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“El ritual de la reconciliación”, la escultura colombiana en el Vaticano
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José Augusto Rivera Castro, escultor colombiano nacido en el municipio de Herveo, departamento del Tolima, ha dedicado su vida artística a producir obras que tienen que ver con acontecimientos nacionales, siempre en la perspectiva de hacer reflexionar al público acerca de ideales sublimes que tiendan a la justicia, la solidaridad, la esperanza, la reconciliación y la paz.
En esta línea creó la escultura “El ritual de la reconciliación” que, según afirma, “tiene todo que ver con la vida violenta que hemos vivido a través de tantos años en Colombia” y que en el momento que la pensó, la relacionó con la firma del acuerdo de paz para nuestro país, en Cuba. “Mi reflexión fue: si ese acuerdo de paz se firma con la guerrilla más numerosa y que más dolor le ha causado a este país, entonces lo que sigue es el perdón y la reconciliación, tal como lo ha planteado el Papa Francisco en todos los lugares del mundo donde él ha ido a predicar”.
Para conocer más sobre esta escultura que, muy pronto, estará en los jardines del Vaticano, nos reunimos virtualmente con Rivera Castro, y hoy compartimos esta entrevista con ustedes.
¿Por qué un grupo de personas abrazándose? Explíquenos la obra
Bueno, el asunto es que aquí tenemos un problema que no es de unos individuos, o de unas familias, o de unos vecinos, sino que es un problema de toda la nación en todos los confines del territorio patrio, es decir, es un asunto de todos y al que todos tenemos que enfrentar y solucionar de la mejor manera. Entonces yo quise representar un grupo grande de personas. Pero este asunto, ahora que hablaba del Papa, no es solamente de Colombia, sino que es un asunto que concierne a muchas nacionalidades, podría decir que concierne a la humanidad entera. Por eso, la versión final de “El ritual de la reconciliación”, que va a estar en los jardines del Vaticano, es representando las diferentes etnias de la humanidad que nos conforma.
En nuestro país siguen los actos de violencia por distintos actores. A pesar de todo este panorama, que a veces se ve desalentador, usted sigue llamando la atención a través de su obra para recordarnos que la esperanza nunca se debe perder.
Sí, es desalentador desde la perspectiva que se mire. Por ejemplo, si tú lo miras desde la perspectiva del desarme de miles de hombres que pertenecieron a la guerrilla de las FARC, eso nos debe animar mucho. Ahora, si tú lo miras desde la perspectiva de los políticos que andan enfrentados, los unos desprestigiando y pretendiendo acabar los acuerdos, y los otros acreditándolo y hablando desde su interés político, otra será la perspectiva.
La mía es la perspectiva de quien quiere mirar la vida nacional como la miran los profetas, vaticinando que vendrán tiempos mejores porque es la única posibilidad que le queda al artista. El mismo Papa Francisco nos pide que realicemos obras que sean esperanzadoras para la humanidad. En ese sentido todas mis obras, a lo largo de mi vida, han sido esperanzadoras. He sido testigo de mi época, cada una, en cada lugar donde la he dejado, le da al público la posibilidad de hacer una interpretación esperanzadora sobre los destinos de nuestra patria.
Esta obra ha sido elaborada en miniatura y ha recorrido varios lugares de Colombia. ¿Qué representa para usted que este trabajo sea reconocido y, sobre todo, sea tenido en cuenta como símbolo de paz en los diferentes espacios donde ha llegado?
Has mencionado algo supremamente importante para el artista. Uno realiza una escultura, pero desde mi punto de vista no es una obra de arte hasta tanto el público no la reconozca como tal, no le dé el valor simbólico que el artista quiso representar allí en la obra. Y, entonces, el camino que ha tenido esta escultura yo lo puedo titular desde La Chinita, Apartadó, Urabá… hasta el Vaticano, porque en cada una de las instancias, de los espacios, de los eventos donde la escultura ha sido presentada ha ido ganando reconocimientos y te los voy a nombrar brevemente.
El primero es que en el evento de perdón que recibieron las FARC a las víctimas en el barrio La Chinita de Apartadó, donde cometieron una masacre, allí la escultura fue ubicada en el atril de los oradores para que recibiera el evento. Después la escultura fue llevada al Senado de la República para proponer que la obra fuese entregada al Papa Francisco como un reconocimiento del compromiso con los otros. Y en la Nunciatura Apostólica, al lado de tantos regalos que le llevaron al Papa, él se detuvo, consideró la escultura, la interpretó, la sintió y decidió llevársela para el Vaticano.
Y, luego, cuando tomamos la decisión de proponerle al Papa Francisco que esa escultura la queríamos hacer monumental como una donación del pueblo colombiano en reconocimiento a su formidable pastoral social por el mundo en torno al perdón, la paz y la reconciliación, en la gobernación del Vaticano el cardenal Giuseppe Bertello, le dio su reconocimiento y agradeció que tuviéremos esa iniciativa y nos ofreció ubicarla en el lugar donde más peregrinos concurrieran en el Vaticano, y lo hacen en condiciones normales 10 millones de personas.
Estuvimos con el director de cultura del Vaticano e, igualmente, le dio su valor y la comparó con otras obras que han tenido importancia en la historia de la humanidad, como el Guernica de Picasso y dijo: “Esta escultura podría llegar a representar este periodo de la historia de la humanidad”.
Finalmente, estuvo en las oficinas de la doctora Barbara Jatta, directora de los museos del Vaticano y ella dijo: “No solamente queremos la escultura monumental en los jardines del vaticano, sino queremos esta maqueta que nos estas trayendo para integrarla a la colección del museo de arte contemporáneo de los museos del Vaticano”.
Así, por donde ha pasado la obra, a las comunidades donde hemos ido a mostrarla, ha gustado mucho y hasta la han comprado, porque las distintas versiones que yo he hecho de “El ritual de la reconciliación” se han ido vendiendo, lo cual nos está sirviendo para financiar la obra monumental. En cada uno de esos lugares la escultura ha encontrado un reconocimiento, las personas le han dado valor y quieren tener la obra para que ella le hable a todas las personas que la vean del compromiso de quien la posee, pero también del interés, para que quienes la vean se sumen y se conviertan en ciudadanos tejedores de reconciliación.
¿Usted mismo le entregó la obra de arte al Papa Francisco?
No, el procedimiento fue que una comisión del Congreso de la República se desplazó a la Nunciatura Apostólica, el nuncio la recibió, y la ubicó junto con los demás presentes para el Papa. Ya no estábamos en tiempo cuando el Senado propuso ser incluidos en un protocolo especial, porque esto fue preparado con mucha anticipación y ya nosotros llegamos fuera del tiempo para integrarnos en el protocolo.
¿Cómo ha sido el proceso para que la escultura llegue al Vaticano?
El primer momento fue cuando el Papa dio su veredicto sobre la obra y se la llevo. Vino luego un segundo momento y fue comprender las razones del Papa para llevarse la obra y, entonces, yo traduje un libro del Papa que se llama: “Mi idea del arte” y comprendí que al Papa le podía llegar perfectamente la idea de hacerla monumental, puesto que él dice que las obras de arte deberían servir para apoyar la evangelización y “El ritual de reconciliación” es un apoyo poderoso para el interés que tiene el Papa sobre la reconciliación en el mundo.
Entonces, entendiendo eso, busqué el apoyo de la Cancillería colombiana y el doctor Carlos Holmes Trujillo, quien ya me había apoyado en el pasado para un monumento a la paz en Medellín, me apoyó y le pidió al doctor Jairo Aníbal Riaño, en ese entonces embajador de Colombia en la Santa Sede, para que hiciera gestiones a fin de que este proyecto fuera aprobado por el Vaticano. Cuando esto comenzó yo me desplace a Roma y acompañé al embajador en todas estas cuestiones.
Fue una iniciativa mía, fue una iniciativa apoyada por la cancillería, gestionada por el embajador de Colombia ante el Vaticano logrando la aprobación del Estado Vaticano. No obstante, por gestión de humildes migrantes latinos en el Vaticano, el proyecto logró llegarle directamente al Papa Francisco y él nos mandó la razón de que esa escultura le importaba mucho y la quería en los jardines del Vaticano.
Con esas dos aprobaciones yo regresé a Colombia y he estado en dos actividades: una, en la realización escultórica y, dos, apoyando la gestión de los recursos que está en cabeza de una entidad que se llama Crónica, especializada en apoyar proyectos como este.
Y, en este momento, ¿cómo avanza el proyecto de la obra?
Bueno, la escultura tiene varios momentos: el proceso escultórico. El primero de ellos se llama modelado, que es lograr la figura definitiva que uno quiere tener en la obra; ese trabajo lo hicimos en medio de las cuarentenas y logramos terminarlo definitivamente.
El segundo momento es llevar la escultura a la fundición. Aquí se hace todo un recorrido que comienza con moldes de silicona, luego en esos moldes se hace un vaciado de la escultura exactamente igual, pero en cera, y esas ceras se cubren con un molde refractario que se calienta; entonces la cera se derrite y el espacio que ocupaba la cera lo ocupará después el bronce que es ya el momento de vaciar el bronce en los moldes para empezar a encontrar de nuevo la escultura.
La escultura va a ser en bronce y tendrá un color dorado, porque yo considero que la reconciliación es un tesoro que los pueblos del mundo deben cuidar y deben preservar.
¿De qué manera se está subsidiando esta propuesta? ¿Quiénes lo están apoyando?
Inicialmente, antes de la pandemia, habíamos hablado con la Conferencia Episcopal porque tuvimos la oportunidad de presentar el proyecto un año atrás al episcopado que se reunió en Bogotá y éste ofreció apoyo al proyecto. Conseguida esa adhesión de la Conferencia Episcopal, entonces nos reunimos con ellos para planear la difusión del mensaje a todas las parroquias y a todos los empresarios amigos de la Iglesia a fin de conseguir apoyo. Pero a los dos días entramos en cuarentena y todo ese plan quedó ahí, porque los templos tuvieron que cerrar y en este momento la población en general se encuentra en una situación muy difícil y, entonces, no es apropiado lanzar esta campaña.
No obstante, hay empresas y entidades que no sufrieron tan duro el impacto de la pandemia, entonces hemos recurrido a ellas y hemos encontrando donaciones que nos han permitido llevar la escultura hasta el punto donde está hoy. Es tener ya tres fundiciones de las 30 que tenemos que hacer porque la escultura se secciona por partes. Entonces tres de esas partes ya las tenemos fundidas y estamos trabajando para conseguir recursos y seguirlas fundiendo. Tenemos en perspectiva varias ofertas económicas, pero también se pueden vincular mediante la recolección de chatarra de cobre y eso es algo que el pueblo católico y las comunidades pueden hacer sin un esfuerzo tan grande, porque es buscar en sus casas y pedirle a los amigos y los vecinos que seleccionen de las cosas desechables que tienen, el material metálico de color amarillos que llamamos cobre.
Esta es una campaña en la que aún estamos cortos, pero que deberíamos emprender en algún momento porque, por más difícil que sea la situación de las personas, ayudar a conseguir esta chatarra no es nada engorroso.
La recolección de chatarra también cuenta. Por decir algo, hay empresas del sector eléctrico que tienen cables y quitan cables eléctricos, esa chatarra nos puede servir a nosotros. Entonces también va el mensaje para los empresarios que nos puedan ayudar.
¿En dónde se podría hacer el contacto para aquellas personas que quisieran donar la chatarra de cobre?
Pues yo estoy pretendiendo tener una reunión con monseñor Elkin Fernando para proponerle que difundamos ese mensaje, que le pidamos al pueblo católico ese propósito. Entonces si lo logramos, el punto de acopio serían las parroquias. Pero aún no lo tengo hablado, conversado y mucho menos aprobado.
Pero en los colegios sí hemos desarrollado una labor que hemos denominado tejiendo reconciliación y le pedimos a los estudiantes que reúnan la chatarra y en el momento en el que sea presencial la educación ellos vayan y depositen la chatarra de cobre.
¿Cuáles son las medidas de la escultura y para cuándo se tiene previsto que este en los jardines del Vaticano?
La escultura tiene 2,50 metros de altura, 2,20 de largo y 2,00 de ancho; es una escultura bastante grande. El tiempo de entrega depende de varios factores: el primero, de cuando terminemos de conseguir los recursos, porque en el momento que se termine de pagar la escultura, ya se puede retirar de la fundición. Y el segundo factor depende de la evolución de la pandemia y la agenda del Papa en el Vaticano que está aún muy incierta.
Agradecimiento al Vaticano
El Papa y las autoridades del Vaticano tuvieron la generosidad de abrirle las puertas por primera vez a un artista americano en los jardines del Vaticano. Y eso, en gran parte, es un honor para Colombia, porque vamos a tener un mensaje muy poderoso de lo que surgió de nuestra situación ahora ante el mundo. Entonces cuando los peregrinos circulen por allí van a oír de parte del guía un mensaje esperanzador que nosotros mismos le estamos enviando al mundo.
Agradecimiento al episcopado
Para terminar, tenemos un agradecimiento muy grande a la Conferencia Episcopal y en especial para monseñor Elkin Fernando, porque nos han apoyado en la medida de las posibilidades incondicionalmente, incluso nos enviaron una carta llamando a todo el mundo a vincularse al proyecto. Es importante decirlo porque a todo señor todo honor.
Para mayor información del artista, podrán comunicarse en el correo electrónico: arivera51@hotmail.com
“El Dios de la paz estará con ustedes” (Filp 4, 9)
Mar 8 Sep 2026
Después del terremoto
Mié 2 Sep 2026
Mar 4 Ago 2026
La Diócesis de Ocaña celebró las bodas de plata de un encuentro que ha fortalecido generaciones de monaguillos
Niños, adolescentes y familias provenientes de seis jurisdicciones eclesiásticas invitadas se unieron a la Diócesis de Ocaña para conmemorar la vigésima quinta edición del Encuentro Diocesano de Monaguillos, una experiencia que, desde hace más de dos décadas, promueve la espiritualidad, el servicio al altar y el discernimiento vocacional.Con la participación de más de 1.120 monaguillos, acompañados por sus familias, la Diócesis de Ocaña celebró las bodas de plata del Encuentro Diocesano de Monaguillos, una de las iniciativas pastorales más representativas de esta Iglesia particular, que durante 25 años ha promovido el amor por la Eucaristía, el servicio litúrgico y el despertar de vocaciones sacerdotales.Aunque este encuentro hace parte de las tradiciones pastorales de la diócesis, la conmemoración de su vigésima quinta edición tuvo un carácter especial al reunir, además de las parroquias locales, delegaciones provenientes de las diócesis de Magangué, Valledupar, Cúcuta, Barrancabermeja y El Banco-Magdalena, así como de la Arquidiócesis de Nueva Pamplona, fortaleciendo así la comunión entre diversas Iglesias particulares.Las actividades centrales se desarrollaron en el Seminario Mayor El Buen Pastor, donde los participantes vivieron jornadas de formación, oración, integración y celebración. El encuentro inició con una peregrinación a la Montaña Sagrada de Torcoroma, donde los niños y jóvenes conocieron la historia de la aparición de la imagen de Nuestra Señora de las Gracias de Torcoroma, patrona de la diócesis, y profundizaron en el significado de esta tradición pastoral que ha acompañado a generaciones de monaguillos.Durante los dos días también hubo espacios recreativos, actividades de fraternidad entre las delegaciones, encuentros formativos y celebraciones litúrgicas que permitieron reconocer la misión que desempeñan los monaguillos en la vida de la Iglesia, al tiempo que fortalecieron su sentido de pertenencia e identidad eclesial.El encuentro concluyó con la celebración de la Santa Eucaristía, presidida por monseñor Orlando Olave Villanoba, obispo de Ocaña, quien dio gracias a Dios por estos 25 años de camino y encomendó a los participantes para que continúen respondiendo con alegría al llamado de servir al Señor desde el altar.Una experiencia que fortalece la fe y la vocaciónMás allá de la conmemoración de un aniversario, el encuentro volvió a evidenciar el impacto que esta experiencia tiene en la vida de quienes participan."Es la primera vez que vivo esta experiencia. Me ha parecido muy bonita porque he conocido nuevos amigos, he recibido buenos consejos y he entendido cómo nació este encuentro. Gracias a quienes comenzaron esta obra hoy nosotros podemos estar aquí", expresó una de las monaguillas provenientes de la Diócesis de Valledupar.Desde otras jurisdicciones eclesiásticas también se destacó el valor evangelizador de esta iniciativa. El diácono Edwin Hernando Peinado Guerrero, de la Diócesis de Magangué, afirmó que este tipo de espacios ayudan a que los niños comprendan con mayor profundidad el sentido del servicio al altar y manifestó el deseo de impulsar una experiencia similar en su Iglesia particular.Por su parte, una delegada de la Pastoral Infantil de la Arquidiócesis de Nueva Pamplona resaltó que compartir con cientos de niños que realizan el mismo servicio anima a los monaguillos a perseverar en su misión y les permite descubrir que forman parte de una Iglesia viva y en camino.Veinticinco años sembrando vocacionesEl Encuentro Diocesano de Monaguillos nació como una iniciativa de la Pastoral Vocacional del Seminario Mayor El Buen Pastor, concebida durante la programación formativa de 2001. La propuesta fue acogida por el entonces rector, el presbítero Juan Carlos Ramírez Rojas, y respaldada por el entonces obispo de Ocaña, monseñor Jorge Enrique Lozano Zafra.La primera edición se realizó el 23 de noviembre de 2002 y, desde entonces, el encuentro se ha celebrado de manera ininterrumpida, convirtiéndose en un proceso permanente de evangelización y acompañamiento vocacional.A lo largo de estos 25 años, esta iniciativa ha fortalecido la espiritualidad de cientos de niños y adolescentes, promoviendo en ellos el amor por la Eucaristía, la Iglesia y el servicio litúrgico. Como fruto de este camino, numerosos participantes han respondido al llamado del Señor y hoy ejercen su ministerio como sacerdotes al servicio del Pueblo de Dios.Con esta celebración jubilar, la Diócesis de Ocaña dio gracias por la entrega de obispos, sacerdotes, seminaristas, animadores, párrocos, familias y monaguillos que han sostenido esta obra evangelizadora durante un cuarto de siglo, renovando también su confianza en que el Buen Pastor continúe suscitando nuevas vocaciones para la misión de la Iglesia.Vea alguos de los momentos más destacados:
Mié 22 Jul 2026
Entre el mar, los ríos y las carreteras: así celebraron los colombianos a la Virgen del Carmen
Procesiones marítimas y fluviales, eucaristías, bendiciones de vehículos, caravanas, cabalgatas y otras manifestaciones de religiosidad popular marcaron este 16 de julio la solemnidad de Nuestra Señora del Carmen en las distintas jurisdicciones eclesiásticas de Colombia. Aunque la celebración se vivió en todo el territorio nacional, este recorrido recoge algunas de las expresiones con las que diversas Iglesias particulares renovaron una de las devociones marianas más arraigadas en la historia del país.Cada 16 de julio, Colombia vuelve a mirar hacia una misma Madre. Desde las costas del Caribe hasta las selvas de la Amazonía; desde las grandes ciudades hasta los pueblos ribereños; desde las carreteras hasta los ríos que conectan comunidades enteras, la solemnidad de Nuestra Señora del Carmen reúne a miles de fieles que encuentran en María un signo de protección, esperanza y cercanía en los caminos de la vida.Este año no fue la excepción. En las distintas jurisdicciones eclesiásticas del país, obispos, sacerdotes, religiosos y laicos prepararon y celebraron esta fiesta con eucaristías, procesiones, bendiciones de escapularios y vehículos, jornadas de oración y numerosas expresiones de religiosidad popular que siguen transmitiéndose de generación en generación.Aunque las celebraciones se extendieron por todo el territorio nacional, este recorrido presenta algunas de las manifestaciones de fe que hicieron visible la riqueza pastoral, cultural y espiritual con la que algunas de las Iglesias particulares conmemoraron una de las solemnidades marianas más significativas del calendario litúrgico.Cartagena: donde la fe navega al encuentro de Stella MarisEn pocas ciudades de Colombia la celebración de la Virgen del Carmen tiene una imagen tan representativa como en Cartagena. Allí, la devoción mira hacia el mar.Cada año, cientos de embarcaciones recorren la bahía hasta llegar a Stella Maris (Estrella del Mar), la monumental escultura de mármol de la Virgen del Carmen que desde hace décadas custodia las aguas cartageneras y se ha convertido en uno de los símbolos religiosos más emblemáticos de la ciudad.La imagen también guarda una historia que fortaleció aún más el vínculo de los cartageneros con su patrona. En agosto de 2015 un rayo la derribó, fragmentándola en múltiples piezas que fueron recuperadas del fondo de la bahía gracias a una compleja operación liderada por la Armada Nacional. Tras un cuidadoso proceso de restauración, la escultura volvió a ocupar su lugar y, el 10 de septiembre de 2017, recibió la bendición del papa Francisco durante su visita apostólica a Colombia.Precisamente hasta ese monumento llegó este año la tradicional procesión náutica organizada por la Arquidiócesis de Cartagena, una celebración que volvió a unir la espiritualidad mariana con la identidad marítima de la Heroica.La jornada comenzó en el muelle de La Bodeguita, desde donde partieron las embarcaciones acompañando el rezo del Santo Rosario hasta llegar a Stella Maris. Allí se celebró la Eucaristía central, presidida por el cardenal Jorge Enrique Jiménez Carvajal, quien acompañó a los fieles en esta expresión de fe que cada año congrega a cartageneros, pescadores, navegantes, turistas y autoridades civiles y militares.Paralelamente, las doce zonas pastorales de la arquidiócesis desarrollaron celebraciones litúrgicas, encuentros comunitarios y jornadas de oración en parroquias y barrios, haciendo visible una Iglesia que camina unida bajo el amparo de María.Para quienes crecieron junto al mar, Stella Maris representa mucho más que un monumento."Es la Virgen que nos acompaña hace muchos años en la bahía y recibe a quienes llegan a mi ciudad", expresó la cartagenera Fiorella Romero, al destacar el profundo significado espiritual que conserva esta imagen para la identidad religiosa de su ciudad.Ese sentimiento también quedó reflejado en la experiencia de quienes participaron en la procesión."Hacer un Rosario en el mar fue espectacular. Se sintió muy cercano y seguimos amando muchísimo a nuestra amadísima Virgen María", afirmó Fabián Criollo, uno de los fieles que acompañó el recorrido.Para la comunidad parroquial que impulsó esta iniciativa, la celebración también fue el fruto de un trabajo conjunto."Estamos muy contentos como comunidad de haber hecho posible este gran sueño, donde todos pusimos ese granito de arena para vivir este maravilloso desfile náutico llevando a nuestra patrona, la Virgen del Carmen", señaló Luis Marina Osorio.Así, una vez más, Cartagena volvió a mostrar cómo una tradición centenaria continúa dialogando con la historia, el patrimonio y la vida cotidiana de una ciudad cuya relación con el mar también ha sido una forma de expresar su fe.Inírida: una patrona que acompaña los caminos de la AmazoníaA más de mil kilómetros del Caribe colombiano, la solemnidad adquiere un rostro diferente, pero conserva el mismo sentido de confianza en la protección de María.En el Vicariato Apostólico de Inírida, la Virgen del Carmen no solo es patrona de la jurisdicción eclesiástica y de la Catedral. También acompaña la vida cotidiana de comunidades indígenas, lancheros, comerciantes, misioneros, transportadores y familias que encuentran en los ríos amazónicos su principal medio de comunicación y sustento.La jornada comenzó antes del amanecer con el tradicional Rosario de la Aurora y continuó con la solemne Eucaristía presidida en la Catedral Nuestra Señora del Carmen. Posteriormente, cientos de fieles acompañaron la procesión por las calles de Inírida hasta el asentamiento indígena El Coco, perteneciente al pueblo curripaco, donde fueron bendecidos vehículos, motocicletas, camiones y motocarros.Desde allí inició una de las imágenes más representativas de la celebración: la tradicional procesión fluvial por el río Inírida, expresión de una Iglesia que evangeliza recorriendo las mismas aguas que diariamente conectan pueblos, culturas y comunidades de la Amazonía colombiana.Para muchos habitantes del territorio, esta es la principal celebración religiosa del año.La misionera francesa Leonor Coquelin de Lisle, quien desarrolla su labor pastoral en proyectos de prevención y rehabilitación con adolescentes, destacó el profundo sentido comunitario de esta experiencia."Me encantó ver toda la dedicación que ha habido para esta fiesta, todo el cariño que la gente ha puesto para este día tan especial. Y el paso por el río también me encantó; fue muy simbólico."Por su parte, la catequista María Alejandra Robledo resaltó el creciente compromiso de distintos sectores de la sociedad con esta celebración."Hemos visto mayor participación de los diferentes gremios: transportistas, comerciantes y otros sectores. Eso demuestra que la Virgen del Carmen está haciendo una gran intercesión por este pueblo."Para el vicario apostólico de Inírida, monseñor Joselito Carreño Quiñónez, la fiesta también ofrece una oportunidad para recordar el verdadero significado espiritual del escapulario, muchas veces reducido a una simple tradición popular."El escapulario no es un amuleto; es la alianza que establecemos con nuestra Madre María para vivir siempre colmados de esperanza y ser auténticos discípulos misioneros de Jesucristo", explicó el prelado, al invitar a encomendar especialmente a los viajeros y transportadores bajo la protección de la Virgen del Carmen.En la Amazonía colombiana, donde los ríos son caminos de encuentro y de misión, la procesión fluvial volvió a recordar que la fe también navega, acompaña y fortalece la vida cotidiana de quienes habitan uno de los territorios más diversos del país.La Ciudad Blanca: una tradición que sigue uniendo generacionesEn el suroccidente colombiano, la solemnidad también ocupó un lugar destacado en la vida pastoral de la Arquidiócesis de Popayán, una de las jurisdicciones eclesiásticas con mayor tradición histórica del país.En la Catedral Basílica Nuestra Señora de la Asunción, cientos de fieles participaron en la Eucaristía, durante la cual fueron bendecidos los escapularios, signo de la confianza en la protección maternal de María y del compromiso de seguir a Cristo bajo su amparo. Posteriormente, se realizó la tradicional bendición de vehículos, confiando a Dios la vida de conductores, viajeros y sus familias.Sin embargo, la celebración trascendió el centro histórico de la llamada Ciudad Blanca de Colombia. La fiesta también se vivió en las comunidades parroquiales dedicadas a la Virgen del Carmen en Popayán, Suárez, Timba, Paispamba, Mondomo, Piedra Sentada, El Carmelo (Cajibío) y Argelia, donde la Eucaristía, la oración y el encuentro comunitario renovaron una tradición transmitida durante generaciones.Uno de los fieles resumía así el sentido de esta jornada:"Hoy hemos venido a darle gracias a nuestra Madre Santísima por tantos favores recibidos y a pedirle que siga acompañando nuestros caminos."Una expresión sencilla que refleja el significado profundo que esta advocación continúa teniendo para miles de familias colombianas.Del Magdalena Medio al nororiente: una misma devoción con rostros diversosLa solemnidad también movilizó a numerosas comunidades de la Diócesis de Barrancabermeja, donde parroquias, movimientos y grupos apostólicos organizaron una programación que incluyó eucaristías, caravanas, cabalgatas, procesiones fluviales, bendición de canoas, vehículos y escapularios, además de la entrega de la tradicional oración del conductor.La celebración central fue presidida por el obispo de la diócesis, monseñor Ovidio Giraldo Velásquez, en la parroquia Nuestra Señora del Carmen, del municipio de Carmen de Chucurí, una de las seis comunidades parroquiales de la jurisdicción que tienen a esta advocación mariana como patrona.Allí, como en buena parte del Magdalena Medio, la devoción a la Virgen del Carmen continúa estrechamente vinculada con la vida de quienes recorren diariamente carreteras y ríos para sostener a sus familias y servir a sus comunidades.A varios cientos de kilómetros de allí, en el nororiente colombiano, la Diócesis de Ocaña también celebró esta solemnidad con especial fervor.El obispo monseñor Orlando Olave Villanoba presidió la Eucaristía central en la parroquia San Simón Stock, comunidad puesta bajo el patrocinio del religioso carmelita a quien la tradición atribuye la entrega del escapulario por parte de la Virgen María en el siglo XIII.La elección de este templo para la celebración central recordó precisamente el origen de uno de los signos más difundidos de esta devoción.Durante la jornada, los fieles participaron en la Santa Misa y en la procesión, encomendando sus familias, su trabajo y su caminar cotidiano bajo la protección de la Virgen del Carmen.En su homilía, monseñor Olave invitó a vivir esta tradición más allá de los gestos externos, renovando el compromiso cristiano inspirado en el ejemplo de María y fortaleciendo la vida de fe de las comunidades.Una patrona para quienes sirven al paísLa solemnidad también tuvo un significado particular para quienes diariamente ponen su vida al servicio de la nación.En la Catedral Castrense de Colombia, en Bogotá, militares, policías y sus familias participaron en una jornada que comenzó con una procesión por las instalaciones del Cantón Norte, seguida por la tradicional bendición de vehículos.La ceremonia fue acompañada por el rector de la Catedral Castrense, padre Ángel Ricardo González Forero, quien elevó una oración por todos los hombres y mujeres de las Fuerzas Militares y de la Policía Nacional que cumplen su misión en los distintos territorios del país.Posteriormente, la comunidad se reunió para la celebración de la Eucaristía, presidida por monseñor José Roberto Ospina Leongómez, administrador apostólico del Obispado Castrense de Colombia.Durante la celebración, el prelado encomendó a Dios, por intercesión de la Virgen del Carmen, la vocación, el servicio y las familias de quienes trabajan diariamente por la seguridad y el bienestar de los colombianos, renovando la confianza en la protección maternal de María para acompañar cada misión con esperanza, fortaleza y espíritu de servicio.Una tradición que sigue dando identidad a la fe del pueblo colombianoCada territorio aporta sus propios símbolos, tradiciones y acentos culturales. Sin embargo, todos confluyen en una misma convicción: reconocer en María una Madre que acompaña el caminar de su pueblo y orienta siempre hacia Cristo.No es casual que esta advocación conserve un lugar tan profundo en la vida religiosa del país. Su origen se remonta al Monte Carmelo, en Tierra Santa, donde los primeros ermitaños dedicaron su vida a la oración inspirados en la Virgen María. Con el paso de los siglos, esta espiritualidad dio origen a la Orden Carmelita y se difundió por el mundo junto con la tradición del escapulario, signo de consagración, confianza y compromiso con la vida cristiana.En Colombia, esa herencia espiritual encontró un terreno particularmente fecundo. Las celebraciones aquí reseñadas representan solo una muestra de las múltiples expresiones de fe con las que las jurisdicciones eclesiásticas conmemoraron esta solemnidad en todo el territorio nacional.Como memoria de esa riqueza pastoral y de la diversidad con la que la Iglesia en Colombia vive esta tradición, la Conferencia Episcopal de Colombia presenta el especial audiovisual:
Mar 14 Jul 2026
Cuarenta años después, el legado de San Juan Pablo II sigue iluminando el camino de la Iglesia en Colombia
A cuatro décadas de la histórica peregrinación apostólica de San Juan Pablo II, la Conferencia Episcopal de Colombia presenta un especial audiovisual y un reportaje escrito sobre el legado de esta peregrinación que marcó la historia del país, "40 años después: Los Siete Días Blancos de San Juan Pablo II en Colombia". Más que una conmemoración, esta producción invita a redescubrir los gestos, mensajes y enseñanzas que marcaron profundamente la vida de la Iglesia y de la nación, y cuya vigencia continúa iluminando el camino del pueblo colombiano.Una nación herida recibió a un peregrino de esperanzaEra julio de 1986. Colombia atravesaba uno de los momentos más complejos de su historia reciente. La violencia seguía golpeando distintas regiones del país y sembrando incertidumbre entre miles de familias. Al mismo tiempo, la nación aún intentaba sobreponerse a una tragedia que había conmovido al mundo entero. Apenas ocho meses antes, la erupción del volcán Nevado del Ruiz desencadenó una avalancha que sepultó a Armero, cobró la vida de más de veinte mil personas y dejó una herida imborrable en la memoria colectiva de los colombianos.Fue en ese contexto cuando, el 1 de julio de 1986, un peregrino descendió del avión papal y besó el suelo colombiano. No llegaba únicamente el Obispo de Roma ni el Jefe del Estado de la Ciudad del Vaticano. Llegaba el Pastor de la Iglesia universal para encontrarse con un pueblo creyente que, en medio del dolor y la incertidumbre, seguía aferrado a la esperanza.Desde el primer momento, San Juan Pablo II quiso dejar claro el propósito de su viaje. Al iniciar su peregrinación apostólica expresó que llegaba a Colombia como "mensajero de evangelización", una misión que marcaría cada uno de sus encuentros y que daría sentido a todo su recorrido por el país.Durante siete días visitó Bogotá, Chiquinquirá, Tumaco, Popayán, Cali, Chinchiná, Pereira, Medellín, Armero, Lérida, Bucaramanga, Cartagena y Barranquilla. Fueron jornadas intensas que la historia bautizó como los "Siete Días Blancos", una expresión que sintetiza mucho más que un itinerario. Representa una peregrinación que congregó a millones de colombianos alrededor del Sucesor de Pedro y que convirtió plazas, estadios, templos y carreteras en escenarios de oración, encuentro y renovación espiritual.Sin embargo, el verdadero alcance de aquella visita no puede medirse únicamente por la magnitud de las concentraciones o el número de ciudades recorridas. Su huella permanece porque San Juan Pablo II supo leer la realidad de Colombia desde la fe y responder a ella con un mensaje profundamente evangélico.En cada encuentro, el Papa polaco habló de reconciliación a un país dividido; de esperanza a un pueblo golpeado por el sufrimiento; de dignidad humana allí donde la violencia pretendía imponerse; y de evangelización como el camino para transformar la sociedad desde el corazón del hombre.Aquella fue, ante todo, una visita pastoral. El Papa quiso encontrarse con los distintos rostros de Colombia: jóvenes, familias, campesinos, trabajadores, comunidades indígenas y afrodescendientes, enfermos, privados de la libertad, seminaristas, sacerdotes, religiosos, religiosas y obispos. Nadie quedó fuera de su mirada.Una peregrinación para confirmar la fe de un puebloDesde el inicio de su ministerio petrino, San Juan Pablo II había insistido en que la Iglesia debía salir al encuentro de los hombres y mujeres de cada tiempo para anunciar a Cristo como respuesta a las inquietudes más profundas del ser humano. Ese mismo horizonte marcó su paso por Colombia. No vino únicamente a presidir celebraciones multitudinarias; tampoco a pronunciar discursos protocolarios. Vino a confirmar en la fe a un pueblo profundamente creyente y a fortalecer la misión evangelizadora de una Iglesia llamada a responder a los desafíos de su tiempo.Cada ciudad representó un acento distinto de ese gran mensaje.En Chiquinquirá reafirmó la profunda identidad mariana del pueblo colombiano y renovó su confianza en la intercesión de Nuestra Señora del Rosario, Patrona de Colombia.En los encuentros con los jóvenes los invitó a no dejarse seducir por la violencia ni por el desaliento, sino a descubrir en Cristo el sentido de sus vidas y el compromiso con la construcción de una sociedad nueva.A las familias les recordó su vocación como primera escuela de fe, de reconciliación y de amor, insistiendo en que el hogar cristiano constituye un pilar insustituible para el futuro de la sociedad.A los trabajadores y campesinos les habló de la dignidad del trabajo humano, del valor de la solidaridad y de la necesidad de construir estructuras sociales más justas.A los sacerdotes, religiosos y religiosas, los llamó a vivir con fidelidad la propia vocación y a entregar la vida al servicio del Evangelio.Pero hubo dos momentos que sintetizaron de manera especial el corazón de toda la peregrinación: su visita a Armero y el encuentro con los obispos de Colombia. En ellos quedaron condensados dos grandes rasgos de su pontificado: la cercanía con quienes sufren y la convicción de que la Iglesia está llamada a ser signo de esperanza para los pueblos.Armero: cuando el Papa compartió el dolor de ColombiaLa visita a Armero fue, quizá, uno de los momentos más conmovedores de toda la peregrinación apostólica. No se trató simplemente de una escala más dentro del itinerario. San Juan Pablo II quiso hacerse presente en el lugar donde el sufrimiento de Colombia se había manifestado con mayor crudeza.El 13 de noviembre de 1985, la erupción del Nevado del Ruiz desencadenó una avalancha que sepultó la ciudad y provocó una de las mayores tragedias naturales de la historia del continente. Miles de familias perdieron a sus seres queridos, sus hogares y sus proyectos de vida. Las imágenes de aquella catástrofe dieron la vuelta al mundo y convirtieron el nombre de Armero en símbolo de dolor y desolación.Ocho meses después, el Papa llegó hasta allí; no para ofrecer explicaciones frente al sufrimiento humano, sino para compartirlo. Su presencia fue, ante todo, un gesto profundamente pastoral. Oró ante la cruz, caminó entre quienes todavía lloraban a sus familiares, abrazó a los sobrevivientes y quiso llevar consuelo a una comunidad que intentaba levantarse en medio de las ruinas.En aquella tierra marcada por la tragedia, elevó una oración por las víctimas y dirigió palabras de aliento a quienes continuaban enfrentando las consecuencias de la catástrofe. Invitó a descubrir que, incluso en medio del dolor más profundo, la esperanza cristiana permanece viva porque Dios no abandona a quienes sufren. Más que un discurso, fue una presencia. Más que una ceremonia, fue un abrazo espiritual a toda una nación.Para millones de colombianos, aquel gesto resumió el sentido de la visita apostólica: una Iglesia que no permanece distante ante el sufrimiento de su pueblo, sino que camina junto a él, comparte sus lágrimas y anuncia que el amor de Dios puede abrir caminos de esperanza aun en medio de las pruebas más difíciles.No fue casual que uno de los momentos más recordados de los Siete Días Blancos ocurriera precisamente allí. Armero se convirtió en el lugar donde la cercanía del Sucesor de Pedro hizo visible la cercanía de toda la Iglesia con los que sufrían, una enseñanza que continúa iluminando la misión pastoral de la Iglesia en Colombia cuatro décadas después.Una Iglesia llamada a ser signo de esperanzaEntre los numerosos encuentros que marcaron la peregrinación apostólica de San Juan Pablo II a Colombia, hubo uno que adquirió un significado especial para la vida de la Iglesia: la reunión con los obispos del país. Más allá de un encuentro institucional, fue un momento de comunión eclesial en el que el Sucesor de Pedro habló de pastor a pastores. Conocía los desafíos que enfrentaba la Iglesia colombiana en medio de una realidad marcada por la violencia, las profundas desigualdades sociales y el sufrimiento de miles de personas. Por eso, quiso fortalecer a quienes tenían la misión de conducir al Pueblo de Dios en medio de aquellas circunstancias.Desde el inicio de su intervención, manifestó la alegría de encontrarse con el episcopado colombiano y reconoció el testimonio de una Iglesia con una profunda tradición evangelizadora, llamada a seguir anunciando el Evangelio en una sociedad que experimentaba grandes transformaciones. Al mismo tiempo, los invitó a leer esos desafíos con esperanza, conscientes de que la misión de la Iglesia nace de la fidelidad a Jesucristo y no de las circunstancias históricas.El Papa les recordó que el ministerio episcopal solo puede comprenderse desde la comunión. La unidad entre los obispos, en torno a Cristo y en estrecha comunión con el Sucesor de Pedro, era para él una condición indispensable para que la Iglesia pudiera responder con credibilidad a los desafíos del momento. Aquella comunión no era únicamente un principio organizativo, sino la expresión visible de una Iglesia llamada a ser signo de reconciliación para el mundo.En un país profundamente fragmentado, ese mensaje adquiría una fuerza particular. Mientras la violencia amenazaba con dividir a la sociedad, San Juan Pablo II invitó a los obispos a ser artífices de unidad, promotores del diálogo y servidores de la esperanza, convencido de que la primera contribución de la Iglesia a la construcción de la paz debía nacer del testimonio de su propia comunión.Pero el Pontífice fue más allá. También los exhortó a permanecer cercanos al pueblo que les había sido confiado. Su ministerio, insistió, debía reflejar el estilo del Buen Pastor: un pastor que conoce a su rebaño, comparte sus alegrías y sufrimientos, acompaña a quienes más lo necesitan y anuncia, con valentía, la verdad del Evangelio.Aquella cercanía pastoral no podía quedarse en el ámbito de las palabras. Debía traducirse en una presencia permanente entre las comunidades, en la defensa de la dignidad de toda persona humana y en un compromiso decidido con la evangelización de la cultura, de la familia y de la vida social.San Juan Pablo II también animó al episcopado a fortalecer la acción evangelizadora de la Iglesia en Colombia, convencido de que el anuncio de Jesucristo constituye la respuesta más profunda a las heridas espirituales y sociales de cualquier pueblo. Para el Pontífice, la evangelización no podía reducirse a una actividad pastoral más; era la misión esencial de la Iglesia y el camino para renovar el corazón de las personas y transformar la sociedad desde sus fundamentos.Esa convicción recorrió toda la peregrinación apostólica. En cada ciudad, en cada homilía y en cada encuentro con los distintos sectores de la sociedad, el Papa volvió una y otra vez sobre la necesidad de anunciar a Cristo como fuente de reconciliación, de justicia y de auténtica libertad.Cuatro décadas después, aquellas palabras conservan una sorprendente actualidad. La Iglesia en Colombia continúa desarrollando su misión en un contexto que sigue planteando enormes desafíos pastorales y sociales. Persisten las heridas provocadas por la violencia, las desigualdades, la pobreza y las múltiples formas de exclusión. Al mismo tiempo, emergen nuevas realidades culturales que reclaman una presencia evangelizadora capaz de dialogar con el mundo sin renunciar a la verdad del Evangelio.En ese escenario, el mensaje que San Juan Pablo II dirigió al episcopado colombiano continúa ofreciendo una hoja de ruta. Su invitación a fortalecer la comunión, vivir una auténtica cercanía con el pueblo, anunciar el Evangelio con renovado ardor y hacer de la Iglesia un signo creíble de esperanza mantiene plena vigencia para quienes hoy continúan la misión de anunciar a Jesucristo en Colombia.Un legado que sigue caminando con ColombiaSi algo caracterizó la peregrinación apostólica de San Juan Pablo II fue su capacidad para leer la realidad del país desde la esperanza cristiana. Nunca ignoró las dificultades que atravesaba Colombia. Por el contrario, las miró de frente. Reconoció el dolor provocado por la violencia, la pobreza, las injusticias y las tragedias que golpeaban a miles de familias. Sin embargo, nunca permitió que esas realidades tuvieran la última palabra.Su mensaje fue siempre una invitación a mirar más allá del sufrimiento inmediato para descubrir la fuerza transformadora del Evangelio. Por eso, habló insistentemente de reconciliación cuando el país parecía atrapado en la confrontación; de dignidad humana cuando tantas vidas eran vulneradas; de solidaridad cuando miles de personas sufrían las consecuencias del abandono; y de esperanza cuando el desaliento amenazaba con imponerse.Esa es, precisamente, la razón por la que los Siete Días Blancos siguen ocupando un lugar privilegiado en la memoria de la Iglesia y de Colombia. No fueron únicamente siete días de multitudinarias celebraciones. Fueron siete días en los que el Evangelio resonó con fuerza en medio de una nación que necesitaba volver a creer que era posible construir un futuro distinto.Cuarenta años después, ese llamado permanece vigente. Las circunstancias históricas han cambiado, pero el desafío continúa siendo el mismo: hacer de la Iglesia una presencia cercana a quienes sufren, una comunidad que anuncia con alegría la Buena Nueva y una servidora incansable de la reconciliación, la justicia y la paz.Con el propósito de contribuir a esa memoria agradecida y de acercar a las nuevas generaciones a uno de los acontecimientos más significativos de la historia reciente de la Iglesia en Colombia, la Conferencia Episcopal presenta el especial audiovisual "40 años después: Los Siete Días Blancos de San Juan Pablo II en Colombia. El legado de una peregrinación que marcó la historia del país".A través de imágenes históricas, registros originales y los propios mensajes pronunciados por San Juan Pablo II durante su recorrido por el país, esta producción propone redescubrir una peregrinación que no pertenece únicamente al pasado. Su legado continúa iluminando el presente y alentando el compromiso de la Iglesia con la evangelización, la reconciliación y la esperanza.Vea el especial a continuación:
Vie 26 Jun 2026
54 misioneros de la Diócesis de Sonsón-Rionegro compartieron fe, servicio y escucha con comunidades del Vaupés
La Misión Diocesana Sinodal 2026 reunió a sacerdotes, religiosas y laicos de la Diócesis de Sonsón-Rionegro con comunidades amazónicas del Vicariato Apostólico de Mitú, en una experiencia que fortaleció la comunión entre Iglesias hermanas y renovó el compromiso misionero de la Iglesia en Colombia.Entre el 6 y el 13 de junio de 2026, cincuenta y cuatro misioneros de la Diócesis de Sonsón-Rionegro viajaron hasta el Vicariato Apostólico de Mitú, en el departamento del Vaupés, para vivir una intensa experiencia de evangelización, encuentro y servicio junto a las comunidades indígenas y amazónicas de esta región del país.La iniciativa hizo parte de la Misión Diocesana Sinodal, una de las expresiones concretas del actual Plan Diocesano de Pastoral de la diócesis antioqueña, y se desarrolló en el marco del proceso de hermanamiento misionero que la Iglesia en Colombia viene promoviendo entre distintas jurisdicciones eclesiásticas para fortalecer la comunión, la corresponsabilidad y la cooperación evangelizadora.Los participantes —sacerdotes, religiosas y laicos provenientes de parroquias, movimientos apostólicos y comunidades eclesiales— fueron distribuidos en doce comunidades pertenecientes a la Parroquia Catedral María Inmaculada, la Parroquia Nuestra Señora de Fátima, la Parroquia San Pablo Apóstol y la Cuasiparroquia Santa Laura Montoya.Durante una semana realizaron visitas casa a casa, encuentros con familias, acompañamiento a enfermos y adultos mayores, celebraciones litúrgicas, catequesis, espacios de escucha, encuentros con niños y jóvenes, formación de agentes pastorales y diversas actividades de animación misionera.Sin embargo, para quienes participaron, el principal fruto de la experiencia fue mucho más allá de las acciones pastorales desarrolladas.Un encuentro que transformó a todosLa misión permitió el encuentro entre dos Iglesias particulares con realidades distintas, pero unidas por una misma fe y una misma vocación evangelizadora.Los misioneros llegaron al Vaupés con el propósito de anunciar el Evangelio, pero también con la disposición de escuchar, aprender y compartir la vida de las comunidades. A su vez, los pueblos amazónicos abrieron las puertas de sus hogares y de sus tradiciones, ofreciendo el testimonio de una fe vivida en medio de grandes desafíos geográficos, sociales y pastorales.Las comunidades compartieron con los visitantes su profundo sentido comunitario, su capacidad de resiliencia, el respeto por la memoria de los mayores y una relación armónica con la creación que forma parte esencial de su identidad cultural y espiritual.Este intercambio de experiencias se convirtió en una auténtica vivencia de sinodalidad, donde el caminar juntos se expresó en la escucha mutua, el respeto por la diversidad y el reconocimiento de los dones presentes en cada comunidad.El Vicariato Apostólico de Mitú: una Iglesia con rostro indígena y corazón amazónicoLa experiencia permitió a los misioneros acercarse a una de las realidades eclesiales más singulares del país.El Vicariato Apostólico de Mitú está ubicado en el corazón de la Amazonía colombiana y acompaña pastoralmente a comunidades distribuidas a lo largo de extensos territorios atravesados por selvas, ríos y grandes distancias. En esta región habitan 27 pueblos indígenas que conservan sus lenguas, tradiciones y formas ancestrales de organización comunitaria.La presencia de la Iglesia en el territorio es fruto de más de un siglo de labor misionera iniciada por los Misioneros Montfortianos en 1914 y continuada posteriormente por los Misioneros Javerianos de Yarumal, quienes han contribuido al anuncio del Evangelio, la promoción humana, la educación y el acompañamiento de los pueblos amazónicos.Actualmente, el vicariato es pastoreado por monseñor Medardo de Jesús Henao del Río, quien impulsa una Iglesia cercana a las comunidades indígenas, comprometida con el diálogo intercultural, la evangelización y el cuidado de la casa común.A pesar de la riqueza humana y espiritual de este territorio, persisten importantes desafíos relacionados con las grandes distancias, las limitaciones de conectividad, la escasez de agentes pastorales y diversas situaciones de vulnerabilidad que afectan especialmente a las comunidades más apartadas.Una misión nacida del hermanamiento entre IglesiasLa presencia de los misioneros de Sonsón-Rionegro es fruto de un proceso más amplio de cooperación eclesial que la Iglesia colombiana ha venido fortaleciendo durante los últimos años.El programa de hermanamiento misionero entre jurisdicciones eclesiásticas busca compartir recursos humanos, experiencias pastorales y apoyo solidario entre diócesis, vicariatos apostólicos y otras circunscripciones eclesiásticas del país.En este contexto, la relación entre la Diócesis de Sonsón-Rionegro y el Vicariato Apostólico de Mitú se ha consolidado como una experiencia significativa de comunión y corresponsabilidad evangelizadora.La misión de este año también refleja el espíritu del actual plan pastoral de la diócesis antioqueña, orientado por el lema “Por una Diócesis Sinodal: Comunión, Participación y Misión”, que promueve una Iglesia en salida, donde sacerdotes, religiosos y laicos asumen conjuntamente la tarea de anunciar el Evangelio.Una escuela de sinodalidad y esperanzaLas condiciones propias del territorio amazónico se convirtieron también en parte del aprendizaje. Los desplazamientos por río, las lluvias frecuentes, las limitaciones logísticas y la sencillez de la vida cotidiana permitieron a los participantes descubrir nuevas formas de vivir la misión desde la cercanía y la fraternidad.Muchos de los misioneros coincidieron en señalar que la Amazonía no solo recibe evangelizadores, sino que también los forma. Allí aprendieron que la misión comienza escuchando, que la presencia vale tanto como las palabras y que las periferias tienen mucho que aportar a toda la Iglesia.La experiencia confirmó además el protagonismo de los laicos en la tarea evangelizadora. Personas de distintas edades, procedentes de movimientos, comunidades y parroquias, asumieron con generosidad el llamado misionero, evidenciando que la misión es responsabilidad de todo el Pueblo de Dios.Un signo para la Iglesia en ColombiaLa Misión Diocesana Sinodal 2026 representa un testimonio concreto de la Iglesia que promueve hoy el magisterio eclesial: una Iglesia cercana, misionera, participativa y capaz de construir puentes entre comunidades diversas.Más que una actividad concreta, la experiencia vivida entre la Diócesis de Sonsón-Rionegro y el Vicariato Apostólico de Mitú se presenta como un signo de esperanza para la Iglesia colombiana, mostrando que la comunión se fortalece cuando las Iglesias particulares comparten sus dones, caminan juntas y se comprometen con quienes enfrentan mayores desafíos evangelizadores.