se trata del poder expresar la palabra y escuchar otras voces, el poder dar a conocer sus sentimientos y sufrimientos al mismo tiempo que sus anhelos y sueños. Es encontrar la posibilidad de soñar con otros en un futuro en paz. Finalmente es crear posibilidades para una esperanza comprometida, activa, transformadora.
Son justamente estos espacios de vida y de esperanza los que han caracterizado la presencia de la Iglesia en sectores en los cuales no se conoce una presencia social del Estado y donde el espacio pastoral está acompañado de múltiples servicios comunitarios que brindan educación, salud, recreación, etc.
En torno a los “espacios” gira sobre todo la pregunta sobre las relaciones que se necesitan para que cada quien pueda sentir que las relaciones que establece son seguras y fraternas. Podríamos encontrar miles de ejemplos. Uno de ellos tiene que ver con el programa Testimonio, Verdad y Reconciliación, TEVERE, que es una metodología de recuperación de la memoria histórica, acogida de las víctimas, sanación de las agresiones sufridas y puesta en marcha de nuevas posibilidades. El proceso de curación debe ser iniciado desde ahora en términos sociales y comunitarios aunque el conflicto con actores a los que Monseñor Jaime dedicó muchas energías para convencerles del camino de la paz sigue produciendo dolor y muerte.
Al cumplirse 10 años del paso de Monseñor Jaime Prieto Amaya a la Casa del Padre Celestial siguen grabados profundamente sus esfuerzos, firmes convicciones y permanente compromiso con una Iglesia volcada hacia las periferias existenciales del sufrimiento por las crisis humanitarias y de las esperanzas que vienen de la presencia del Resucitado.
Mons. Héctor Fabio Henao Gaviria
Director del Secretariado Nacional de Pastoral Social - Caritas Colombia
Vie 20 Mar 2026
San José, modelo siempre nuevo de filiación y paternidad
Por Mons. Félix Ramírez Barajas - La experiencia humana hunde sus raíces en la profunda experiencia de ser hijo, un espacio vital donde se aprende a amar la vida recibida y, por tanto, el amor de entrega de quien ha engendrado.Nuestra realidad social, con la amenaza de tantas ideologías, quiere imponernos nuevos prototipos de paternidad y por ende de familia, en contra de la iniciativa divina, son sobre todo “ideologías de confusión” (Babel). Es un ambiente de insatisfacción y subversión de los valores, cambiando e imponiendo lo que en realidad es contrario a la ley divina y a la ley natural.Cuando se pierde el sentido de Dios, de trascendencia y de verdadera identidad en lo antropológico y en lo espiritual, se quiere, malévolamente, redefinir lo que significa la paternidad y aun la maternidad, dando rasgos e identidades muy desde el libre pensar y actuar de modo individualista de muchos que, en aras al respeto a su nueva identidad y manera de pensar, reclaman derechos sin cumplir deberes.Hoy estos son desafíos para la evangelización y la pastoral, pues cada vez más aparecen “areópagos” en donde no siempre son lugares para discutir sobre temas filosóficos y teológicos, sino donde hay desinformación, y discusiones sobre identidades fruto de sentimientos reprimidos o de diversas patologías. Allí el evangelizador y la familia tiene que llegar con la “parresia” propia de quien esta convencido del actuar de Dios en medio de los ambientes como Babel, Sodoma y Gomorra, Nínive, Corinto, etc.En este mes de marzo contemplemos, con serenidad la figura de San José, una hermosa luz en medio de realidades oscuras, de los trampolines del relativismo moral, de corrientes subjetivas, del rechazo al plan de Dios y de muchas otras formas de actuar en medio de incoherencias. Pero también en ambientes de Fé, de comunidad, de familia, de Iglesia donde el Resucitado, como a los apóstoles, nos dice la paz esté con ustedes. Recobremos la paz que dá el Señor y que también los santos como San José el justo, experimentó con su vivencia de hijo y a la vez de Padre.San José, nos enseña a vivir la experiencia filial con fe y dependencia de la paternidad de Dios. En la Sagrada Escritura, se nos presenta como un hombre justo y obediente a la voluntad de Dios (Mt 1, 19-20). Atento como María y en actitud de escucha, es obediente, como el verdadero hijo que va reconociendo que a Dios Padre hay que responderle en la humildad y hasta en el silencio que se convierte en elocuente actitud filial. Solo en esa experiencia vital de sentirse hijo, san José es prototipo de Padre, así tal cual como nos lo refiere el evangelio de san Mateo 1, 18, 25.Como padre, San José es un modelo de valores y virtudes digno de ser imitado por todo creyente y especialmente por los padres y madres de familia. El Papa Francisco nos recordaba que "nadie nace padre, sino que se hace. Y no se hace sólo por traer un hijo al mundo, sino por hacerse cargo de él responsablemente" (Amoris Laetitia, 121). San José nos muestra que la paternidad como don de Dios para él va mucho más allá de lo humano, pues se trata de ser imitador del gran amor y paternidad del mismo Dios.Las cortas alusiones que hace la Sagrada Escritura sobre San José, son suficientes para mostrar a San José como ejemplo de la paternidad, como cuando se preocupa por el bienestar de María y Jesús (Mt 1, 19; Lc 2, 4-5).En síntesis, aprendamos de San José:1. “A vivir la filiación como un don y una vocación que requiere escucha y respuesta a la llamada de Dios. Invitamos a las familias a reflexionar sobre la importancia de la filiación y a cultivar una relación profunda con Dios, Padre.” (Conferencia Episcopal de Colombia, 2024).2. “San José nos muestra que la paternidad es una vocación que requiere escucha, obediencia y servicio. Invitamos a los padres a reflexionar sobre su papel en la familia y a buscar formas de servir a sus hijos y a su comunidad.” (Conferencia Episcopal de Colombia, 2024).3. San José y María nos ofrecen un modelo de familia como escuela de amor y entrega. Invitamos a las familias a reflexionar sobre cómo pueden cultivar el amor y la entrega en su hogar, y a buscar formas de ser una fuente de amor y esperanza para el mundo.4- Con San José, aprendamos a escuchar a Dios, a descubrir su voluntad y a caminar en Sinodalidad.BibliografíaConferencia Episcopal de Colombia. (2024, 9 de febrero). Mensaje de los Obispos al Pueblo de Dios. CXVI Asamblea Plenaria: "Cristo Jesús, Nuestra Esperanza" [Comunicado]. https://www.cec.org.co/sites/default/files/2024-02/COMUNICADO%20OBISPOS%20COLOMBIANOS_ASAMBLEA%20PLENARIA_CXVI.pdConferencia Episcopal de Colombia. (2024, 16 de junio). San José: Modelo de paternidad. Mensaje con motivo del Día del Padre. https://www.cec.org.co/Mons. Félix María Ramírez BarajasObispo de Málaga-SoatáMiembro de la Comisión Episcopal de Matrimonio y Familia
Lun 16 Mar 2026
Nueva edición para Colombia del Misal Romano
Por Mons. Ricardo Tobón Restrepo - En la Ultima Cena que Jesús celebró con sus discípulos, les dio el mandato de “hacer su memoria”. Así instituyó un sacramento que no es sólo un recuerdo de él, sino un acto que lo hace presente y produce la gracia de su Pascua en aquellos que creen y lo siguen. Desde entonces la Iglesia se congrega y vive a partir de la Eucaristía. La celebración de este don incomparable fue dando origen a la configuración de unos ritos litúrgicos. La primera noticia sobre esta estructuración litúrgica la tenemos en San Justino; sabemos que después San Gregorio Magno hizo una reforma; luego San Pío V, siguiendo las disposiciones del Concilio de Trento, configura el Misal Romano. Otros Papas, a lo largo de los siglos, procurando actualizar o perfeccionar los ritos, introdujeron algunos cambios.El Concilio Vaticano II, en la Constitución “Sacrosanctum Concilium”, estableció que convenía que el culto divino se renovase y se adaptase a las necesidades de nuestra época. Acatando esa disposición San Pablo VI aprobó el 3 de abril de 1969 el nuevo Misal Romano, que se hizo efectivo en 1970. Así los Papas, como dice Benedicto XVI, han actuado "para que esta especie de edificio litúrgico…apareciese nuevamente esplendoroso por dignidad y armonía”. El Misal de San Pablo VI tuvo una segunda edición con algunos elementos nuevos en 1975. Después, San Juan Pablo II, para actualizar el Misal de acuerdo con reformas litúrgicas posteriores y con el nuevo Código de Derecho Canónico, aprobó una tercera edición que se promulgó en la Pascua del año 2002.De esta edición se ha hecho una traducción al español propia para Colombia, debidamente aprobada por el Dicasterio para el Culto Divino, que ha tenido varias reimpresiones. Ahora, como es normal, al agotarse y deteriorarse los ejemplares existentes, se reimprime de nuevo y se aprovecha para una actualización y algunos ajustes de traducción. Comenzaremos a celebrar con esta nueva edición a partir de la Misa Crismal, el próximo 26 de marzo. Es un paso importante, pues ante la escasez de misales se estaban utilizando textos aprobados para España y otros países. Por eso, invito a todas las parroquias, las capellanías y casas religiosas que lo adquieran cuanto antes para que unifiquemos la celebración de la Eucaristía en toda la Arquidiócesis y en Colombia.No se trata de un nuevo Misal como han dicho, sin conocimiento de causa, algunos medios de comunicación. Es el mismo Misal en el que se incluyen las fiestas litúrgicas y las memorias de los santos canonizados después de la edición anterior; es así como ahora encontraremos, por ejemplo, la eucología propia para la celebración de San Juan Pablo II y Santa Laura Montoya. Para unificar el lenguaje, se ha aprobado ya definitivamente el uso del pronombre “ustedes”, en lugar de “vosotros”, en la fórmula de la consagración. De otra parte, se adiciona el nombre de San José en las Plegarias Eucarísticas. Espero que acojamos todos sin dificultad esta nueva edición del Misal y que aprovechemos la ocasión para vivir con más fe y más provecho espiritual el misterio eucarístico.En este sentido, recomiendo vivamente que estudiemos de nuevo la “Instrucción General del Misal Romano”, que está en las primeras páginas, ya que contiene muchas informaciones y orientaciones que aportan mayor precisión y sentido a diversos elementos de la celebración de la Eucaristía, subraya más ampliamente la naturaleza y la dignidad de la sagrada liturgia en la vida de la Iglesia, especifica mejor el oficio de los ministros y de la asamblea, motiva a utilizar las diversas formas de celebrar la Misa, trae importantes anotaciones sobre la disposición del lugar sagrado y de los objetos que se utilizan en la celebración. Podría ser la ocasión también para repasar otros documentos muy importantes: la Encíclica Ecclesia de Eucaristía de San Juan Pablo II, la Instrucción Redemptionis Sacramentum y la Exhortación Sacramentum Caritatis del Papa Benedicto XVI, la Carta Desiderio Desideravi del Papa Francisco.Sobre todo, pienso que debemos continuar en un compromiso serio de cuidar la liturgia y de llevar a los fieles a una activa, consciente y fructuosa participación en ella. Como enseñaba San Juan Pablo II: “Existe un vínculo estrechísimo y orgánico entre la renovación de la liturgia y la renovación de toda la vida de la Iglesia”. Que especialmente este tiempo de Cuaresma nos lleve en cada Eucaristía a vivir la fe en la centralidad del misterio pascual de Cristo para que tengamos en él una fuente inagotable de la vida nueva del Evangelio, un llamamiento permanente a la fraternidad y un decidido impulso a realizar nuestra misión en el mundo. + Ricardo Tobón RestrepoArzobispo de Medellín
Lun 9 Mar 2026
La Esperanza en Jesucristo no defrauda
Por Mons. José Libardo Garcés Monsalve - Avanzando en la celebración de los 70 años de vida diocesana con el lema pastoral: vayan y hagan discípulos haciendo la Voluntad de Dios, nos disponemos a reflexionar sobre la virtud de la Esperanza en este itinerario que estamos recorriendo a través de las virtudes teologales. Así, fortalecer el camino de santidad que cada uno de nosotros debe recorrer hasta llegar a la vida eterna siguiendo a Jesucristo: “yo soy el camino, la verdad y la vida. Nadie puede llegar al Padre, sino por mí” (Jn 14, 6).El trabajo evangelizador en salida misionera en el que estamos todos empeñados en nuestra Diócesis de Cúcuta, se convierte en una siembra de esperanza en la vida y la misión de cada uno de nosotros. Vivimos en este hoy de la historia, conflictos y divisiones que producen violencia y muerte en la vida personal, familiar y en nuestro entorno social. Ante esto, tenemos la certeza que la esperanza es Jesucristo, que no nos defrauda, Él nos acompaña en la barca de la vida y está presente en las tormentas de nuestra existencia, basta que le abramos el corazón a su Palabra y fortalecidos por la fe, recibamos como alivio para nuestra vida la esperanza que cambia el rumbo de la existencia y le da un nuevo sentido: “la puerta oscura del tiempo, del futuro, ha sido abierta de par en par. Quien tiene Esperanza vive de otra manera; se le ha dado una vida nueva” (Spe Salvi 2).Tenemos la certeza de la fuerza del Espíritu Santo en nuestras vidas, que es presencia de Jesucristo en todos los ambientes y lugares, que llena a todos de esperanza, “una esperanza que no defrauda porque, al darnos el Espíritu Santo, Dios ha derramado su amor en nuestros corazones” (Rom 5, 5); que alivia tantas heridas producidas por el mal y el pecado, que destruyen nuestra vida y oscurecen el entorno familiar y social.Frente a tanta incertidumbre por la que atraviesa el ser humano en el mundo de hoy, la esperanza en Cristo nos llena de gracia, que nos permite recibir el perdón de Dios por nuestros pecados y fortalecer la centralidad de la vida en Él, que nos sostiene en medio de las dificultades y tribulaciones por las que pasamos cada día. “¿Quién podrá entonces separarnos del amor de Cristo? ¿Las tribulaciones, las angustias, la persecución, el hambre, la desnudez, los peligros, la espada? Pero en todo esto obtenemos una amplia victoria, gracias a aquel que nos amó. Porque tengo la certeza de que ni la muerte ni la vida, ni los ángeles ni los principados, ni lo presente ni lo futuro, ni los poderes espirituales, ni lo alto ni lo profundo, ni ninguna otra criatura podrá separarnos jamás del amor de Dios, manifestado en Cristo Jesús, nuestro Señor (Rm 8, 35.37-39). Aquí está la esperanza que no permite que nos derrumbemos frente a las dificultades, una esperanza fundamentada en la fe y alimentada con la caridad, que hace posible que sigamos adelante sin vacilaciones.La fuerza del Espíritu Santo mantiene en nosotros viva la fe, la esperanza y la caridad, somos sostenidos para seguir como peregrinos de la esperanza, en gracia de Dios, dando testimonio de Jesucristo en el cumplimiento de nuestra misión y en el trabajo misionero que cada uno realiza, aún en medio de los sufrimientos y las dificultades.Al respecto san Pablo nos anima diciendo: “por la fe en Cristo hemos llegado a obtener esta situación de gracia en la que vivimos y de la que nos sentimos orgullosos, esperando participar de la gloria de Dios. Y no sólo esto, sino que hasta de los sufrimientos nos sentimos orgullosos, sabiendo que los sufrimientos producen paciencia; la paciencia produce virtud sólida, y la virtud sólida esperanza, una esperanza que no defrauda” (Rom 5, 2 - 5) y que nos mantiene en pie en el combate espiritual, para que sigamos adelante, caminando juntos en la gracia de Dios.Para mantenernos firmes en este camino espiritual de santidad es necesaria la oración diaria, que es una escuela de esperanza que fortalece la fe y produce el fruto maduro de la caridad: “un lugar primero y esencial de aprendizaje de la Esperanza es la oración. Cuando ya nadie me escucha, Dios todavía me escucha. Cuando ya no puedo hablar con ninguno, ni invocar a nadie, siempre puedo hablar con Dios. Si ya no hay nadie que pueda ayudarme, cuando se trata de una necesidad o de una expectativa que supera la capacidad humana de esperar, Él puede ayudarme” (Spe Salvi 32).Esta verdad que vivimos en gracia de Dios, fortalecidos por la oración, es lo que transmitimos a los demás cumpliendo con el encargo misionero que el Señor Jesús nos ha hecho a todos: “vayan y hagan discípulos a todos los pueblos y bautícenlos para consagrarlos al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo, enseñándoles a poner por obra todo lo que les he mandado. Y sepan que yo estoy con ustedes todos los días hasta el final de los tiempos” (Mt 28, 19 - 20). Jesús mismo nos ha dejado la certeza que no nos abandona, no nos defrauda, camina siempre con nosotros, no transmitimos a los demás una teoría sobre Jesucristo, sino la experiencia de vida centrada en Él que cada día nos fortalece.Con la esperanza viva en Jesucristo, abiertos a la gracia del perdón que viene de Dios, para vivir en la familia y en la comunidad la caridad cristiana, sigamos anunciando el Evangelio de Jesús por todas partes. Que la Santísima Virgen María, Madre de la Esperanza y el Glorioso Patriarca San José, nos enseñen a creer, esperar y amar como ellos y que nos indiquen cada día el camino hacia el Reino de Dios, donde llegaremos todos, después de esta peregrinación terrena.En unión de oraciones, reciban mi bendición.+José Libardo Garcés MonsalveObispo de la Diócesis de Cúcuta
Mar 3 Mar 2026
La Iglesia hace política
Por Mons. Ricardo Tobón Restrepo - En el proceso histórico de nuestro país y especialmente en la coyuntura política que vivimos, los cristianos debemos participar responsable y activamente. La acción política, realizada desde una visión cristiana, no puede concebirse sino como un servicio concreto a la sociedad, con el fin de proteger y favorecer el bien común. Esto significa la promoción y garantía de las condiciones necesarias para que los ciudadanos puedan desarrollar su vida y disfrutar en buenas condiciones los servicios fundamentales: el derecho a la vida, a la libertad, a la educación, a la salud, al trabajo y a la vivienda. La Iglesia sí hace política, pero de otra manera: cuando cada uno de sus miembros, desde su concreta posición, se hace responsable de la vida y el futuro de la sociedad.Los católicos tenemos derecho y obligación de apoyar, por caminos democráticos, proyectos políticos que concuerden con nuestra visión de la persona humana, de la sociedad y del comportamiento ético; los políticos católicos tienen también el deber de impulsar estos objetivos; negarnos este derecho sería promover una política intolerante y discriminatoria. Esta obligación, independientemente de las preferencias partidistas que tengamos, exige la defensa y protección de la vida humana, de la familia en todas sus implicaciones, de los menores y los más necesitados, de la libertad y la pacífica convivencia, de la justicia y la solidaridad, de las religiones y las diferentes culturas.Dentro de estas convicciones morales, los católicos tenemos libertad para actuar en política según el dictamen de la conciencia y la responsabilidad personal. Con estos criterios hay lugar a opiniones distintas y a proyectos diferentes, todos legítimos, aunque no todos tengan el mismo valor. La diferencia y libertad de posiciones y proyectos no se pueden confundir con la indiferencia o el relativismo moral. Las diversas iniciativas valen más o menos según la forma como correspondan a los valores morales que son garantía del bien personal y social. La idea de que la política tenga que navegar en el laicismo y en el relativismo no tiene un fundamento sólido y entraña peligros. Si todos no respetamos valores objetivos se abre el camino a la arbitrariedad y al autoritarismo.Por eso, la Iglesia tiene el derecho y el deber de instruir y animar a los católicos para que actúen debidamente en los diferentes momentos y niveles de la vida política de acuerdo con las exigencias de nuestra fe. Los católicos, dentro del legítimo pluralismo y en colaboración con los demás ciudadanos, debemos discernir qué líderes, qué grupos políticos y qué propuestas responden más al bien común según la doctrina de la Iglesia. Hay propuestas que afectan el bien de las personas, de las familias, de la libertad ciudadana; por tanto, los católicos tenemos que hacernos escuchar sin miedo. En síntesis, la fe y la moral cristianas tienen que ser operantes en todas las dimensiones de la vida y, por consiguiente, también en la política.A la Iglesia se la critica si interviene en política porque no se acepta que tome partido, pero se la critica igualmente si no interviene porque pareciera que es indiferente a la vida y a la suerte del pueblo. La Iglesia, es decir todos nosotros los católicos, no nos podemos quedar como una masa muerta e indiferente frente a lo que pasa y puede pasar en el país. Los católicos, como se ha dicho siempre, debemos ser los mejores ciudadanos. Entonces intervengamos para dar lo que sabemos: el sentido del servicio público; para llamar a la unidad y a la cordura en el proceder; para mediar y ofrecer servicios específicos a favor de la libertad, la justicia y la reconciliación; para elegir a los mejores mediante un voto consciente y responsable.Hoy no pensar y, por lo tanto, no actuar correctamente es una forma de colaborar con la destrucción de nuestras instituciones democráticas. La historia ya nos enseñó lo que ocurre cuando el poder se desborda y los demás callamos. La ignorancia de un votante en una democracia pone en peligro la seguridad de todos. Tenemos que analizar a fondo las propuestas y no quedarnos con alucinaciones populistas. La elección de parlamentarios que vamos a tener es un momento decisivo y fundamental para mantener la institucionalidad y el bienestar del país. Por tanto, el abstencionismo, el voto irresponsable o el voto vendido no son una opción válida para un católico. Procedamos con la responsabilidad y la esperanza que nos vienen de Cristo; Él es la luz que vence toda oscuridad.+Ricardo Tobón RestrepoArzobispo de Medellín