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Iglesia

Vie 21 Abr 2017

“Creyeron en Él por las palabras de la mujer”

Por: Monseñor Omar de Jesús Mejía Giraldo - “Los discípulos estaban reunidos” - El evangelio de este segundo domingo de pascua comienza con una sentencia real y coherente con lo que le ha sucedido a su Maestro, dice la Palabra: “Ese mismo día, el primero después del sábado, los discípulos estaban reunidos por la tarde con las puertas cerradas por miedo a los judíos”. ¿Para qué se reunieron los discípulos? No es difícil intuir la razón de su reunión. Ellos están llenos de miedo, quieren huir antes que ser condenados también a la muerte. Quizás estaban pensando volver a los oficios de antes. Lo cierto es que tenían miedo y no era para menos. El miedo es aterrador, el miedo encierra, el miedo perturba el ánimo, el miedo genera pánico, el miedo hace que los problemas se vean más grandes de lo normal. El miedo no es buen consejero. El miedo enferma el alma, el espíritu y hasta el cuerpo. El miedo no deja pensar, no deja espacio para la oración (escasamente se reza). El miedo genera relaciones tormentosas y crea desconfianza. En fin, sentir miedo no es conveniente… Lo peor que nos puede pasar es que nuestras relaciones estén basadas en el miedo. ¡Cuidado con el miedo¡. El miedo frustra, deprime, genera resentimiento, odio, deseos de venganza y hasta nos puede llevar a la muerte. El miedo es una amenaza. Popularmente decimos: “al miedo nadie le ha puesto calzones”. El miedo nos impulsa a la ambición, cuando le tenemos miedo al futuro, desconfiamos de todo, de todos y hasta de Dios. Jesús continuamente dice: ¡No tengan miedo¡, y en el evangelio de hoy Jesús, resucitado repite tres veces: “La paz esté con ustedes”. En otras palabras le está diciendo a sus discípulos y a nosotros hoy: ¡Ánimo, soy yo, no tengan miedo¡ Hermanos, si somos imagen y semejanza de Dios ¿por qué nos tenemos miedo? Si Dios habita en mí, porque vivo con miedo? Jesucristo ha resucitado, resucitemos con Él, dejemos atrás el miedo. El único que nos puede dar la paz verdadera es Jesucristo resucitado, abramos nuestros corazones a Él. Sin apertura al resucitado no habrá paz en nuestras familias, comunidades e instituciones. Escuchemos el mensaje de la Palabra: “Jesús les mostró las manos y el costado. Los discípulos se alegraron mucho al ver al Señor”. Necesitamos ver al Señor. Él se hace presente en la Palabra, en los sacramentos, en los hermanos, en las circunstancias de cada día. Hermanos, Jesús resucitado está presente en el sacramento de la reconciliación, en este sacramento, a través del sacerdote el Señor nos dice: “Reciban el Espíritu Santo”. Cuando el sacerdote nos dice: “Te absuelvo de tus pecados en el nombre del Padre…”, nos está liberando de la esclavitud del pecado, nos está regalando el don de la gracia, nos está dando el don de la Vida Eterna…, nos está resucitando con Cristo, nos restablece la amistad con el resucitado. Todos los días y de una manera especial, la iglesia nos invita a que nos reunamos como discípulos, no por miedo, no; la iglesia nos convoca para que nos reunamos en la Eucaristía, para celebrar el triunfo de la vida sobre la muerte. En la Eucaristía conmemoramos la muerte y resurrección del Señor. Por eso decimos: “Anunciamos tu muerte proclamamos tu resurrección, ven Señor Jesús”. Pongámosle atención al mensaje de la primera lectura (Hech 2,42-47): “Los hermanos eran constantes en escuchar la enseñanza de los apóstoles, en la vida común, en la fracción del pan y en las oraciones”. Hermanos, por favor, no nos cansemos de encontrarnos con fe para celebrar la fe, para profundizar la fe, seamos fieles a la reunión semanal (ningún domingo sin misa). Nos reunimos para crecer en la fe, para dar gloria y alabanza al Señor, nos reunimos para acrecentar nuestra unidad. Si de verdad creemos y queremos tener vida en Jesús, tengamos en cuenta: Nuestras reuniones no son como las de un club de amigos. Nuestros encuentros deben estar inspirados por el resucitado, son para recibir la fuerza del resucitado, para recibir su paz (la paz esté con ustedes). Los cristianos nos reunimos con la fuerza del Espíritu Santo para alegrarnos, para meter nuestra mano en el costado de Jesús resucitado, para meter nuestros dedos en los agujeros de sus manos y para gritar desde lo profundo del alma: “Tú eres mi Señor y mi Dios”. De cada reunión nuestra y sobre todo de cada Eucaristía, debemos salir con más fuerza, debemos salir con el impulso del Espíritu Santo a gritarle al mundo: “Jesucristo ha resucitado , yo lo he experimentado”. De cada Eucaristía debemos salir plenos de alegría y con el deseo inmenso de gritarle a los demás: “!Jesús es mi Señor¡ Nuestras asambleas se deben distinguir porque son reuniones de creyentes que se encuentran por la fe en Cristo, porque son asambleas abiertas y dinámicas, nuestra fe no puede ser un gueto. En la fe nos reunimos, mis hermanos, para crecer en fraternidad y en el espíritu de servicio; nos reunimos en el nombre del Señor, para continuar su obra: pasar por el mundo haciendo el bien… Como creyentes nos encontramos para celebrar la fe y para ayudarnos mutuamente a asumir los sufrimientos de cada día. Nos reunimos, en especial cada domingo, para celebrar nuestra fe y el encuentro con el resucitado. No se nos olvide: “Somos una comunidad sacramental, no un club de amigos”. Finalmente entendamos una cosa fundamental: Toda reunión de los cristianos es para celebrar la salvación que Cristo nos ha traído. Nuestra salvación y la salvación de nuestros hermanos debe ser por último nuestra única y real preocupación. Para iluminar esta realidad meditemos el siguiente poema antiguo: “La ciencia más acabada es que el hombre bien acabe, pues al fin de la jornada aquél que se salva sabe, y el que no, no sabe nada”. (Anónimo) + Omar de Jesús Mejía Giraldo Obispo de Florencia

Vie 21 Abr 2017

Misericordia: Dios viene a nuestro encuentro

El segundo domingo de pascua se celebra en la Iglesia la llamada fiesta de la Divina Misericordia. Mons. Elkin Fernando Álvarez Botero, Obispo auxiliar de Medellín y Secretario General de la Conferencia Episcopal, nos entrega algunas pistas para comprender el significado de esta fiesta y para vivirla con profunda actitud de fe. ¿Cuál es el origen de la fiesta de la Divina Misericordia? El Papa Juan Pablo II, en el año 2000, decretó que el segundo domingo de pascua se continuara llamando de la “Divina Misericordia”. Ya lo había anunciado previamente en la ceremonia de canonización de Sor María Faustina Kowalska, quien es llamada “apóstol de la misericordia”. ¿Qué significa para los católicos la Divina Misericordia? Si bien el tema de la eterna misericordia de Dios aparece reiteradamente en los escritos bíblicos, considero que los católicos tuvimos oportunidad de reflexionar bastante sobre ella a partir de la celebración del Año de la Misericordia, que el Papa Francisco regaló a la Iglesia, a partir del 8 de diciembre del 2015 El Santo Padre, en la Bula con la que proclamó este Jubileo extraordinario, consignó una frase que me llamó poderosamente la atención porque resume el significado profundo de la Divina Misericordia: “Es el acto último y supremo con el cual Dios viene a nuestro encuentro; es la vía que une a Dios y al hombre”. Así, pues, la Divina Misericordia es el inmenso amor de Dios para todos, es la entraña misma de Dios, es la revelación de sí mismo. Misericordia significa que Dios es compasivo y misericordioso, lento a la ira y rico en clemencia” (Sal 102, 8-9). Y todavía más: la misericordia es la revelación total de su amor en Cristo; por eso, Jesús es el rostro de la misericordia del Padre. Él fue enviado para mostrarnos el inmenso amor de Dios. ¿Tiene algún significado particular que celebremos la fiesta de la Divina Misericordia en la pascua? A mi modo de ver, el domingo escogido corresponde a una intuición particular de San Juan Pablo II. Y no podemos olvidar que él mismo partió para el cielo un día de la Divina Misericordia. Más allá de estos datos, existe estrechísima relación entre misericordia y misterio pascual, porque Dios nos ha revelado su mayor amor, el amor llevado hasta el extremo, en la pasión, muerte y resurrección de su Hijo Jesucristo. El apóstol San Pablo atestigua en la carta a los Corintios que el núcleo de la fe es justamente el misterio pascual de Cristo: “que Cristo murió por nuestros pecados, según las escrituras, que fue sepultado y que resucitó al tercer día, según las escrituras; que se apareció…” (1 Cor 15, 3-5). No se trata para nada de una muerte aparente, ni mucho menos de una resurrección metafórica. Cristo resucitó de verás; es un hecho histórico; no se puede limitar únicamente a una experiencia interior de los discípulos. Si fuera así, ¿habría Pablo insistido con tanta fuerza en el testimonio de Cristo resucitado?: “si Cristo no resucitó, nuestra predicación es vana y vana también su fe” (1Cor 15,13). No creo que aquí el apóstol esté hablando solo de una experiencia interna del resucitado. ¿Cómo sabemos de la misericordia de Dios? Ya he mencionado que Jesucristo es el rostro de la misericordia de Dios, la revelación completa y definitiva de su amor. Así que conocemos la Divina Misericordia en Cristo. Subrayo dos aspectos. En primer lugar, que la Encarnación, esto es, que Cristo, el Hijo de Dios se haya hecho hombre, es de por sí un acto de misericordia. Así lo dice San Juan: “En esto consiste el amor, no en que nosotros hayamos amado a Dios, sino en que él nos amó y nos envió a su Hijo como propiciación por nuestros pecados” (1Jn 4,10). Cristo es Dios con nosotros; es Dios verdadero y es Hombre verdadero. El Hijo de Dios tomó nuestra condición, sin dejar de ser Dios, y puso su “tienda” entre nosotros. Ilumina sobremanera el himno que aparece en la carta a los Filipenses: “Siendo de condición divina no hizo alarde de su categoría de Dios; al contrario, se despojó de su rango y tomó la condición de esclavo, pasando por uno de tantos” (Fil 2,7). En segundo lugar, que toda la vida de Jesús entre nosotros, que nos ha llegado de modo particular por los Evangelios, es un anuncio de la misericordia de Dios. El Evangelio, el anuncio del reino, los milagros y, finalmente, la pasión, muerte y resurrección, como ya lo he dicho, son revelación de la misericordia de Dios. Pero, algunos ponen en duda la historicidad de los Evangelios. Usted, ¿que dice al respecto? Transmito lo que nos dice la Dei Verbum del Concilio Vaticano II: “Nadie ignora que, entre todas las Escrituras, incluso del Nuevo Testamento, los Evangelios ocupan, con razón, el lugar preeminente, puesto que son el testimonio principal de la vida y doctrina del Verbo Encarnado, nuestro Salvador… La Santa Madre Iglesia firme y constantemente ha creído y cree que los cuatro referidos Evangelios, cuya historicidad afirma sin vacilar, comunican fielmente lo que Jesús Hijo de Dios, viviendo entre los hombres, hizo y enseñó realmente para la salvación de ellos, hasta el día que fue levantado al cielo” (n. 18-19). El testimonio de los Evangelios sobre la vida de Jesús y el anuncio del reino es muy claro. Es cierto que no podemos entender los Evangelios únicamente bajo el criterio de una crónica histórica al estilo moderno. Con el relato de los acontecimientos también va la confesión de fe. Los relatos bíblicos no nos dicen solamente qué pasó –el hecho y la forma de narrarlo-, sino también por qué pasó –el mensaje para la fe-. De tal manera que los textos de la Sagrada Escritura, especialmente los Evangelios, nos traen el acontecimiento histórico de Jesús de Nazaret con la confesión de fe de la comunidad. ¿Qué tiene que ver María con la Misericordia de Dios? María es Virgen y Madre en el pleno sentido de estas palabras; ella está unida indisolublemente al misterio de la misericordia de Dios. Él la eligió y la llenó de su gracia, justamente en orden al plan salvífico. Por eso, por gracia de Dios, fue preservada del pecado, es Virgen, Madre de Dios y Madre de la Iglesia. Ella, asunta al cielo, sigue intercediendo por sus hijos, discípulos amados, a quienes recibió en el momento de la cruz. Por todo lo anterior, llamamos a María Madre de misericordia. Así lo confiesa la Iglesia, la comunidad de los discípulos de Cristo, que ve en María su propio modelo. Foto: Tomada de Internet

Jue 20 Abr 2017

Costa caribe se prepara para recibir al Papa Francisco

Tras el anuncio de la visita pastoral del papa Francisco a la ciudad de Cartagena, Vicarios de Pastoral de las Provincias Eclesiásticas de la región Caribe, se reunieron para avanzar en los preparativos del recibimiento de este ilustre visitante a la ciudad amurallada. Al encuentro donde participaron 15 personas entre sacerdotes y laicos, permitió exponer los avances del trabajo realizado hasta la fecha y definir los roles que tendrán que asumir las jurisdicción de Cartagena y Barranquilla en los preparativos de este evento eclesial. Por su parte el sacerdote Rafael Castillo, Vicario de Pastoral de Cartagena, señaló que este encuentro fraterno “se trata de una experiencia colaborativa en la que se busca garantizar la participación de toda la región caribe”.

Lun 17 Abr 2017

La procesión – delito

Por : P. Raúl Ortiz Toro - Son las 5 de la mañana del domingo y como joven sacristán voy a tocar las campanas del templo parroquial. En el silencio del amanecer, las campanas retumban y la gente agradece: el que va a misa de 6 y el que tiene que madrugar a sus oficios; el que no le interesa, da media vuelta y sigue durmiendo. Pero no es 2017. Eran los noventa, cuando las manifestaciones de fe católica no fastidiaban a nadie o si lo hacían la gente no denigraba ni salía a señalar de delincuentes a los católicos. No voy a caer en la trampa de considerar que todo tiempo pasado fue mejor. No; pues cada tiempo tiene sus buenas cosas y sus peores. Tampoco caeré en la respuesta facilista de decir que como la mayoría de días festivos son religiosos entonces los indiferentes y ateos tienen que ir a trabajar esos días para que no se incomoden con nuestras procesiones (si bien es cierto que seré uno de los primeros en firmar para que se quiten los festivos religiosos que pasaron a los lunes por la Ley Emiliani (1983) porque esas fiestas religiosas pasaron al domingo (como el Corpus Christi y la Ascensión) y se dejen únicamente los festivos que quedan en fecha fija: Jueves y Viernes Santo, 8 de diciembre, 25 de diciembre, más los de carácter civil). Cerrado el paréntesis, vamos a ver como conciliamos esto. El pasado Viernes Santo una parroquia en Bogotá salió – como todas las parroquias del mundo entero – a manifestar su fe en las calles a través de la meditación del Viacrucis. No es proselitismo, no es algarabía, no es un desorden, sino una manifestación pública de una convicción religiosa. Un ciudadano se llenó de impaciencia y salió a gritar a los que participaban del viacrucis que él tenía derecho a dormir; que estaban cometiendo un delito porque Colombia es un país laico; entre otras cosas dijo: “¡Atrevidos! ¡Esto está prohibido! ¡Lo que ustedes están haciendo es un delito!” El hecho pasó entre anecdótico e irrelevante en las redes sociales y noticieros pero detrás de todo esto se esconde la visión de Estado laicista que es diametralmente opuesto al concepto de Laicidad del Estado. El Estado laicista reduce las manifestaciones religiosas al ámbito de la subjetividad de los individuos y las confina a los templos; por el contrario, la laicidad del Estado debe responder con la no confesionalidad (que no es supresión sino independencia de poderes) y, consecuentemente, con la regulación de estas manifestaciones (porque entonces habría que prohibir las marchas de todo tipo, las celebraciones de victoria en los partidos, etc.). Por ello, los párrocos deben acercarse al menos un mes antes a la secretaría de gobierno de las alcaldías locales y/o municipales y gestionar el permiso para la manifestación; ello conlleva un aviso a las autoridades de tránsito y a las oficinas de gestión de riesgo y atención de eventualidades (como la Defensa Civil o la Cruz Roja). Sé que puede parecer engorroso pero si hacemos este proceso vamos a evitarnos dolores de cabeza. Ya en muchos templos no suenan las campanas porque han presentado quejas y las han ganado; las procesiones no son diarias –como podría serlo el toque de campanas- y estoy seguro que una buena gestión logrará que no nos tilden de delincuentes por manifestar nuestra fe. Y al ciudadano que se manifestó impacientemente le deseo que ojalá esta experiencia le sirva para entrenarse en la paciencia y la tolerancia ante la diversidad de cultos que siempre sirve en el camino de la vida, en el ámbito familiar, laboral y social. P. Raúl Ortiz Toro Docente del Seminario Mayor San José de Popayán rotoro30@gmail.com

Jue 6 Abr 2017

Encuentro Nacional de Agentes de Reconciliación y paz

Durante tres días sacerdotes, religiosas y agentes de pastoral de diferentes regiones históricamente afectadas por el conflicto armado entre las que están ubicadas la mayor parte de las Zonas Veredales Transitorias de Normalización (ZVTN) del país, así como víctimas y miembros de las Comisiones de Conciliación Regional (CCR), se reunieron en la sede del Episcopado Colombiano para compartir y valorar el estado de las Zonas; los avances de la implementación de los acuerdos por parte del Gobierno y las Farc a propósito del día D+90; los avances en las conversaciones con el Eln; y su rol frente a los restos de la reconciliación en las comunidades. Tras largas jornadas de trabajo desarrolladas entre el 3 y el 5 de abril, en las que los participantes tuvieron la oportunidad de escuchar también balances de la implementación entregados por parte de la ONU como organismo de verificación, del Alto Comisionado para la Paz, como representante del Gobierno, y de Marcos Calarcá y Diana Lozada, como voceros de las Farc, las reflexiones, aprendizajes y expresiones de satisfacción no se hicieron esperar. “De nosotros depende cruzarnos de brazos o ser una voz profética del mensaje de la reconciliación en las regiones”, fue una de las expresiones pronunciadas en el último día del evento por parte del padre Sigifredo López, proveniente de Riosucio (Chocó). Este Tercer Encuentro Nacional de Agentes de Reconciliación y Paz, convocado por la Comisión de Conciliación Nacional (CCN) a través de su iniciativa pedagógica para la reconciliación y la paz denominada Acciones Conscientes, y apoyado por la Embajada de Alemania, dejó ver el interés de los agentes y de las víctimas por continuar trabajando, de la mano de la Iglesia en la búsqueda de caminos que conduzcan a una paz verdadera, desde el nivel humano, pastoral y pedagógico, así como su interés por seguir participando en estas iniciativas para enriquecer su visión y su trabajo. Se prevé la realización de una nueva versión de este encuentro en el mes próximo mes de agosto para evaluar y documentar los nuevos avances o hechos acaecidos en la implementación y el proceso de acompañamiento en las Zonas Verdales Transitorias de Normalización por parte de los agentes. En el cierre de este encuentro, se presentó el libro “Las 11 claves de los diálogos pastorales”, la más reciente publicación de la Comisión de Conciliación Nacional, elaborada con el apoyo de la Fundación Konrad Adenauer – Colombia. Se trata de un manual que busca aportar de forma concreta y práctica a la protección de la dignidad humana y de los derechos humanos por parte de los agentes de pastoral desde la Iglesia Católica. Cada módulo contiene una clave diferente, acompañada por situaciones, pautas generales y recomendaciones para orientarse en contextos en los que se hace necesario implementar la misión de los diálogos, el apoyo espiritual, la escucha, la facilitación, la conciliación, la incidencia social por la equidad, entre otras. Fuente: Of. comunicaciones Comisiòn Nacional de Conciliaciòn

Mié 29 Mar 2017

Los migrantes, un rostro humano que nos desafía

Por: Mons. Nel Beltrán Santamaría - Estamos en un año particular, marcado por las negociaciones gobierno–guerrilla y el comienzo del proceso electoral. En este contexto no hay que dejar morir en la conciencia nacional la imprescindible responsabilidad que tenemos con los migrantes. Por ellos y por nuestra propia dignidad. Los migrantes son una voz que toca la conciencia humana. Son retratos distorsionados de poblaciones que vivieron mejor. Al mismo tiempo, son rostros de la esperanza que no muere y no defrauda; y se convierten en un llamado de conciencia que puede despertar lo mejor que hay en nosotros: la solidaridad; y, así, renovar nuestra humanidad y, con ello, despertar todavía más el corazón de nuestra fe cristiana: el amor a los hermanos. Los primeros cristianos asombraban: “Miren como se aman”. Amar al migrante nos devuelve la identidad histórica: “En esto conocerán que son mis discípulos, en que se aman los unos a los otros”. Al servirlos, nos convierten en sacramentos del primer mandamiento. Un migrante es una persona con igual dignidad, derechos y deberes; con la misma vocación a realizarse como persona humana e hijo de Dios. Lo dijo hermosamente el Papa: “personas humanas”. ¡Sí! Con rostros e historias personales. ¡Son personas humanas! Eso lo resume todo. Por eso a las migraciones el Papa las define como “una crisis humanitaria”. Y los migrantes de hoy “son humanos fugitivos de sus propios países o regiones”. Eso es un trauma dramático a nivel internacional o a nivel interno. Fugitivos de otros humanos. De los grupos armados o de la pobreza o el despojo o de un modelo de minería o del narcotráfico, etc. Y lo poco que era suyo pasó a otras manos. Son fugitivos que lo dejaron todo. Se puede decir que fueron “despojados”. Hijos y rostro de una demencia social, política o ideológica. Fugitivos. Una manera de ser expatriados de la dignidad de personas humanas. Perdieron la patria de la humanidad. Son el rostro de una demencia. ¿Por qué salen de sus países o de sus regiones? ¿Por qué buscan Estados Unidos o simplemente, un tugurio un poco más seguro para la vida, en los cordones de pobreza de las grandes ciudades? ¿Con tan poco tienen? ¡No! Es porque lo primero es la vida, la familia, los valores como la propia religión… Los católicos tenemos una abundante sociología, teología y espiritualidad de las migraciones. Y muchos organismos de apoyo. Pero no los suficientes. Y no pretendemos ser los únicos sensibles a este dolor humano. Pero queremos ser fieles a nuestra fe. Y esperamos escuchar el último día: “vengan benditos porque fui fugitivo y me acogieron. Entren al Reino”. Un migrante es como un hombre-síntesis del pobre del Evangelio. Abandonado en el camino. Padece todas las necesidades que nos harán benditos del Padre si ayudamos a cubrirlas: hambre, sed, desnudez, desplazamiento, soledad… Benditos nosotros los que ayudamos a encontrar respuestas institucionales desde la dignidad de la persona humana. Cuantas veces lo hagamos lo hemos hecho a Cristo mismo. Y nos dirán: entren al Reino. Pero no solo nosotros. Sino también con ellos. Un paso clave en el servicio a los migrantes es tratar de mejorar la calidad de la acogida y ayudar a recuperar la dignidad oscurecida. Crear unas condiciones nuevas que favorezcan salir de las condiciones en las que llegan. Y ayudar a despertar una conciencia de humanidad y de derechos “humanos” que multipliquen la solidaridad social y despierten la sensibilidad de los gobiernos. Y es urgente comprender y difundir que las migraciones son más que solo un problema de carencias. Es un sistema de despojo asumido con pasividad política y social, convertido en cultura, en leyes y en modelos de urbanismos marginales. Fenómenos que no tocan la macro-economía o la política. Y a veces justificados en razones supuestamente religiosas. Son judíos, musulmanes, o cristianos. A veces, entre las propias religiones. Es una crisis cultural e institucional; local y mundial. Son males transversales en el mundo. En el democrático y en el dictatorial. Es la cultura de la exclusión, de la desigualdad, de las fronteras cerradas, de la reacción insegura frente al extranjero o diferente, como si ser migrante fuera una manera inferior de ser humano. ¡Así provengan del pueblo vecino! Gracias a las personas que acogen, a las que no dejan pasar desapercibidos a tantos humanos, a las que se organizan y trabajan para tratar de responder. “Benditos porque tuve hambre y me dieron de comer. Porque fui forastero y me acogieron”. DESTACADO: “Un migrante es como un hombre-síntesis del pobre del Evangelio” + Nel Beltrán Santamaría Obispo emérito de Sincelejo Fuente: Revista Vida Nueva

Mié 29 Mar 2017

Iglesia en Antioquia se prepara para vivir la gran Confesatón

Previo al inicio de la Semana Santa, la diócesis de Sonsón - Rionegro, presidida por su obispo monseñor Fidel León Cadavid Marín, realizará el próximo 1 de abril una jornada de CONFESATÓN, que según sus organizadores busca “reconciliarnos con nosotros mismos y con Dios”. Es una experiencia que se ha vivido en varios lugares de Colombia, donde los sacerdotes se desplazan para llegar a las personas que por algún motivo no acuden a la Iglesia, pero desean acceder a la confesión, en esta jornada se sale al encuentro con los fieles para ofrecerles el sacramento de la reconciliación. La confesatón, es una acción pastoral que iniciará a las 3:00 p.m., con un momento de adoración al Santísimo sacramento, donde, a los pies de Jesús, se hará una oración y se pondrá en sus manos a todos los penitentes que se acerquen a las instalaciones del centro comercial San Nicolás de esta ciudad, para acceder al sacramento de la confesión. El Santísimo quedará expuesto hasta las 6.00 p.m., para que las personas puedan hacer un momento de oración de una manera más íntima y que esta sea una bonita experiencia. Por su parte el padre Nelson de Jesús Patiño, delegado de la pastoral familiar, hace una invitación muy especial a “participar de la CONFESATÓN con el lema «Dejémonos reconciliar por Dios »; este será un espacio oportuno para salir y acercarnos a muchas personas y familias, a fin de posibilitarles el encuentro con Jesús Misericordioso, mediante el sacramento de la Reconciliación, una iniciativa de la Conferencia Episcopal de Colombia vivida con los sacerdotes participantes de la Copa de la Fe”. Esta jornada se hace en el marco del año de la reconciliación y la paz, donde se busca tener un compromiso constante con la sociedad, un compromiso que le permita al sacerdote ir al encuentro del hermano, para llegar a los que necesitan ser sanados por el amor de Dios, porque los sacerdotes son artesanos de la paz y están comprometidos con la construcción de una paz sólida que perdure y fortalezca la sociedad. Estos son espacios importantes para la fe, porque es un aporte de la iglesia para conseguir la paz y acoger la invitación que hizo el Papa Francisco a celebrar de 24 horas para el Señor, una iniciativa para vivir intensamente el Sacramento de la Confesión y reconciliarnos con nosotros mismos. Fuente: Of. Comunicaciones diócesis de Sonsón - Rionegro

Lun 27 Mar 2017

¡Alerta!

Por: Mons. Ricardo Tobón Restrepo - Vivimos en el mundo cambios profundos. Puede decirse que esto es lo normal en una comunidad humana que va haciendo su camino histórico, que va conquistando su futuro, que va respondiendo a su dinamismo interior de vivir en permanente creación. Sin embargo, cuando el proceso de cambio no se orienta, no se conduce y no se aplica debidamente puede traer grandes traumas para la sociedad y puede llevar aun al colapso de una civilización. Es necesario, entonces, que estemos atentos y que prevengamos situaciones graves que pueden derivarse de ciertas realidades que empiezan a aparecer como verdaderas amenazas. 1. La destrucción del medio ambiente. Se dice que en diez años tendremos el 20% menos de la biodiversidad que hoy existe. Abusamos de los recursos naturales como si pudiéramos reponerlos. Nos estamos gastando el planeta y lo estamos haciendo invivible como si tuviéramos un repuesto. La destrucción de la tierra con la minería, la tala abusiva de los árboles, la contaminación del agua y del aire y tantos otros atropellos a la naturaleza están causando males crecientes e irreparables. 2. Los avances de la tecnología, junto a grandes logros, están generando también serios problemas en la estabilidad sicológica y en la convivencia humana. Se enumeran: la adición, el empobrecimiento de la comunicación, la alteración de la concentración, la reducción de la libertad y la creatividad, los desajustes sociales. Sin darnos cuenta nos están programando; las nuevas tecnologías facilitan procesos, pero todavía no crean pensamiento, no dan sentido ni orientación a la vida. Sin saberse si nos movemos en la ciencia o en la ficción, se anuncian las posibilidades y los riesgos de la inteligencia artificial. Stephen Hawking llega a decir que éste podría ser el peor y el último error de la humanidad. 3. La estabilidad institucional no siempre tiene garantías. La forma de vivir no puede ni improvisarse ni inventarse cada día. Necesitamos apoyarnos en estructuras que surgen de la misma naturaleza o de construcciones en las que la humanidad ha gastado miles de años. Ensayar irreflexiva e irresponsablemente modificaciones en temas fundamentales para la sociedad puede resultar funesto. Por ejemplo, entregar la familia a las pasiones, la educación a la tecnología, la política a fuerzas foráneas, los valores culturales a procesos inconscientes, la felicidad al placer, la vida a la superficialidad. 4. La crisis ética que es, a la vez y en buena parte, el origen y la causa de todo lo anterior. Se produce cuando no sabemos o no queremos aceptar unos criterios y valores de comportamiento indispensables en la convivencia humana. Con frecuencia la motivan ciertas ideologías, es decir, ideas que se vuelven acción al quedar recortadas y dirigidas a un determinado propósito. Luego, cuando nos circunda la confusión y los comportamientos individuales nos vuelven enemigos, queremos controlarlo todo con la represión a partir de las instituciones que también hemos dejado entrar en decadencia. Ningún control es plenamente efectivo para la libertad humana. En definitiva, estamos en un tiempo en el que disponemos de muchos medios sin saber para qué fines. 5. La ausencia de espiritualidad. Finalmente, la última causa de los grandes desequilibrios a nivel personal y social es la falta de una vida interior a partir de unas convicciones y unos comportamientos asumidos desde la dimensión transcendente de la persona humana que se relaciona con Dios. Sin Dios no hay iluminación y motivación que pongan en marcha un proyecto común, el respeto profundo a la libertad de los otros, la razón decisiva para actuar en la verdad y el bien, la esperanza para perseverar en el ser. Sin Dios, generalmente, el egoísmo corrompe todo: las ideas, las relaciones, los proyectos y la administración de los recursos. Sin Dios nos degradamos y creamos el potencial para degradarlo todo. + Ricardo Tobón Restrepo Arzobispo de Medellín